Vidas pasadas

Agrandé la imagen, confirmé el hallazgo: la joya estaba en Wallapop. Respondí al anuncio y, a la mañana siguiente, mi mano tocaba un timbre. Una alfombra nos llevó en rombos hasta el salón. Sé que era mi fotografía la que dormitaba, boca abajo, sobre una mesita. Me preguntaste el porqué. Sin responderte, y evitando un debate que no buscaba, te adelanté que no regatearía el precio: era inferior de lo que me costó. Maldito, respondiste, y reímos. Me entregaste la caja de la alianza. Sobre la mesa, con velocidad de crupier, amontoné los billetes.

Idénticos rombos nos devolvieron al vestíbulo. Preguntaste: ¿no vas a abrir la caja? Respondí: hay confianza. Pregunté: ¿no vas a contar el dinero? Respondiste: hay confianza. Volvimos a reír. Cerraste la puerta de casa y yo abrí la del ascensor.

En la calle era miércoles. Sin pasado ya que rescatar, aliviado y vacío a la vez, no supe dónde ir. Vibró mi bolsillo: la joya no estaba disponible y debía calificar, de una a cinco estrellas, a vendedora y transacción. Me pregunté si las estrellas eran la valoración última de una vida pasada. ¿Cuál sería tu puntuación? De golpe fatigado, busqué un bar próximo.

Según Gesualdo Bufalino los ganadores no saben lo que se pierden. Esta frase se activó el martes 24 de noviembre de 2020: había ganado el IV concurso de microrrelatos Carmen Alborch. Al certamen, impulsado por la Fundación Montemadrid, con un excelente jurado e importantes premios, participé con el texto Vidas pasadas.

La escritura, a modo de lente, abre espacios por los que uno transita sin certezas, sin manual de instrucciones, movido por un entusiasmo que es tan poderoso como el riesgo de extraviarse. Cada palabra, cada idea, cada imagen, el orden y ritmo de los elementos, su eufonía, obligan a una decisión. Un esfuerzo alegre aunque de final incierto, y donde el juez más severo es uno mismo. Por eso que la extrañeza que siento tras ganar un premio no es menor que cuando lo pierdo, y de ahí que este premio tenga una cualidad de regalo inmerecido.

Como cualquier regalo, estoy inmensamente feliz, y quiero agradecerlo: a la Fundación Montemadrid por su convocatoria, al jurado, y en especial a Antonio Lucas por sus palabras —estas, las anteriores y las futuras—. Como siempre, gracias a mi familia y amigos: sois una llamita que es a veces calor y a veces luz. Por último, gracias transoceánicas al talento de Juan Gabriel Vásquez: su novela La forma de las ruinas me descubrió que las emociones son láminas, y se posan sobre los objetos.

Enlace a la Fundación, donde se puede ver un vídeo con el fallo del jurado: https://www.fundacionmontemadrid.es/2020/11/20/ya-tenemos-los-ganadores-del-iv-concurso-de-microrrelatos-carmen-alborch-fundacion-montemadrid/

Enlace a los relatos finalistas: https://www.fundacionmontemadrid.es/wp-content/uploads/2020/11/Relatos-Finalistas-2020.pdf

Los amantes de Todos los Santos

Los amantes no están hechos para meditar sobre las consecuencias de sus propios actos. Con esta reflexión se activan las cinco historias que dan forma a Los amantes de Todos los Santos, del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Ambientadas dentro de la neblina de las Ardenas belgas, o recorriendo la noche por carreteras desde París hacia el mar, los protagonistas de estas cinco historias transitan dentro de esa misma reflexión, y la obra funciona pues como un conjunto.

Dice el autor que la epifanía de cada historia está en el momento en que el hombre descubre algo esencial sobre sí mismo. Los protagonistas de estos cuentos son personas maduras, sometidas a la tiranía de sus propias costumbres, y que de golpe abren una ventana, y quieren huir: es esa epifanía de la que habla el autor. La separación de lo establecido brilla en el horizonte, como un signo de interrogación, y responder a esa pregunta puede llegar a herir tanto como la rutina.

Cada uno de los cuentos es una averiguación de por qué se quiere abrir esa ventana; de lo difícil que es el arco que une el pasado y el presente, y de cómo en el tránsito se pierden las motivaciones, especialmente la de amar. Una pérdida que a veces viene por una cuestión de sospecha, como en El inquilino, pequeña obra maestra de un nivel poético mayúsculo, y donde la definición de los celos, ese paraíso del que el propio amante va a desterrarse, está llena de inteligencia y verosimilitud.

En otras ocasiones la epifanía es una bomba de tiempo dentro del protagonista: una angustiosa contrarreloj que le hace abrir la ventana y correr hacia la calle, pues hay que ordenar los sentimientos antes de que sea demasiado tarde. En el café de la République es un relato exigente para el lector, que ve a su protagonista disminuyendo al ritmo de esa cuenta atrás, enfrentado al desorden del orden minúsculo de su vida y la sombra final. La definición de la ansiedad se contagia a las manos que sostienen el libro, y la escritura es un ejercicio maravilloso de funambulismo.

Pero es posiblemente Los amantes de Todos los Santos, relato que también da nombre a la obra, donde la escritura de Vásquez alcanza una mayor sutileza. Su protagonista, cómo no, abre esa ventana a la rutina, y se pregunta: ¿en qué momento había llegado este fracaso? ¿Qué palabras usaría para clausurar las posibilidades? Relato que es un ejercicio de mímesis: todos los elementos están controlados por su autor, dirigidos a un sorprendente final. El manejo del tiempo es clave y, como un soplido de sal, sobre el tiempo se dosifican las gotitas de información.

Dice el autor que la novela ocupa un espacio cada vez más reducido en la vida contemporánea, y se desconfía de la ficción. De ahí ese torpe reclamo publicitario del basado en hechos reales. La ficción de estos cinco cuentos es, sin embargo, plenamente verosímil, hasta el punto que sus historias se guardan y despliegan luego en el lector, y siguen con él, con la certeza notarial de hechos que han ocurrido. Porque están escritos con elegancia, misterio y una calidad que, ¡menos mal!, no es la habitual de estos días.

Y si la mejor reseña literaria es aquella que hace testimonio de una buena lectura, ojalá haya invocado las palabras adecuadas para, haciendo de médium, contagiar el placer de esta obra. Cinco relatos que hacen abrir cinco ventanas, que miran al pasado y buscan dónde quedó el empuje del amor, que analizan los efectos de su ausencia, y sus alternativas. Relatos escritos con inteligencia y donde se no juega con las emociones del lector, porque el lector está frente a esas mismas grandes preguntas que acechan a los personajes.

 NOTA: Por alguna desconocida razón existe otra versión de este mismo libro, también de Alfaguara, y que incluye dos relatos más. En la edición reseñada aquí, del año 2001, solo se incluyen cinco relatos. Es la única edición y volumen de la que dispone la biblioteca municipal de Madrid, y por lo tanto no he podido leer ni valorar los dos cuentos adicionales.

SEGUNDA NOTA: Como viene ya ocurriendo, mientras dedico el tiempo a perderlo, es decir, a continuar con la novela y otros quehaceres más rutinarios, y descuidando por lo tanto mi querido blog, aprovecho para reflejar en este cuaderno lo ya escrito en otro,  www.elbuscalibros.com, y evitar así que las hordas de seguidores os mordáis demasiado las uñas.