III. Reactivado el mundo

Sigo postrado mientras el cielo cambia de color: primero ámbar y luego fuego y luego suenan unos pasos, una tos, la puerta que se abre. Es un bastón y un brazo y una pierna y por fin Wotan, mi amigo Wotan. De arriba a abajo lo definen su sombrero errante, su pelo largo y sucio, su pañuelo que tapa el ojo izquierdo, su. Es imposible seguir tras mirar su ojo izquierdo. Todos saben que Wotan sólo ve con el derecho. Pocos saben que el izquierdo también le funciona. Wotan afirma que no lo necesita. Que se lo reserva. Le basta un ojo para entrar en el interior de las almas. Un sólo ojo que funciona con la profundidad de un microscopio. Un sólo ojo con el brillo revelador de una bengala. Quien lo contempla se obliga a una revelación. Un ojo demiurgo. Dice Wotan que se ve mejor cuando uno limita su campo de visión. Que la escasez perfecciona la virtud. Lo cierto es que una muñeca rusa, atónita, con sus dos ojos, ¡dos!, dilatados, nos observa abobada desde la estantería, sin entender nada. Así que puede que Wotan tenga razón. Puede. Wotan acaricia esa muñeca y la devuelve a su lugar. Por fin se acerca hasta la cama, me diagnostica, concluye: la enfermedad tiene tanto de persona como de espacio. De asedio como de motín. Si la enfermedad vence a la persona, sólo hay una alternativa. Bajo nuestros pies relincha el caballo: también comprendió el mensaje. Doy las gracias a Wotan. Es un reloj de cuco: da el mensaje y se marcha. Yo partiré mañana. Mañana abandonaré el dolor. Quedará postrado junto a mi ausencia.

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