Lesiones

Me hubiera gustado
decirte te quiero.
No girar el gesto,
no ver las diez treinta desde la garganta seca.
Me hubiera gustado
salir de fiesta,
beber cerveza,
compartir una ensaladilla rusa,
hablar de cosas tan importantes
que fueron de seguro inciertas.
Luego ir al baño,
hacer aquello que escribiría
si mi abuela no me leyera.
Pasear por Madrid de tu mano
si tu mano no hubiera sido tu mano,
mear y
estar a punto de ser atropellado,
mirar el móvil
y mientras, en los árboles,
amaneciendo,
alegres,
alegres pájaros.
Me hubiera gustado
decirte aquello
que me hubiera gustado
hubieras escuchado.
He vuelto sin embargo
solo hasta casa, Santa Engracia, Cuatro Caminos y
Bravo Murillo, la calle más triste a las cinco de la mañana,
con una manguera que expulsa
en abanicos
los restos de la noche, con
neones apáticos y
el zapato derecho
que pisó una caca.
Un 27 anuncia que el mundo comienza a girar,
que la vida se hizo para los valientes y los que fracasan
y que yo no estoy en ninguna de esas categorías.
En Plaza de Castilla un gran depósito anuncia
el desagüe de mi estómago:
podría llenarlo si quisiera de palabras, pienso
y en una esquina, farola humana, compruebo que existe el amor,
es decir,
que sobran las palabras.
Los retrovisores venden oportunidades y
compran oro, depilan con diodo y enseñan inglés.
Me derrumbo junto a un León,
la realidad se tuerce,
las gafas dejan de funcionar,
huele a café y recuerdo que hoy,
a las seis,
juega el Madrid, tan plagado
de lesiones como yo.

Existencias paralelas

Subimos a la cabina. Al primer balanceo caí dormido: duermevela de metal suizo bajo el cielo de Madrid. Sin motivo, abrí un ojo: estabas en la cabina opuesta, muy cerca y muy lejos a la vez. No me mirabas. Así habían sido nuestras vidas, siempre en paralelo, siempre suspendidas, siempre aguardando a que alguien tirara de ellas. Lamenté que, para avanzar uno, ello significara alejarse del otro. Luego lamenté haberlo lamentado. Sé que después volvió el sueño. No recuerdo por qué desperté. Sí recuerdo buscarte a través del mismo ojo, la misma ventana, el mismo lugar, y en ese lugar un fondo de bosque y colinas, el azul de un lago, una noria en la hora de la siesta. Tu codo: advertí que estabas a mi lado, que íbamos a llegar, que debía ayudarte a cargar con la nevera portátil y la sombrilla y las mochilas para el picnic. Buscamos una sombra donde almorzar. Sobre nuestras cabezas iba y venía el ruido de las góndolas. Me preguntaste qué pensaba: en las existencias paralelas, en el otro a un tiempo próximo y a la vez alejado. Comprendí que sólo lograría avanzar llenándote de distancia. Mordí la tortilla, todavía caliente y con el huevo poco cuajado, como sé que sabías que me gustaba. Te respondí por fin que en nada, que no pensaba en nada. Di un trago a la cerveza y nos besamos.

Texto escrito en junio de 2019 para el V concurso de microrrelatos organizado por la EMT (Empresa Municipal de Transportes) de Madrid por el 50 aniversario de su fantástico teleférico. 

Requisitos para la formalización de una hipoteca ante notario.

Olvidé el DNI en el coche. Eso es lo que dije antes de levantarme. Mi cuerpo se hizo aire, el aire movió las hojas del préstamo hipotecario. En la ventana, detrás de las rejas, un martes. A mis palabras el despacho respondió con asombro. Salí despacio por el pasillo, bajé a zancadas las escaleras, atravesé rápido el portal. En la calle corrí sobre mi huida, me trastabillé, golpeé y fui golpeado, rebasé mi vehículo, crucé la avenida, entré en el parque, me senté, por fin, en la base del tobogán.

Mi corazón inmaduro jadeaba adulto. Advertí que el suelo de arena, en el punto de caída del tobogán, anunciaba un cráter infantil. Imaginé desde allí un túnel hasta la notaría. Luego, sin motivo, giré la mirada: en la plataforma superior aguardaba, silencioso, un niño. El niño y yo nos miramos. Parecíamos conocernos. El niño se levantó, palpó sus bolsillos, encontró en el derecho su cartera, en la cartera dos monedas, dos canicas, una púa verde de guitarra, también su DNI. En el izquierdo descubrió su móvil, y en el móvil doce, trece llamadas perdidas. Lo dejé lanzarse y caímos por el agujero que había observado.

En secreto

Se apagan las voces de la ciudad. La ciudad, su frontera, es un arco de vidrios rotos, de proyectos de urbanización, de telefonías que se debilitan. Un perro sin coordenadas ladra al miedo. Me coges de la mano, yo giro la cabeza: a la espalda el barrio es un brochazo sucio de luz, un objeto deformado tras el fondo de un vaso.

Vamos pisando, cayendo, avanzando, de nuevo pisando, cayendo, avanzando. Somos el ruido de una urgencia, un sonido prohibido que hace cómplice a la tierra. Nos detenemos en acorde. Estorban los brazos, los cuerpos, los cabellos. Las ropas se apiadan y desaparecen: cementerio textil. Cada uno, despojado de sí mismo, se convierte en el otro que desconoce. No lo sabemos pero, afanada entre las piedras, una lagartija nos observa. En el cielo, sobre la línea de tu brazo, interrumpe mi deseo las luces de un avión. Tal vez en él viajas tú.

Avanzar

En el año 1971 mi amigo Pablo tenía 14 años. A partir de esa edad su colegio ya no disponía de servicio de rutas escolares. Los alumnos debían entonces acudir a clase a pie o en transporte público.

Sus padres le enseñaron que, si en el metro alguien le preguntaba por el nombre de la estación, podía ser por dos razones: que la persona sufriera alguna limitación visual o, con más probabilidad, que fuera analfabeta. En un caso u otro, era obligado resolver la duda. Decir: Cuatro Caminos, Sol.

El analfabetismo parece un suceso en blanco y negro, un lejano abismo educativo, y sin embargo ocurrió hace bien poco, se marchó apenas a la vuelta de la esquina, y de él fue testigo quien hoy lo recuerda. Como tantos fenómenos en la vida de uno, parece que estuvieron siempre allí hasta que sucedió lo contrario, cuando un día se dieron la vuelta, desaparecieron, y sólo invocados por la memoria se advierte que ocurrieron hasta no hace tanto, que en el espacio de una sola existencia uno conoció gente que no sabía leer y escribir, pero también fumadores en el interior de los bares, y en su suelo nubes de serrín, que los niños viajaban sin cinturón de seguridad, que la economía se medía en pesetas y Europa era un sueño y el mundo y sus relaciones se regían sin pantallas.

Me pregunto qué fenómenos también un día, de improviso, se irán por una calle lateral, cuándo advertiré su ausencia y con qué palabras los convocaré, no tanto para restituirlos o por añoranza, sino más bien para certificar que una vez ocurrieron, que existieron en nosotros, que ellos ya no están pero nosotros sí. La vida siempre avanza a fuerza de reemplazos, sobre una superposición de llegadas y ausencias. Sobre esa voz que preguntaba el nombre de una estación y que yo, ahora, escucho de nuevo hecha recuerdo, pero que, subido al lomo alto de las letras, tengo la suerte de que no es sólo sonido, sino también palabra. Yo escribo su carencia. Por eso que siento lástima por esa voz subterránea, pero también defiendo el orgullo educativo de poder, hoy, narrarla, y siento por fin la responsabilidad futura de las palabras que esa voz no pudo pronunciar, palabras siempre pidiendo ser escritas, escuchadas, siempre queriendo unas sustituir a las otras, porque son también vida, y así avanzar.

La importancia de la ficción

Puede que el niño a quien lees una historia te pregunte:  ¿es verdadera? Si le respondes que no, exigirá entonces una real. No mantengamos esa actitud infantil hacia el libro que leemos.

Vladimir Nabokov: Littératures.

Y para suavizar cualquier postura:

No soy siempre de mi opinión.

Alfred DE VIGNY.

Vidas bancarias

Como mi contrato consistía en cubrir las ausencias de otros cajeros, cada vez que llegaba a una oficina tenía la sensación de que el banco libraba una guerra y que yo, joven universitario, dormido en un amanecer de agosto, era otro reemplazo estival en la batalla, un soldado de refuerzo destinado en el frente norte de Madrid. No sin motivo el espacio de trabajo -una habitación asegurada con cristal- recibía el bélico nombre de búnker, aunque ya en el verano que aquí relato sucedía un proyecto para retirar los cristales y acercar el público al cajero, o más bien desincentivar que el primero usara el segundo, reduciendo así puestos de trabajo y fomentando las operaciones electrónicas. Lo de siempre.

Supongo que la entidad bancaria lo mantenía por sus méritos acumulados. O porque no sabía muy bien qué hacer con él, aguardando una decisión jerárquica lejana y que nunca llegaba, un punto mínimo en la agenda de los demás pero que, para él, condicionaría el resto de sus días. O tal vez continuaba allí por un sentimiento ajeno de culpabilidad, y es que al parecer fue siempre un hombre puntual, limpio, ordenado, educado, querido por sus compañeros, un hombre que cargaba con prontitud los cajeros automáticos, que actualizaba libretas con una mano, con la otra entregaba reintegros de plisados billetes y mientras, mirando al cliente, le preguntaba por su salud, por la de su cónyuge, por el campamento de sus hijos, por la suegra que hace unos meses se fracturó la cadera, por el negocio de la frutería o el taller o el locutorio. Nunca enfermó. Nunca descuadró la caja. No bebía, no fumaba. Era seguidor del Real Madrid. Siempre actuaba bien, aunque en las quinielas elegía las casillas incorrectas. Era la solidez cíclica de un aspa, una regla rápida de multiplicar, una navaja suiza, un pulpo, un vértice múltiple. A su alrededor, sin tal vez saberlo, gravitaba la economía de un barrio.

Un día dejó de funcionar. Quedó sin cuerda, momificado frente a la pantalla de su ordenador. La orden que recibía un lunes la respondía el miércoles. No se sabe qué fue antes: si las quejas de los clientes o que el director lo apartara de la caja; si su apuesta por el silencio o el divorcio de su mujer; si su cara de pasmo o su incapacidad por articular palabra. Le colocaron en una esquina del búnker, como quien cuelga un almanaque o sitúa una planta de interior. Allí me lo encontré: era yo con cuarenta años más. Era yo prolongado en el tiempo. Era yo en el futuro, yo acabado. Me informaron de que él me cubriría. Que aprendería de él. Que se sentaría a mi espalda. Lo miramos la directora de la sucursal y yo. Si él me cubría, qué hacía entonces detrás de mí. Sentí que hablaba a un aspirador descatalogado cuando le dije buenos días. Luego dije mi nombre. Luego dije hola. No respondió. La directora me miró como diciendo: es él quien necesita que lo cubran. Yo respondí en silencio. Es decir, asentí.

De su pasado supe gracias a un compañero de la oficina, mi último viernes en esa sucursal antes de ser movilizado a otro frente, mientras bebíamos cerveza y compartíamos una ración de pulpo. Justo hablando de él que le vimos salir de la sucursal, ausente de sí mismo, arrastrando su calva y su tripa y su rostro de haber sido derrotado. Caminaba sin convicción. Fue verle y la cerveza tuvo la urgencia de una cantimplora. Confirmó mi compañero que había sido un magnífico trabajador, pero que. Pero que. Pero que. Lo vimos desaparecer bajo un arco de letras doradas, invertidas, que anuncia la oreja como especialidad de la casa.

Mi compañero me invitó, le di las gracias, salimos a la calle. En la acera esperaba el fin de semana. Nos despedimos junto a su coche, un Renault Megane deportivo de color amarillo que entonces me pareció lujoso. Entonces. Sentí alivio al marcharme de allí, igual que alguien que quien cambia de canal cuando algo le disgusta. Creí haber olvidado esta historia hasta hoy, cuando me he cruzado con un hombre mayor que iba camino de ninguna parte, arrastrando su propia ausencia, y entonces lo he recordado. Me he visto en él, y he sentido pena. Pena de los dos. Pena de estar siempre descubiertos, siempre desnortados.