La tempestad de Sergio Peris-Mencheta

the Sea Venture

A las siete de la tarde se abren la puertas de la sala del teatro Galileo de Madrid. Los espectadores, en fila india por el lateral de la grada, descubrimos que la tempestad ya ha empezado: un in medias res que atrapa de inmediato. La escena es una playa, el horizonte una pantalla de cine donde se proyectarán vídeos en directo y otros grabados. Todavía sin sentarnos hay un barullo de voces y papeles y actores corriendo de un lado para otro, como si la hora de la función les hubiera pillado, también a ellos, en una confusión organizada.

Unos apuntes para entender el texto de La tempestad. Es la última obra que Shakespeare escribió y se la ha considerado así su testamento literario. Fue estrenada en la corte en 1611, seis años después del fallido atentado contra Jacobo I conocido como «the Gunpowder plot». Son las maquinaciones y complots políticos el núcleo de la obra. Su final feliz debió alegrar al monarca, de quien además era conocido su interés por la magia, presente en la todopoderosa figura de Próspero.

La legitimación del poder es el eje de la obra, y ello da lugar a toda una serie de maquinaciones. También se nos habla de la lucha entre una naturaleza primitiva, reflejada en Calibán (excelente el actor Javier Tolosa en su doble papel de Calibán y Alonso) y el arte (los peligrosos libros de magia de Próspero: «thought is free», o el pensar nos hace libres, una de las más celebres frases de la obra, y toda una advertencia del poder subversivo de la cultura).

En el texto la naturaleza primitiva se enfrenta con su colonización. La isla es hermosa, imagen que el director nos transmite con una acertada música lateral, y su perfil salvaje y paradisíaco parece justificar la expropiación de la misma y el sometimiento inmediato a los nuevos amos. La imposición de la lengua de los recién llegados no es sino otro instrumento más de dominación, y de este nuevo status quo se generarán conflictos de subordinación y, por supuesto, rebeldía.

La adaptación de Sergi Peris-Mencheta es un alegre goce de los sentidos: el texto brinca entre los personajes a gran velocidad, el uso de cámaras y vídeos permite duplicar la sensación de teatro dentro del teatro (fantástico el engaño al público entre realidad y ficción utilizando una filmación) y la música en directo de una pequeña banda y los juegos de luz hacen el resto. El Próspero de esta Tempestad es un personaje más dulce de la ferocidad con que me lo imaginé cuando leí el texto. Pero pienso después que este perfil más blando encaja mejor con la reconciliación de contrarios, bastante inverosímil, que cierra la obra: cuesta creer que después de tanta ira Próspero no tenga ganas de venganza. La adaptación de Peris-Mencheta va conjurando de forma muy efectiva los efectos mágicos del autor, efectos que al poco se disuelven: todo es sugestión, tal vez en algunos momentos excesivamente cómica, y uno asiste al espectáculo con la feliz duda de saber si Prospero o Ariel son gente de confianza, y en qué se diferencia el primero de Sycorax, la bruja que dominaba antes la isla.

La obra se resuelve y recibe los aplausos multiplicados de un público que apenas llena las primeras filas del graderío. Aplausos que hacen regresar a la compañía hacia el extremo de la playa, ahí donde seguimos felicitándoles, y se despiden de nosotros con una frase de García Lorca («Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo»), luego una mención al artículo 44.1 de la Constitución española («Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho») y por último un ruego: que si hemos disfrutado de la obra, la recomendemos. Ruego del que tomo nota y por eso estas palabras para que ojalá os lleve también ese sueño que es la tempestad. Aprovechadlo, que quedan pocos días.

Tempestad está dirigida por Sergio Peris-Mencheta y se representa en el Teatro Galileo de Madrid hasta el 2 de junio de 2013. Más información en la página de la compañía, Barco Pirata (http://www.barcopirata.org/?page_id=2).

Cumpleaños con Strauss y sus Cuatro últimos lieder

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A Richard Strauss le quedaban apenas doce meses de vida cuando, en 1948, escribió una canción titulada Beim Schlafengehen (Al irse a dormir). La canción estaba basada en un poema de su amigo Hermann Hesse. Strauss, aunque director de orquesta con fama internacional, era entonces un hombre triste. Los años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial le vieron más interesado en recuperar el acervo cultural de su país antes que en componer. La atonalidad que entonces desarrollaban Schönberg o Hindemith estaba alejada de su sensibilidad. Y fue solo gracias a la intervención de su hijo Franz que Richard Strauss recuperó el ánimo y volvió a escribir.

Beim Schlafengehen se toca dentro de un ciclo junto a otras tres canciones, formando el llamado Vier letzte Lieder (Cuatro últimos lieder), aunque ni Strauss los planificó con esa idea de grupo ni tan siquiera fue la última canción del compositor. Si algo une las cuatro obras es la presencia de la muerte. En Beim Schlafengehen el sueño es la metáfora de la muerte, muerte que musicalmente se mezcla con un solo de violín de una belleza que también parece algo de fuera de este mundo, y con cuyo sonido Strauss representaba el amor hacia su esposa Pauline.

El estreno de las cuatro últimas canciones de Strauss fue póstumo: tuvo lugar en Londres un 22 de mayo de 1950. Coincide con el día de mi cumpleaños, pero 28 años antes. Cumpleaños que tendrá como regalo escuchar (y de nuevo otra coincidencia) estas cuatro mismas canciones el sábado 25 de mayo en la Orquesta Nacional de España, con la dirección de David Afkham y Anne Schwanewilms como soprano, cantante alemana que tuvo un mal día en los BBC Proms bajo la dirección del español Juanjo Mena. Ojalá el sábado despliegue su gran voz lírica sobre estas cuatro canciones que desde aquí recomiendo como cumbre de la música lírica postromántica.

El texto original del poema de Hermann Hesse y su traducción al español que he encontrado en la red (http://www.el-atril.com/cantares/4canciones/4ultima.htm) son los siguientes:

Nun der Tag mich müd gemacht,
soll mein sehnliches Verlangen
freundlich die gestirnte Nacht
wie ein müdes Kind empfangen.

Hände, lasst von allem Tun,
Stirn vergiss du alles Denken,
alle meine Sinne nun
wollen sich in Schlummer senken.

Und die Seele unbewacht
will in freien Flügen schweben,
um im Zauberkreis der Nacht
tief und tausendfach zu leben.

Ahora que el día se ha fatigado,
que mi nostálgico deseo
sea acogido por la noche estrellada
como un niño cansado.

Manos, abandonad toda acción.
Mente, olvida todo pensamiento.
Ahora todos mis sentidos
quieren caer en el sueño.

Y el alma sin más guardián
quiere volar, liberadas sus alas,
en el círculo mágico de la noche,
para vivir profundamente mil veces.

Y como versión, os recomiendo la de Jessye Norman: http://www.youtube.com/watch?v=Se0HPsJex04

Lunes 29 de agosto de 2011: el final de un viaje por el Rhin

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Qué extraño sentir que la semana comienza y estar uno disfrutando de sus vacaciones. Sentimiento débil de culpabilidad, como si el descanso no hubiera sido merecido. De reojo miro el teléfono, que aún duerme: lo enciendo y observo los correos electrónicos amontonándose. Una pequeña pantalla es un túnel hacia lo que está ocurriendo en Madrid: oficinistas infelices bebiendo el primer café del día, pidiendo con urgencia datos e informes, enfrentándose a la monotonía tras un fin de semana insatisfactoriamente breve. El número de tareas sin responder avanza y una luz roja parpadea y transmite el desasosiego de esa realidad que es en la que uno vive todo el año, y aunque doy la vuelta al móvil sé que esa señal de alarma es por una amenaza real que me está esperando en Madrid.

Me incorporo desde una cama estrecha en la que he dormido y observo la habitación bajo la luz nueva de la mañana: un televisor antiguo y junto a él una botella de agua con gas y una chocolatina como bienvenida al cliente. Mobiliario antiguo y escueto. El hotel se llama Wintersberg, y está situado en lo alto de una montaña arbolada. Abajo un pueblo llamado Bad Ems se despereza también, extendiendo sus brazos a los dos lados del río Lhan, que lo cruza como una médula espinal. Llega el sonido lejano del tráfico, amortiguado por una cortina raída; la descorro y entonces la luz se refleja en un gran espejo que hace esquina en el balcón, tropieza con mi pijama, y permite así estar tumbado en la cama y observar la montaña boscosa al otro lado del río y la ciudad.

Había llegado al hotel la noche anterior, no sin dificultad, pues la carretera asfaltada terminaba y era entonces una pista forestal que sin apenas indicación te conducía a una antigua fortificación romana, junto a la cual, escondido tras unos árboles frondosos, se situaba el edificio de dos plantas en el que ahora me despertaba. Ojeo unos folletos de información turística de la mesilla de noche: en época romana Bad Ems fue también frontera del imperio, y hay algunos restos que visitar de esas fechas. Las aguas del lugar son beneficiosas para la salud. Se puede disfrutar de un magnífico balneario, pero está cerrado por reformas en la actualidad: abrirá sus puertas cuando yo ya no esté allí.

Seguí un rato más en la cama. Aún me sentía algo pesado de la cena de la noche anterior en el mismo hotel, y que había consistido en un plato de carne de caza acompañado con espárragos verdes y patatas panadera. Abandonando definitivamente la cama salí al balcón. El tiempo se extendía de nuevo ante mí pero con una cualidad de urgencia: ya no era el tiempo plano que se abría en paisajes de suaves lomas al comienzo del viaje. Ahora el tiempo zumbaba en mis oídos y se oprimía en el valle estrecho donde estaba encajado Bad Ems. La alegría vegetal de lo viviente había desaparecido. La tranquilidad arbórea, el canto de los pájaros, el aire limpio, todo mutaba ahora en una única señal de advertencia: la tregua del descanso estival era débil y pronto volvería al horizonte el ruido de una guerra de prisas, de tareas sin cumplir, de órdenes que obedecer. Como si alguien hubiera comenzado a desmontar los árboles, porque no eran sino un decorado de cine y la película ya estaba filmada, asomaba ahora otro paisaje terriblemente familiar, de oficinas con fachadas de cristal y acero, corbatas y traques y zapatos sin cordón; una simulación de vida dominada por el tedio y las convenciones sociales, los horarios y los usos establecidos, las rutinas y los hábitos. Las vacaciones, aparte de haber sido una pausa para el cuerpo y la mente, habían hecho pedazos las rutinas de la vida en la ciudad, y este temor matutino, como una revelación repentina, tenía que ver con el miedo a regresar a esos usos gastados, incluso a saber de nuevo simular un interés en las agendas de vidas ajenas.

El desayuno resultó ser el mejor momento del día. Se servía en una enorme sala en la primera planta, con ventanales acariciados por el mismo sol tibio que había dejado rebotando en el espejo de mi balcón. Sobre un mantel rojo platos de distinto tamaño con embutido, queso, panecillos, pan, mantequilla, mermelada. Llevaba a mi lado el libro de Anne Michaels, del cual degustaba con lentitud sus últimas páginas: el libro y el viaje se acababan al mismo tiempo. Sabía que su lectura me iba a acompañar más allá de la última de sus líneas. Libros que, como las ventanas de esta sala, irradian reflejos en todas direcciones, proyectando recuerdos inesperados en mitad de un paseo o de una reunión donde la cabeza está en otra parte. Libros de recuerdo infinito, como la música de Beethoven o la sólida tristeza de lo que para siempre está perdido.

El hotel era regentado por un matrimonio joven. El marido, de cabeza apepinada y dientes torcidos, se acercó a hablar conmigo durante el desayuno. Se llamaba Jürgen Gehrman y representaba ya la tercera generación que llevaba exitosamente el negocio. En su cara recién afeitada se reflejaba el orgullo amplio de esta tarea, pero también el esfuerzo perpetuo de agradar a la clientela. Su mujer atendía la cocina y la recepción. Trabajaban once meses al año, todos los días, sin descanso: sólo en enero el hotel cerraba las puertas pues la nieve impedía llegar hasta allí, y el matrimonio aprovechaba para descansar. Me recomendó descender al pueblo por una camino señalizado en la montaña, a través del bosque, y por el cual iría abriéndose la vegetación y apareciendo, en el fondo del valle, la ciudad balneario. Alegrado por la perspectiva de estar un día más allí, o tal vez sin ganas de volver a buscar un lugar distinto donde dormir, le informé de que me quedaría una noche más. Me confirmó al rato que no había problema, pero que tendría que cambiar de cuarto, así que me pidió guardara la ropa y objetos en la maleta, y ellos lo moverían a la nueva habitación.

Vestido con los pantalones cortos, mi libro, las gafas de sol y el reproductor de música, comencé cuesta abajo mi paseo. Nada más salir del hotel una gran terraza con mesas y sillas vacías abría su vista al valle. En una explanada asfaltada estaba aparcado mi coche, y a su lado se levantaba una pequeña torre de piedra de la época romana. Se trataba de una construcción sencilla, achatada, y desde la cual se controlaba visualmente un vasto espacio. Parecía orientada más a a una función de vigilancia que a servir como defensa ante un eventual ataque. De poca ganancia hubiera servido para sus moradores un interior oscuro y un balcón en lo alto de fácil acceso por una escalera de piedra. La rehabilitación había sido supervisada por la UNESCO, dentro de un proyecto para conservar la línea de puestos fronterizos del Limus Germanicus, la frontera del Imperio Romano en esta zona de Alemania.

Dejando atrás el bosque el pueblo se iniciaba de forma natural, como si sus primeras casas fueran una alteración vegetal de los últimos árboles. Por calles empinadas descendí hasta el río, y la ciudad se fue haciendo más antigua en sus fachadas. Un edificio blanco de grandes proporciones destacaba sobre el resto: se trataba de un lujoso hotel y balneario. Había un montón de bicicletas mal apiladas en la puerta, caídas una sobre las otras. Pregunté en el interior si se podía alquilar alguna, pero estaban reservadas a los clientes del establecimiento. Seguí dando un paseo por el pueblo. En una plaza frente a una iglesia había largos bancos y mesas de madera, y a su alrededor puestos de feria donde se anunciaban la venta de salchichas, carne, crêpes, patatas fritas, cerveza. Cerca de allí, en una calle cortada al tráfico, algunas atracciones de feria dormían bajo un sueño de lonas de colores. El pueblo estaba en fiesta, sonaba alguna megafonía lejana, pero los feriantes se dedicaban sencillamente a limpiar sus negocios con gesto cansado.

Las ganas de volver a montar en bicicleta me hicieron buscar algún lugar donde alquilarla. Lo encontré gracias a la ayuda local, tras golpear los nudillos en la puerta de un garaje, puerta que pasado un rato se abrió por una joven alemana que cojeaba y me ofreció una bicicleta por todo el tiempo que quisiera, a cambio de apenas cinco euros, y sin necesidad de aportar una fianza o documento de identidad por mi parte. Agradecido por su confianza (sin que esta palabra tenga nada que ver con fianza, por más que estén próximas), y arrepentido por el natural pensamiento hispano hacia la picaresca y el engaño, la manera mezquina de ver cómo llevarse lo ajeno sin ser visto, comencé a pedalear nuevamente en dirección a Coblenza, y nuevamente en una camino habilitado junto al río. La bicicleta era un elemento esencial del viaje, más de lo que yo había pensado en un comienzo, su austera elegancia tan importante como el aroma de los viñedos, los castillos en lo alto de las lomas o las pesadas barcazas de transporte fluvial. Con las manos firmes agarradas al manillar, sintiendo nuevamente el placer del pedaleo, avancé hacia el oeste. A ratos circulaba tranquilo, escuchando el timbre civilizado de otros ciclistas que me adelantaban. En otros momentos apretaba los dientes y concentraba la fuerza del cuerpo en el giro veloz de los pedales, y entonces el viento se levantaba invisible sobre el camino, y aleteaba la sombra de mi sombrero, y la bicicleta se convertía en un animal veloz, rapaz, volando junto al río. Nervioso de circular a rápida velocidad, y cansado finalmente, volvía a reducir la marcha con una sonrisa divertida y de alivio.

En el camino atravieso algunas zonas de acampada, donde muchos alemanes disfrutan de sus vacaciones sentados en sillas de tela, viendo cómo rompen las olas silenciosas del río cerca de sus sandalias. Una ciudad ordenada de caravanas, de tiendas de tela, de sillas y mesas de plástico, encajada entre el río y la carretera. Todo en apariencia muy bien organizado, límites de hierba donde acaba el espacio de una familia y empieza el de otra, pero también todo susceptible de poder ser recogido en un instante, cargar los bártulos, plegar los objetos y desaparecer de la ribera rumbo a la ciudad. Paso a su lado con la bicicleta, les miro, y por unos segundos sus rostros grandes, tranquilos, de satisfacción, alivian mi pedaleo urgente, y me acompañan.

Cuando llegué a Coblenza el cielo estaba cubierto de nubes. Fui hasta el centro de la ciudad, circulando primero por calles con abundante tráfico, hasta alcanzar la zona peatonal y en una calle tranquila, tras dejar apoyada la bicicleta sobre una fachada, me senté en una terraza. Pasé un rato largo disfrutando de un café con leche, dejando que se enfriara, contemplado la vida tranquila de una calle sin tráfico ni peatones. Finalmente abrí el libro de Anne Michaels y leí las siguientes palabras: Everything we are can be contained in a voice, passing forever into silence. And if there is no one to listen, the parts of us that are only born of such listening never enter this world, not even a dream. Palabras que, torpemente, podrían traducirse de esta manera: todo lo que somos puede reducirse a una voz, voz que puede acabar en silencio. Y si nadie la escucha, aquello de nosotros que sólo existe por esa voz muere, y no existe ni si quiera en los sueños. Y en el silencio adulto de esa calle en Coblenza, en la tranquilidad agitada de unas vacaciones que terminan, pensé en las voces que afectan mi vida: mi madre, mi padre, mis hermanas, Alicia. Voces que a veces son primero un nombre en el teléfono, y el miedo a una llamada fuera de lo habitual, cuando la comunicación verdadera debería estar por encima de horarios. El dedo responde la llamada y al poco el alivio de que todo sigue igual. El silencio tiene entonces una cualidad pacífica, se apoya sobre el tiempo como un narcótico y lo adormece, y entonces las voces rompen el silencio construido, traen una información tal vez inesperada, y existe un momento de sobresalto. Pero si finalmente el mensaje era apenas preguntar un qué tal te va todo, o bien un te echo de menos, uno regresa rápido a su soledad, como ahora después de leer un mensaje que me ha llegado al móvil. Lo leo, vuelvo a estar tranquilo, pero descubro por primera vez en el viaje que no me importaría volver ya a Madrid, que en mi cabeza los sueños se van diluyendo,y que en cierta manera añoro de lo que al inició del viaje huí: las rutinas, las convenciones sociales. Porque incluso en ellas adivino virtudes: el reconocimiento de una amistad. El amor seguro y fiel de unos padres. El aprecio por un trabajo bien realizado.

Es casi de noche cuando regreso a Bad Ems: en el río se reflejan las luces de los coches, y los barcos de turistas se abrazan al muelle para dormir. Devuelvo aliviado la bicicleta: estoy cansado y no quiero verla hoy más. Regreso al centro del pueblo, y compruebo que está de fiesta: los puestos que por la mañana vi siendo limpiados ahora sirven comida. Atracciones de feria giran a toda velocidad, en espirales de luces de colores. Bajo una fiebre de gritos infantiles pido un perrito caliente. Me siento en un banco de madera, y observo la noria girar: la esfera de luz rota lentamente contra el fondo oscuro de la montaña, en cuya cumbre está mi hotel. Recordé la noria de Machado, aunque aquella era de agua, como triste símbolo de la monotonía existencial. Qué curioso que ese poema nos lo enseñaran en el colegio con dieciséis años, con las hormonas descontroladas, el alma llena de vida, la vista buscando el recreo tras la ventana, y en el reloj electrónico la comprobación trágica de que la clase nunca terminaba, y aún más curioso que ahora recordara ese poema, pese a la manifiesta falta de atención que presté entonces, como si la semilla pesimista del poeta se hubiera sembrado en los alumnos de esa clase para brotar luego mucho tiempo después, lejos de Madrid, y tal vez con el profesor ya fallecido, pues José de Dios era un hombre que hace diecisiete años parecía haber traspasado generosamente la edad de jubilación, y nos transmitía su amor hacia la literatura, un amor que venía desde niño en su pueblo de Jaén, pero también nos hablaba de su placer por madrugar y ver las estrellas en Brunete, a unos veinticinco kilómetros al oeste de Madrid, lugar en el que vivía junto a su mujer, y donde el cielo decía era más limpio y oscuro que en la capital y permitía observar las estrellas, y nos hablaba de esa noria que era el repetir exacto de los días, y esa metáfora de la monotonía había venido hasta aquí, un pueblo al suroeste de Alemania, donde acababa de terminar mi perrito y me disponía a volver al hotel, dejando atrás el ambiente festivo del pueblo, del cual me sentía extraño, como invitado por error.

El camino de subida estaba sin iluminar, así que en algún codo del sendero tuve que utilizar el destello del flash de la cámara de fotos para no perderme. Por un instante la luz iluminaba el suelo lleno de hojas, los árboles como lapiceros dentro de un estuche, y luego de nuevo la oscuridad. Cuando llegué al hotel el salón inferior estaba a oscuras. De una puerta lateral surgió el dueño, quien con gesto cansado me informó de la nueva habitación asignada. Regresó por el mismo lugar y observé cómo le daba un beso a su mujer, aliviados tal vez de que alguien hubiera llamado tan tarde a la puerta ya cerrada. La nueva habitación era mayor pero tenía vistas al aparcamiento. Cerré rápido la ventana por la que entraba un frío de invierno. Junto a la puerta habían dejado mi pequeña maleta: qué ejercicio tan sano viajar y ver que uno puede moverse renunciando a las necesidades multiplicadas e innecesarias del día a día. Un minimalismo práctico, obligado por limitaciones de espacio y peso, pero donde en una maleta basta todo lo necesario. Y en la mesa otra tableta de chocolate y agua con gas. Sonó una cisterna que se vacía, y antes de dormirme sentí que el sueño me llegaba en un casa viva, cuidada, llena de amor.