El beso de la mujer araña

Puig_ArañaDe Buenos Aires un diálogo. Era tarde, mi amigo y yo teníamos hambre, entramos a una pizzería próxima al albergue. Un grupo de tres hombres charlaban alrededor de una mesita vacía. Mi amigo, que vive pegado a un silencio, se sorprendió de todo lo que hablaban. Después de cenar salimos a la noche, jugamos al billar, bebimos cerveza, paseamos hasta Puerto Madero, se levantó frío y volvimos a nuestra habitación compartida. En la pizzería seguían los tres hombres en idéntico apasionado diálogo. Reímos al verles. La risa de mi amigo era un misterio duplicado: saber de qué hablaban —apenas domina algo de español—, y conocer las razones de tan alta locuacidad. Yo escuché algunas palabras, las olvidé empujadas por otras tantas y así sucesivamente, luego levanté los hombros, como dando a entender que tampoco entendía tanta cháchara. Su mesita seguía vacía de consumiciones.

Esa inveterada idea de que el argentino habla a perpetuidad, y que puede que tenga la misma frágil verdad que cualquier lugar común, esa imagen tal vez falsa de la verborrea de Darín dentro de un portal, de la voz suave y larguísima, como un rollo de papel, cuando Valdano psicoanaliza el fútbol, de Luppi siendo el padre de todos nosotros, es también la de la narración que aquí me ocupa. El beso de la mujer araña es una novela excelente del escritor argentino Manuel Puig. Publicada en 1976, fue prohibida por la dictadura militar de este país. El libro narra la convivencia en una cárcel de Buenos Aires entre Molina, de treinta y siete años, homosexual, soñador, amante del cine, y Valentín, un activista político.

La novela es un canto de confianza hacia el diálogo como recuperación del pasado, alivio del presente e invención del futuro. Para matar el aburrimiento, Molina narra sus películas favoritas a Valentín, su compañero de celda. Molina solo ama a su madre, le gusta la fruta abrillantada, está acusado de abusar de jóvenes. Su prisión es doble: la de la celda donde cumple condena, y la prisión de su cuerpo: él es ella, ella se siente una mujer, ella está encerrada en un cuerpo de hombre. Si la narración sobre películas es la manera como Molina se alivia del presente, películas casi siempre románticas y dominadas por lo imposible, el estudio es como Valentín escapa del naufragio. Para Valentín, que escucha con atención a su compañero, la tendencia de Molina de pensar en cosas lindas es peligrosa, una forma de alienación, y solo cree que la actividad intelectual permita trascender la asfixia de la celda. El personaje de Valentín es, en apariencia, más opaco que el de Molina. Como si Valentín viviera dentro de una nube, nunca sabemos si lo que habla es lo que piensa o lo que, impotente, no ha conseguido callar.

En ese diálogo perpetuo que es la novela, la voz que domina es la de Molina. Leer sus crónicas cinematográficas es una fiesta tristísima. Mediante esa ficción los presos miran la vida: aquella que se despliega más allá de su celda, sobre sus seres queridos. Como no pueden intervenir en los días de aquellos a quienes aman, hay un punto en que la ficción se desploma, una tarta de boda, y choca contra un muro: el techo de la celda está lleno de insomnio. Como tampoco pueden intervenir sobre sus propias vidas, ay, asisten a las mismas con el estatismo de un espectador de cine. Así que el programa es doble: la película de los demás y la suya propia, a la que acuden, porque no les queda otra alternativa, entre bostezos, miedo y rabia. Las películas son la bisagra de dos irrealidades. Parece como si Molina, al relatarlas, tuviera sobre sus retinas el fotograma perforado de las películas, y allá donde mirara asistiera a esa película de su vida, pero en la que no está él. En los relatos fílmicos, que tienen tanto de inverosímil como apasionante, domina la curiosidad de Valentín y la melancolía de Molina. En todos, esa emoción de lo simple, de lo que se recuerda con pureza, sin miedo a que el pasado sea tragedia, comedia, o melodrama, un baturrillo honesto que mezcla la letra romántica de un tango con imágenes brillantes de un Hollywood lejano.

Unos incómodos asteriscos nos sacan de la lectura, como esas patadas de fútbol que, ligeras pero multiplicadas, acaban desquiciando a muchos jugadores. Las patadas nos llevan a citas de psicólogos sobre la homosexualidad. Gozan de interés leídas del tirón, al final de la lectura, como un valioso epílogo, pero en la historia son una chinita en el zapato, una pausa que te hace querer seguir corriendo hasta un lugar de libertad, una mesita vacía de una pizzería de Buenos Aires, y entorno a la cual sus clientes, de cualquier ideología y sexualidad, pueden hablar sin miedo —el gran tema de la novela—, y en pura libertad, sin el temor a ser interrogados, sin miedo a los discursos de poder capitalistas, a la pantera que deambula cada noche, ella sí en libertad, por la negrura de Central Park. Cuando acaba la novela uno siente esa gratitud inmensa de haberse tropezado con una obra de arte. Un golpe de suerte que no sucede todos los días.

Lecturas de ascensor

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Recomiendo leer esta entrada mientras se escucha sincronizadamente el Preludio de Lohengrin de Wagner: https://www.youtube.com/watch?v=lqk4bcnBql

Son nueve pisos: el garaje está en el segundo sótano, la oficina en la planta séptima. Sin interrupciones, el trayecto me alcanza para leer una página entera. Como hago una media de cuatro itinerarios al día —por la mañana, a la hora de la comida, a su regreso, de vuelta a casa—, puedo lograr cuatro páginas diarias de lectura en el ascensor. Suponiendo que trabajo veinte días al mes, si multiplico los mismos por las páginas, resultan ochenta mensuales, lo que viene a ser, en cómputo anual, novecientas sesenta. He buscado en mi estantería qué lecturas me aguardan de una longitud parecida: El cuaderno gris, de Josep Plá, ochocientas cuarenta y una; Antagonía, de Goytisolo, mil y ciento doce —en este caso debería hacer ascensores extra.

Mis compañeros y amigos —esos que felizmente rompen los números— me advierten de que un día me voy a golpear contra algo o alguien, porque no miro al salir o entrar. También les sorprende que pueda concentrarme en la lectura, que en esa cápsula de tiempo sea capaz de colarme en una historia, engancharla a lo que ya había leído, retener detalles necesarios para lo que vendrá, y luego volver a una realidad dominada por las tareas pendientes, por los correos sin responder, por lo que siempre es urgente. Como vivir en la ficción es una felicidad perpetua, pienso que al leer no es que acceda a una ficción, sino que más bien lo ficticio ya existe dentro de mí, es una ontología, y que mis ojos, esos que esquivan la realidad, esos que se levantan del libro solo cuando no les queda más remedio, viven siempre de puertas hacia adentro, como un feliz claustro autoimpuesto.

Me viene a la cabeza un reloj de cuco que tenían mis abuelos de Canarias, colgado a una altura que con seis años era inalcanzable, yo sentado sobre el mármol frío de la escalera, en días de verano que no tenían fin, aguardando, con una mezcla de asombro y de aburrimiento, que llegaran las medias horas y las en punto, para contemplar así al pajarito autómata, que emitía un sonido agudo, metálico, una función brevísima, y me recuerdo con tristeza, porque ya se había cerrado la puertecita, y con alegría anticipada, porque ya restaba menos para la próxima función, y como era niño y casi todo era desconocido, luego casi todo era dominio de la imaginación, me preguntaba qué ocurría dentro de esa cajita de madera, y llegué a la conclusión de que el cuclillo gritaba porque, en verdad, no deseaba avisarnos de la hora, sino más bien regresar cuanto antes al interior, a ese mundo desconocido en el que habitaba siempre, solo expulsado cuando, por obligación mecánica, tenía que salir propulsado, como un tentetieso, y avisarnos del tiempo, el que me decía que yo debía bajar a cenar, entrar en una cocina que olía a berros y donde ya estaban todos esperándome, o el tiempo que me informa hoy de que debo salir a ese mundo precipitado de moquetas e informes y reuniones, y por eso que leyendo ahora mi libro electrónico, orillado dentro del ascensor, preguntado por mi capacidad para concentrarme, pienso en el pajarito que, como yo, lo que busca es nada más que se cierre la puerta, escuchar el silencio rítmico y natural de engranajes y péndulos, de martillos y lengüetas, y que esos trayectos, pautados con la precisión de un metrónomo, sean un recorrido de lecturas. Porque me siento el pájaro que, voluntariamente, se ausenta, no hay esfuerzo ni mérito en mi tarea, pues mi mundo, el que más amo, está ahí, colgado en fracciones que antes, de pequeño, eran de treinta minutos, ahora de nuevo pisos, pero siempre tiempos buscados para que, milagro, se cierren las puertas.

No es solo el movimiento físico, aquel que, manual o automático, cierra una puerta. Hay otras que siguen abriéndose y cerrándose, y como hay otras manos y otros pomos y otras figuras, solo revelan el dolor de las ausencias. Qué pronto se va lo que uno piensa que va a durar toda la vida, como los abuelos, incluso aunque en ellos, desde el primer instante, haya anidado siempre la certeza de su final. Cómo la imagen de mi abuela de Canarias será siempre su mano agitada en lo alto de la escalera del jardín, la puerta entreabierta, la misma que hoy sigue moviéndose tan ajena a ella y a mí. También lo material desaparece con idéntica efectividad: el reloj de cuco, del que nadie hoy en mi familia tiene memoria de dónde acabó —algunos, incluso, ni siquiera se acuerdan de él, ni de dónde estaba colgado, ni de qué sonido hacía, ni de su forma o color. En el ascensor de la oficina, enganchado a mi libro, me imagino la cabina como si fuera ese reloj de cuco extraviado. Una casita de la Selva Negra dando brincos entre niveles, arrastrando en su interior el tedio de las conversaciones, las miradas pegadas a los teléfonos, el hastío matutino y el alivio de las tardes, pero también, en cuatro viajes diarios, una lectura apasionada. Esta mañana, cumpliendo con fidelidad a mi estadística, he salido del garaje y, en un momento, he entrado en la historia por el nivel menos dos. Ha sido fácil, porque transito una lectura apasionante y que, como una emoción, se expande por el cuerpo. Me ha venido entonces la memoria del cuco. La identificación con ese reloj ha sido solo por el placer puro del aislamiento, por ser ese animal que vive, a nuestros ojos, dentro de un misterio, que observa el mundo exterior con recelo, pero también porque lo leído me ha transportado a un horizonte donde ese reloj encajaba, como si una cabina de teléfonos roja cayera del espacio exterior junto al Támesis. En mi lectura el río era alemán, y había cisnes y violines. Ha resultado como si el mundo exterior, el que se quedaba detrás del sonido de ventosas de las puertas, fuera exactamente el mismo que narraban las palabras. La cabina convertida en un cuco de la Selva Negra, y en el texto, ante mis ojos, una realidad donde mi ascensor, desgajado de su realidad, de sus ejes, de sus frenos y contrapesos, hubiera podido encajar como real, perfectamente real. El milagro de la autenticidad ha sido esta maravilla que aquí reproduzco, y que logró, sin que me diera cuenta, que mis pasos no salieran a un espacio de cristal y moqueta sino junto a la ribera grande de un río, y en la lejanía no un horizonte de carpetas, sino montañas y casitas aisladas, casitas como la del cuco que, zas, se cierra sin mí a mi espalda, buenos días, Daniel, y ese fenómeno raro que aquí reproduzco me vuelve ahora a estremecer, igual que un truco de magia que engaña a la mente una y otra vez, así que seguro —eso espero— que esta lectura convertirá en persona afortunada a aquel que, aún, no haya experimentado el placer de iniciarla. Poder mirar hacia dentro, dar la vuelta a los ojos, y ver. Se me olvidaba: el autor se llama Manuel Puig, y su novela El beso de la mujer araña.

“Y él se lo dice, que ella es un ser maravilloso, de belleza ultraterrena, y seguramente con un destino muy noble. Las palabras de él la hacen medio estremecerse, todo un presagio la envuelve, y tiene como la certeza de que en su vida sucederán cosas muy importantes, y casi seguramente con un fin trágico. Le tiembla la mano, y cae al suelo la copa, el bacará se hace mil pedazos. Es como una diosa, y al mismo tiempo una mujer fragilísima, que tiembla de miedo. Él le toma la mano, le pregunta si siente frío. Ella contesta que no. En eso la música toma más fuerza, los violines suenan sublimes, y ella le pregunta qué significa esa melodía. Él dice que es su favorita, esas especies de oleadas de violines son las aguas de un río alemán por donde navega un hombre-dios, que no es más que un hombre pero que su amor a la patria le quita todo miedo, ése es su secreto, el afán de luchar por su patria lo vuelve invencible, como un dios, porque desconoce el miedo. La música se vuelve tan emocionante que a él se le llenan los ojos de lágrimas. Y eso es lo más lindo de la escena, porque ella al verlo conmovido, se da cuenta que él tiene los sentimientos de un hombre, aunque parezca invencible como un dios. Él trata de esconder su emoción y va hacia el ventanal. Hay una luna llena sobre la ciudad de París, el jardín de la casa parece plateado, los árboles negros se recortan contra el cielo grisáceo, no azul, porque la película es en blanco y negro. La fuente blanca está bordeada de plantas de jazmín, con flores también blancas plateadas, y la cámara entonces muestra la cara de ella en primer plano, en unos grises divinos, de un sombreado perfecto, con una lágrima que le va cayendo. Al escapar la lágrima del ojo no le brilla mucho, pero al ir resbalándole por el pómulo altísimo le va brillando tanto como los diamantes del collar. Y la cámara vuelve a enfocar el jardín de plata, y vos estás ahí en el cine y hacete de cuenta que sos un pájaro que levanta el vuelo porque se va viendo desde arriba cada vez más chiquito el jardín, y la fuente blanca parece… como de merengue, y los ventanales también, un palacio blanco todo de merengue, como en algunos cuentos de hadas, que las casas se comen y lástima que no se ve a ellos dos, porque parecerían como dos miniaturas”.