III. Reactivado el mundo

Sigo postrado mientras el cielo cambia de color: primero ámbar y luego fuego y luego suenan unos pasos, una tos, la puerta que se abre. Es un bastón y un brazo y una pierna y por fin Wotan, mi amigo Wotan. De arriba a abajo lo definen su sombrero errante, su pelo largo y sucio, su pañuelo que tapa el ojo izquierdo, su. Es imposible seguir tras mirar su ojo izquierdo. Todos saben que Wotan sólo ve con el derecho. Pocos saben que el izquierdo también le funciona. Wotan afirma que no lo necesita. Que se lo reserva. Le basta un ojo para entrar en el interior de las almas. Un sólo ojo que funciona con la profundidad de un microscopio. Un sólo ojo con el brillo revelador de una bengala. Quien lo contempla se obliga a una revelación. Un ojo demiurgo. Dice Wotan que se ve mejor cuando uno limita su campo de visión. Que la escasez perfecciona la virtud. Lo cierto es que una muñeca rusa, atónita, con sus dos ojos, ¡dos!, dilatados, nos observa abobada desde la estantería, sin entender nada. Así que puede que Wotan tenga razón. Puede. Wotan acaricia esa muñeca y la devuelve a su lugar. Por fin se acerca hasta la cama, me diagnostica, concluye: la enfermedad tiene tanto de persona como de espacio. De asedio como de motín. Si la enfermedad vence a la persona, sólo hay una alternativa. Bajo nuestros pies relincha el caballo: también comprendió el mensaje. Le doy las gracias y Wotan se marcha. Mañana partiré. Mañana abandonaré el dolor que está postrado junto a mí.

II. Detenido el mundo

Pasé la noche en cama, con fiebre. A mi espalda la calle despertó. Se iluminó un armario, una silla, un desorden, soledad. Busqué el termómetro de tus dedos sobre mi frente. Tu mano un animal entre laderas de algodón. Te necesito, mamá. Me pregunto cuándo fue la última vez que te di la mano. Me pregunto cómo olvidé la última vez que me diste la mano. Huelo a sudor. Es viernes y las sábanas son la reliquia de una religión olvidada. Ahora llueve, ahora escucho el relincho de mi caballo: también, yo también te echo de menos. Lo intento, ¡lo intento!, pero me inmoviliza el miedo a moverme, a escapar de mí, erguirme, el abismo de las piernas, tocar el suelo, sus pentagramas de madera, caer. Y si la vida es para siempre este vértigo. Duermo mucho, leo poco, olvido más. Sólo una frase huésped, que se refracta de pared en pared: lo que decimos no siempre se parece a nosotros. ¿Y qué pasa con el silencio? ¿Es también el silencio un guante culpable? ¿No soy yo mi enfermedad? El sudor, la lluvia, el relincho, tu relincho, tu relincho. Ganas de bajar la escalera y besar esa cabeza tuya tan grande, ganas de bajar y besar esa cabeza, ganas mas las sábanas ganan, las sábanas, el abismo, el sudor, esta luz que no fue invitada y esta soledad.

I. Recorrer el mundo

Monté a caballo y me fui a recorrer el mundo. Cierto amanecer, entre brumas, divisé una ciudad. A la mañana siguiente se inició una guerra. Fui hospedado en tabernas donde la vida era tránsito. Fui recibido en palacios donde cené mi reflejo en plata. En un teatro alemán lloré cuando bajó el telón. Me engañaron los mapas y maté a un hombre en la frontera. En el fondo de los bolsillos se refugiaba el frío. Hubo jornadas donde todo era movimiento pero no sucedía nada. Hubo jornadas sedentarias donde mi corazón iba a la carrera. Una bruja me mostró la senda de lo visionario. Me enseñó que la existencia eran ruinas, y las ruinas los restos de una habitación infantil. Feliz y agotado crucé una muralla. Tomé un pasadizo con forma de cordón umbilical. En un escaparate dos gramófonos se escuchaban al oído. Bajé del caballo pero las piernas seguían cabalgando. A brincos subí la escalera, cerré el libro, apagué la luz.

Historia sin retorno (de Mario Levrero)

Un perro, Campeón. Vivía solo con él y llegó a incomodarme. Lo llevé al bosque, lo dejé atado con una piola que pudiera romper con un poco de perseverancia y volví a casa.

En un par de días lo tuve rascando la puerta; lo dejé entrar.

Se me hizo intolerable; lo llevé a un bosque más lejano y lo até a un árbol con una piola más gruesa (sabía que el defecto no estaba en la piola sino en la fidelidad del animal; quizás tenía la secreta esperanza que esta vez no pudiera liberarse y muriera de de hambre).

Volvió algunos días después.

Entonces supe que el perro volvería siempre. No me atrevía a matarlo por temor a los remordimientos; y pensé que aunque lograra efectivamente perderlo, en un bosque más lejano aún, viviría con el temor constante de su regreso; atormentaría mis noches y enturbiaría mis alegrías; me ataría más su ausencia que su presencia.

Entonces dudé apenas un instante ante la majestad del bosque compacto que se alzaba ante mis ojos -umbrío, imponente, desconocido-; resueltamente, comencé a internarme, y seguí internándome hasta que, finalmente, me perdí.

Historia sin retorno

 

En homenaje a Mario Levrero.

 

Las historias no tienen retorno.

Cerca de la ciudad, en un bosque, ensayaba aéreos planes. Allí el mundo brillaba de plata y silencio. Allí.

Al volver al asfalto el tiempo daba marcha atrás. De noche, sobre las fachadas fósiles, tu holograma.

En otro bosque la vegetación parecía más auténtica e inmensa: un regalo recién retirado el celofán. Allí el mundo se adivinaba próximo. Allí.

De nuevo en el barrio, tú. Los escaparates y las plazas me traían las fichas de un rompecabezas. Nunca supe si su ofrenda era ayuda o castigo. Compasión o maldad.

Concluí que la ciudad se levantaba sobre una necrópolis de afectos. Un mosaico de lápidas llamado memoria. Y si la memoria era baldosa, y habitaba un espacio, existiría un camino y su frontera.

Exploré por fin un lejano bosque. Di tantas vueltas que puede que volviera al primero. No importaba. Me adentré sin mirar atrás, sin mirar atrás, sin mirar atrás. 

 

 

Ejercicio de persecuciones

   “Un tren sale de una estación. Viaja a 100 kilómetros por hora a través de una línea recta. Un segundo tren parte de la misma estación, dos horas después, a un veinticinco por ciento más de velocidad. ¿Cuándo se encuentran?” Busco en la ventana la respuesta: hoy es domingo. Busco al final del libro la respuesta: la velocidad es un vector y. El móvil: leíste mi mensaje, ¡lo leíste! Los trenes. Su libertad de movimiento. Su persecución aritmética, atravesando estaciones repletas de alumnos sedentarios. Me alivia mi mano bajo el pijama cuando vibra el teléfono: me quieres, y los pasajeros estamos salvados.

No

Apostamos por la movilidad de los trabajadores. El progreso, llegar arriba, pasa por conocer primero todos los departamentos de la empresa: sus responsabilidades y desafíos, su interlocución óptima con los clientes interno y externo. Usted no es un recién llegado, y sabe bien a lo que me refiero. De ahí que este puesto, hoy, ahora, pueda no responder a su formación y experiencia. Pero el motivo es como le indicaba: nuestro futuro, que es también el suyo, se apoya en su libertad de movimiento. Contamos con su sacrificio para este viaje. ¿Le interesa?