La vida contada

 

 

                Algunos días revelan su propia narración. Como si la Tierra tomara la palabra. Días de apariencia idéntica a los demás. Sólo con la prudencia de quien escucha se advierte que, a nuestro lado, llegada desde su más secreta intimidad, la Tierra habla. Basta prestar atención; basta tener el orden de un cronista para, más tarde, dotar a los datos de una secuencia narrativa.

                He sentido el inicio de un relato ajeno y poderoso, una voz de la Tierra, apenas salgo de mi apartamento. Son las diez y media de la mañana en Madrid. A los pies de una escalera mecánica, junto a la estación de Chamartín, una mujer de origen rumano agita un vasito de metal. Tintina su penuria. No llevo dinero suelto, levanto los hombros, continúo. Una pasarela lleva mi prisa hasta el edificio de la estación. Desde la pasarela se observan las vías del tren, los rascacielos, un fondo de montañas nevadas. Atravieso la estación de tren hasta llegar a la de metro, bajo escaleras para luego subir a un vagón de la línea diez en dirección norte, hacia la parada de las Tablas.

                Me interrogo por las razones de los otros viajeros: por qué nos desplazamos todos fuera de hora punta, por qué extravíos nuestras vidas se separan de las del resto. Hans Castorp, al comienzo de La montaña mágica, se sorprendía de que, apenas tras dos días de viaje, se alejaba uno de su universo cotidiano. Pero la vida —lástima— no es siempre literatura: las caras de estos viajeros sí que parecen arrastrar su universo cotidiano. Como un cable que uno olvidó desenchufar. Caras llenas de cansancio, de tostada quemada, de luces que se olvidaron de apagar.

                Tengo la tentación de saberlo todo de ellos: sus nombres, sus vidas, sus esperanzas, en qué parada se subieron y en qué parada se bajarán, y qué van a hacer después de bajarse, cuando deje de mirarlos y suban a la superficie. Tengo la tentación de saberlo todo de ellos, pero lo que debería saber, antes, mucho antes, es lo que mueven mis manos, unos apuntes mecanografiados de una asignatura titulada Sociología Lingüística. Me queda apenas una hora para el examen.

                En mi teléfono móvil se apelotonan mensajes de ánimo, corazones y besos. Me gusta compartir con la gente próxima una decisión intrascendente —estudiar filología con cuarenta años— pero que, por alguna razón, me es necesaria.  Y si estoy seguro de ello, de que me es necesario seguir adelante con mis estudios —subo las escaleras mecánicas, me saluda de nuevo la mañana—, si estoy convencido de este largo proyecto —una piruleta y un regaliz y unos chicles comprados en un bazar chino—, si robo descanso y tiempo a otras personas y proyectos —frena un coche—, si estoy tan convencido, por qué entonces estos nervios, por qué entonces las dudas, por qué este dolor de estómago, por qué esa misma rotundidad pero de signo contrario, como un problema matemático mal resuelto al final, justo en el último paso —las puertas del centro de exámenes—. En fin. En qué líos me meto. ¡En qué líos me meto!

                Hombros levantados en señal de duda y resignación —levantados a un cielo de jueves, un cielo sin nubes—, hombros combados frente a un papel de examen que dice: elija dos temas. Elijo la situación sociolingüística en la India y el cultural awareness —es decir, la sensibilidad hacia culturas, lenguas, valores, ideas y actitudes diferentes a la nuestra. Leo: comente el siguiente texto en no más de trescientas palabras. Leo el texto. El texto trata sobre la competencia comunicativa, y la relación de esta habilidad con el aprendizaje de segundas lenguas. Comienzo el examen con la alegría interna de un aprobado futuro. Al redactar mi comentario al texto, casi sin saberlo, sigo escribiendo la crónica de un día que es, desde su comienzo, todo en él, idéntico. Lo hago tan bien que ignoro que es la Tierra quien parece estar chivándome la respuesta.

                Es la una y media. Ahora el dolor de estómago es de hambre y de alivio. Estoy contento. Me hubiera gustado repetirle la respuesta a la mendiga rumana. O a los viajeros de mi vagón. ¡Me lo sabía, me lo sabía! Y luego decirles que, para ser competente en sus comunicaciones —también en sus silencios— no basta un conocimiento lingüístico. Una patada a Chomsky. No valen sólo las palabras, los significados, la fonética, la sintaxis, lo que se dice o lo que se calla. No basta todo el paquete básico de los hablantes nativos. Hace falta saber también cuándo hablar, cuándo callar, cómo pedir permiso, el momento oportuno para interrumpir, los gestos que en cada idioma mantienen una conversación, la dejan avanzar o frenar. Las reglas que explican que todo puede significar algo y, en otro contexto, lo contrario. Las fronteras del buen uso. Pero ya es tarde para hacerlo: en el vagón viajan otras personas. Y la mendiga rumana no está en su lugar.

                En casa, junto al fregadero, me espera una tartera de lentejas. Antes de llegar a la cocina, sin embargo, me asalta la emoción de mi galga, llamada Volga. Volga y yo hemos demostrado que el lenguaje verbal está sobrevalorado. Con su mirada, su cola, y su cuerpo, le bastan para comunicarse. Yo hacia ella también me reduzco: soy órgano del tacto. Practico fisioterapia sobre su cuerpo. Soy malo. Con el cariño cubro la torpeza. Como es delgada, al tocar a Volga hago radiografía. Su costillar auscultado parece un barco antiguo, varado en una isla tras un ataque pirata. Cuando la hablo, porque a veces también uso este sentido, y porque quiero contarle todo a todos, ella parece no entender nada. Puede que Volga opine lo mismo de mí: cuántas cosas me querría decir, pero es incapaz. Trazamos una comunicación intensa, muy importante para los dos, aunque con un abanico de posibilidades limitado: un semáforo.

                Por la tarde acudo al Hotel de las Letras, en la calle Gran Vía, donde Andrés Neuman va a presentar su novela titulada Fractura. Le acompaña en el acto Marta Sanz. Vienen mis padres y mi amiga Alicia. Hay un gran reloj sobre la escalera que da acceso a la sala. Marca las siete y media de la tarde. Gran Vía es ruido. Nos sentamos en una fila casi al final de la sala. El suelo no está inclinado. Los ponentes nos hablan a nuestra misma altura y desde lejos, así que, entre abrigos y cabelleras, no podemos verlos. Sólo escucharlos. Lo cual, en un hotel de letras, y hablando de libros, parece lo más razonable.

                Marta Sanz habla de la ficción como depósito de la verdad. ¿Pero cómo llegar hasta la verdad? Cruzando el puente de la escritura. Atravesarlo, recoger los datos, regresar, ordenarlos. ¿Y qué puentes ha cruzado Andrés? Andrés responde, relata su largo itinerario de lecturas. Todo lo que está en Fractura, pero reflejado. La ficción tiene mucho de periscopio, o de canibalismo. Y si la ficción —como dice Sanz— sirve para guardar la verdad, por qué no recuperar, a través de la ficción, la historia. Neuman lo confirma: todo tiene que ser dicho. ¿Está hablando él, o es la Tierra quien, otra vez, toma la palabra? Lo que no se escribe —continua Neuman— no prescribe. La ficción sirve como escoba de tiempo; la ficción rehabilita un mundo anterior, lo hace crónica, restaura su volumen. El pasado, zurcido, aliviado de un dolor o de un olvido, se llenan de futuro. La ficción como almanaque, la ficción como guardiana del tiempo, y por lo tanto de la realidad. Neuman utiliza una bellísima metáfora: la práctica japonesa del kintsugi: el arte de reparar fracturas en la cerámica. Una forma de revelar que los defectos son más importantes que las virtudes. O que los defectos también deben ser contados, tanto o más que los éxitos.

                Después de hablar del concepto de la realidad, ay, mi cabeza se hace balón, rueda las escaleras, se va hasta la acera. En la sala siguen charlando, pero ni estoy ni escucho. Me gustaría haber vuelto a sentarme, haber estado más atento. Igual es el cansancio tras el examen. Igual una ambulancia que vuela por la Gran Vía. Igual un portazo en el piso inferior. La realidad: me quedo colgado allí. Dani no responde: finalizar tarea. La realidad: qué concepto tan amplio, tan lleno de puertas, pero también —una mano imaginaria en algún pomo— el telegrama de tantos malos presagios. La realidad: un frontón al que lanzamos nuestros proyectos. Pero que no devuelve las bolas. Responde con silencio. Puede que la pared quede lejos. O lo contrario: que esté cerca, haciendo sombra, pero que nos fallen las fuerzas. ¿Confundiríamos la cancha? Es decir: ¿lanzamos la pelota en la dirección correcta? Porque: ¿cuántas realidades hay?

                Sobre el concepto de realidad, y su relación con la ficción, transcribo una definición del Modernismo como movimiento literario. Está tomada de mis notas para una asignatura de literatura norteamericana del siglo XX:

                Modernism was a movement concerned with reality, its levels and the nature of it. As the belief in reality as a knowable entity independent of the self was put in quarantine, Modernism questioned the human cognitive ability to apprehend and comprehend reality. Many Modernist authors shared the frustration regarding the capacity of language to reproduce an elusive and deceitful reality in a fictional form: Fitzgerald suggested that words can poorly convey the mind´s works -especially those of the memory. Hemingway denounced the abuse of words to the point of depriving them of significance. The loss of faith/disbelief in the capacity of language affected the communication between characters and between author and reader, obliging the reader to reject an essentialist approach of reality in favor of the perception of it, and obliging the authors to innovate its strategies to reproduce an elusive and deceitful reality in a fictional form.

               The innovated strategies comprised, like Faulkner and Hemingway, the adoption of poetical strategies used by contemporaries as Pound and Eliot to suit an elusive and deceitful reality. Instead of an omniscient and authoritative narrative voice, a limited (unreliable and skeptical) narrator.

               The loss of faith in words and in political authorities made difficult the appearance of heroes. The interior monologue quoting the character´s thoughts (stream of consciousness) in a shift from action to agent, from objective to subjective experience, from knowledge to perception, the free indirect style reporting the character´s thoughts using the character´s vocabulary, a complex focalization, presenting a scene, like Faulkner, through shifting limited narrators, and the fracture of narrative time, and its management as fluid, non-linear, obeying to the character´s memory rather to the logic of events, are key elements of the movement.

                Pause and anachrony will be employed during the Modernist year.  Due to it, plot is considerate as inadequate to reproduce a fluid, non-linear reality, and, instead of it, it is replaced by the search for values and references that bring light to some revelation on one character, as stories were disconnected fragments of a purposeless life. The use of film techniques such as deceleration and flashbacks and the use of advertising language revealing the workings of the unconscious are common devices.

                ¡Fractura! No debe ser una casualidad que en la definición aparezca esta palabra. Lo que sí resulta extraño es suponer que el modernismo, entendido como las premisas arriba indicadas, sea un periodo cerrado. O, yendo a su origen, que en algún momento surgiera. Es decir, que no existiera antes, que no existiera siempre, pegado a la historia, porque la historia es siempre una multiplicación astronómica de historias. Tantas medias verdades como voces hablan, tantos puntos de vista como, hoy en día, cámaras nos vigilan. No es que ahora se hable más que en otras épocas. Pero sí que es posible escuchar cada más, cada vez más lejos, y de ahí la importancia de esa pregunta que formularon por la mañana: saber comunicar. De ahí la importancia de saber cómo tratar a esa mujer rumana, cómo dirigirse al silencio de abrigos que, en un vagón de metro, te rozan. Hay tantos ángulos grabando un movimiento idéntico que, para lograr verlo, hacerlo secuencia, habría que montarlos con la habilidad de un hilandero. Y ni siquiera entonces puede que se lograra comprender del todo lo ocurrido. Saber si fue penalti o no. Si fue nuestro tiro débil, errado, o más bien lo que sucedió es que la realidad se olvidó devolvernos la pelota.

                Por qué engañarnos entonces, por qué pensar que hubo épocas dotadas de una visión clara del mundo, sin puntillismos, donde la realidad era un todo ordenado, un cosmos que, en rueda de prensa, no aceptaba preguntas infantiles sobre el sentido de la vida, sobre la fe o no en el lenguaje, sobre los puntos de vista: ¡chorradas! El mundo era un modelo racional, benéfico, donde sólo cabía la aceptación. Tal vez al creer que la realidad fue, alguna vez, monolítica, compacta como una pirámide azteca, nos estamos engañando, atribuyendo al pasado una seguridad falsa, la de un periodo que sólo conocemos parcialmente, y sobre el cual esa información fragmentaria de la que disponemos, como un palimpsesto, es causa y efecto, porque explica nuestro error, nuestra incapacidad para escuchar, y  el efecto de hacernos olvidar toda una maraña necesaria de voces anónimas, de frontones con jugadores desorientados, de gente que quiso participar en la vida —como lo hace hoy esta mendiga, y va perdiendo—, pero cuyos destinos se extraviaron; una mentira útil, práctica, porque nos ayuda a creernos diferentes, porque el pasado no puede defenderse, y nos convence de que el embrollo de nuestras vidas es muy próximo, y puede ser arreglado, cordones enredados, cables retorcidos sobre sí mismos, la incomodidad de una chinita en el zapato que viene apenas de dar la vuelta a la esquina, la esquina de donde llegué con prisas antes de entrar en el vestíbulo, preguntar en recepción, subir a la primera planta, sentarme a escuchar la presentación de la novela, un acto que ya termina y se desbanda hacia el piso inferior, junto a la cafetería, a una sala ruidosa de techos altos, la vidriera abierta también a la Gran Vía, y donde nos espera cerveza y vino, y, en una bolsita de la librería Rafael Alberti, la promesa futura de una gozosa lectura.

                En el acto hablo con todos. Siento que no lo hago con nadie. Me imagino como un invitado molesto. Una visita que se alarga. En las preguntas que me atrevo a hacer no estoy muy acertado. Mi mente dice una cosa, mi boca otra: una tragedia. O bien es culpa de la Tierra, que hoy tiene el mando. En las respuestas tampoco estoy fino. Qué fácil es hablar tarde, cuando se dispone del tiempo que nunca marcó un reloj. Cuando ya se ha entregado el examen todo se recuerda. Cómo me hubiera gustado preguntarle a Marta Sanz cuánto de ella hay en su novela Clavícula. Pero no lo hice. Tuve al menos la certeza de conocer a una mujer inteligente, divertida, que estaba siempre a punto de marcharse, que se apoyaba en mi brazo al hablar, como una abuelita adelantada en el tiempo. Como me hubiera gustado responder a la amabilidad de Andrés, de su hermano, de su pareja, con algo interesante; me resumí sorbiendo una cerveza y contando baldosas.

                Al llegar a casa tengo una mezcla de gratitud y felicidad. Ni siquiera entonces, con tantos elementos a mi alrededor, adivino el puzle. Leo El País, la sección Sillón de orejas, de Manuel Rodríguez Rivero. Habla de la próxima novela de Muñoz Molina. Dice:

                Una tentación recorre la historia de la literatura […]. Es la tentación de contarlo todo, puesto que todo constituye la sustancia del mundo. Escribir —contar— absolutamente todo, lo visto, lo vivido, lo escuchado, lo soñado, lo sufrido, lo amado, lo leído: hacer que vida y literatura coincidan, se superpongan […] El escritor convertido en prolijo archivero de la fugacidad del mundo.

                Los indicios se multiplican. Muy útil cuando es tarde, uno está cansado, y la inteligencia está cargando la batería. Sin embargo no capto nada. En la cama leo a Juan Gabriel Vásquez:

                Y pensaba que más tarde, en el momento adecuado, cuando ya la materia de su relato hubiera terminado, cuando los apuntes se hubieran tomado y se hubieran visto los documentos y oído las opiniones, me sentaría frente al dossier del caso, de mi caso, e impondría el orden: ¿no era éste el único privilegio del cronista?

               La mujer rumana, las voces anónimas en el vagón. La competencia comunicativa en un examen que alguien me evaluará. Neuman y Sanz dialogando sobre la ficción, las fracturas de la realidad, los ligamentos rotos de una pierna o de un planeta. El modernismo nunca terminado, porque tampoco nunca empezó: una corriente. El designio de Muñoz Molina a percibirlo todo, a consignarlo todo: Diógenes frente a un procesador de textos. Juan Gabriel Vásquez metiendo el bisturí a historias donde el silencio familiar y político son un mismo espacio mudo. Conjuntos vacíos que precisan de voz y orden. Voz, voces. Todas las voces queriendo hablar. Qué curioso que, para que lo hagan, precisemos de la fractura del silencio.

                Silencio.

Recuerdos de la Feria del Libro de Madrid

Sobre escritores abandonados y sobre la sobreabundancia. Sobre empujones que sobran y sobre la magia: la Feria del Libro en Madrid.

El pensador Boris Groys sostiene que el espectador ya no es importante. De ahí que el arte contemporáneo deba examinarse desde la perspectiva del productor, no del consumidor. O lo que es lo mismo: desde un punto de vista poético, no estético. ¿Por qué? Dice este filósofo que, en la sociedad contemporánea, la contemplación está abolida. Todo el mundo está interesado en crear, pero nadie tiene tiempo de prestar atención, de ser persuadido por nada. Abundancia de productores, ausencia de consumidores: una tragedia.

Recuerdo esta idea mientras camino entre la doble orilla de casetas de la Feria del Libro de Madrid. La Feria es una larguísima librería y su reflejo: dos estanterías sin límites, encajonadas en una constante de casetas. Sobre las mesas se asfixia un agotamiento de novedades. Esa acumulación de lecturas provoca, en el aficionado, una sensación abrumadora de impotencia: nunca podrá leer todo aquello que quiera.  También desorientación: no saber qué libros abrir, cuáles descartar, qué itinerario tomar en sus lecturas. Los tiovivos de la publicidad multiplican su aturdimiento. Para el neófito, para el que deambula por la Feria como si no hubiera nada mejor que hacer, la sensación es de aburrimiento y perplejidad. Por ser de acceso gratuito, por situarse en el parque más importante de Madrid, la Feria pretende un encuentro amplio con la ciudad. Pero lo cierto es que el objetivo de la Feria, que debería ser la promoción de la lectura, dista mucho de producirse allí. No se pretende que nadie abra un libro y lo lea en la Feria, no. Pero sí que la Feria proponga las condiciones para llegar a ella. Que sea la antesala gozosa de futuras lecturas. Pues que aficionados y neófitos se mezclen a empellones, aplastándose unos a otros, como se aplastan también los libros que observan, todos bajo una megafonía insoportable, que parece anunciar siempre casetas lejanísimas, no resulta, en fin, la mejor manera para invitar a la compra de un libro. Por eso que el aficionado siente la rabia de intuir que la Feria podría organizarse de otra manera —lo difícil es saber esa alternativa—, y por eso que el advenedizo observa este sarao cultural como una fiesta muy poco divertida.

El visitante suele arquear su camino cuando, por la proximidad de un autor, se atisba la posibilidad de un incómodo diálogo. Qué imagen tan triste la de ese autor segregado, sin lectores, con el dueño de la editorial de pie, un dueño que siempre tiene barba y siempre porta gafas, que va llenando de tiempo una conversación, que observa cenitalmente la caspa del autor, o tal vez su coronilla o tal vez su pelo largo alborotado, que se fija luego en las manos nerviosas del escritor quien, parapetado tras su obra, le asiente sin interés, y mira hacia delante, hacia un lleno de paseantes y un vacío de público, hacia un feriante con gafas y abrigo —¿abrigo en el mes de mayo?— que, en la caseta de al lado, soy yo, soy yo echando un vistazo a algunos libros con fingido interés, devolviéndolos luego a sus nichos, y de reojo mirándole, y alejándome luego de él, como quien escapa de un contagio, y subtitulando la escena: busto de escritor abandonado. Que ese escritor sea Luis Goytisolo dice mucho de la deriva estética contemporánea.

Es dramático también el misterio de todo lo que se publica sin ruido, un aluvión silencioso que va cayendo de esas mesas, sin dejar rastro. Un mantel lleno de letras que el viento de la novedad, zas, sacude, las deja vacías, desleídas, listas para otra invasión anual. Las estanterías domésticas de cada uno son también testimonio de que, a pequeña escala, se repiten idénticos tsunamis: basta comprobar si las compras de un año fueron lecturas transcurridos doce meses, o ahí siguen, aguardando su momento. El momento: esa es la gran cuestión en un mundo saturado de productores, donde sí, puede que exista el talento. Pero si existe, es raro que, en las circunstancias que ofrece la Feria, vayamos a identificarlo. La gente seguirá caminando con las manos encadenadas a la espalda, tomando entre sus manos libros con la misma admiración y urgencia con la que se devuelvan a su lugar. Los aficionados lamentarán que la Feria sea un espacio poco propicio a los dominios de la literatura: el silencio, el diálogo, la búsqueda paciente de una felicidad próxima en forma de lecturas. El recién llegado, por su lado, se alejará del tumulto con una sensación de alivio o de indiferencia: probablemente nada le habrá reclamado su atención, salvo tal vez alguna cara televisiva, y del brazo llevará una bolsa llena de publicidad y marca páginas que olvidará en un bar próximo al Retiro. Unos y otros, aunque con diferentes razones, sufrirán ese mal contemporáneo del que hablaba Boris Groys: multiplicados los estímulos, muy pocos parecen desear ser persuadidos por nada.

Con esta idea confusa abandono la Feria: una confianza feliz en que los mecanismos editoriales siguen girando, como lo atestiguan la multiplicidad de pequeñas editoriales, pero el fastidio de que la Feria transmita con tanta fragilidad el amor por los libros, el reposo, la quietud, el consejo lento y profundo que solo pueden ganarse en las conversaciones verdaderas. La sensación de que uno ha asistido a una boda ajena: una celebración obligada, por momentos interesante, pero incompleta por sernos, en sus más profundas motivaciones, en sus verdaderos propósitos, ajena. Al girar la cabeza, en los confines de la Feria, observo a un lector joven que introduce su cuerpo en una caseta. De espaldas no sé si está felicitando a un autor o, por el contrario, le quiere arrancar la cabeza. Esa misma mezcla de sentimientos me va llevando hasta la calle Velázquez, a la marquesina del autobús, al cincuenta y uno que aparece pronto y me recibe refrigerado. Abro la novela y, de inmediato, olvido incluso que estuve en la Feria, todo lo que allí pensé. En el fondo, qué más da lo que uno piense. Para los que nos gusta leer, leer es todo, pero puede que, realmente, no sirve en la práctica para nada y que, en el fondo, Boris Groys tenga razón: todos estamos interesados en hablar, en crear, en construir, y nadie en contemplar.

Quizá faltaría corregir a este filósofo y decirle que la lectura, esa que me va llevando hasta casa sin yo darme cuenta, es una herramienta mágica —por económica y universal— de creación. De ser consumidor, pero también productor. De ir hacia la lectura con un fin estético, pero también poético: seleccionar unas palabras, desdeñar otras, subrayar unos pasajes y olvidar otros. Una selección arbitraria, a la manera de quien viaje en coche: nadie se fija en los mismos elementos que cruzan un camino, ni de la misma manera. La lectura, ese propósito que la Feria parece querer promover, comienza en las orillas de donde ella misma termina: un pie de página en el asfalto de la calle Alcalá. Como ese autor que todos esquivan, yo el primero, un poco por miedo o por pena, un autor que está esperando a que cojas su obra, te alejes, y leas. Quizás deba ser así: la Feria como un punto de partida. Una parada en boxes. Con esa idea feliz cierro la mochila: ahí quedan, junto a las llaves y el termo vacío, las dedicatorias inmensas de Andrés Neuman, de Marta Sanz, de Luis Goytisolo, ese autor al que miré de reojo, allí, abandonado, y al que me atreví a volver después: busto de un autor recuperado. Amordazadas por la cremallera, en el interior de la mochila, la certidumbre feliz de que Andrés Neuman tiene ya una nueva novela y también un nuevo libro de poesía listos. De haber conocido a Marta Sanz —bastan segundos para saber que es una persona espléndida— y tener una dedicatoria en su novela Farándula. Y llevar también la firma de Luis Goytisolo en su obra Antagonía, y el recuerdo de su camisa blanca, su cara breve, sin arrugas, distinguida, como de representación diplomática, su educación tan correcta, su voz tan débil, la voz baja de quien tiene que decir cosas importantes, y en mi boca el asombro de cuando miras, frente a frente, con admiración y gratitud, la proximidad de alguien que ha despertado en ti emociones tan profundas.

Es de noche, sábado, he llegado a mi parada. La mochila pesa a tiempo futuro. Quizás la Feria, pese a sus despropósitos, no esté tan mal, y, sobre todo, sea necesaria: un medio de reafirmar que, pese a la contracción cultural, existen las palabras, los cómics, el teatro, los versos, las novelas, los manuales, las mil formas diferentes de aspirar a la precisión y, al mismo tiempo, de servir como espacio para la especulación. Al acostarme, imagino la oscuridad de las casetas cerradas. Su olor a madera y a libro. El calor liberándose, como un sifón, tras un día de sol. Los libros tumbados como una larga playa sin luna. De noche, de lejos, y con algo de cansancio y de imaginación, la hilera doble de la Feria se me confunde con casetas de baño. Lugares íntimos y coloridos donde refugiarse un instante, donde cambiar de piel para, acto seguido, darles la espalda, salir corriendo hacia el agua, hacia un entorno diferente, nuevo, y cambiar pues de medio. De lo conocido a lo nuevo. Una definición de la lectura, y en la mochila el tiempo.