La taza

Puede que te olvides de ti misma, cuando decías

hay que mirar siempre al cruzar.

Puede que en un hospital, callada, te informen

de misterios que viven en ti,

que se alimentan de ti,

de tu lenguaje.

Y que al salir a la calle, derrumbada,

preguntes qué te han dicho.

Y las palabras se regocijen y griten: nada.

Y el asfalto haga coro y responda: nada.

 

En un futuro todo será suspenso.

Sin luz el mundo frívolo de los escaparates,

sin reflejo los lagos de postal, sin memoria

las celebraciones que de tus manos brotaron.

¿Cómo puede permanecer indiferente

la taza de porcelana, si tanto la desayunaste?

 

Yo ahora la toco, la peso, la abrazo.

¡Qué pequeña la vida, que cabe

aquí entera, y qué cóncavo

el futuro de nuestra ausencia!

 

Me decías que el tiempo nos pertenece,

y yo lo dibujaba a en cuadrículas sin margen.

Mentiste: el tiempo tiene abcisas,

es el zurcido de un segmento,

el temporizador de un explosivo,

el silbido que anuncia el punto de tus guisos.

 

Todo eso lo sé ahora, velando

la insolencia de esta taza.

Me consuela saber que existe la felicidad,

y que supiste, crac, derramarla.

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