La magdalena de Proust (receta de cómo hacer pan)

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Gracias a la generosidad de Alicia, Ainhoa y Iosune, fui invitado a un curso sobre cómo hacer panes. La primera conclusión del mismo fue haber pasado una mañana estupenda. Cuatro horas en las que aprendí el proceso del pan y me llevé bajo el brazo mi creación rústica, después de haber disfrutado también de un aperitivo servido en el propio centro: pan, ensalada de tomate, queso y una cerveza fría que nos borró el sudor, y después embutidos y vino sobre un tonel de madera en Chueca, luego la harina yéndose al suelo y a continuación una copa en la plaza de Santa Bárbara, la siesta y después más sucesos que puede que escapen al curso, o tal vez no, porque todo ese día estuvo conectado por la misma amistad. La segunda conclusión del curso es que, para hacer pan, puedes bajar a la tienda de la esquina, o bien esperar cuatro días a conseguirlo. Al igual que todas las cosas importantes en la vida, merece la pena el tiempo dedicado. Así que vamos con la receta.

En un bote de cristal se añade harina y agua en proporciones idénticas: 50-50. Digo se añade y no añadimos porque, pese a que todas las recetas van en tiempo plural, normalmente uno cocina solo, ayudado por la radio o alguna mirada extraviada o un niño agarrado a la pierna, diminuto koala, gente que pasa por la puerta, huele o cata una parte del proceso y luego se marcha, adivinando con placer el plato en formación. Tal vez las recetas se escriben en plural porque por norma la cocina se parece al amor, siempre se hace para alguien, incluso aunque sea en soledad, y entonces ese verbo plural es la anticipación de un placer colectivo. Pasada esta innecesaria disgresión, recuerdo nuevamente las proporciones: 50-50. La harina en gramos, el agua en centilitros y una copa de vino en vaso, pero esta última para el cuerpo. Hay que continuar.

Remuevo con decisión hasta alcanzar una papilla. Unas cincuenta vueltas, unos cinco minutos. Tal vez porque agosto entra por la ventana, el calor se bebe el agua con la velocidad de una sequía. Observo la mezcla, más próxima a un proyecto de croqueta que a una deseada textura de vómito. El resultado debería ser una pasta espesa, y lo que tengo entre las varillas es una bosta. Con dudas en la frente cierro con papel film el cuenco, y me pregunto por qué se llama así a este tipo de papel transparente, cuando un film es justo lo contrario: hacer viajar la vista hacia algo opaco y que no existe frente a nosotros. Como no quiero que esta receta de la Madgdalena de Proust acabe con el grosor de un libro de Proust, me centro en el bol, ya protegido, y lo traslado hasta un lugar a temperatura ambiente, evitando además el sol. Es decir, a una baldosa junto al váter.

Pasadas veinticuatro horas, la mezcla debe tener pequeñas burbujas en la superficie. Señal de que la masa está fermentando. En mi caso no hay burbujas, pero continúo adelante. Añado 100 gramos de harina, pero en este caso blanca, y 100 centilitros de agua. La razón del cambio de harina es para que el pan tenga un color blanco. La razón de que se use inicialmente la integral es favorecer la fermentación, proceso que yo no observo.

Al segundo día me encuentro la sorpresa: ¡burbujitas en el bol! Son buenas noticias que alivian el raro olor ácido de esta mezcla. Repito añadiendo 100 gramos más de harina, 100 centilitros más de agua, y ya solo queda esperar otras veinticuatro horas para tener la masa madre. Tensa espera.

Como a los familiares incómodos, una vez a la semana hay que dar vida a la masa madre, refrescándola con las mismas cantidades que vamos retirando. Tanto si se hace pan una semana como si no, hay que llamar a los abuelos, es decir, abrir el bote, derramar una cantidad, y sustituir ese vertido por una mezcla nueva de harina y agua, manteniendo siempre las proporciones, y dejándola a temperatura ambiente unas doce horas. Con estas dos sencillas reglas la masa madre siempre dará sus buenos hijos.

Ya estás en condiciones de hacer pan. Los porcentajes de un pan según la Magdalena de Proust son los siguientes:

– 100% harina blanca de fuerza,
– 65% de agua,
– 20% de masa madre,
– 0,5% de levadura de cerveza deshidratada
– y 1,5-2% de sal.

Es decir, suponiendo 500 gramos de harina, se usarán 325 centilitros de agua, 100 gramos de masa madre, 2,5 gramos de levadura de cerveza deshidratada y entre 7,5-10 gramos de sal. Me sorprende ver que la proporción de harina de fuerza es mayor en otras recetas, como en el fantástico vídeo del Forner de Alella (https://www.youtube.com/watch?v=PZm1b1TfVLM), cuyos porcentajes serían como siguen:

– 100% harina panificable (blanca, de trigo, y de fuerza),
– 70% de agua,
– 44% de masa madre,
– 0,5% de levadura (si bien señala el vídeo que este porcentaje depende de la época del año: en verano la levadura se pone bruta más fácilmente, y es necesaria la mitad que en el duro invierno, estación en la que la levadura actúa como una Viagra),
– y 2% de sal

O lo que es lo mismo, y volviendo a suponer 500 gramos de harina, usaríamos 350 centilitros de agua, 220 gramos de masa madre (¡más del doble que con Proust!), 2,5 gramos de levadura y 10 gramos de sal.

Comienza así el proceso de mezcla. Se puede usar la máquina o bien hacerlo a mano. Se tamiza la harina, para que el pan final sea más esponjoso; se añade la sal, y algo de agua. Después la masa madre, la levadura y el resto del agua. Debe mezclarse muy bien el resultado de esta unión. Calcular unos quince minutos de amasado para saber que le hemos dedicado el tiempo suficiente. El primer movimiento de la séptima de Beethoven dura exactamente novecientos segundos: https://www.youtube.com/watch?v=V6yp9XJfDK0). Como las malas ideas, la mezcla debe dejarse crecer en soledad, bajo un paño húmedo, durante un periodo de dos, tres o cuatro horas, esto último si se nos ha olvidado que estamos en el largo proceso de hacer pan.

Una vez mezclado, se enharina la mesa de trabajo y, arremangados los brazos, comienza el proceso inquisitorial de azotes. En la mezcla se descarga toda nuestra ira, rencores, malestar. Sacamos el muerto del armario. Se vacía nuestro cuerpo, se relaja, y de resultas la masa, tras moldearse, queda además oxigenada. El gluten es un músculo, y trabaja a golpes. Es muy importante alcanzar una masa de textura suave y flexible, casi elástica. Al estirarla, no debe sufrir esguince o dolor, y debería volver casi sola a su forma inicial.

No hay que olvidar que es necesario reponer la masa madre (refrescarla, en el argot del panadero), manteniendo la equivalencia entre agua y harina, mezclando bien a los recién llegados, y dejando el mejunge a temperatura ambiente unas doce horas. Pasado este tiempo lo volvemos a meter en la nevera. También recordar que, al contrario, la masa madre tiene que estar dos horas antes fuera del frío para despertar y recuperar su energía. Y sí, en efecto, para hacer pan hay que tener la agilidad mental de un ajedrecista, y recordar muy bien los tiempos.

A continuación hay que jugar a ser un Dios creador, y hacer una esfera con la masa, como si crearas el mundo. El proceso de boleado tiene su dosis creativa, y alivia los brazos después de una buena ración de golpes y correcciones más bien primitivas. Ahora toca de nuevo esperar a que la levadura haga su labor invisible. Lo mejor es dejar la masa esférica en un bol tamizado de harina, para evitar que se pegue. Un cestillo de mimbre puede servir. Tras una hora, la masa ha debido fermentar. Se espolvorea harina sobre la encimera, se coloca la pieza sobre la misma y se vuelve a oxigenar un buen rato, o lo que es lo mismo, a darle esas ostias que nos han quedado pendientes.

Como un Da Vinci de la harina, damos la forma final a la pieza. Con la ayuda de un cuchillo, se pueden dibujar líneas superiores sobre la masa, boceto de lo que luego será un montículo churruscado. La masa se tapa con un paño para que repose otros quince minutos. A estas alturas, si has seguido las instrucciones, es muy posible que te hayan despedido del trabajo, un helicóptero ande en tu búsqueda, el abuelo no tenga oxígeno y el perro, hambriento, te esté mordiendo la pierna. Pero debemos, aquí si uso el plural motivador, resistir. Queda poco. No sabemos de qué, pero queda poco.

Con la forma deseada, y espolvoreada de de harina, dejo a la pieza fermentar en un lugar cerrado al vacío. Debe aumentar de volumen en unas tres o cuatro horas. En efecto, esto es una locura. Pero ya hemos llegado, sí, a las puertas del infierno: con el horno precalentado unos quince minutos, metemos nuestra obra. Se pulveriza algo de agua, como quien da la extrema unción, y se motea un poco de harina sobre el pan.

La cocción debe ser a unos 200 grados durante cuarenta minutos, con el horno en posición de calor superior e inferior. Según la Magdalena de Proust, para saber si está hecho debe sonar como un tambor al golpearle en la base. Recomiendan también en este centro que el horno esté algo abierto (trabando por ejemplo la puerta con una cuchara de madera). De acuerdo, no es una medida de eficiencia energética, pero después de llevar cinco días preparando un pan, qué más da el despilfarro. También ayuda, para que tenga una corteza crujiente, colocar unas piedras (por ejemplo de cactus) con algo de agua. Estas piedras, situadas en un reciente para horno con agua, actúa a modo de sauna, el vapor rodea la cocción, y se logra un pan con acabado crujiente.

Tras esta tortuosa explicación, y si alguien sigue aún leyéndome, llegan ya las conclusiones:

– aunque mi blog sufre una caída estrepitosa en el número de visitas, niego haber escrito esta entrada para arreglar el mes de agosto. También desmiento que vaya a escribir sobre recetas de magdalenas y de tartas con adornos.

– el resultado de todo el proceso fue un pan incomestible, con la consistencia de un bate de béisbol. Seguramente que mi pistola, haciendo honor a su nombre, habría sonado en los arcos de securidad de los bancos.

– como en cualquier mundo al que uno se adentra con entusiasmo (y eso es justamente el mundo, la pura curiosidad), estoy convencido de que mejorarán mis futuras creaciones. Si el pan lleva acompañando a la humanidad desde el año 8000 antes de Cristo, yo, que por genética he superado la etapa paleolítica, debo ser capaz de hacerlo.

– treinta años después he comprendido de primera (y enharinada) mano un canto misal de la niñez. El pan me ha traído el recuerdo de un tiempo en el que todo era ingenuo y todo era perfecto, la vida un lugar sencillo, nuevo, y yo adulto era entonces un niño con el pelo alborotado, caminando hacia la cabina de un confesionario, guiado por una espiritualidad rara hasta una luz tenue, de culpa, una rejilla y a través de ella un aliento y una voz antiguas, el padre confesor, y tras la confesión purgar luego los pecados (¿qué pecados puede tener un niño?), después de rodillas tres padrenuestros (mirando de reojo los tomates en calcetines ajenos), y por último en fila india la clase entera hacia el altar, un vector de piedad espigado, como llamitas de fe, sostener la ostia con manos que huelen a maíz (acabamos de volver del recreo), y al regreso al banco el sonido amplio de un órgano, y nuestras bocas de dientes blancos o torcidos o metálicos cantando, en desafino coral, una letra que decía: el pan de nuestro trabajo sin fin. ¡Gran verdad litúrgica, gran verdad de la que me he acordado ahora, tantos años después! (aquí esta el enlace a la hermosa canción: https://www.youtube.com/watch?v=XZ1JrgQ0g-Q).

– y por último, dar las gracias de nuevo a mi amigas por la sorpresa que me dieron. Recomiendo a todos mis lectores de Madrid (seis) que se acerquen a la Magdalena de Proust (http://lamagdalenadeproust.com/). Este centro, además de ser escuela de cocina, es también tienda ecológica y de alimentos preparados. No trabajo allí ni me llevo comisión alguna, pero si me leen desde la Magdalena quiero dejar claro que no tengo ningún inconveniente en recibirlas. ¡Así son los tiempos que vivimos! ¡Trabajo sin fin!

La obediencia nocturna (o la búsqueda de una revelación)

Juan Vicente Melo

En el periodo 2000 a 2009 el porcentaje de traducciones publicadas en España osciló entre el 22,9% y 27,2%. Cifras muy elevadas y que contrastan con el 3%, que es el porcentaje medio de traducciones que se publica anualmente en Estados Unidos. Tal y como señala Luis Magrinyà en su artículo «¡Vivan las traducciones!», la traducción en Estados Unidos, pero también en Inglaterra, es un fenómeno extraño, insólito y sospechoso. Su idioma es hegemónico y domina con la certeza impuesta de un pensamiento colonial.

Pero los datos anteriores también nos deben hacer reflexionar en otro dirección: hablamos y pensamos y escribimos en español, una lengua transoceánica, de una riqueza y diversidad cultural enormes, y donde cualquier gusto estético puede quedar de sobras satisfecho. ¿Por qué entonces ese elevado porcentaje? ¿No será que estamos aceptando resignados la invasión editorial extranjera? ¿No será que rebajamos nuestro criterio ante lo que viene de fuera, y multiplicamos nuestra exigencia con lo próximo? Porque cuesta creer que un idioma sobre el que han creado Cervantes, Galdós, Borges, García Márquez, un idioma en el que ahora escriben Muñoz Molina, Piglia, Mendoza, Marsé o Marías, no logré ser el vehículo de ficción principal de todo un pueblo.

Y porque por encima de su amplitud geográfica, y por lo tanto de su variedad, y por encima también de las firmas que han pasado por su historia, y han hecho su tradición, el lector nativo o competente de español goza de un privilegio: leer sin necesidad de traducciones. Es un lujo inmerecido abrir un libro de Cortázar o Rulfo y saber que vemos el espejo exacto de lo que Cortázar o Rulfo pensaron y escribieron. Toda traducción es una cirugía, un proceso sin retorno donde el timbre y el tono cambian, donde se mantiene un título y una portada pero ninguna palabra coincide con lo que su autor pensó y escribió.

Por este motivo La obediencia nocturna (1969) es un libro luminoso desde su nacimiento. Escrito por el mejicano Juan Vicente Melo, es el resultado de un parto natural, sin modificaciones, tal y como él lo quiso. No debería sorprendernos esta obviedad, pero sí que hay que destacarlo cuando uno de cada cuatro libros salen de ese hospital de las traducciones, y ojalá muchos se hubieran quedado en una eterna convalecencia. Que el libro mencionado sea un reflejo exacto de su autor no significa nada más que eso, porque la novela en sí ni es fácil de conseguir, ni tampoco de leer e interpretar.

La fortuna de una novela, menos mal, no la dan tanto la cantidad de su lectores como la calidad de los mismos. La obediencia nocturna es celebrada alegremente por una minoría lectora, pero ignorada con la misma intensidad por el gran público. He tratado en vano de recordar dónde leí su recomendación: sé que fue en una entrevista a algún escritor que admiro, que apunté de inmediato el título y su autor en mi cuaderno, porque si algo he aprendido con los años es que no hay mejor recomendación literaria que la de un escritor, pero no consigo visualizar ni el medio de comunicación ni la persona entrevistada.

Decidido a empezar su lectura, la primera gran dificultad es encontrar la novela. La editorial Era la publicó en 1969, y solo en 1994 ha recibido una segunda reimpresión. Según leo en la red la serie Lecturas Mexicanas de la SEP la publicó en 1987, con un tiraje de veinte mil ejemplares, y su edición está agotada. Tecleando su título en el omnipresente Amazon solo existe un volumen a la venta, evidentemente de segunda mano y con un precio elevado para sus apenas doscientas páginas.

¿Merece la pena, me pregunto, hacer crítica de una novela que presumiblemente nadie va a leer, porque ya solo el hecho de conseguirla es toda una proeza? Sí, rotundamente sí: el gozo de su lectura me obliga a ser parte de esa cadena minoritaria que, ojalá, deje de serlo con estas palabras, o que al menos logre avanzar otro eslabón. Porque no hay que olvidar el propósito de una buena crítica: buscar el milagro de cambiar la vida. La labor de un crítico debe ser enseñar al lector esa obra de arte capaz de cambiar la vida. Al público, ¡yo mismo también!, nos adormece lo placentero, pero como bien señalaba Platón lo bello es lo difícil, y hay que mirarse en los espejos donde continuar esa luz milagrosa, minoritaria, un haz al que alguien nos está invitando, y que busca un reflejo.

No solo es La obediencia nocturna una novela difícil de conseguir, sino también de comprender. El resumen de su argumento es tan complejo como llegar a la propia obra, y lamentablemente no evoca la belleza oscura de la novela. En mi contracubierta de la edición de la biblioteca ERA, un volumen de hojas amarillentas a punto de soltarse, que han ennegrecido, y que al moverse huelen a tiempo, se presenta de forma breve la siguiente sinopsis: «Cuando el narrador de esta historia llega a estudiar a México, hace ya tiempo que su infancia provinciana quedó enterrada (…): «El juego ha terminado». Pero el verdadero juego va a empezar apenas. Sólo que éste es un juego siniestro, asfixiantes, sin escapatoria. El narrador se ve envuelto sin saber cómo en una vasta e incomprensible conspiración nocturna (…) a la que ya no podrá dejar de obedecer. Es el elegido, es decir, la presa (…)».

Por su parte, la contracubierta de la edición de la SEP presenta también su propio resumen del argumento, algo más clarificador, y que dice así: «El narrador de La obediencia nocturna se halla envuelto en una vasta e inexplicable conspiración en la que desempeña el papel de víctima. Perseguido por el recuerdo fantasmal de su hermana Adriana, confundido por las equívocas señales de los sentidos y las imágenes contradictorias que le ofrece la memoria, se aplica a descifrar un misterioso cuaderno que ponen en sus manos Marcos y Enrique, dos compañeros de estudios cuyas identidades parecen ser intercambiables, y se esfuerza por alcanzar a una Beatriz ideal y escurridiza, cuya última realidad es sólo un nombre y una fotografía».

La obediencia nocturna es un libro maldito, en el sentido de que, como ya indicado, está condenado a llegar a muy pocos, a ser interpretado con cierta dificultad y desde puntos de vista a veces opuestos, y maldito también porque, hermenéuticamente, las referencias dantescas atraviesan el texto desde su propia esencia: el centro de la obra es ese misterioso cuaderno del señor Villaranda, una colección incomprensible de signos y garabatos que deben ser descifrados para dar sentido a la realidad, y liberar así al elegido de su penosa carga.

Como bien señalan los resúmenes ya apuntados, la obra se inicia con el fin de la infancia del protagonista. Digo protagonista porque nunca sabremos su nombre, y más tarde descubriremos que los personajes pueden ser, incluso, intercambiables. Son de una calidad poética y musical inusuales las páginas donde se describe el descubrimiento del mundo adulto, la felicidad última del protagonista con su hermana Adriana y la lucha de éste contra el perro-tigre, epítome de la angustia que dominará entonces su vida. El perro-tigre es también una evocación del incesto, pero sobre todo la victoria del mal contra la pureza de la infancia, la destrucción definitiva del paraíso.

Parece claro pensar que la pérdida de la pureza conduce a la perdición. Se despierta uno del letargo infantil, donde el amor era ignorante, y por lo tanto puro; se pierden las certezas, que son las que dan un sentido a la vida, y ésta misma queda cuestionada. «No se puede vivir. Eso dijo y sentí vergüenza de creer lo contrario y estar vivo. Porque no se puede vivir», es un leitmotiv que recorre la novela.

Acabada pues la infancia, surge un mundo subversivo y de opresión mucho más fuerte que los creados por Kafka o cualquier escritor de la generación beat. El protagonista se hunde en un mundo cerrado y dominado por el mal, un mundo que le somete, le alcoholiza y le domina la consciencia. Un mundo en el que todo está controlado, su vida domesticada, y sin embargo nunca toma las decisiones adecuadas, siempre llega tarde y se equivoca y no logra los objetivos que para él se han definido por un plan superior y desconocido.

Los recuerdos son elementos invasores que hace aún más dura la existencia, multiplicando su humillación y su locura. El recuerdo fantasmal de su hermana Adriana, pero también la ausencia de Beatriz, que acaso no llegó nunca a existir sino como un ideal soñado de perfección. Recuerdos confusos porque le traiciona la información de sus propios sentidos, y así que el lector de esta obra exigente, inverosímil y a la vez del todo creíble, se ahoga también en esa falta de cualquier certeza.

¿Y cuál parece que es la única certeza, la única puerta para escapar a ese mundo de perdición? Podríamos pensar en el descifrado de ese cuaderno del señor Villaranda, un mandato nocturno que exige de obediencia. Un cuaderno en cuya última página se encuentran los siguientes versos: «O tal vez no sepamos nada, no inventemos nada, tal vez no sepamos con exactitud si fuimos palpados por una vida que no acertamos a conocer (…)».

Descifrar el cuaderno, como la vida, parece carecer de cualquier propósito. Es una broma pesada, un rito impuesto que se debe cumplir, y que nadie elige voluntariamente. Es un mandato nocturno a obedecer, un papel que hay que representar, y los encargados de descifrarlo cumplen su misión con la rigurosidad de una orden monástica. El rito, de fuerte cariz religioso, es más bien una amenaza que parece que ha conseguido de antemano su fin, y así que los personajes se nos muestran completamente acabados. Frases del Réquiem Latino adelantan los pasajes más significativos de la novela, y parecen justificar esta idea.

Frente al cuaderno, que es el misterio de la vida, todos somos los mismos, nadie es el otro, y de ahí que los personajes, en otra dificultad más de la novela, sean intercambiables: «Enrique y Marcos (…) me miran sorprendidos. ¿A quién me parezco yo? ¿A él, al otro?», se pregunta el protagonista, sumergido en ese sueño de delirio que es toda la novela, esa dolorosa búsqueda de lo que significa el cuaderno y que, metafísicamente, le lleva a buscar el origen de la culpa como única posibilidad para recuperar la certeza, la cual solo habita en el mundo de la infancia, y así la felicidad.

En el estilo, la novela combina unos pocos elementos de forma repetitiva. Esta austeridad de medios remarca que nos encontramos ante una obsesión, el texto es circular, y de ahí que abunden las repeticiones, los espejos, los puntos de partida a los que se vuelve una y otra vez por cada uno de los personajes, que a veces parecen ser uno solo. En definitiva un único movimiento repetido una y otra vez, que trata de cumplir el rito y así trascender a la muerte, dejando en el camino el agotamiento paranoico de los personajes.

Son frecuentes las referencias a la música, con epígrafes de los réquiems de Mozart y Verdi. Pero el propio tiempo narrativo es también musical y no en vano su autor, médico de profesión, fue periodista y crítico musical. Juan Vicente Melo buscó en la música una salvación a su propia vida, marcada por el tabaquismo, el alcohol y los vaivenes anímicos. En el texto se insertan fragmentos gráficos de códigos musicales que, según el propio autor, debían leerse literariamente, como distintas formas de llamar a una presencia inexistente, y enfrentando así dos códigos distintos al lector.

También encontramos abundantes notas religiosas, pues el rito exige de una dedicación absoluta, mística. El señor Villaranda es un poder en la sombra: despliega una teología que somete a todos los personajes, y también al lector. Unos y otros acabamos la novela moralmente agotados. Pero también le ocurrió algo parecido a su autor: Juan Vicente Melo tardó dieciséis años en volver a publicar, un silencio contundente y en cierta manera inevitable, como lo que en esta novela se cuenta.

En resumen, La obediencia nocturna es una novela metafísica, dominada por la noche, la ebriedad como vía al conocimiento, y la perdición a la que conducen la falta de certezas. Solo la infancia parece un lugar donde merezca la pena vivir. El mundo adulto está gobernado por planes que trascienden a los personajes, planes dictados por otros y que dominan y ahogan sus vidas. La lucha por dotar de significado al tiempo está contada en un lenguaje austero, con elementos circulares, donde cada personaje se perfile como él mismo y también como los demás. Un lenguaje moteado con referencias musicales y religiosas, y en el que brillan momentos de gran belleza poética: son instantes fugaces, que parecen no buscados en un texto donde el sueño es siempre pesadilla.

Sirva un ejemplo de esta altura poética como punto final de la recomendación, y como invitación o punto de partida para la búsqueda y lectura de esta obra maestra. Una obra que por su exigencia lectora y su amplitud interpretativa ha quedado relegada al goce de un círculo minoritario.

«Cuando entro en el cementerio suena una campana. Me detengo, sorprendido. Un ataúd avanza lentamente seguido por cuatro mujeres viejas. Sus rostros ajados están cubiertos por afeites que resbalan con el sudor. Caminan con pasitos tambaleantes, sosteniéndose unas a otras. De trecho en trecho, se detienen, respiran profundamente, se arreglan los sombreros, el cabello grisáceo, las mechas que caen o se revuelven, las faldas. Luego, dan una carrerita y siguen al ataúd. Sus gemidos, sus voces se confunden con el lamento de la campana. Empiezo a llorar. Veo cómo se detienen, al fin, sofocadas por el calor y el esfuerzo. Veo cómo desciende el cajón negro. Las veo, inclinadas, arrojando flores marchitas, fotografías, reliquias, en el agujero. Tratan de contener los sollozos. Se ha ido -dicen en coro-, se ha ido y nos ha dejado solas. ¿Quién de nosotras nos abandonará primero? Eso nos preguntamos todos los días después de persignarnos, desde hace ya no sabemos cuántos años. Se murió primero ella, la más olvidada del mundo. Las mujeres regresan después de echar la última mirada a la tierra que se amontona tontamente. No tuve tiempo de esconderme y las mujeres me han visto que estoy llorando. Era una gran artista -eso dicen, en coro-, la mejor artista del mundo. Pero ya nadie se acuerda de ella. Rece usted por ella. Rece usted por la salvación de su alma. Solicite usted el eterno descanso de ella. Yo, siento una gran vergüenza.

No, no es ésta. La tumba blanca de tu madre virgen se halla en otra ciudad cuyo nombre te parece extraño. Tampoco está aquí la tumba de tu tío por la sencilla razón de que él morirá tres años más tarde. Eso, al menos, anunció la Presencia. «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». Solo el murmullo de las oraciones interrumpe el silencio tranquilo. Los cipreses se balancean lentamente. Por primera vez, comprendo que el silencio, los cipreses, las tumbas, son otra cosa y, por tanto, lo único que me pertenece. ¿Una de estas tumbas es la de mi madre? ¿O la de mi padre, el que desapareció, el que decidió ser un nómada, el que se fue -acaso- en busca de la honra, el que quiso fundar otro hogar, el que se fue -acaso- para vivir, todavía vivo, pensando en fundar la ciudad que solo podrá edificarse con su palabra, con la única palabra por él inventada, él, todavía vivo, bautizado con el nombre de Abel, oculto bajo otro nombre? Padre Nuestro. Tu ataúd pasa frente a mí. Nos hemos perdido. Hoy, esta tarde, te encuentro, te reconozco. Estoy suponiendo que te quería, padre, tú, desconocido, quiero decirte que soy tu hijo, para que así, padre, tú sepas que fuiste mi padre, padre, yo, el siempre fiel, el único capaz por tanto de traicionarte.

Ya no quiero preguntarme qué hago aquí, a esta hora. Voy al sitio en que acaban de enterrar a esa mujer cuyo cortejo formaban las cuatro o cinco mujeres disfrazadas. Murmuro, tontamente: «Ruego por la salvación de tu alma».

A lo lejos apareces. «Beatriz», me digo, tratando de aplacar el golpeteo del corazón. Pero no: es Graciela, que camina con pasos lentos, tan lentos que parece no avanzar porque estoy en el presente. No es hoy o mañana: tampoco sueño ni soy víctima del recuerdo. Es de día. El sol no se ha oscurecido. Palpo ávidamente todo mi cuerpo. Permito que el aire inunde mis pulmones hasta que me duelan de tanto tragarlo. Graciela avanza. Reto al sol: a ver quién cierra primero los ojos, a ver quién es más fuerte. Graciela avanza y eso quiere decir que estoy en el presente, en el primer día, que ella va a invitarme a una fiesta, que todo está en orden y en su sitio. Al fin, ya está a mi lado y toma una de mis manos. Caminamos en silencio. Graciela es otra. No podría precisar exactamente en qué consiste la diferencia. Adivina mis pensamientos y sonríe, apenas. «Sí, he envejecido». Luego, me mira con ojos bondadosos. «Tú también», murmura. «Tú también ya no eres el mismo»».

Esta reseña fue escrita para la web del Buscalibros. Pocas obras tan complejas, pocas lecturas tan dolorosas y tan placenteras. La obediencia nocturna es una hoguera. Una luz que persigue una revelación. El conocimiento de uno mismo. Un proceso del que no importa su resultado. Pasar unas páginas dentro de ese jardín secreto, rodeado de perros-tigre, y soñar que uno sigue dentro de la infancia, justifican de sobra el camino. Estamos ante una de las mejores novelas mejicanas del siglo XX, pero la altura de esta hoguera es poco conocida. Abrir las páginas, prender la luz, quemaros con su llama.

Verdi y la luz

Verdi

Verdi dejó dicho: El artista debe escrutar el futuro, ver en el caos nuevos mundos; y si en el nuevo camino ve muy al fondo una lucecita, no debe asustarle la oscuridad que le rodea: debe caminar, y si alguna vez tropieza y se cae, levantarse y caminar siempre derecho.

El Réquiem de Verdi es una cumbre alcanzada. Un cénit de luz contra un mundo de sombras. Nosotros, todos los demás, caminamos a oscuras, escuchando este Réquiem con una mezcla de admiración y miedo. Una música de difuntos tan hermosa que parece una celebración de la vida. Puede ser que celebremos la vida porque al final es lo único que conocemos. Puede ser que Verdi, desde esa cumbre, alcanzara a ver algo que a nuestra mirada escapa.

Caminar, tropezar, caer, levantarse, caminar. Y en la mano un arpón que pide luz. Prendido, atravesamos el silencio oscuro de los días. Caminar.