La pena máxima

Podía mandar el balón a las nubes, maldecir el césped y esconder su rostro tras la camiseta, mostrando al mundo la cuadrícula inútil de sus abdominales. Luego los brazos en jarras y, de cuclillas, arqueando la espalda, aguardar a que el peso del país cayera sobre él. En el aeropuerto, al día siguiente, sus cascos de cancelación de ruido no le impedirían escuchar los insultos. Un primo y un hermano lo sacarían de entre la muchedumbre. Subiría de copiloto al coche, pues a veces conduciendo le asaltaban ataques de ansiedad y, sin quitarse los cascos, absorto y mudo, seguiría mascando chicle con la vista en algún punto lejano, quién sabe si en la dirección de donde estaba ahora. Puede que en la puerta de la mansión lo recibieran más fotógrafos y aficionados. De lo que estaba seguro es de que, en el porche, muy juntos, como si aguardaran una foto, lo esperarían su mujer y sus dos niños, a quienes echaba tanto, tanto de menos, y ellos tres también a él, que lo miraban en ese instante por la televisión mientras él, de pie, muy serio junto al punto de penalti, miraba a su vez sus piernas, y sus piernas hablaban a su cabeza, y la decían: déjate de sueños de gloria, manda el balón fuera y vuelve, vuelve con ellos. Se imaginó bailando junto a su mujer, jugando a los videojuegos con los niños y preparando, al caer la tarde, una barbacoa en el jardín.

Pero había otro futbolista en el punto de penalti. Tenía la misma camiseta y pantalón, idéntico peinado y tatuajes, y allí terminaba la semejanza. En sus retinas se mostraban breves ríos de sangre, igual que la diana roja de un francotirador. Su mandíbula estaba prieta. Cerraba muy firmes los puños, como si no supiera si golpear al balón, al guardameta, o a los dos. Y hablando del guardameta, sabía que se lanzaba, en tres de cada cuatro ocasiones, hacia su lado derecho, y que solía aguardar a que el rival golpeara el balón. Si él hacía caso a la experiencia, si chutaba fuerte y seco y al lado contrario, el balón reventaría la red. Le nombrarían mejor jugador del partido, atendería a los medios, bailaría desnudo en el vestuario, sus compañeros lo lanzarían, después de la cena, a la piscina del hotel. Es muy probable que esa noche no pudiera dormir, y que su móvil reptara de felicidad por la mesilla. ¿Aceleraría este éxito su fichaje por el equipo inglés? Apretó aún más la mandíbula y los puños. Su mujer ya le había dicho que no, que ella no, que ella no se mudaba a Inglaterra. Aunque modesto, su trabajo en la agencia publicitaria era el esfuerzo de una vida y no, no iba a renunciar a él, ni tampoco a la cercanía de sus amigos, sus padres y su familia. ¿Pero no era él su familia? ¿Y por qué pensaba ahora mismo en esto?

Entonces sonó el silbato. Miró a las nubes, asomadas sobre la grada, y que le rogaban que enviara allí el balón. Miró a su derecha, hacia el aspa imaginaria que dibujó su técnico para recordarle a qué escuadra disparar, y tras la escuadra la red, y tras la red el presagio de un futuro en Inglaterra. Retrocedió tres pasos, tragó todo el aire del estadio, empezó a correr, aceleró, dobló el cuerpo y golpeó el balón sin saber muy bien quién lo hacía, si su corazón o su cabeza, pensando a la vez en su país, en los aficionados, en las alabanzas y en los insultos, pensando en su mujer y en sus niños, pensando en los videojuegos y en la barbacoa, en los bailes que empezaban en el salón y concluían en la cama, pensando en el vestuario y la fiesta y la piscina y los mensajes en su móvil, pensando también en el avión de vuelta, en el aeropuerto rabioso y en las brazadas de su primo y de su hermano, pensando en cuatro, ¡cuatro! días más sin ver a su familia, pensando por fin que, si chutaba hacia su izquierda, el portero detendría el balón, y eligiendo por fin ese lugar, pero sin saber, en el momento del impacto, que el portero se lanzaría contra la estadística, que el aspa sería de verdad imaginaria y que las nubes se quedarían sin balón, y sin saber también que esa noche, en un delirio de cansancio e insomnio, la piscina adoptaría el contorno de Inglaterra y él, en mitad del agua, flotando sobre una cárcel con forma de colchoneta, comenzaría su pena máxima.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s