Asustados

En casa

se juntan las familias sin árbol de Navidad. Los ladrones se muerden las uñas: la Semana Santa quedó cancelada. Subidos a sus bicicletas, algunos atraviesan valles, conquistan cumbres, descienden a la alfombra, donde les aguarda su ansiedad. Hace días que no escucho a mis vecinos. Ellos tampoco a mí. Sólo habla la vivienda: sus puertas, las tuberías, el óxido de un toldo, algún ascensor.

En los balcones,

a las horas establecidas, se aplaude primero y se insulta después. Suenan las mismas canciones, se ondean idénticas banderas. Si no fuera por esas lucecitas que algunos agitan, todo sería repetición: el ensayo perpetuo de una misma obra. Luego regresa la calma, y yo me quedo todavía un tiempo, fumando imaginarios cigarros, y las fachadas se me confunden con esos pueblitos pobres, de cartón piedra, con los que se decoran el fondo de los belenes: lugares remotos, planos, sin vida.

En la calle

se aburren los semáforos. Un perro ladra, levanta las orejas, descubre con asombro su eco. Los autobuses huyen de su urgencia, evitando ser parados. A través de una rejilla escucho el metro, anunciando un mundo subterráneo, inverosímil, de gente con prisa. Un mundo al que pertenecimos todos hasta ayer. Y a mí derecha, delante del instituto, el patio infantil es un escenario sin niños. Sobre el patio se mueven algunas ramas: un tramoyista olvidó que ha terminado la función. Ahora suena una ambulancia, dejamos al unísono el wasap y, desde nuestras casas, sin saberlo, todos nos miramos.

Sankofa

Entre lodazales y selva, al sur del país, habita este grupo étnico. Su estandarte es un pájaro. Se lo dibuja de perfil, con su pico hacia delante y su cabeza hacia atrás. Próximo a la boca, un huevo simboliza lo que está por llegar. El pájaro recibe el nombre de sankofa, etimología que suma tres verbos: san (regresar), ko (ir) y fa (aprender).

Se cuenta que toman sus decisiones sin jerarquías, con serenidad lenta, mirando al pasado. De ahí que la vida sea un ejercicio constante de memoria –la memoria de la tierra y de sus moradores, la de las batallas y sus treguas, pero también la memoria más íntima, la de los cajones con llave y los álbumes de familia.

Consideran la vida una mezcla de asombro y recuerdo, novedad y memoria, y por eso que el pájaro avanza pero, a la vez, se vuelve y busca su sombra misma, que fue luz y hoy es sólo estela. Como espejos contrapuestos, la vida se siente un aluvión de referencias ausentes. Caminar sobre esa memoria es el diálogo que llamamos vida. Regresar, aprender, ir.

El convencimiento sobre la importancia del pasado lo abarca todo, incluso el deporte: cada año, en los juegos de la primavera, la victoria reside en repetir, con la mayor fidelidad posible, los resultados que ya se produjeron. Se celebra entonces el mismo vuelo de una jabalina, el rugido idéntico de una lucha que fue sólo repetición. Al terminar, todos bailan y beben y se besan con la feliz certeza de que el futuro tiene su raíz en la memoria, la buena memoria, y por lo tanto ya sucedió.

Una conversación interrumpida

Mi buzón presagiaba una derrama. Lo abrí. Buenas noches, buzón. Buenas noches, Daniel. La carta de la administradora me informó de tus apellidos. A continuación habéis fallecido. En el ascensor traté de sortear el mensaje, evitarlo, escapar: ¿qué otro portero podía llamarse Rafael? ¿Alguno de la mañana? ¿O tal vez? Entonces. Entonces recordé. Que llevabas un tiempo sintiéndote mal. Es la gripe, te diagnosticabas y yo, como si supiera algo de medicina, te asentía desde la puerta del ascensor.

Me tumbé en el sofá. El papel temblaba. No: temblaba mi mano. Hice un esfuerzo para que avanzara la memoria. O más bien para que retrocediera. Y retrocedió dos días, hasta la mañana del domingo. Me dijiste que estabas muy cansado. Te recomendé que fueras al médico. También te lo había aconsejado tu mujer, y por eso que al día siguiente acudirías al centro de salud. Sonreí, sonreí sin saber que, en ese mismo momento, en ese hasta luego Rafa, hasta luego Dani, nos estábamos despidiendo para siempre.

El lunes te tocaba turno de noche. Ya habías fallecido. Yo no lo sabía. Tampoco quien te sustituyó pues me dijo: hoy Rafa está enfermo. Sí, lo sé, está enfermo, y te pensé en tu casa de Vallecas, algo febril bajo una capa de mantas, próximos tu mujer y tu hija y tu perro.

Tu perro. Tu perro y mi perra. Nuestra conversación. Mi perra buscando tu silueta, tu barba imprecisa, tus gafas en perpetua ida y vuelta, como si la realidad la vieras siempre desenfocada. Mi perra exploradora avanzando por el pasillo de tu garita, primero el vaivén de una puerta de western, después una segunda de cristal, luego la pernera de tu pantalón y, premio, el regalo de una golosina. Mi perra luego dando marcha atrás con dificultad, la puerta de cristal, la puerta de western y tú y yo entrelazados ya en el estado del tiempo, en el resultado del Real Madrid, en la salud siempre frágil -qué ironía- de tu perro, nosotros charlando y mi perra soñando el sueño en su sofá, mi perra estirando nuestras palabras y tú acariciándola, tú llamándola bruja, qué pasa bruja, qué pasa bruja.

Todo de golpe no existe y me pregunto si la muerte sirve para algo. Si existe una razón por la cual un día alguien tiene cincuenta y dos años y al día siguiente ninguno. Supongo que todos buscamos que la muerte sirva para algo. Pero la muerte no sirve para nada. Tal vez -pálido consuelo- para distribuir los afectos. Para reorganizarlos. Para enviar esta tristeza y cariño a una mujer y una hija y un perro hermanados todos por una misma ausencia. Para tirar con dulzura de Volga cuando, de nuevo, con tozudez, invade la garita, y te busca, y no te encuentra. Para ver cómo crece ese árbol que en tu nombre han plantado los vecinos. Para recordarte detrás del cristal, donde siempre pensé que te iba a encontrar, un año y otro y después otro, allí donde creí que mantendríamos una larga conversación llamada vida.

III. Reactivado el mundo

Sigo postrado mientras el cielo cambia de color: primero ámbar y luego fuego y luego suenan unos pasos, una tos, la puerta que se abre. Es un bastón y un brazo y una pierna y por fin Wotan, mi amigo Wotan. De arriba a abajo lo definen su sombrero errante, su pelo largo y sucio, su pañuelo que tapa el ojo izquierdo, su. Es imposible seguir tras mirar su ojo izquierdo. Todos saben que Wotan sólo ve con el derecho. Pocos saben que el izquierdo también le funciona. Wotan afirma que no lo necesita. Que se lo reserva. Le basta un ojo para entrar en el interior de las almas. Un sólo ojo que funciona con la profundidad de un microscopio. Un sólo ojo con el brillo revelador de una bengala. Quien lo contempla se obliga a una revelación. Un ojo demiurgo. Dice Wotan que se ve mejor cuando uno limita su campo de visión. Que la escasez perfecciona la virtud. Lo cierto es que una muñeca rusa, atónita, con sus dos ojos, ¡dos!, dilatados, nos observa abobada desde la estantería, sin entender nada. Así que puede que Wotan tenga razón. Puede. Wotan acaricia esa muñeca y la devuelve a su lugar. Por fin se acerca hasta la cama, me diagnostica, concluye: la enfermedad tiene tanto de persona como de espacio. De asedio como de motín. Si la enfermedad vence a la persona, sólo hay una alternativa. Bajo nuestros pies relincha el caballo: también comprendió el mensaje. Doy las gracias a Wotan. Es un reloj de cuco: da el mensaje y se marcha. Yo partiré mañana. Mañana abandonaré el dolor. Quedará postrado junto a mi ausencia.

II. Detenido el mundo

Pasé la noche en cama, con fiebre. A mi espalda la calle despertó. Se iluminó un armario, una silla, un desorden, soledad. Busqué el termómetro de tus dedos sobre mi frente. Tu mano un animal entre laderas de algodón. Te necesito, mamá. Me pregunto cuándo fue la última vez que te di la mano. Me pregunto cómo olvidé la última vez que me diste la mano. Huelo a sudor. Es viernes y las sábanas son la reliquia de una religión olvidada. Ahora llueve, ahora escucho el relincho de mi caballo: también, yo también te echo de menos. Lo intento, ¡lo intento!, pero me inmoviliza el miedo a moverme, a escapar de mí, erguirme, el abismo de las piernas, tocar el suelo, sus pentagramas de madera, caer. Y si la vida es para siempre este vértigo. Duermo mucho, leo poco, olvido más. Sólo una frase huésped, que se refracta de pared en pared: lo que decimos no siempre se parece a nosotros. ¿Y qué pasa con el silencio? ¿Es también el silencio un guante culpable? ¿No soy yo mi enfermedad? El sudor, la lluvia, el relincho, tu relincho, tu relincho. Ganas de bajar la escalera y besar esa cabeza tuya tan grande, ganas de bajar y besar esa cabeza, ganas mas las sábanas ganan, las sábanas, el abismo, el sudor, esta luz que no fue invitada y esta soledad.

I. Recorrer el mundo

Monté a caballo y me fui a recorrer el mundo. Cierto amanecer, entre brumas, divisé una ciudad. A la mañana siguiente se inició una guerra. Fui hospedado en tabernas donde la vida era tránsito. Fui recibido en palacios donde cené mi reflejo en plata. En un teatro alemán lloré cuando bajó el telón. Me engañaron los mapas y maté a un hombre en la frontera. En el fondo de los bolsillos se refugiaba el frío. Hubo jornadas donde todo era movimiento pero no sucedía nada. Hubo jornadas sedentarias donde mi corazón iba a la carrera. Una bruja me mostró la senda de lo visionario. Me enseñó que la existencia eran ruinas, y las ruinas los restos de una habitación infantil. Feliz y agotado crucé una muralla. Tomé un pasadizo con forma de cordón umbilical. En un escaparate dos gramófonos se escuchaban al oído. Bajé del caballo pero las piernas seguían cabalgando. A brincos subí la escalera, cerré el libro, apagué la luz.

Historia sin retorno (de Mario Levrero)

Un perro, Campeón. Vivía solo con él y llegó a incomodarme. Lo llevé al bosque, lo dejé atado con una piola que pudiera romper con un poco de perseverancia y volví a casa.

En un par de días lo tuve rascando la puerta; lo dejé entrar.

Se me hizo intolerable; lo llevé a un bosque más lejano y lo até a un árbol con una piola más gruesa (sabía que el defecto no estaba en la piola sino en la fidelidad del animal; quizás tenía la secreta esperanza que esta vez no pudiera liberarse y muriera de de hambre).

Volvió algunos días después.

Entonces supe que el perro volvería siempre. No me atrevía a matarlo por temor a los remordimientos; y pensé que aunque lograra efectivamente perderlo, en un bosque más lejano aún, viviría con el temor constante de su regreso; atormentaría mis noches y enturbiaría mis alegrías; me ataría más su ausencia que su presencia.

Entonces dudé apenas un instante ante la majestad del bosque compacto que se alzaba ante mis ojos -umbrío, imponente, desconocido-; resueltamente, comencé a internarme, y seguí internándome hasta que, finalmente, me perdí.