Cuaderno en blanco

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Esta nota fue escrita el día 5 de enero de 2014.

Un cuaderno nuevo: sus páginas como pantallas de la mente. Cuando las rutinas aturden me alivia pensar en mi cuaderno, siempre en la mochila o junto a la ordenador o en la mesilla de noche o en el baño, su presencia próxima, cotidiana, tan necesaria como el teléfono móvil o las llaves de casa.

En el cuaderno su creador inicia una miscelánea intramuros que solo tiene sentido ante sus ojos. Un creador que vulnera alegre la propiedad intelectual, porque los mejores cuadernos son los que nacen para el ámbito privado: el cuaderno es entonces la memoria de citas ajenas, de pasajes que uno subraya emocionado y luego transcribe, con la esperanza vana de sentir que son suyos. También de ideas propias, relámpagos que puede que anuncien tormenta, o que sean nada más que electricidad pasajera.

Para su autor, el cuaderno en blanco (que va dejando de serlo) es una domesticación del caos. Sus tapas y su cinta elástica son la valla contra una realidad desordenada, que ha renunciado a la reflexión y a la certeza de la muerte. Las páginas como un coto de caza invertido: desde su interior se observa e incluso destruye la realidad, pero la realidad no puede entrar dentro de ella si no es por la puerta de su propietario.

He pensado en mi cuaderno viendo la neurosis social de El Corte Inglés en la víspera de los Reyes Magos: turbas de clientes eligiendo libros al vuelo, atropellándose camino de las cajas registradoras. Empleados exhaustos, aguantando a duras penas las fórmulas de cortesía, y preguntándose entre ellos con sarcasmo si toda ese vaivén de tarjetas de crédito acabará en una lectura real.

También yo soy parte de ese rumor de consumo impuesto. Paseo por los pasillos buscando qué regalar, y me sorprende no encontrar ninguna obra de Onetti, pero sí cuatro metros ocupados con la misma novela, titulada El tiempo entre costuras de María Dueñas: desde luego que su apellido ilustra el dominio de esa estantería. Ausencias de Onetti, pero también de Neuman y de Borges, y me temo que su falta es más una cuestión de huecos en el catálogo que de ventas reales.

Deambulo entre estanterías de colores tratando en vano de encontrar el libro adecuado para un amigo. Busco obras que yo haya leído, pues nunca me he atrevido a regalar lecturas que no hayan vivido antes dentro de mí. Una mujer joven a mi lado coge un libro sin más junto a la cajas de pago, de regalo, por favor, dice. Un libro comprado como si fuera goma de mascar o una pila alcalina, y pienso en lecturas que seguramente tendrán la misma fugacidad que esos objetos. Me desoriento y agoto por la algarabía y los empujones y, con los Reyes Magos llegando casi por la Castellana, descubro que la solución viene de un cuaderno en blanco.

Vuelvo a casa en el tren y lo observo apoyado sobre mis piernas: un mundo de papel no escrito, pendiente de que una mano de vida a las páginas, las vaya combando con el registro de las películas vistas, los conciertos escuchados, también de información práctica que al paso del tiempo deja de ser relevante: la cita del médico, debe cuidar el colesterol, la lista de la compra, cómo llegar a la boda de José y Cristina. Páginas en blanco que ordenan una parte del mundo y lo hacen más habitable, páginas que son un espejo de fantasías y frustraciones, una claraboya desde donde traslucen pesadillas y sueños, ideas que hacen volar la imaginación tanto como la reserva de un vuelo a París.

Y me pregunto: ¿no es esa definición la misma que empuja también la escritura de este blog? Un lugar sin eco aunque falsamente solitario (el cuaderno descubierto), donde uno trata con el mejor cuidado todo aquello que le emociona, un cuidado lento y en permanente corrección, como de caligrafía de monasterio. Una mota dentro del caos que no tiene otro propósito que irradiar algo de luz y orden a su manera, con las misma ausencia de reglas por las que se va llenando un desván, un orden propio que solo uno conoce y que tal vez genera más confusión al exterior. El cuaderno como un reflector encendido desde un tragaluz, iluminando una parte de lo oscuro, buscando desentrañarlo y multiplicando así la oscuridad a su alrededor. Un cuaderno del que uno acaba teniendo una sensación de ansia recogida y de alivio placentero.

Un fin de semana en Donosti

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Mis amigos Ángel y Joana me han dejado en una rotonda a la entrada de la ciudad, casualmente cerca de mi hotel. Es viernes por la tarde y voy a pasar el fin de semana en Donosti, donde se celebra desde hace unos días el festival de jazz. Mañana sábado he quedado con mi amigo Juan, así que hoy viernes salgo solo a cenar pinchos al casco viejo de la ciudad. Cae un calabobos sobre el abanico de arena de la playa, sobre las farolas afrancesadas, sobre las narices romanas de la gente que come en la calle, sobre las casas perdidas de la montaña, que parecen suspendidas de ningún sitio.

Entro en un pequeño bar a la salida de la plaza de la Constitución. Un hombre con forma de tinaja zampa a dos carrillos. Me contagia el apetito y me señala con el brazo su veredicto sobre cada pincho de la barra. Detrás de una cortina mosquitera aparece la cocinera; lleva en las manos una tortilla de patata que reclama nuestras mandíbulas. La mitad de la tortilla es para el tragón, servida dentro de un bocata. A mitad del mismo se levanta, ya con signos de pesadez calórica, y pide a la cocinera que le ponga también un pincho de esa tortilla. La mujer pone cara de madre asustada:

– ¿Un pincho más de tortilla? ¿Es para llevar?

Y mi compañero de fatigas (estamos sudando los dos) responde:

– Claro que es para llevar. Para llevar en el estómago.

Reímos. El bar está lleno de vida. De brazos trogloditas que se abalanzan sobre pinchos minuciosos. De alegría que viene y va desde la calle. Es viernes por la noche y el fin de semana es una promesa de felicidad. En el televisor sin volumen repiten las imágenes del accidente de tren en Santiago. Una y otra vez, como si el tiempo se hubiera parado a las ocho y cuarenta del miércoles 24 de julio. Metáfora que es así de exacta para casi ochenta personas. Habla ahora una mujer que es psicóloga especialista en situaciones traumáticas. Como no sé leer sus labios solo puedo imaginar lo que pueda estar diciendo. Y mi imaginación me lleva a Bhagavad-Gita, el Nuevo Testamento de la historia hindú, y las siguientes palabras: «igual que el cuerpo humano experimenta la infancia, la juventud y la vejez, el alma también toma y deja diferentes moradas físicas (…). Los sabios conocen esta verdad y no temen a la muerte». Qué pocos sabios hay a mi alrededor, qué poca sabiduría también en mí, y sin embargo ojalá ellos tengan razón y que la vida no termine bajo una manta, que el espíritu no acabe contra un suelo incómodo de gravilla, junto a las traviesas aún calientes del sol de julio. La vida es un prodigio y no puede tener ese final, no.

Un rato después he dejado atrás el bar y la televisión y mi compañero de pinchos y me dirijo a la playa de Ondarreta, donde Belle and Sebastian actúan gratis a las doce y media.

– Pero bueno, te vas a resfriar con este chirimiri -me dice una camarera mientras me sirve un vodka, y recuerdo la palabra que en el País Vasco se usa para el calabobos.

Como Heineken no vende chubasqueros (¡daría mala imagen al festival, asociarlo con la lluvia!) me compro una camiseta del festival y, por un milagro del espectáculo, la llovizna cesa y el concierto comienza puntual. La primera vez que vi a Belle and Sebastian fue un 3 de diciembre de 2003, concierto que empezaron con Expectations (http://www.youtube.com/watch?v=dl-A-X-8Fc8). He seguido a pocos grupos con esta admiración alta durante tantos años. Años que son casi diez los que han pasado desde Londres, y ahora les tengo de nuevo enfrente, subiendo al escenario bajo la música de Kenneth McKellar (Song of the clyde). El concierto comienza con una canción que no conozco, posiblemente nueva, pues como luego me dirá el guitarrista van a grabar (¡por fin!) un disco en apenas un mes. Suenan algunos de sus clásicos: The Boy With The Arab Strap, I Didn´t See It Coming, Le Pastie De La Bourgeoisie. Clásicos que en su día escuché junto al silencioso público británico en Londres, mientras que hoy me acompaña el maleducado estruendo español. El concierto es un recuerdo alegre de lugares y personas y momentos de la vida, estaciones donde esas canciones se quedaron para siempre clavadas y ahora avanzan conmigo en la memoria.

Vuelvo caminando a la residencia universitaria del paseo de Berio. Si la calidad de vida se mide por las aceras Donosti es un regalo para el peatón, y por lo tanto para las relaciones humanas. Aceras amplias y frescas bajo el paraguas de árboles enormes, libres de coches o motos invasores, rodeadas por carriles bici que dan a la ciudad un aire moderno y europeo. Mis zancadas vuelan sobre baldosas de diferentes colores y materiales y ritmos y el zapato informa al cerebro de que, ya desde la base, se camina por una ciudad que se esmera.

En el Monte Igueldo, descubro a la mañana siguiente, la acera es sin embargo una angosta escalera para luego desaparecer en la pendiente. La subida es una ascensión en altura pero también en el calendario. Allá arriba me esperan algunos de los primeros recuerdos de mi vida, con apenas tres años, cuando vivía en Pamplona y pasábamos el día con mis padres y mis hermanas. Salgo del funicular y me encuentro con la infancia: la memoria del paseo en barquita por el río misterioso, un canal de agua circular accionado por una noria, sin más misterio que los sueños de los niños, y cuyo recorrido abre vistas al mar en un lado y a la pared de la montaña en el otro.

– Aquí tienes tu Coca Cola, joven. Uno cincuenta.

Pago la bebida en una barraca de feria cercana al río misterioso, sacio de un trago la sed y me voy tan contento del piropo, hasta que a mi espalda escucho:

– Amaia, ¿cómo que no encuentras el aceite, si lo tenías delante? ¡Parece que estás ciega!

Y entiendo mejor lo de joven.

Me vibra el pantalón (ningún escritor anterior al siglo XX podría haber escrito esta frase). Son ya las cuatro de la tarde y mi amigo Juan está por la zona del Kursaal. Quedamos para cenar y sigo un largo rato sentado en un banco frente al mar, en silencio, leyendo el periódico y anotando ideas que vienen y van. Me siento el hombre más feliz del mundo.

Regreso a la ciudad: en la arena hay niños de cuclillas afanados en buscar tesoros. La playa de Donosti es el tacatá de la ciudad: la gente va allí para andar de un extremo a otro, saludarse y así reafirmar su existencia. Nadie detiene el paso y las conversaciones son dos líneas de guión. Me coloco a modo de experimento detrás de una pareja que camina a ritmo vivo. Tres minutos, tres saludos. Pruebo a levantar también la mano, y una pareja me devuelve el saludo sin detenerse. Hipótesis demostrada.

¡Son las cinco y no he comido! Me toco la barriga, aún hinchada de la cena de ayer. Barriga que es mayor si la comparan los escaparetes que también reflejan a los ciclistas, fatigados tras superar a la meta: hoy es la clásica de San Sebastián. A lo lejos veo a Valverde y Nairo Quintana entre una nube tecnológica de móviles y tabletas.

Vuelvo al hotel para ducharme. En una plaza cercana a la Concha están desmontando las casetas de un mercadillo de productos locales, bajo el estruendo alegre de música folclórica. Hay fotos de distintas disciplinas deportivas en unos paneles informativos: equipos de gente joven que tienen su hueco de gloria en su ciudad. La música local, el amor por la gastronomía y el deporte, el idioma propio. Deseos universales pero que en el espacio breve de la ciudad se sienten como únicos: qué fácil parece en Donosti identificarse orgulloso con la ciudad.

Ceno con Juan y su cohorte de amigas del ramo sanitario: entre todas ellas, médicos y enfermeras, podrían abrir un hospital de campaña allí mismo y atender mi larga batería de aprensiones. Escuchamos algo de jazz, el concierto de !!! y luego vuelvo a mi residencia desde la otra punta de la ciudad.

– ¿La Rotonda?

Me preguntan unos franceses, y les indico cómo llegar a la famosa discoteca de la Concha. Caigo rendido en la cama de la residencia, sigo con sueño cuando pago la habitación al día siguiente, bostezo en la estación mientras hago tiempo, me quedo dormido en el vagón y al despertar sigo con sueño y ya ha anochecido, estamos llegando a Madrid, y en un apeadero hay un tren parado, o tal vez en movimiento, con una luz roja en el extremo, y recuerdo estas palabras de Piglia: «la vida es como un tren de carga, no viste a la noche pasar un tren de carga, lento, no termina nunca, parece que no termina nunca de pasar, pero al final te quedás mirando la lucecita roja del último vagón que se aleja».