Primera y última página de un diario

Dedicado a mi madre quien, como todas las madres,
mezcla el amor y el miedo en feliz confusión.

La Organización Mundial de la Salud informó que nos vamos a la tumba. Un mensaje exacto aunque incompleto: confirma nuestro final, pero ignora la fecha. Por la voz asustada de mi madre, que me despertó hoy con este titular, la noticia sucederá pronto, muy pronto, ¡ya!

Mi fuerza de voluntad se alejó del teléfono, apagó el despertador y se arrulló bajo las sábanas: un niño que no quiere ir al colegio. Tal vez quedó contagiada —disculpan la palabra— por la noticia. No sé cómo logré levantarme, superar el pasillo, cruzar el vestíbulo, alcanzar la cocina donde un taburete apoyó mi cansancio. Fueron las baldosas el muro de mis lamentaciones, y con voz de almuédano anuncié mi malestar: no, no quiero desayunar el mismo periódico, no, no quiero la misma plantación de café sobre mis ojeras, no, no quiero agotarme con el mismo trabajo. Aceptó una baldosa el papel de portavoz respondiendo: ¡estás lleno, lleno de privilegios! (¿y no puedo elegir otros?, le respondí en mayúsculas que sonaron achatadas, cansadas). ¡Vas a morir!, exclamó otra con sonrisa de ángulo recto.

¡Voy a morir!, repetí al tiempo que me levantaba y este augurio también se ponía en pie, trepaba hasta la cabeza y se encajaba igual que el relleno de un cojín. Mi lamento se reflejaba en una baldosa, y sobre la baldosa resonaba una radio, de la radio salía una voz, la voz de mi madre convertida en informadora, y la voz de mi madre era el eco de una organización, y el eco de la organización era también la voz de la conciencia, y la voz de la conciencia se me pareció a la megafonía imperfecta de un estadio, un gran estadio, el campo allá abajo y las gradas trepando hasta mí y junto a mí, en lo más alto, un asta, y en el extremo del asta, con forma de cono, un altavoz, y del altavoz una locución con eco, advirtiendo y volviendo a advertir lo que ya sabíamos, que no comiéramos carne roja carne roja ni bebiéramos alcohol alcohol ni tampoco fumáramos fumáramos, pero que ahora, además, además, nos decía que se iban a estrechar las calles de nuestras vidas, y las calles nos guiarían hasta el cementerio, sin demagogias ni circunvalaciones, y esa voz se escuchaba tan mal que podría ser mi madre periodista o un periodista haciendo de madre o una organización también en funciones maternas, o todos tratando ser madres pero ninguno realmente cumpliendo su papel.

¿Pero es que no me escuchas? ¡Nos vamos a la tumba!, esas eran las palabras de mi madre, su voz una poligamia de voces donde dudaba si era ella quien hablaba o si era tal vez la radio, y en la radio quién hablaba, si una organización o un periodista o un epidemiólogo o un ruidoso bazar, o si tal vez no eran ni ella ni tampoco la radio sino otra voz, ¡inesperada!, que se dirigía hacia mi cansancio, una voz en parte externa, aérea, y en parte orgánica, nacida del agotamiento largo que arrastraba dentro, una voz que venía de fuera, con el mareo de una elipse, pero que también habitaba en mi interior, una glándula parlanchina —¡China, China!—, y de la suma de las fuentes una confusión de admoniciones y órdenes, de tiempo detenido y de futuro anulado, y en esa encrucijada desconocía qué día de la semana era hoy mientras que, a mi lado, un hosco paquete de galletas se afanaba en su vacío, y me sentí identificado con esas galletas, su dolorosa disciplina aun sabiendo que su vida, tarde o temprano —las manos de un niño, un vaso de leche, una caída—, las terminaría quebrando, y ellas y yo desconocíamos cómo gobernar lo que a nuestro alrededor ocurría, desorientados por tantas voces hablando, y tal vez de ahí su obcecación por mantener el vacío y mi confusión sobre el taburete, hablando desde mi alminar a una baldosa, aunque mi madre defendía que de confusión nada, que el mensaje era bien claro y que así lo había dicho hoy, ¡esta misma mañana!, la cadena SER —¡ser!, qué paradoja de verbo para este mensaje, y también qué paradoja su unión al sustantivo cadena—, y luego siguió mi madre con una pantagruélica cadena —¡otra vez cadena!— de eficaces consejos a cuyo término colgamos, y el café quemaba y no me atrevía a comer galletas y murmuré en bajo y dudé en alto que, si el final se intuía próximo, qué razón había para buscar un plan de fuga al fatalismo, por qué obedecer a un manual de instrucciones para la supervivencia si la tierra era plana y la vida seguía una inercia hacia su abismo, y sentado en la mesa, frente a un café y tres galletas —¡perdonadme!—, reflexioné si, conocido el desenlace, no sería mejor acelerar el metraje de nuestras vidas, y en esa velocidad de las imágenes reducir la inútil espera, atrapar un instante último de felicidad, la de un viejo estribillo, la del tacto de un abrazo, la de un vino que detiene un instante, un cigarrillo de clausura antes de que, tras la tapia del tiempo, madrugados el ruido y las rutinas, el obediente destino se cumpliera, y una diáspora de pájaros fueran la última noticia de esta vida, y en esas cavilaciones andaba cuando de nuevo sonó el teléfono y era mi jefe y ahora el café se heló y las galletas quedaron rígidas y el informe deberíamos presentarlo

hoy, ¡hoy!, y hoy es presente y hoy que en bajo maldigo y que en alto respondo sí, el informe lo tendremos hoy, hoy, hoy, y en la ventana es jueves y la voluntad despertó, y de verdad empieza un día que se abrió quejoso, blando e informe —¡informe, sí, sí, lo tendremos hoy, a eso me refería!—, un día que ahora es un sonido precipitado de teclas que siempre llegan tarde, que martillean una pantalla y que la empujan al horizonte, y la pantalla hace eclipse en la ventana y oculta todo aquello que pudo ser —¡ser, cadena SER!—, y no fue, y sé —¡sé, SER, sé, SER!— que este nuevo día será sin embargo idéntico al anterior, y que el día construirá una baldosa más,  y que la baldosa se añadirá al mural breve de nuestros días, y su encaje será tan perfecto y tan triste que nadie, siquiera yo, podrá recordar en el futuro que este jueves existió, y que unas galletas salvaron, por unas horas, su vida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s