Ficción de los Reyes Magos (editada 2020)

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¡Han llegado los Reyes Magos!

La voz de un niño cruza la pared, un grito de alegría que me sobresalta y despierta. Luego un manotazo a la mesilla, y en el techo se proyecta 09:19: el vaticinio de un día capicúa.

Arrastro mi sueño hasta la cocina. Verifico que no han pasado los monarcas por las baldosas sucias (debo limpiar). Todo sigue estático donde lo dejé: la cafetera, la tostadora, la bicicleta siempre en medio, la bolsa de basura que olvidé bajar. Abro la nevera e interrumpo su ronquido: mis cervezas, el zumo de naranja, los tomates, algunos yogures. Tampoco allí encuentro novedad.

Porque la novedad está en el salón: los Reyes no sólo no han dejado ningún regalo, sino que se han llevado la televisión. En estado de ausencia me detengo; la misma ausencia que ahora domina una larga balda vacía. El sonido de la cafetera, la taza que vibra entre mis manos (estoy temblando). Sentado en el sofá intento recapacitar.

¿Por dónde habrán entrado? ¿Y por dónde salido?

La ventana está cerrada desde su interior: eliminada la posibilidad de la fachada. Me acerco a la puerta de entrada: aunque el pestillo no está echado, no parece forzada. Siempre doy dos vueltas a la llave antes de dormir. ¿Me olvidaría ayer? Las preguntas, lejos de resolverse, se multiplican. ¡Mi salón parece el misterio del cuarto amarillo!

Decido ducharme, salir a la calle. La comisaría de Chamartín queda próxima. En la acera voy driblando grandes cajas de cartón: envoltorios de bicicletas, de televisores (qué ironía), de casas de muñecas. Son el basurero de los sueños.

– Vengo a presentar una denuncia.
– ¿Los Reyes Magos, verdad? -y sin dejarme responder, continúa-. Este año se han cebado.

El sonido de unas llaves; el gesto de una mano que dice: acompáñeme. Entramos en un cuarto que parece amplio: solo lo parece, porque no veo sus límites. En el techo tiembla un fluorescente, un temblor que ilumina a ráfagas el caos de una chamarilería: hay televisiones y radios antiguas, mesas camillas, una pierna ortopédica, botes de jabón de lavadora, una guitarra, la mascota de la Expo 92 de Sevilla, un aparato para hacer abdominales, libros antiguos de dietas milagrosas. Me parece escuchar el ladrido de un perro.

El policía aguarda a que se me pase la cara de asombro:

– Son los bienes que hemos ido incautando a los Reyes Magos a lo largo de varios años. Están bajo depósito judicial. La investigación sigue abierta y me temo que así lo será siempre: puede imaginarse lo difícil que resulta lograr la extradición de alguien que no se sabe si viene de Babilonia o de vete tú a saber dónde.

– Querrá decir extradición.

– Extradición, sí. Lo mismo da.

Paseo la vista por el lugar. Cada pestañeo agota la capacidad humana para procesar imágenes.

– Desde que me levanté todo lo que me ha ocurrido parece una historia de ciencia ficción -respondo al rato, sin saber todavía qué decir o pensar.

– ¡Seis de enero! ¡Estamos a seis de enero, señor! La historia de los Reyes Magos es de ciencia ficción, ¿no lo cree? Puro simbolismo. Una teoría de vasos comunicantes: para que unos tengan, otros tienen que ceder, por las buenas o por las malas -y el policía no espera mi respuesta y apaga la luz y completamos con rapidez los formularios.

Vuelvo a casa y me quedo dormido casi sin darme cuenta. Despierto de nuevo con el grito del mismo niño. La realidad es una rotonda y volvemos siempre al mismo lugar.

09:19.

Resto con dificultad nueve menos cuatro: cinco. Cinco el número de horas desde que me fui a dormir, y que confirman la razón del cansancio. Preparo el café, enciendo el móvil, tengo un mensaje:

– Soy Mario de Tecnovisión. Su televisión está arreglada. La imagen ya no se pixela ni tuerce. La avería es por el precio que hablamos. Puede pasarse mañana a buscarla a partir de las diez.

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