Verdi y Wagner

En el mes de noviembre de 1871 se estrena Lohengrin en Bolonia. El anuncio provoca una gran excitación: esa la primera vez que una ópera de Wagner se representaba en Italia.

Tres semanas después, poco antes de estrenar Aida, Verdi acude a Bolonia. Nunca había visto una ópera de Wagner. Se escondió en la segunda fila del palco veintitrés. Intento pasar en vano, pero, al término del segundo acto, se oyó un grito: “¡viva il Maestro Verdi!”. El público aplaudió durante quince minutos, quién sabe si contra lo que veían en escena o por alabar al compositor oculto a su espalda.

Se conserva la partitura de Lohengrin con 114 observaciones que Verdi apuntó a lápiz. George Martin, en su obra Verdi, las resume: “Impresión mediocre. Hermosa música, cuando es clara y expresa una idea. La acción se desarrolla tan lentamente como las palabras, y por lo tanto es aburrida. Hermosos efectos con los instrumentos. Abuso de las notas sostenidas, con la consiguiente pesadez. Mediocre representación. Mucha verve pero sin poesía o refinamiento. En los pasajes difíciles, siempre mal”. Del famoso Preludio del Acto 1 dijo: “Demasiado estridente”, y a continuación: “no sabe explicarse”. Luego: “el clarinete y la flauta hermosos”.

Dos semanas después, Verdi estrenaba Aida. Su éxito fue tan inmenso que Verdi perdió, para siempre, la intimidad. Jamás volvió a ser ese agricultor que soñaba con cultivar remolachas, criar caballos e ir al mercado de Cremona. Tardó dieciséis años en estrenar su siguiente y penúltima ópera, Otello (1887). Quién sabe toda la música que dejamos de escuchar por una admiración desmedida.

Las obras de Wagner y Verdi siguen asombrando por ser, las unas de las otras, contemporáneas. El drama musical por el que apostó Wagner hacía añicos la estructura italiana defendida por Verdi. La música de Verdi, su velocidad, su arrastre inevitable e inmediato, adelantaban los rodamientos meditativos de Wagner.

Disfrutar de ambos es un regalo duplicado. Según el humor de los días, uno de los dos es necesario. Lo cual demuestra qué distintos son los caminos que guían la emoción. Si es que la emoción no está, justamente, en el tránsito.