Vidas bancarias

Como mi contrato consistía en cubrir las ausencias de otros cajeros, cada vez que llegaba a una oficina tenía la sensación de que el banco libraba una guerra y que yo, joven universitario, dormido en un amanecer de agosto, era otro reemplazo estival en la batalla, un soldado de refuerzo destinado en el frente norte de Madrid. No sin motivo el espacio de trabajo -una habitación asegurada con cristal- recibía el bélico nombre de búnker, aunque ya en el verano que aquí relato sucedía un proyecto para retirar los cristales y acercar el público al cajero, o más bien desincentivar que el primero usara el segundo, reduciendo así puestos de trabajo y fomentando las operaciones electrónicas. Lo de siempre.

Supongo que la entidad bancaria lo mantenía por sus méritos acumulados. O porque no sabía muy bien qué hacer con él, aguardando una decisión jerárquica lejana y que nunca llegaba, un punto mínimo en la agenda de los demás pero que, para él, condicionaría el resto de sus días. O tal vez continuaba allí por un sentimiento ajeno de culpabilidad, y es que al parecer fue siempre un hombre puntual, limpio, ordenado, educado, querido por sus compañeros, un hombre que cargaba con prontitud los cajeros automáticos, que actualizaba libretas con una mano, con la otra entregaba reintegros de plisados billetes y mientras, mirando al cliente, le preguntaba por su salud, por la de su cónyuge, por el campamento de sus hijos, por la suegra que hace unos meses se fracturó la cadera, por el negocio de la frutería o el taller o el locutorio. Nunca enfermó. Nunca descuadró la caja. No bebía, no fumaba. Era seguidor del Real Madrid. Siempre actuaba bien, aunque en las quinielas elegía las casillas incorrectas. Era la solidez cíclica de un aspa, una regla rápida de multiplicar, una navaja suiza, un pulpo, un vértice múltiple. A su alrededor, sin tal vez saberlo, gravitaba la economía de un barrio.

Un día dejó de funcionar. Quedó sin cuerda, momificado frente a la pantalla de su ordenador. La orden que recibía un lunes la respondía el miércoles. No se sabe qué fue antes: si las quejas de los clientes o que el director lo apartara de la caja; si su apuesta por el silencio o el divorcio de su mujer; si su cara de pasmo o su incapacidad por articular palabra. Le colocaron en una esquina del búnker, como quien cuelga un almanaque o sitúa una planta de interior. Allí me lo encontré: era yo con cuarenta años más. Era yo prolongado en el tiempo. Era yo en el futuro, yo acabado. Me informaron de que él me cubriría. Que aprendería de él. Que se sentaría a mi espalda. Lo miramos la directora de la sucursal y yo. Si él me cubría, qué hacía entonces detrás de mí. Sentí que hablaba a un aspirador descatalogado cuando le dije buenos días. Luego dije mi nombre. Luego dije hola. No respondió. La directora me miró como diciendo: es él quien necesita que lo cubran. Yo respondí en silencio. Es decir, asentí.

De su pasado supe gracias a un compañero de la oficina, mi último viernes en esa sucursal antes de ser movilizado a otro frente, mientras bebíamos cerveza y compartíamos una ración de pulpo. Justo hablando de él que le vimos salir de la sucursal, ausente de sí mismo, arrastrando su calva y su tripa y su rostro de haber sido derrotado. Caminaba sin convicción. Fue verle y la cerveza tuvo la urgencia de una cantimplora. Confirmó mi compañero que había sido un magnífico trabajador, pero que. Pero que. Pero que. Lo vimos desaparecer bajo un arco de letras doradas, invertidas, que anuncia la oreja como especialidad de la casa.

Mi compañero me invitó, le di las gracias, salimos a la calle. En la acera esperaba el fin de semana. Nos despedimos junto a su coche, un Renault Megane deportivo de color amarillo que entonces me pareció lujoso. Entonces. Sentí alivio al marcharme de allí, igual que alguien que quien cambia de canal cuando algo le disgusta. Creí haber olvidado esta historia hasta hoy, cuando me he cruzado con un hombre mayor que iba camino de ninguna parte, arrastrando su propia ausencia, y entonces lo he recordado. Me he visto en él, y he sentido pena. Pena de los dos. Pena de estar siempre descubiertos, siempre desnortados.

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