Apuntes de Lyon

 

1.

Cualquier viaje empieza bien si se aterriza en un aeropuerto que tiene el nombre de Saint-Exupéry.

2.

Lyon son dos ciudades separadas por un río. Una ciudad es plana, comercial y hedonista. La otra es una colina que la protege y observa. En la primera el visitante mira a la segunda, boquiabierto por su verdor. En la segunda el visitante sigue boquiabierto, pero por diferente razón: sus cuestas lo dejan al borde del síncope. En cada una de ellas, el visitante quiere estar en la otra.

3.

Puede que la Lyon inclinada sea una digestión necesaria para los platos típicos de la ciudad. En ellos se mezcla lo que uno presupone de Francia -la elaboración lenta, el cuidado de las materias primas- con un elemento menos habitual: la casquería, servida en cantidad y contundencia significativa. En esa deriva calórica los Alpes se anuncian en el horizonte, y nos recuerdan que estamos en una región de montaña.

4.

Los traboules son un fenómeno turístico de la ciudad. Se trata de pasillos peatonales que cruzan los patios de edificios contiguos. Tienen una hermosura de piedra y silencio. Existe además el goce insólito de un edificio visto por su espalda, la intromisión en la vida privada de un vivienda, sus cubos de basura, sus buzones de correo, las bicicletas apiladas. Supongo que los vecinos, imaginarios tras las ventanas, conviven resignados con ese rumor sigiloso de las visitas guiadas. Supongo también que evitan una vida privada cerca de las ventanas. Si es que existe valor en hacer nuestra vida privada. Si es que alguien aún se asoma a las ventanas.

5.

Cenamos queso y embutido en el Café la Cathédrale, en el viejo Lyon. Contra los adoquines la lluvia choca, rebota, se hace abanico, desaparece calle abajo. En una mesa hay un anciano y su periódico. Lleva unas gafas de cristal grueso y una lupa de relojero que mueve de un ojo al otro, al ritmo de su lectura. Tiene esa dignidad triste de la gente mayor que se afeita y asea y sale a la calle vistiendo un jersey y corbata. Sin acercarme a él, sé que huele a colonia de baño. El anciano se comba sobre las páginas, concentrado en la lectura, ajeno a la música, al partido de rugby en el televisor, a los clientes que van y vienen. Les digo a mis amigos que ese hombre me gustaría ser yo. Se ríen, aunque supongo saben que no bromeo.

6.

Baja el vino y asciende el calor de la discusión. Intervencionismo del estado frente a iniciativa empresarial. Ineficientes subsidios frente a libre competencia. La vieja Europa perezosa contra los afanados chinos. Estado del bienestar o la ley del Oeste, y que gane el más fuerte. O bien capitalismo o bien una alternativa que, ay, carece incluso de nombre. Al enfrentamiento ayuda la simplificación que dan la amistad y el vino. A veces me pregunto por qué se discute de asuntos que, en el fondo, nos importan bien poco, y sobre los que jamás cambiaremos de opinión. A veces me pregunto por qué defendemos posiciones las cuales, de ser realidad, nos perjudicarían. Tal vez discutimos sólo para escuchar la versión más obtusa de nosotros mismos.

7.

Nuestro alojamiento es un apartamento turístico próximo a la iglesia de Saint-Michael. Se trata de un piso de verdad habitado, con botellas de vino y un queso abierto en la nevera, con fotos de sus moradores en las paredes del pasillo, con toallas recién dobladas y la última declaración de la renta sobre el sofá. Su dueño se llama Arik, nos desea un buen fin de semana, desciende por la escalera y mientras yo quedo sobre su felpudo: un traboule invertido, los papeles cambiados porque yo soy ahora propietario y Arik un turista que marcha. Su cara triste al darme la llave representa un desalojo obligado, y en mi tono débil de agradecimiento la culpabilidad por el dinero que vamos a ahorrarnos.

8.

Como cualquier taxista, el que nos traslada al aeropuerto simboliza un giro vital. En su caso una decisión voluntaria para recuperar el tiempo, compartir la vida con su mujer y sus dos hijos, abandonar por fin la fatiga perpetua de un trabajo que lo consumía. Menos dinero y más tiempo es la ecuación de su felicidad. Justo lo que nos hemos dicho, durante el fin de semana, tres amigos que llevábamos veinte años sin viajar juntos. Con ese propósito firme despegamos, aterrizamos, nos despedimos: menos dinero, menos trabajo, menos cansancio y, por el contrario, más tiempo, más tiempo para vernos. ¡Hay que verse más, claro que sí! Por si acaso no lo cumplimos de inmediato liquidamos las cuentas pendientes. Que en nuestra amistad no habite la demora.

El tiempo detenido

Me di cuenta el domingo por la tarde: el segundero del reloj automático daba brincos hacia adelante y hacia detrás, igual que un sismógrafo. Recordé a mi sobrina jugando con mi reloj durante la comida. Identifiqué la culpa, me declaré culpable. Seguro de que la historia iba a terminar como ahora sigue, hoy llamé al servicio técnico. Localicé el modelo, describí el problema, confirmé que la garantía había superado los veinticuatro meses, recibí un juicio rápido: el reloj no tenía arreglo. Haciendo autopsia mi mano, el reloj me pareció, con el segundero aleteando, un blando pájaro triste de largas alas perforadas. Era el juguete de un niño que entró en la adolescencia, era un número de magia por todos visto, era un circo y la atención fuera de la carpa. La mía tardó en volver a la línea, en escuchar que ya no era el dueño de un objeto moribundo sino un cliente, y que el fabricante ofrecía a sus clientes un descuento del cuarenta por ciento si compraban un nuevo reloj de, al menos, el importe de mi pequeño animal. No, no había otra alternativa. Los relojes de esta empresa suiza entraban en pérdida a los dos años: breve fragmento para un producto que se debía alimentar, precisamente, de tiempo. De tiempo ajeno. Y para que el tiempo siguiera avanzando, la única opción era comprar. Antes de escribir estas palabras guardé mi reloj en una gaveta del mueble de la entrada. La gaveta se cerró con un sonido egipcio de túmulo. La volví a abrir: el segundero seguía temblando, inercia última de un brazo que ya nunca lo movería. Cerré de nuevo el cajón, vencí las ganas de volver a abrirlo, volví a abrirlo, me llevé la correa —bigote de cuero— hasta la nariz. Olí mi sudor y me pregunté cuánto tiempo seguiría allí registrado.

Lesiones

Me hubiera gustado
decirte te quiero.
No girar el gesto,
no ver las diez y treinta desde la garganta seca.
Me hubiera gustado
salir de fiesta,
beber cerveza,
compartir una ensaladilla rusa,
echar de menos todo aquello que una vez criticamos.
Luego ir al baño,
hacer aquello que escribiría
si mi abuela no me leyera.
Pasear por Madrid de tu mano
si tu mano no hubiera sido tu mano,
mear y
mirar el móvil
y mientras, en los árboles,
amaneciendo,
alegres,
alegres pájaros.
Me hubiera gustado
decirte aquello
que me hubiera gustado
hubieras escuchado.
He vuelto sin embargo
solo hasta casa, Santa Engracia, Cuatro Caminos y
Bravo Murillo, la calle más triste a la hora del amanecer,
con una manguera que expulsa
en abanicos
los restos de la noche, con
neones apáticos y
el zapato derecho
que pisó una caca.
Un 27 anuncia que el mundo es una tostada y comienza a girar,
que la vida se hizo para los valientes y los que fracasan
y que yo no estoy en ninguna de esas categorías.
En Plaza de Castilla un gran depósito anuncia
el desagüe de mi estómago:
pienso que podría llenarlo si quisiera de palabras
y en una esquina, farola humana, compruebo que existe el amor,
es decir,
que sobran las palabras.
Los retrovisores venden oportunidades y
compran oro, depilan con diodo y enseñan inglés.
Me derrumbo junto a un León,
la realidad se tuerce,
las gafas dejan de funcionar,
huele a café y recuerdo que hoy,
a las seis,
juega el Madrid, tan plagado
de lesiones como yo.

Existencias paralelas

Subimos a la cabina. Al primer balanceo caí dormido: duermevela de metal suizo bajo el cielo de Madrid. Sin motivo, abrí un ojo: estabas en la cabina opuesta, muy cerca y muy lejos a la vez. No me mirabas. Así habían sido nuestras vidas, siempre en paralelo, siempre suspendidas, siempre aguardando a que alguien tirara de ellas. Lamenté que, para avanzar uno, ello significara alejarse del otro. Luego lamenté haberlo lamentado. Sé que después volvió el sueño. No recuerdo por qué desperté. Sí recuerdo buscarte a través del mismo ojo, la misma ventana, el mismo lugar, y en ese lugar un fondo de bosque y colinas, el azul de un lago, una noria en la hora de la siesta. Tu codo: advertí que estabas a mi lado, que íbamos a llegar, que debía ayudarte a cargar con la nevera portátil y la sombrilla y las mochilas para el picnic. Buscamos una sombra donde almorzar. Sobre nuestras cabezas iba y venía el ruido de las góndolas. Me preguntaste qué pensaba: en las existencias paralelas, en el otro a un tiempo próximo y a la vez alejado. Comprendí que sólo lograría avanzar llenándote de distancia. Mordí la tortilla, todavía caliente y con el huevo poco cuajado, como sé que sabías que me gustaba. Te respondí por fin que en nada, que no pensaba en nada. Di un trago a la cerveza y nos besamos.

Texto escrito en junio de 2019 para el V concurso de microrrelatos organizado por la EMT (Empresa Municipal de Transportes) de Madrid por el 50 aniversario de su fantástico teleférico. 

Requisitos para la formalización de una hipoteca ante notario.

Olvidé el DNI en el coche. Eso es lo que dije antes de levantarme. Mi cuerpo se hizo aire, el aire movió las hojas del préstamo hipotecario. En la ventana, detrás de las rejas, un martes. A mis palabras el despacho respondió con asombro. Salí despacio por el pasillo, bajé a zancadas las escaleras, atravesé rápido el portal. En la calle corrí sobre mi huida, me trastabillé, golpeé y fui golpeado, rebasé mi vehículo, crucé la avenida, entré en el parque, me senté, por fin, en la base del tobogán.

Mi corazón inmaduro jadeaba adulto. Advertí que el suelo de arena, en el punto de caída del tobogán, anunciaba un cráter infantil. Imaginé desde allí un túnel hasta la notaría. Luego, sin motivo, giré la mirada: en la plataforma superior aguardaba, silencioso, un niño. El niño y yo nos miramos. Parecíamos conocernos. El niño se levantó, palpó sus bolsillos, encontró en el derecho su cartera, en la cartera dos monedas, dos canicas, una púa verde de guitarra, también su DNI. En el izquierdo descubrió su móvil, y en el móvil doce, trece llamadas perdidas. Lo dejé lanzarse y caímos por el agujero que había observado.

En secreto

Se apagan las voces de la ciudad. La ciudad, su frontera, es un arco de vidrios rotos, de proyectos de urbanización, de telefonías que se debilitan. Un perro sin coordenadas ladra al miedo. Me coges de la mano, yo giro la cabeza: a la espalda el barrio es un brochazo sucio de luz, un objeto deformado tras el fondo de un vaso.

Vamos pisando, cayendo, avanzando, de nuevo pisando, cayendo, avanzando. Somos el ruido de una urgencia, un sonido prohibido que hace cómplice a la tierra. Nos detenemos en acorde. Estorban los brazos, los cuerpos, los cabellos. Las ropas se apiadan y desaparecen: cementerio textil. Cada uno, despojado de sí mismo, se convierte en el otro que desconoce. No lo sabemos pero, afanada entre las piedras, una lagartija nos observa. En el cielo, sobre la línea de tu brazo, interrumpe mi deseo las luces de un avión. Tal vez en él viajas tú.