Da capo

Da capo

El salón estaba lleno de damas. Solo se hablaba de Boccherini, músico llegado a palacio desde París, y que actuaría junto a un grupo operístico de gira por España. Se murmuraba que era su amor por Clementina —soprano de ese grupo— el verdadero motivo del viaje. Las damas, proyectando su enojo contra Clementina, hablaban con Boccherini sin disimular su placer. Después movían sus abanicos, cambiaban de conversación y, aguardando a que viniera la noche para reír y bailar, miraban aburridas por el balcón, hacia lo lejos.

            Y hacia lo lejos también miró Boccherini, quién sabe si presintiendo la llegada de un momento que cambiaría su vida. Había concluido una sonata para cello cuando se acercó al balcón. Al fondo del jardín apareció un carruaje, que avanzó hasta detenerse junto al palacio. Sobre la rueda izquierda, una placa metálica despertó en el músico un presagio. Boccherini bajó la escalera imperial, cruzó el cocherón y alcanzó el carruaje, como así observaron las damas que, con descaro, se dispusieron a cotillear acodadas en el balcón, a modo de palco.

            Ninguna supo qué ocurrió dentro del carruaje donde Boccherini se encontró, al abrir su portezuela, con una mujer y un beso en los labios. Una voz frágil le suplicó que volviera a Francia. Boccherini no supo qué decir; en lo más profundo de su mente se cruzaban deseos que era incapaz de gobernar. La mujer le entregó una carta. Él prometió leerla pero, al descender del carruaje, se tropezó con un marmolillo y la carta cayó en un estanque. Boccherini volvió al salón donde le esperaban los ojos de Clementina. La mujer del carruaje, tras secarse sus lágrimas, miró afuera y observó la carta. Dando una orden al chófer, maldijo al músico, maldijo al amor, y se alejó para siempre del palacio.

Da capo: una pequeña larga historia de su creación

El viernes 14 de octubre de 2022 se anunció la resolución del primer concurso de microrrelato ilustrado “AEDAS Homes Ciudad de Boadilla del Monte”, organizado por AEDAS Homes con el apoyo del ayuntamiento de esta localidad madrileña. Mi historia, de título Da capo, no resultó ganadora, ni tampoco fue seleccionada dentro de las veintisiete que serán publicadas en un volumen.

            Cualquier texto que escribo, y en especial los de corta extensión, es leído y valorado por algunos de mis amigos, y de sus recomendaciones tomo nota atenta para mejorar el texto. De ahí que, al escozor por el resultado, se una mi sentimiento de culpabilidad frente a esos amigos que son parte cómplice del texto, exactamente en la misma categoría creativa que yo, por más que ellos nunca tengan nombre y yo sí. Esa sensación de culpabilidad es más aguda en este concurso, que era ilustrado, y donde mi primo Ignacio contribuyó con un dibujo que refleja, de un lado, el ambiente histórico de finales del siglo XVIII, pero a la vez dotando al texto de una visión actual, con esas líneas rectas que escapan al horizonte, y que sitúan al lector mirando hoy, en el siglo XXI, hacia ese punto de fuga por donde se aleja un carruaje.

            La lectura de las bases descubrió el contenido del relato cuando aún no estaba en mi imaginación. Primero porque marcó sus límites: un máximo de trescientas palabras, y con cinco términos —jardín, placer, bailar, enojo y profundo— que debían de figurar. Segundo porque el eje central del premio, tal y como señalaban sus bases, era “contribuir a la difusión de la cultura de Boadilla del Monte y de su esplendor en el siglo XVIII”, cuando “personajes tan importantes como el infante don Luis, Goya, Boccherini y Ventura Rodríguez fueron parte de la escena de este municipio”. En ese contexto, el palacio del infante don Luis en Boadilla del Monte —seguían las bases— fue “el perfecto ejemplo de arquitectura palaciega del siglo XVIII”. Su arquitecto, Ventura Rodríguez, “diseñó no sólo el propio edificio palaciego sino también dos terrazas de jardín, una planta de huertas, una fuente aljibe, un estanque, una noria, una casa de aves y dos puentes”.

            Tras leer las bases decidí que sería en ese palacio donde sucedería la historia que narra Da capo, aunque entonces no existía ni historia ni mucho menos título. Leí después que, en 1768, el músico Luigi Boccherini llegó a Madrid desde París; los rumores decían que estaba enamorado de Clementina Pelliccia, soprano romana que actuaba en una compañía de ópera de gira por nuestro país, y que era ella, muy probablemente, la razón de su viaje. Asumiendo esta hipótesis, pensé que Boccherini dejó París por una segunda razón sentimental, pero de signo contrario: había otra mujer que era fin de un trayecto e inicio de otro. Visualicé entonces un carruaje que, brincando por las carreteras de Francia y luego de España, perseguía la sombra del músico. Mi historia ya contaba con un palacio y un carruaje, y ahora también tenía una fecha, la de ese instante donde se unían el pasado, presente y futuro de Boccherini. El pasado lo albergaba un carruaje que, en las versiones iniciales del texto, fue un faetón, palabra que deseché por una cuestión de eufonía. El presente eran las mujeres españolas que, en un primer borrador, hablaban sobre la situación del clero, de la loza, de la servidumbre y de la calidad de las telas, todo ello abanicándose en los balcones del palacio, que imaginé a modo de palcos de ópera. Sus abanicos tenían varillas de nácar y marfil, detalle que retiré para ajustarme al límite definido por las bases.

            Quedaba por resolver el futuro, o cómo respondería Boccherini en el presente a la llegada de su pasado. Si lo hacía subir al carruaje, y regresar a París, quebraba la verdad de la historia, pues Boccherini permaneció para siempre en España, donde se casó con Clementina. Pensé entonces en Antonia S. Byatt y su novela Possession, seduciéndome la idea de plantear una versión alternativa de la historia, una fractura que agrietara los discursos hegemónicos, poniéndolos en duda, y apuntando a la existencia de motivaciones que, como aguas subterráneas, circularan bajo el discurso oficial. Por esas galerías de aguas susurrantes navegaba la duda sobre lo que Boccherini sintió al entrar en el carruaje. De ahí que, en su interior, Boccherini no supiera qué decir. En una redacción inicial señalaba que su mente parecía haber olvidado, de súbito, el idioma francés; eliminé después este detalle, nuevamente por una cuestión de espacio, pero también porque esa dama misteriosa, aunque viniendo desde París, podría ser —por qué no— italiana como él.

            Lo que se me reveló con claridad, por una cuestión espontánea y posiblemente azarosa, es que la carta que ya traía escrita la dama —quién sabe si adelantando la duda de Boccherini— debía resbalar de las manos del compositor en metáfora de su nerviosismo. ¿Qué sucedería a continuación? De nuevo, y por una coincidencia afortunada, leí el siguiente párrafo en el libro que tenía entre manos, Amours, de Léonor de Recondo:

            “Victoire, après avoir grimpé lestement sur le marchepied, s´installe dans la calèche. Elle aime cet endroit confiné qui sent le cuir et le cheval. Elle aime être balancée par le rythme des bêtes et les aléas du chemin. Sa mauvaise humer se dissipe durant le trajet. »

            (Victoria, tras subir con agilidad en el estribo, se instala en el carruaje. Ama este lugar confinado que huele a cuero y caballo. Le gusta ser balanceada por el ritmo de las bestias y los caprichos del camino. Su mal humor se disipa durante el viaje).

            Tras leer a Recondo volví a mi historia, contemplándola desde el interior del carruaje, un habitáculo que imaginé oscuro, caluroso y alejado de los ojos del lector, que seguían la urgencia de Boccherini escaleras arriba. Recondo me hizo fijarme en la dama, y de ese ejercicio concluí que, en su decisión de no descender del carruaje, de no perseguir a Boccherini, de ordenar al chófer que diera media vuelta y regresara a París, estaba tomando una iniciativa tan sólida y activa como la del propio Boccherini. Ningún lector previo de la historia había opinado sobre la dama. De Boccherini, sí: para muchos era un necio, porque pudo regresar al carruaje y contar lo ocurrido; para otros su estampida probaba que sus sentimientos, antes de bajar al jardín, ya estaban bien instalados sobre los ojos de Clementina. En una interpretación u otra, la dama era invisible. Por supuesto que a Boccherini le asaltaron las dudas, por supuesto que las mismas hicieron que, de sus manos, cayera torpemente la carta, y por supuesto que, tras perder la misma, esas dudas motivaron que no se atreviera a volver sobre sus pasos —como a veces, por cobardía o miedo, nos alejamos de una acción o de un error que nos supera—, pero si me acotaba a esta visión de la historia, a su visión, lo que pensara o sintiera la dama no importaba, ¡y cómo no iba a importar la opinión de una parte en una ruptura de dos! De ahí que decidiera cerrar mi relato justamente con ella y su doble maldición —al músico y al amor—, para así dibujar el paralelismo de una huida que era doble: la de la dama, llena de malestar, en dirección a París, y la de Boccherini hacia un salón burgués donde le aguardaba su futura esposa.

            El título del relato, Da capo, indica en notación musical que se debe volver a un punto anterior de la partitura. Al lector, que habitualmente relee el título tras terminar el texto, le puede servir de pista hacia esa idea de tabula rasa en la vida de Boccherini, de vuelta a la casilla de comienzo en un nuevo país, España, idea que bien pudo pensar el músico mientras subía las escaleras del palacio.

            El 2 de abril de 1785 moría Clementina Pelliccia, quien fue la primera mujer de Boccherini. El 7 de agosto de ese mismo año lo hacía el infante Luis de Borbón, mecenas del músico. Boccherini llevaba dos décadas en España y, aunque el tiempo modifique la memoria, puede que alguna vez hubiera recordado esa carta llena de pasado, que nunca leyó y que siempre quedaría sin responder. Quién sabe si la dama francesa moriría a la vez que Clementina, bajo el rumor de los días revolucionarios que ya se acercaban a París. Cerca de ese final la imagino nerviosa, cruzando con velocidad salones donde tintinean, a su paso, la porcelana y el cristal de las vajillas, quizás advirtiendo un mundo que se desmorona más allá de su balcón. Imagino sus pasos, sus gestos, sus miradas, sus pensamientos, como también los de Boccherini, y concluyo que cualquier vida está hecha de sonido y de silencio, justamente los elementos que, en forma de música y agua, uní en este relato. Porque la literatura viene de esa mezcla, nunca ofrece significaciones rotundas, de igual forma que la realidad, con frecuencia, tampoco las ofrece. La vida es un vaivén de abanicos, de palabras y de silencios, de cartas sin leer, de puertas de jardines que se abren y se cierran. Aquello que pretendemos ocultar puede, en ocasiones, ser más visible para los otros que aquello que mostramos. Tal vez no sea la misión del escritor sino alumbrar nuestras motivaciones ocultas, abriendo sus posibles significados. Ese fue aquí mi objetivo.

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