II. Detenido el mundo

Pasé la noche en cama, con fiebre. A mi espalda la calle despertó. Se iluminó un armario, una silla, un desorden, soledad. Busqué el termómetro de tus dedos sobre mi frente. Tu mano un animal entre laderas de algodón. Te necesito, mamá. Me pregunto cuándo fue la última vez que te di la mano. Me pregunto cómo olvidé la última vez que me diste la mano. Huelo a sudor. Es viernes y las sábanas son la reliquia de una religión olvidada. Ahora llueve, ahora escucho el relincho de mi caballo: también, yo también te echo de menos. Lo intento, ¡lo intento!, pero me inmoviliza el miedo a moverme, a escapar de mí, erguirme, el abismo de las piernas, tocar el suelo, sus pentagramas de madera, caer. Y si la vida es para siempre este vértigo. Duermo mucho, leo poco, olvido más. Sólo una frase huésped, que se refracta de pared en pared: lo que decimos no siempre se parece a nosotros. ¿Y qué pasa con el silencio? ¿Es también el silencio un guante culpable? ¿No soy yo mi enfermedad? El sudor, la lluvia, el relincho, tu relincho, tu relincho. Ganas de bajar la escalera y besar esa cabeza tuya tan grande, ganas de bajar y besar esa cabeza, ganas mas las sábanas ganan, las sábanas, el abismo, el sudor, esta luz que no fue invitada y esta soledad.

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