Algunas preguntas y respuestas

Tu microrrelato tiene como idea principal el encuentro del presente con el pasado. ¿Cómo se originó la idea y cómo conseguiste darle forma en tan solo 200 palabras?

Decía Borges que a los objetos se los quiere con tristeza, porque ignoran que uno existe, sufre, quiere. Pensando en los objetos, y concretamente en la palabra joya, que era requisito del concurso, me atrajo la idea de utilizar una alianza como un nexo entre el pasado y el hoy, y apoyar sobre esa alianza, y su transacción, la historia de un afecto. Intenté enfocarlo de una forma optimista, dando a entender que el amor siempre prosigue, pero de diferentes formas. Para conseguir que la historia encajara en apenas doscientas palabras tuve que podar muchas ramas. Al retirar lo superfluo el mensaje quedó más nítido, más expuesto.

 Cuéntanos algo más sobre ti y por qué la escritura forma parte de tu vida. ¿Te dedicas/te gustaría dedicarte profesionalmente a la literatura?

Me gustaría pensar que ya me dedico profesionalmente a la literatura, en el sentido que es una pasión que siempre me acompaña, a la que dedico tiempo, ilusión, y que me devuelve felicidad. Otro asunto distinto son los recibos, las hipotecas, el final de mes. Un joven se acercó a Josep Plá y le preguntó qué era necesario para dedicarse a la escritura, a lo que Pla respondió: dinero. La clave está en conseguir un equilibrio, permitir que tu vida tenga un espacio y un tiempo para cultivar esa ilusión.

¿Por qué decidiste presentarte al Concurso de Microrrelatos y qué hace diferente a este certamen de otros de su estilo?

Apostar por los microrrelatos es un ejercicio de esprint: cuando escribo bajo formas más amplias, de largo recorrido, tiendo a las digresiones, a las euforias expansivas. Focalizarme entonces en estructuras breves, como el microrrelato, o como los haikus, es un ejercicio intenso de condensación, porque me permite buscar el máximo efecto en el menor espacio y tiempo disponibles. Me gusta imaginar una compañía de teatro ambulante, que va de pueblo en pueblo, y que un día descubre, con terror, que les han robado sus trajes, sus pelucas, el maquillaje, los decorados, la utilería, y sin embargo, pese a esa economía de miedos, indagan cómo lograr que, esa noche, el texto funcione, y transmita.

Con respecto a este concurso, lo conocí a través de Internet. Me sorprendió positivamente leer que llevaba el nombre de Carmen Alborch, y también la calidad del jurado. Lo que desconocía era su importancia, así como el número de participantes. A posteriori, la recepción del premio me ha confirmado también el buen hacer de la estructura que hay detrás.

Háblanos de la idea principal de tu microrrelato y cuéntanos un poco las dificultades a las que te enfrentas cuando trabajas en textos tan breves. 

Utilicé la transacción, poco frecuente, de una alianza matrimonial, como manera de recuperar un recuerdo y traerlo al presente. De juntar hoy memoria y realidad. De mostrar que el amor, en verdad, nunca cesa, sino que más bien desemboca en maneras diversas, insólitas.

La dificultad de un microrrelato es cómo alcanzar un ritmo preciso en un espacio tan corto. Por eso hablaba antes de esa actividad de esprint. Hay talleres y libros que nos enseñan a sortear las dificultades de cualquier microrrelato. Pueden ser útiles como formar de abrir ángulos, ideas, pero supongo que, si se aplicaran sus reglas, uno terminaría por caer en automatismos, y la forma perdería entonces su carácter inesperado, de explosión. Tampoco la práctica te ayuda a mejorar el oficio de escritor, pero considero esta certeza una tragedia favorable, ya que te mantiene alerta, a flote, sospechando siempre de tus logros. El único secreto que funciona en cualquier disciplina es dotarla de tiempo, que en el caso de la escritura significa subirse a un proceso artesanal de revisión los textos, cuidado de la eufonía, del ritmo de las palabras, de la revelación gradual de una historia que bien puede desembocar en orden o en caos.

¿Cómo crees que haber ganado esta convocatoria de Fundación Montemadrid va a dar un impulso a tu trayectoria en el ámbito literario?

Ser leído, en un mundo saturado de pantallas, es ya una celebración. Si además la lectura destaca sobre otras muchas, esa celebración tiene entonces algo de felicidad pero, a la vez, de extrañeza. Acostumbrado al no, asombra el sí.

Sé que la escritura me acompañará siempre, sé también que guardaré el recuerdo feliz de este premio. Me gustaría pensar que este reconocimiento me servirá para crecer como escritor, para ganar confianza, fuerza, y para abrir las puertas a proyectos más extensos.

¿Por qué animarías a otros escritores a presentarse a Microrrelatos?

Porque en el juego de la escritura cualquiera, y lo digo en el sentido literal de la palabra, es siempre un ganador. Todo aquel que, con mejor o peor pericia, de forma más inspirada o no, busca una historia, la encuentra y la transmite, alcanza una felicidad. Es una felicidad endógena, que nadie le puede arrebatar. Que esa historia atrape luego a un lector, o a un jurado, es un fenómeno tan raro como la misma lectura, pero esa excepcionalidad no deslegitima la pasión por la escritura, ni tampoco su felicidad.

El individuo y la utopía

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La muchedumbre es una entidad ficticia. Las masas son una entidad abstracta y posiblemente irreal. (…) Suponer la existencia de la masa, es como suponer que todas las personas cuyo nombre empieza por la letra “b” forman una sociedad.

Lo que realmente existe es cada individuo. Solo existen los individuos: todo lo demás, las nacionalidades y las clases sociales, son meras comodidades intelectuales. (…) Si cada uno de nosotros pensara en ser un hombre ético, y tratara de serlo, ya habríamos hecho mucho; ya que al fin de todo, la suma de las conductas depende de cada individuo.

Jorge Luis Borges.

Que en este momento donde la realidad está llena de hipótesis hermosas, de estímulos colectivos, nadie se olvide de su responsabilidad individual. Es la inspiración que conduce a la utopía.

El Aleph de Borges

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Con frecuencia se le preguntaba a Borges cuáles eran sus obras favoritas. Él respondía sentirse más orgulloso de las que había leído que de las que había escrito. Y mientras uno imaginaba la altura celeste de sus lecturas, el entrevistador insistía con la pregunta, y Borges, a regañadientes, señalaba El Aleph como uno de sus libros más logrados.

Si los lectores siguen cuestionándose hoy por el lugar donde empezar a leerle no es tanto para buscar atajos hacia su talento, que pocos discuten es el más grande después de Cervantes, como más bien encontrar un sendero por el que poder seguirle hasta el final del camino. Esa recurrencia sobre por dónde empezar, también ese deseo por saber qué es lo mejor de Borges, se multiplica hoy en las redes sociales, espacios donde Borges ya no tiene voz para responder. En esos patios virtuales la gente no discute tanto su obra favorita del autor, como más bien la búsqueda policíaca de aquella lectura que alguien celebra y uno todavía no conoce. De lo cual se concluye la original vigencia de toda su obra y la necesidad, sí, de un camino luminoso por el que no perdernos en el descubrimiento de su belleza.

Dado que Borges nos marcó El Aleph como el primer peldaño, por qué no entrar en el universo del escritor a través de esta obra. Y El Aleph se abre con un arco sobre el espacio y el tiempo: El inmortal, pórtico de los diecisiete cuentos, es un viaje al pasado y a un lugar desconocidos, con su protagonista persiguiendo la Ciudad de los Inmortales. En apenas unos líneas nos encontramos dentro del estilo de Borges: su síntesis narrativa, la capacidad para desplegar información con una economía máxima de caracteres. Borges es contención: como si hubiera anticipado los límites del twitter, es capaz de sugerir en una frase lo que a otros les exige un párrafo, aunque a Borges, que rechazaba la modernidad (pese a que entró en ella para siempre), no le hubiera gustado ser el inventor de una herramienta que corta los pensamientos, si presuponemos además que existen. Sirva este ejemplo de su maestría en lo breve: «Al pie de la montaña se dilataba sin rencor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena». En diecisiete palabras ha logrado una imagen para la que otros necesitan líneas y líneas.

Apenas unas páginas y los temas de Borges también están allí, esperándonos: la muerte y el infierno; la verosimilitud dentro de un mundo mágico; el problema del tiempo; la solución a juegos mentales, que son en verdad problemas metafísicos; el humor, impregnado de su cultura universal y políglota; la fascinación por la violencia; la presencia de laberintos, que desorientan y angustian al protagonista, multiplicando el enigma, y donde la historia principal se hace grietas en nuevas narraciones. Temas donde nunca encontraremos, ni siquiera sugerida, la sexualidad, que Borges omitía obsesivamente.

El Aleph es un viaje hacia planos de irrealidad. En sus momentos más logrados, como tras subir las escaleras de El inmortal, llegamos a una altura literaria desde donde se contemplan las fuentes de inspiración del propio Borges. Y en el valle, lejanos en altura, la falsa literatura. A veces los viajes son del espíritu, como en Los teólogos, donde las vidas parecen obedecer a planes superiores, las agendas de los dioses. Este cuento, que diría que es magnífico si no lo fueran también los otros, puede entenderse como una radiografía del propio Borges, que desde niño supo sería escritor, la vocación que su padre cultivó a medias y multiplicó en su hijo. Otros viajes son del recuerdo, como las confesiones del criminal nazi en Deutsches requiem. En ocasiones los viajes no son posibles: esos laberintos que son la marca de estilo de su autor, y también de sus imitadores, aunque muchos de éstos se atrapan en su propia creación. Los sueños, por último, pueden ser un vehículo para el viaje, como en La espera, donde la confusión entre los mundos onírico y real condiciona el desenlace.

¿Te gusta Borges?, me pregunta alguien que ha espiado estas líneas, y de mi cabeceo afirmativo encuentro como respuesta un gesto desganado. Gesto que es el de gente que no le ha leído, con ese desprecio altivo que es una celebración triste de la ignorancia y un grafiti contra la belleza de su obra. Gesto que me recuerda una cita del propio Borges, donde decía que toda palabra presupone una experiencia compartida: si alguien ignora la peculiar felicidad de un paseo en globo es difícil que él pudiera explicarlo. No le despreciemos por su cultura inmensa ni desfallezcamos cuando, encerrados en alguno de sus laberintos, no veamos otra salida que cerrar las páginas. Sus enigmas existencialistas exigen de un esfuerzo, porque nada en él hay didáctico ni fácil: las dudas se despejan en otras nuevas. Pero en el proceso nuestro pensamiento levitará. El Aleph es ese viaje en globo, hace falta de experiencia lectora e inteligencia para embarcar, pero si contamos con ese equipaje Borges nos propone un vuelo luminoso. Las peleas alegres acerca de su canon, la novedad constante de ediciones críticas de su obra completa, los estudios universitarios y la admiración de la comunidad escritora, son la confirmación de un pensamiento: la certeza de que gracias a Borges es posible una felicidad física, la felicidad de un viaje que se abre en su obra.