Hijo

Lo imaginabas en un desguace. Estabas equivocado, y no es la primera vez que te lo dicen. Circula delante de ti, que lo sigues por la Rambla, que casi se te escapa en un disco rojo, es fácil luego por la circunvalación, la vía de servicio, en la rotonda salida urbanizaciones. Todo te resulta remoto pero a la vez familiar.

Lo imaginabas en cualquier sitio menos donde lo dejaste. No lo adviertes pero aparcaste subiéndote a la acera, y es que tienes la mirada en otras manos, unas manos que dan marcha atrás, que apagan el motor, que cierran la puerta del conductor, que abren la del copiloto, unas manos que toman las de un niño, un niño que siempre viajó en ese coche, en su asiento de atrás.

Libros posibles – I

La Tierra, vista desde el cielo, parece un cuaderno en blanco. El repositorio de historias contadas desde las ventanillas de un avión. Se podría escribir un libro juntando los pensamientos volcados por los viajeros que solicitan ventana. Un libro para que lo leyeran luego los pasajeros de pasillo, como si el avión hubiera dado un bandazo, y todas las historias convergieran en una única espina central. Sería un libro con la naturaleza de un globo aerostático, porque sólo funcionaría con aire; un libro que se cerraría a medida que el avión descendiera, y su sombra manchara el cuaderno en blanco, y al tocar suelo lo aplastara de realidad.

Las salas de espera (versión 2.0)

Cuando abrió la caja registradora se le cerraron los párpados. Tardó un instante en volver en sí, recordar que su verdadero nombre era Adèle Zimmermann y no Adèle Farine, Adèle Farine era el que figuraba en una plaquita dorada sobre su pecho izquierdo, el cambio había sido idea de su jefe, Zimmerman era impronunciable y Farine encajaba con el oficio, vender sándwiches y bocadillos y pastelería en un establecimiento llamado Eric Kayser situado en la terminal Oeste de Orly, de espaldas a las puertas 40 A B C D, y la falsa Adèle no protestó por el cambio aunque pensó qué estupidez, abandonar su apellido, de origen alemán, en una empresa cuyo dueño se apellidaba Kayser, aunque no lo conocía, claro, habría una cadena larguísima de cargos entre ella y él, y quizás ni siquiera existiera sino en la mente de un publicista, quién sabe, lo cierto es que Adèle pensó qué estupidez pero no protestó, en el fondo disfrutaba con la modificación, ostentar otro apellido le hacía soñar que no era ella quien estaba allí, no era ella quien se levantaba a las cinco y veinticinco de la mañana, primer metro hasta Bastille, en Bastille el amanecer curvo sobre la estación abierta, luego de Bastille hasta Chatelet por pasillos con olor a noche y pis, desde Chatelet hasta Antony más cansancio de estaciones y por último un tren no tripulado que la dejaba agotada en la terminal Oeste de Orly, el día a punto de comenzar y ella ya agotada, los controles de seguridad y los saludos llenos de sueño, la taquilla, cambiarse la ropa, en la ropa la plaquita con su apellido falso, y aunque pensó qué estupidez no protestó porque además ello le alejaba de cualquier vinculación con su padre, cuyas últimas noticias eran que vagabundeaba en Hamburgo, desorientado por los vestíbulos de estaciones de tren, escondiendo su mendicidad con un traje azul, limpio, bien planchado, cualidades inverosímiles para alguien que vivía entre cartones, bajo un puente de la rampa de la autopista de Hamburgo a Colonia, también inverosímiles para alguien que había demostrado ser capaz de romper con todo lo que rodeaba su vida, y en aquella apariencia de dignidad que se le acercaban a su padre viajeros despistados, incógnitas que le preguntaban por el andén para el tren rápido a Düsseldorf o Frankfurt, y comenzaba entonces su mejor momento del día, el instante que reproduciría esa misma noche entre carcajadas a sus compañeros bajo el puente, un momento que se iniciaba cuando su padre tomaba el codo en duda del viajero, un gesto de camaradería que a veces lo delataba, porque la ausencia de higiene se revelaba en la proximidad, y acompañaba al viajero desorientado hasta un andén incorrecto, a una dirección contraria a la deseada, e incluso, si se trataba de alguien mayor, lo ayudaba a subir las maletas y se las colocaba con suavidad sobre la rejilla portaequipajes, y de todo ello supo por su madre, pues aunque llevaban años sin hablarse las actividades de su padre le habían causado problemas con el personal de seguridad de las estaciones, gente llena de fuerza y autoridad y ganas de mostrar tales atributos, pero que ante anomalías como su padre quedaban sin argumentos, y por eso que un día, por pura derrota,  llamaron al familiar o amigo o conocido más próximo, y de la indagación policial resultó que esa persona era su exmujer, que también se levantaba a las cinco y veinticinco de la mañana, que preparaba el café y fumaba un cigarrillo mirando el amanecer pobre desde el balcón, lo fumaba con parsimonia porque ella, aunque trabajaba en la misma terminal y en el mismo establecimiento que su hija, entraba una hora más tarde, y aún recuerda la llamada porque estaba en el rellano, casi entrando en al ascensor, y regresó de un brinco a la vivienda temiendo que le hubiera ocurrido algo a su hija, que era todo pero además lo único que le quedaba en su vida, y cuando escuchó a un policía alemán hablándole en francés sobre su exmarido sintió alivio e indiferencia, y con el auricular en la mano recordó las palabras que su exmarido solía decir para justificar su mala suerte, algo así como que no hay espacio para que todos triunfemos en la vida, no hay espacio, no, eso solía decir y esas mismas palabras las recordaba muchas veces su hija cuando se le caían los párpados y derramaba el café y el zumo de naranja goteaba entre los dedos como un verano que acabó, y su hija pensaba que, incluso en la distancia, su padre mantenía intacta esa capacidad destructiva, romper con todo lo que orbitaba a su alrededor, que incluso aunque se hubieran alejado y hubieran su madre y ella empezado de nuevo sus vidas ello, en realidad, no era posible, eso sólo ocurría en la películas y sólo en algunas películas, y que ambas sirvieran cafés somnolientos cada mañana en una terminal era una prueba de que él seguía existiendo, él continuaba influyendo en su destrucción, y al menos a su hija le consolaba pensar que, próximo al puesto de Eric Kayser, una gran pantalla iluminada informaba con exactitud de horarios de salida de vuelos, de retrasos, de las distintas zonas de la terminal Oeste y de sus respectivas puertas de embarque, y su consuelo era que al menos en ese recinto nadie podría extraviarse, nadie partir hacia un destino incorrecto siguiendo órdenes mal dadas, y había días, no muchos, es cierto, había días que algún cliente le preguntaba por la puerta de embarque para un destino, asustado de que su destino aún no apareciera en los monitores, y movido tal vez por el hecho de que trabajar allí le daba un magisterio sobre puertas y países, y lo cierto es que era así, generalmente a los mismos destinos se llegaba por las mismas puertas, y cuando su hija respondía hablaba con suavidad y precaución, mirando a los ojos y sonriendo un bostezo, e informaba de que Madrid saldría por la puerta 40A, Bayonne por la 40N, solía ser de esa manera todos los días, y en un papelito junto a la caja registradora, en un espacio de mármol entre la caja registradora y el bote metálico de las propinas que apuntaba lo informado, Madrid 40ª, Bayonne 40N, y cuando al rato, en algún descanso entre clientes, salía a recoger las bandejitas de plástico y limpiar las mesas, le gustaba mirar de reojo a los monitores, de reojo y de lejos porque tenían prohibido salir de la zona del establecimiento, y así podía comprobar que, efectivamente, había informado de ellos con exactitud, y aunque fuera un paliativo débil, pálido, le gustaba imaginar estelas de espuma avanzando seguras hacia Madrid o Bayonne y poder decirse para sí, como un premio de consolación: jódete, papá, y con un empuje de felicidad continuaba sirviendo la fórmula de cafés y croissants a 3,70€ de Eric Kayser, y miraba el reloj grande de la pared deseando que llegara la hora de quitarse su apellido falso, volver a casa y contarle a su madre lo sucedido.

Las salas de espera

Cuando abrió la caja registradora se le cerraron los párpados. Tardó un instante en volver a ser ella misma, un ordenador que se reinicia, recordar que se llamaba Adèle Zimmermann y no Adèle Farine, que era el nombre que aparecía en una plaquita dorada, sobre su pecho izquierdo, el cambio había sido idea de su jefe, Zimmerman era impronunciable y Farine encajaba en el oficio, vender sándwiches y bocadillos y pastelería en un puesto llamado Eric Kayser en la terminal Oeste de Orly, de espaldas a las puertas 40 A B C D, y la falsa Adèle no protestó aunque pensó qué contrasentido, no poder mantener su apellido, de origen alemán, en una empresa cuyo dueño se apellidaba Kayser, no dijo nada porque en el fondo disfrutaba así, ostentando otro apellido, le hacía pensar que no era ella quien estaba allí, no era ella quien se levantaba a las cinco y media de la mañana, primer metro a Bastille, en Bastille esperar en el andén mirando el amanecer curvo desde la estación abierta, luego de Bastille hasta Chatelet por pasillos con olor a pis, desde Chatelet hasta Antony y por último un tren no tripulado que la dejaba en la terminal, los controles de seguridad y los saludos llenos de sueño, cambiarse la ropa, en la ropa la plaquita con su apellido falso, y no dijo nada porque en el fondo le gustaba alejarse de esa manera tan simple de su padre, cuyas últimas noticias era que vagabundeaba en Hamburgo, en estaciones de tren donde escondía su mendicidad con un traje azul, limpio y planchado, cualidades inverosímiles para alguien que vivía bajo un puente de la rampa de la autopista a Cologne, también inverosímiles para alguien que había demostrado ser capaz de romper todo lo que rodeaba su vida, y en aquella apariencia de dignidad que se le acercaban a su padre viajeros despistados y le preguntaban por el andén para el rápido a Düsseldorf o Frankfurt, y comenzaba entonces su mejor momento del día, el instante que luego reproduciría para él y para sus compañeros subterráneos esa misma noche, mi padre agarraba entonces el codo del viajero, un gesto de camaradería que a veces le delataba, porque la ausencia de higiene se revelaba en la proximidad, y acompañaba al viajero desorientado hasta un andén incorrecto, a una dirección contraria a la deseada, e incluso si se trataba de alguien mayor lo ayudaba a subir las maletas y se las colocaba con suavidad sobre la rejilla portaequipajes, de todo ello supe por mi madre, pues aunque llevaban años sin hablarse las actividades de mi padre lo había causado problemas con el personal de seguridad de las estaciones, que en cierta manera no podían hacer nada sino estar atentos a la presencia de mi padre, y que un día, por impotencia,  llamaron al familiar más próximo, que éramos nosotros, a tantos kilómetros y tantos años de distancia, lo cual hablaba de que mi padre no conseguía salir de su hoyo, o que tal vez su vida era justamente ésa, la que ahora tenía, un hoyo, y es que seguramente que no hay espacio para que todos triunfemos, y cuando se me caían los párpados y derramaba el café y el zumo de naranja me goteaba entre los dedos pensaba que, incluso en esa distancia, mi padre mantenía intacta esa capacidad destructiva, de romper todo lo que orbitaba a su alrededor, que incluso aunque nos hubiéramos alejado y hubiéramos empezado de nuevo nuestras vidas ello, en realidad, no era posible, eso sólo ocurría en la películas y sólo en algunas películas, y que yo sirviera cafés somnolientos cada mañana en una terminal era una prueba de que él seguía existiendo, él continuaba influyendo en mi destrucción, y al menos me consolaba pensar que, próximo a mi puesto en Eric Kayser, una gran pantalla iluminada informaba con exactitud de horarios de salida de vuelos, de retrasos, de las distintas zonas de la terminal Oeste y de sus respectivas puertas de embarque, y que al menos en ese recinto nadie podría extraviarse, nadie partir hacia un destino incorrecto, y había días, no muchos, es cierto, había días que algún cliente me preguntaba por la puerta de embarque para un destino, su destino aún no aparecía en los monitores y supongo que el hecho de trabajar allí me daba un magisterio sobre puertas y países, y lo cierto es que era así, generalmente a los mismos destinos se llegaba por las mismas puertas, y cuando respondía hablaba con suavidad y precaución para informar de que pensaba que Madrid saldría por la puerta 40A, Bayonne por la 40N, porque solía ser de esa manera todos los días, pero que por favor, y aquí me apropiaba del mensaje de la megafonía, por favor estuviera atento a los monitores por si sucedía cualquier cambio, y en un papelito junto a la caja registradora, en un espacio de mármol entre la caja registradora y una zona de mermeladas, apuntaba lo informado, Madrid 40ª, Bayonne 40N, y cuando al rato, en algún descanso entre clientes, salía a recoger las bandejitas de plástico y limpiar las mesas, me gustaba mirar a los monitores y comprobar que, efectivamente, había informado de ellos con exactitud, y aunque fuera un paliativo débil, pálido, me gustaba imaginarme estelas de espuma hacia Madrid o Bayonne y decirme para mi dentro: jódete, papá, y con un rastro de felicidad continuaba sirviendo la fórmula de cafés y croissants a 3,70€ de Eric Kayser

Atocha

A posteriori todo es fácil. Fácil de ver. De escribir. Bastó un minuto. Un minuto para asumir que nunca vendrías. El reloj de Atocha era testigo. Una pareja recién casada se fotografiaba en el jardín tropical. Mi ánimo suspiró, se adelgazó, trepó por la palmera. Desde lo alto observó el panel luminoso. Los destinos brincaban en verde. Huidas perfectas. Entonces un roce en el hombro, un sueño inverso, sin paracaídas, tú. En qué estás pensando, dijiste. En huir, y corrimos hacia el andén.

La UVI de la (micro)literatura

En el cine matinal, un sábado. A punto de apagar el móvil, se ilumina su pantalla, luego mi cara: he sido finalista del IV concurso de literatura instantánea. Lo organiza EPRIZES. Al día siguiente, domingo, a las once de la mañana, se entregarán los premios en el pabellón Bankia de la Feria del Libro de Madrid. En ese lugar y hora llego con una puntualidad que me resulta extraña. Tan extraña como sentirme leído y premiado. Tengo sueño: a las casetas también les cuesta levantar los párpados. Un camión barredor limpia el suelo de silencio. En el aire se anuncia una promesa de sol y de ventas.

El acto es breve. Cada premiado lee su texto. Pienso que la oralidad es una derrota. Una cuerda de funambulista de la que nos caemos con facilidad, porque nuestra atención brinca, corre, se escapa por las ventanas, hacia los árboles y la distancia. En los microrrelatos, donde todo avanza de perfil, sin un principio y un final, y cuya brevedad exige de concentración, su ausencia es una rotonda sin señales.

Por su voluntad mínima, por su naturaleza parcial, siento que mi texto termina sin haberlo empezado. En cada aplauso quiero pedir disculpas. Contar con detalle y tiempo lo que quise decir y no pude o supe, abreviado por el límite impuesto. Para precisar el efecto en un lector —y de correcciones trata mi texto— debería extenderme. En esa multiplicación de palabras habría un salto de género, si es que alguna vez se puede cambiar de género, si es que alguna vez no paramos sino de contar historias.

Que cada palabra importa. Que el texto sea imaginativo. Que suceda un giro final. Abundan los consejos sobre la escritura de microrrelatos. Como cualquier manual de instrucciones, se pueden ignorar. Sin embargo, a mí me divierte leer las reglas sobre su construcción, aunque en la práctica no ayuden de nada. Estos consejos hablan antes de su dificultad constructiva que de la manera como levantarlos. Son más bien el reflejo de los errores de otros, de sus lecciones aprendidas, pero que uno mismo debe alcanzar sin la ayuda de nadie, por el puro goce de la equivocación. De la equivocación luego subsanada.  Por mi experiencia, piesno que un buen microrrelato —no digo que el mío lo sea— debe empezar a pie cambiado. In medias res. Que la descolocación sea súbita. No decir que un personaje va a hablar: que el personaje hable. No anunciar un recuerdo: que el recuerdo salte. Este consejo es aplicable a cualquier ficción y, por supuesto, puede y seguramente debe ser ignorado.

En esa imperfección estructural del microrrelato consuela pensar que, si el texto funciona, quedará completado en cada lector: un crucigrama resuelto. Dentro de su cabeza, como una levadura hecha de palabras, el microrrelato se ensanchará o no, se guardará o quedará borrado, arrasado por cualquier distracción, será un destello, la pista que conduzca a una revelación, o apenas un chispazo, nada más.

Mantengo esa duda mientras regreso al coche, arrastrando el misterio de todo aquello que no dije y, del brazo, una bolsa grande de cartón con la promesa premiada de futuras lecturas. El sol calienta ya las casetas. Los autores comercian un mundo tan necesario como imperfecto, llenos también de palabras que torcieron su tiro, de ideas que buscaron un objetivo y alcanzaron otro. Todos juntos, vistos desde lejos, anulan sus imperfecciones y construyen una realidad coherente. Una constante de plásticos prefabricados, de construcciones temporales, pero que arrastran, en su conjunto, una ley sólida, matemática: la necesidad de seguir confundiéndonos, de avanzar siempre de perfil y, entre todos, de contarnos ese lado que no vemos, narrarnos historias y escucharnos.

Gracias a EPRIZES y en especial a Norma Dragoevich por toda la gestión del concurso. Cuando algo sale bien se borran las huellas del esfuerzo. Pueden leerse los textos en este enlace. El mío no fue titulado, y por eso que guardó como título su primera frase. Lo cual no es desencaminado de lo que sigue.

http://eprizes.es/poesias-y-micros-premiados-eprizesflm18/

Es la UVI de la literatura. Mi correctora me sigue la broma, dice: Daniel, hemos subido tu novela a planta. Como si la corrección tuviera un final; como si no fuera esa la naturaleza misma de un libro. Su existencia, y por lo tanto su dolor. Un enfermo con recaídas.

En ello pensaba cuando sonó mi nombre, un número y el título de un libro que aún no había terminado. Una broma. Una broma sin gracia. Conocía al organizador de la feria, pero. Pero no, no era posible. El miedo me fue desplazando. Hojeé libros, leí contraportadas, no recuerdo nada. Pensé que era un juego de luz y de nubes. No: eran mis manos, que temblaban.

Llegué hasta la caseta. Me presenté a mí mismo. Sostuve el libro. Era el mío, o tal vez no, o tal vez no del todo. Me pedí mi propia firma. Me pregunté mi nombre. Dudé, me corregí. Luego me pregunté para quién iba dedicado. La duda sostuvo el bolígrafo, o al revés. El editor me miró extrañado.

De nuevo la megafonía, mi nombre, otra editorial.