Las salas de espera

Cuando abrió la caja registradora se le cerraron los párpados. Tardó un instante en volver a ser ella misma, un ordenador que se reinicia, recordar que se llamaba Adèle Zimmermann y no Adèle Farine, que era el nombre que aparecía en una plaquita dorada, sobre su pecho izquierdo, el cambio había sido idea de su jefe, Zimmerman era impronunciable y Farine encajaba en el oficio, vender sándwiches y bocadillos y pastelería en un puesto llamado Eric Kayser en la terminal Oeste de Orly, de espaldas a las puertas 40 A B C D, y la falsa Adèle no protestó aunque pensó qué contrasentido, no poder mantener su apellido, de origen alemán, en una empresa cuyo dueño se apellidaba Kayser, no dijo nada porque en el fondo disfrutaba así, ostentando otro apellido, le hacía pensar que no era ella quien estaba allí, no era ella quien se levantaba a las cinco y media de la mañana, primer metro a Bastille, en Bastille esperar en el andén mirando el amanecer curvo desde la estación abierta, luego de Bastille hasta Chatelet por pasillos con olor a pis, desde Chatelet hasta Antony y por último un tren no tripulado que la dejaba en la terminal, los controles de seguridad y los saludos llenos de sueño, cambiarse la ropa, en la ropa la plaquita con su apellido falso, y no dijo nada porque en el fondo le gustaba alejarse de esa manera tan simple de su padre, cuyas últimas noticias era que vagabundeaba en Hamburgo, en estaciones de tren donde escondía su mendicidad con un traje azul, limpio y planchado, cualidades inverosímiles para alguien que vivía bajo un puente de la rampa de la autopista a Cologne, también inverosímiles para alguien que había demostrado ser capaz de romper todo lo que rodeaba su vida, y en aquella apariencia de dignidad que se le acercaban a su padre viajeros despistados y le preguntaban por el andén para el rápido a Düsseldorf o Frankfurt, y comenzaba entonces su mejor momento del día, el instante que luego reproduciría para él y para sus compañeros subterráneos esa misma noche, mi padre agarraba entonces el codo del viajero, un gesto de camaradería que a veces le delataba, porque la ausencia de higiene se revelaba en la proximidad, y acompañaba al viajero desorientado hasta un andén incorrecto, a una dirección contraria a la deseada, e incluso si se trataba de alguien mayor lo ayudaba a subir las maletas y se las colocaba con suavidad sobre la rejilla portaequipajes, de todo ello supe por mi madre, pues aunque llevaban años sin hablarse las actividades de mi padre lo había causado problemas con el personal de seguridad de las estaciones, que en cierta manera no podían hacer nada sino estar atentos a la presencia de mi padre, y que un día, por impotencia,  llamaron al familiar más próximo, que éramos nosotros, a tantos kilómetros y tantos años de distancia, lo cual hablaba de que mi padre no conseguía salir de su hoyo, o que tal vez su vida era justamente ésa, la que ahora tenía, un hoyo, y es que seguramente que no hay espacio para que todos triunfemos, y cuando se me caían los párpados y derramaba el café y el zumo de naranja me goteaba entre los dedos pensaba que, incluso en esa distancia, mi padre mantenía intacta esa capacidad destructiva, de romper todo lo que orbitaba a su alrededor, que incluso aunque nos hubiéramos alejado y hubiéramos empezado de nuevo nuestras vidas ello, en realidad, no era posible, eso sólo ocurría en la películas y sólo en algunas películas, y que yo sirviera cafés somnolientos cada mañana en una terminal era una prueba de que él seguía existiendo, él continuaba influyendo en mi destrucción, y al menos me consolaba pensar que, próximo a mi puesto en Eric Kayser, una gran pantalla iluminada informaba con exactitud de horarios de salida de vuelos, de retrasos, de las distintas zonas de la terminal Oeste y de sus respectivas puertas de embarque, y que al menos en ese recinto nadie podría extraviarse, nadie partir hacia un destino incorrecto, y había días, no muchos, es cierto, había días que algún cliente me preguntaba por la puerta de embarque para un destino, su destino aún no aparecía en los monitores y supongo que el hecho de trabajar allí me daba un magisterio sobre puertas y países, y lo cierto es que era así, generalmente a los mismos destinos se llegaba por las mismas puertas, y cuando respondía hablaba con suavidad y precaución para informar de que pensaba que Madrid saldría por la puerta 40A, Bayonne por la 40N, porque solía ser de esa manera todos los días, pero que por favor, y aquí me apropiaba del mensaje de la megafonía, por favor estuviera atento a los monitores por si sucedía cualquier cambio, y en un papelito junto a la caja registradora, en un espacio de mármol entre la caja registradora y una zona de mermeladas, apuntaba lo informado, Madrid 40ª, Bayonne 40N, y cuando al rato, en algún descanso entre clientes, salía a recoger las bandejitas de plástico y limpiar las mesas, me gustaba mirar a los monitores y comprobar que, efectivamente, había informado de ellos con exactitud, y aunque fuera un paliativo débil, pálido, me gustaba imaginarme estelas de espuma hacia Madrid o Bayonne y decirme para mi dentro: jódete, papá, y con un rastro de felicidad continuaba sirviendo la fórmula de cafés y croissants a 3,70€ de Eric Kayser

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