Ficción de los Reyes Magos

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¡Han llegado los Reyes Magos!

La voz de un niño cruz la pared, un grito de alegría que me sobresalta y despierta. Luego un manotazo a la mesilla, y en el techo se proyecta 09:19: el vaticinio de un día capicúa.

Arrastro mi sueño hasta la cocina, y compruebo que no han pasado los magos por las baldosas sucias (debo limpiar). Todo sigue estático donde lo dejé: la cafetera, la tostadora, la bicicleta siempre en medio, la bolsa de basura que olvidé bajar. Abro la nevera e interrumpo su ronquido: mis cervezas, el zumo de naranja, los tomates, algunos yogures. Tampoco hay novedad allí.

Porque la novedad está en el salón: los Reyes no solo no han dejado ningún regalo, sino que se han llevado mi televisión. Me detengo sin saber qué pensar, como en estado de ausencia, la misma que ahora domina una larga balda vacía. El sonido de la cafetera, la taza que vibra entre mis manos (estoy temblando). Me siento en el sofá y trato de recapacitar.

¿Por dónde habrán entrado? ¿Y por dónde salido?

La ventana está cerrada desde su interior: eliminada la posibilidad de la fachada. Me acerco a la puerta de entrada: no parece forzada, pero el pestillo no está echado. Siempre doy dos vueltas a la llave antes de dormir. ¿Me olvidaría ayer? Las preguntas, lejos de resolverse, se multiplican. ¡Ay, mi salón parece el misterio del cuarto amarillo!

Decido ducharme y salir a la calle. La comisaría de Chamartín queda a diez minutos caminando. En la acera trato de sortear grandes cajas de cartón: envoltorios de bicicletas, de televisores, de casas de muñecas. Son el basurero de los sueños.

– Vengo a presentar una denuncia.
– ¿Los Reyes Magos, verdad? – y sin dejarme responder, continúa-. Este año se han cebado.

El sonido de unas llaves, un gesto con la mano. Sigo los pasos de la autoridad y entramos en un cuarto que parece amplio: solo lo parece, porque no veo sus límites. En el techo tiembla un fluorescente, un temblor que ilumina a ráfagas el caos de una chamarilería: hay televisiones y radios antiguas, mesas camillas, una pierna ortopédica, botes de jabón de lavadora, una guitarra, la mascota de la Expo 92 de Sevilla, un aparato para hacer abdominales, libros antiguos de dietas milagrosas. Un perro ladra desde algún lugar.

La mujer policía aguarda a que se me pase la cara de asombro:

– Son los bienes que hemos ido incautando a los Reyes Magos a lo largo de varios, de muchos años. Están bajo depósito judicial. La investigación sigue abierta, y me temo que así lo será siempre: puede imaginarse lo difícil que resulta lograr la extradición de alguien que no se sabe si viene de Babilonia o de vete tú a saber dónde.

Paseo la vista por el lugar, y cada pestañeo agota la capacidad humana para procesar lo que la mirada observa.

– Desde que me levanté todo lo que me ha ocurrido parece una historia de ciencia ficción -respondo al rato, sin saber todavía qué decir o pensar.

– ¡Seis de enero! ¡Estamos a seis de enero! La historia de los Reyes Magos es de ciencia ficción, ¿no lo cree? Puro simbolismo. Una teoría de vasos comunicantes: para que unos tengan, otros tienen que ceder, por las buenas o por las malas -y la mujer no espera mi respuesta y apaga la luz y completamos con rapidez los formularios.

Vuelvo a casa y me quedo dormido casi sin darme cuenta. Despierto de nuevo con el grito del mismo niño, como si la realidad fuera una rotonda y volviéramos siempre al mismo lugar.

09:19.

Resto con dificultad nueve menos cuatro: cinco. Cinco el número de horas desde que me fui a dormir, y que confirman la razón del cansancio. Preparo el café, enciendo el móvil, tengo un mensaje:

– Soy Mario de Tecnovisión. Su televisión está arreglada. La imagen ya no se pixela ni tuerce. La avería es por el precio que hablamos. Puede pasarse mañana a buscarla a partir de las diez.
– ¿De verdad cree usted que alguna imagen no es pixelada? -pienso en voz alta, pero luego le escribo como respuesta-: Perfecto, mañana me paso con el coche a buscar la tele.

Y sin poder contenerme, termino:

– Sepa que la realidad es siempre un vaso comunicante, y por lo tanto siempre pixelada.

El mar Muerto y la resurrección de Sixto Rodríguez

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– ¿Conoces el mar Muerto?

Me lo pregunta una mujer en el vestíbulo de la estación de tren. Es más baja que yo y a su espalda observo un mostrador con frasquitos de colores. La pregunta es el milagro de la fantasía poética: palabras que son puertas hacia otros lugares.

Pero la realidad se adelanta a mi respuesta (la realidad se adelanta si no eres rápido) y un megáfono anuncia:

– Atocha y Parla, vía dos.

Dos también  los que nos miramos ahora con sentimiento de culpa. Ella regresa tras el mostrador, avergonzada de su mentira publicitaria, alinea los tarros de perfume y cosmética y agacha la cabeza. Yo sigo callado y retorno el camino hacia mi andén, arrepentido de no haber seguido su ficción.

Searching-For-Sugarman

A veces uno empieza a escribir algo y una segunda persona lo continúa y termina. Veo por la noche el documental Searching for Sugar Man. Sixto Rodríguez, un músico de aspecto indio, compuso dos álbumes admirables durante los años setenta. Nadie en Estados Unidos los escuchó.

El periodista le pregunta tres décadas después si pese a aquel fracaso le hubiera gustado seguir componiendo. Sixto responde:

– I would have liked to have continued but nothing beats reality.

Nada vence a la realidad, dice Rodríguez, como si él también hubiera cruzado por la mañana el vestíbulo de la estación de Chamartín, su respuesta también callada por la megafonía.

http://www.youtube.com/watch?v=t6bjqdll7DI

(Pero en el caso de Sixto la música, al final,  sí que ha pasado por encima de la realidad, ha hecho su propio camino, como las aguas de un deshielo. La música nos transporta, como esas palabras matutinas, hacia un lugar lejano al que solo llega la inspiración).