En tierra de nadie

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Tierra de nadie, originalmente No man´s land, fue escrita en 1974 por el dramaturgo británico Harold Pinter. El título de la obra sirve como una quiromancia cumplida: la tierra de nadie es el lugar a donde nos transporta el texto, «un espacio duro, inmutable y predecible, que permanece por siempre helado, oscuro, silencioso». Ese camino comienza apagando los teléfonos móviles, también las conversaciones. Oscuridad, y de golpe luz sobre la escena: un amplio salón rectangular, abierto por sus lados más largos hacia dos graderíos. En el centro de la escena un enorme mueble bar. A su alrededor apenas una mesita y una butaca, algunas sillas lejanas, un sillón.

Que el espacio sea diáfano y que lo domine un gran surtidor de whisky y vodka son dos valiosas pistas para comprender el texto. Por un lado está ese espacio sin límites y sin estructura, un lugar poroso por el que se cuela el tiempo pasado. Y el tiempo pasado resulta ser un caos: los recuerdos llegan en oleadas no deseadas, sacuden el momento presente de los personajes, que discuten sobre la realidad de lo que alguna vez ocurrió, o tal vez no, porque parece más importante la exactitud de lo contado que su propia veracidad. Solo a través del lenguaje poético puede gobernarse la vida pasada, esa que entra sin ser llamada, y alcanzar así la redención.

Y por otro lado está ese gran mueble bar, un tótem al que los personajes se acercan constantemente para servirse una copa. De la importancia de la bebida se explican las incoherencias de la obra, las discusiones que no solo carecen de sentido para sus protagonistas, sino también para los espectadores sobrios. Discusiones que son más bien largos soliloquios: tras una descripción llena de belleza y humor, la respuesta del otro es la indiferencia, como si no le hubiera escuchado, o directamente el insulto más burdo. Y es solo al final de la obra, y solo parcialmente, cuando la falta de una arquitectura dramática se atenúa.

José María Pou es Hirst, el dueño de la mansión. Un artista que parece acabado pero al que dos jóvenes rinden un culto servil. Él les desprecia con una mirada siempre tensa, como de bisonte a punto de atacar. También desestima a Spooner, papel que interpreta Lluis Homar. Spooner ha llegado a la mansión sin saberse muy bien por qué: es un hombre desaliñado que halaga a Hirst y que, tal vez sin saberlo, también desea convertirse en su vasallo.

Entre ambos la obra avanza a golpe de alcohol y de absurdo y de monólogos sobre cuestiones inconexas pero, en un latido de lentitud vegetal, se empieza a adivinar frente al espectador una relevancia del pasado: un lugar común que parece, por fin, unir las vidas de Hirst y de Spooner, y explicar lo que carece de sentido aparente. En ese tránsito de los recuerdos en común el lenguaje poético tiene una importancia clave: es el único refugio contra el presente, la medicina que hace soportable el dolor de los recuerdos.

La obra tiene imágenes con fuerza evocadora, como ese álbum de fotografías donde el tiempo ha traicionado los rostros, o el cuadro de una escena ocurrida en Ámsterdam y que Spooner jamás llegó a pintar, pero que lo visualiza y describe como si realmente existiera. Son imágenes del pasado, un tiempo que sobre la escena es siempre un lugar mejor: allí quedaron los sueños que no se han cumplido, allí se demostraba que la vida tenía sentido, y su sentido era vivirla.

José María Pou y Lluis Homar están magníficos. El primero habla a trávés de una mirada siempre contenida, y por la sala se mueve entre tambaleos y caídas. El segundo es puro verbo: sobre él recae un esfuerzo de memorización notable, pero lo borda incluso mientras mastica una tostada. Dos grandes actores entre los que apenas fluye el diálogo. Parece más bien como si, a modo de almohadas, uno se recordara tumbado encima del silencio del otro. ¿No serán almohadas del tiempo, también, los dos jóvenes que entran y salen de escena?

Los focos despiertan sobre el público, suenan los aplausos: las palmas orientan su sonido hacia los actores, como si felicitándoles se aliviara uno del temor a no haber comprendido el texto. Certifico que la duda es multiplicada: bajo los arcos de salida un espectador pregunta a otro:

¿Tú qué piensas de esta obra?

No puedo escuchar la respuesta pero sí de nuevo la misma voz que dice: pues vaya, yo he interpretado otra cosa totalmente distinta. ¿Vamos a discutirlo en la cantina con una cerveza?

Enfilo la noche y pienso en ese diálogo que ahora empieza entre los espectadores, y que posiblemente sea uno de los objetivos que suscita la obra: azorarnos en un viaje hacia nuestro propio pasado, hacia un espacio donde quedaron los ideales inalcanzados. Un viaje que acaba y que, ay, nos devuelve a ese espacio duro, inmutable y predecible, que permanece por siempre helado, oscuro, silencioso. Las claudicaciones de la vida adulta en la tierra de nadie. ¿No es acaso así la realidad? Durante dos horas de actuación logró no serlo.

Tierra de nadie se representa en las naves del Matadero de Madrid hasta el día 2 de febrero de 2014.

El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa

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Los libros destinados a convertirse en recuerdo llegan así, por accidente, casi sin quererlo. Me había levantado en el hotel AC de Lisboa, me había afeitado y duchado y cerrado la puerta a mi espalda, y en la mesilla de noche siempre mi libro de El corazón en las tinieblas. Llegué a la terminal del aeropuerto de Lisboa, tan próxima a la ciudad, y solo tras cruzar la niebla de un café mi mente advirtió la ausencia del libro.

Recordé las últimas líneas leídas, últimas en todo el sentido del término. Marlow, agotado de remontar el río Congo, acababa de conocer a Kurtz, un personaje que trafica exitosamente con marfil y del que se adivina ya un perfil siniestro. Alguien también traficó con mi libro, pues llamé al hotel y no había rastro del mismo. Si lo encontramos le llamaremos, y la mentira puso fin a la conversación. Miré las pantallas de embarque e imaginé quién continuaría leyendo donde yo ya no podía seguir.

La ausencia de lectura me hizo a echar un vistazo a la librería del aeropuerto de Lisboa. La literatura de aeropuerto suele constar de obras menores, prescindibles, como si a once mil metros de altura la mente no pidiera demasiadas complicaciones, ¡y cuál fue entonces mi sorpresa al ver la calidad de los libros que allí se vendían!. Activada por la cafeína, la mirada hizo un rápido zigzag hasta frenarse en un lomo plateado, y escrito sobre el mismo The book of disquiet (traducción al inglés del original Livro do desassossego). Su autor, Fernando Pessoa.

Libro que había llegado hasta mí como un accidente, pero cuya existencia también era fortuita: Fernando Pessoa, bajo el heterónimo (otro más) de Bernardo Soares, dejó una colección desordenada de miles de fragmentos en el interior de un baúl. Fragmentos sobre la vida, la filosofía, la literatura, la soledad. Nunca pensó en la existencia de su libro, tal vez porque sabía de la imposibilidad de ordenar todos esos trocitos en la lógica de un puzle.

Esos trocitos poéticos formaron una nube estable de electrones porque alguien, también por accidente, los descubrió y logró unir en un átomo de lectura. Un átomo mínimo (el pensamiento hecho aforismos) y que emite una energía inversamente proporcional a su tamaño. Un átomo mínimo y además oscuro: para leerlo, y así poder observarlo, la vista debe abrirse en silencio, sin prisas, parpadear de inteligencia y, al final, con gozo, comprender.

Fue la propia exigencia de Pessoa la que ensanchó sin pausa ese baúl. Decía su autor: “me sorprende terminar algo. Me sorprende y angustia. Mi perfeccionismo me impide acabar cualquier texto (…). Texto que inicio porque no tengo la fortaleza de pensar. Texto que termino porque no tengo la voluntad de abandonar. Este libro es mi cobardía”. De ese perfeccionismo soñado la realidad de este volumen, páginas enlazadas donde la angustia se escapa y confirma el título del libro, un libro que no se acaba nunca porque nunca es el mismo: ni el libro ni nosotros.

Libro nocturno, de lecturas sucesivas, de llevarlo en la mochila o en el pantalón o tenerlo en la mesilla de noche o en el baño (ese lugar de lectura sin renombre). Libro que nunca tendrá una edición definitiva (el baúl se puede vaciar en infinitas posibilidades), libro deconstruido antes de que llegara Adrià, libro reconocido entre las mejores y más hermosas obras del siglo XX (en el mundo abundan los insomnes y los artistas), libro para los insomnes que escuchan los sueños de los demás.

P.D. El día que escribí esta crónica para El buscalibros (www.elbuscalibros.com) era un 15 de julio y se cumplían diez años de la muerte de Bolaño. La constancia trágica de las efemérides certifica la vida de uno, el alivio de la existencia, pero también el balance cada vez más frágil con el que ya no está: los años solo cuentan ya en una dirección. Diez años de mi vida y diez años sin Bolaño, aunque él nació en 1953, así que podemos pensar en veinticinco años anteriores sin mí. Me pregunté entonces qué se había perdido Bolaño en este decenio. Levanté la vista: en las noticias sin volumen una camioneta de la Guardia Civil entraba en un juzgado. Qué se ha perdido Bolaño, pensé, y solo me venían personas y hechos que nada tienen que ver con lo bueno de la vida. Quería cerrar la crónica y se me cruzó la idea rara de que Bolaño seguía vivo. Que disfrutaba de una de sus muchas ausencias infantiles, de sus escapadas literarias, de un largo viaje de Chile a México y de México a su casa en Blanes. Hoy que redacto y corrijo esta crónica descubro que Bolaño no se ha perdido nada en estos diez años, sino más bien todo lo contrario: somos nosotros quienes le hemos perdido a él.

Libro del desasosiego, Fernando Pessoa, editorial Acantilado; traducción de Richard Zenith. 608 páginas. 27 euros.

Año muerto, año nuevo

Blas-de-Otero

Otro año más. España en sombra. Espesa
sombra en los hombros. Luz de hipocresía
en la frente. Luz yerta. Sombra fría.
Tierra agrietada. Mar. Cielo que pesa.

Si esta es mi patria, mi vergüenza es esa
desde el Cantábrico hasta Andalucía.
Olas de rabia. Tierra de maría
santísima: miradla: hambrienta y presa.

Entré en mi casa; vi que amancillada
mi propia juventud yacía inerte;
amancillada, pero no vencida.

Inerte, nunca desesperanzada.
Otro año más camino de la muerte,
hasta que irrumpa España a nueva vida.

Blas de Otero incluyó este soneto en su libro Que habla de España (1960-1964). Poesía social es la etiqueta con la que estos versos se enseñan en los libros de literatura. Versos como testimonio y denuncia de una realidad acordonada. Versos que con frecuencia no lograban escapar de sus vigilantes: el órgano censor, escondido tras unas iniciales cobardes, los regateó, tachó y mutiló en numerosas ocasiones, y así que uno no sabe ni sabrá nunca qué es lo que realmente quiso decir Blas de Otero.

Lejos de sorprenderme por los tajos de la censura, lo más llamativo es conocer lo trabajoso de su proceso de control, las peticiones y denegaciones y los archivos de entrada y salida, unos órganos remitiendo sus dudas a otros superiores, y éstos a su vez a otros por encima, y que todo esa tarea hercúlea girara, en este caso, sobre la poesía. Cuesta imaginarnos que la publicación hoy de un conjunto de poemas pueda tener algún impacto social, no tanto porque vivamos en una sociedad donde la expresión es libre, sino más bien porque la poesía parece haber perdido la relevancia que tuvo. ¿Qué pasaría si volviéramos a una España con archivos de denegaciones, con forcejeos entre autores y mutiladores? ¿Recuperaría su importancia la voz del poeta, o estallarían nuevas formas de expresión del descontento?

Y en medio de esa incertidumbre y de esa lucha, ¿cómo era la vida creativa de un artista censurado? ¿Cuántas veces levantaba su vista del papel y pensaba en ese lector implacable? Releo el soneto de Blas de Otero, acaricio después el estupendo volumen con las obras completas del autor. Blas de Otero: Obras completas. ¿Sentiría su autor que esa obra que ahora leo era ciertamente suya? Cuando el poeta se miraba frente a un poema modificado, ¿lo reconocía como propio? ¿Qué palabras pronunciaba en su cabeza: las impresas, o las ocultas para siempre bajo un trazo grueso rojo? Porque en suma: ¿no debía aparecer en el lomo, junto a su nombre, una larga lista de códigos anónimos que también contribuyeron, destruyéndola, a su obra? A su manera, impune y furtiva, también están dentro del poemario.