El próximo verano

Venía envuelta en un chicle de melón. Al desenrollarla se abrió la imagen de una vidente, su pelo eléctrico, un pañuelo púrpura sobre sus hombros, una bola de cristal en sus manos y la locura en su mirada. Junto a la orilla las olas salpican esa calcomanía que pegué en tu tobillo. La espuma diluye los ojos de la vidente, que mira desde tu tobillo hacia mí, que te observo en la orilla, tú sentado, yo de pie, los dos bajo un cielo de luz y avionetas publicitarias. Qué aburrido es cuidar de un hermano pequeño. Y cuánto tardan en venir papá y mamá. Estarán con las maletas. Mañana es mitad de mes y hay que dejar el apartamento. Vendrá otra familia cargada de toallas, cubos de plástico y rastrillos. Giro mi cabeza: ninguno está en el balcón.

Pero en verdad no los veo porque papá, recién salimos mi hermano y yo hacia la playa, cerró la puerta e inició la discusión. Le costó decir la palabra divorcio, como si fuera de otro idioma. Mamá asintió con naturalidad: ella también lo había pensado. Él caminó por el salón, igual que un animal enjaulado. Ella se tumbó en el sofá. Permanecieron callados, tardaron en salir al balcón y lo hicieron juntos, como una familia real en crisis. Estaban convencidos de que su futuro era el de sus hijos, que jugaban en la arena. Desde la arena yo me giré, los vi, agité la mano, y justo por el paseo marítimo, entre los apartamentos y la playa, me devolvió el saludo, por error, nuestro vecino alemán, un chico de mi edad de nombre impronunciable y que hablaba algo de español.

Nos habíamos conocido en la piscina. Él jugaba muy bien al pimpón, al billar, a los recreativos, al fútbol y al minigolf. Allí, al terminar el último hoyo, cogió mi mano y subimos a la azotea. Te mostraré cómo hay que besar, dijo, me besó, y yo tardé en responderle: tú no me quieres enseñar, tú lo que quieres es besarme. Decepcionada por su mentira, me acerqué hasta el borde de la azotea del lado del mar, desde donde me hubiera podido ver justo en el lugar que estoy ahora, en la playa, devolviendo tonta su saludo.

Su padre era hispanista y hablaba un español perfecto. Al igual que mi padre, adoraba el ajedrez. De ahí que se pasaran las vacaciones bajo el mismo toldo, en una mesita del bar de los apartamentos, levantando las piezas tras extensas cavilaciones, desplazándolas con cuidado, como si fueran explosivos, y celebrando cada movimiento con un trago de cerveza. Estábamos de vacaciones y parecía no haber horarios salvo para ellos, que siempre volvían tarde, siempre oliendo a alcohol y siempre provocando el malestar en acorde de dos apartamentos.

Yo volví la vista al mío, donde un gesto de mamá me indicó que regresáramos. Mi hermano recogió la pelota y el cubo. En el vestíbulo de los ascensores alcancé a mi amigo alemán. Le conté que esa tarde nos marchábamos. Se limitó a decirme adiós.

Algo había ocurrido en el apartamento. Papá guardaba un silencio hosco. Mamá me daba órdenes con impaciencia para, al instante, pedirme disculpas. Tras almorzar bajé, como siempre, al salón de juegos, aunque debía volver en una hora, pues saldríamos después de la siesta.

Mi amigo alemán se acercó. Le sudaban las manos cuando me entregó un regalo: era un pequeño ajedrez portátil. Compartía la afición de su padre. Luego sacó un papel de su bolsillo. Había escrito unos versos pero le daba vergüenza mostrármelos allí, y prefería un lugar más íntimo. Así que subimos a la azotea. De pie, sobre un suelo que ardía, leí:

¡Sí!

¡No!

¿Quién te quiere?

¡Yo!

¿Sí?

¡No!

Me sorprendió mi hostilidad cuando afirmé que, aunque solo tenía catorce años, eran los peores versos que había leído en mi vida. Él se quedó sin palabras. Su silencio me recordó al de mi padre hoy. Después dijo: copié los versos de un libro de Lorca que está leyendo mi padre, así que tal vez la que tiene mal gusto eres tú. Le respondí que era imposible que esos versos fueran de Lorca, que si me había mentido una vez podía mentir dos, y en caso de que lo fueran, había elegido los peores versos que jamás escribió Lorca. Quería besarle pero mi cuerpo se levantó, dándole la espalda y soñando a la vez que se acercara. Sonó entonces la puerta de la azotea y las piezas del ajedrez cayeron blandas sobre las baldosas.

Nos reencontramos en mi apartamento, donde se despedían mis padres y los suyos. Su papá lamentó nuestra partida: habían sido unas vacaciones estupendas. Ellos regresarían a Alemania a final de mes, pero estaríamos en contacto: mi papá tenía su dirección en Alemania, para cuando quisiéramos visitarles, y también el correo electrónico de su hijo y de él, para jugar partidas de ajedrez a distancia. ¿Seguía el plan de coincidir las próximas vacaciones?, nos preguntó y mis padres, cogidos de la mano, respondieron que sí, que por supuesto que sí.

Durante el viaje estuve en silencio, triste y desorientada. El paisaje era monótono y no quería volver a la ciudad. Mi padre conducía y mi madre miraba al mar. Pregunté si teníamos algún libro de Lorca en casa. Mi padre creía que sí, mi madre lo confirmó. Encontré en mi bolsillo la figura de una torre. ¿Qué hacía allí? ¿Y qué hice yo en la azotea? Sobre la ventanilla, contra el paisaje, se reflejaba la vidente de la calcomanía de mi hermano. Con el dedo índice rocé su transparente bola de cristal. Pedí entonces que el tiempo volara y que papá diera media vuelta, rumbo al próximo verano. Pero papá apenas bajó la ventanilla, porque hacía bochorno. La bola de cristal desapareció y a lo lejos, cargada de presente, la ciudad comenzó a anunciarse.

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