La justicia de los Reyes Magos

—¡Han llegado los Reyes!
        La voz de un niño cruza la pared. Doy un golpe a la mesilla y otro al despertador: son las nueve y diecinueve de la mañana, vaticinio de un día capicúa.
        ¿Tendré algún regalo? Se pone en pie mi inocencia. En la cocina todo sigue igual: la cafetera, el exprimidor, las sartenes sin fregar. Interrumpo el runrún del frigorífico: los tomates, el queso, algunos yogures. Allí tampoco hay novedad, porque la novedad me aguarda en el salón: los Reyes se han llevado el televisor sin dejar nada a cambio.
        No está lejos la comisaría. De camino, sobre la acera, sorteo cajas de embalaje que guardaron perfumes, casas de muñecas, vinos y videoconsolas.
—Vengo a presentar una denuncia.
—¿Los Reyes Magos, verdad? Lo de estas Navidades no tiene nombre.
        Agitando el cascabel de unas llaves, el policía me ordena que lo siga. Caminamos hasta el final de un pasillo. El policía se detiene ante una puerta, la abre y  pulsa un interruptor. Tiembla dentro un fluorescente que ilumina, a ráfagas, el caos de una chamarilería: hay televisores y radios, rebujos de papel y ropa, mesas camillas, una pierna ortopédica, botes de pintura, una guitarra sin cuerdas, la mascota de la Expo 1992, un aparato para hacer abdominales. Me parece escuchar el ladrido de un perro.
        El policía se muerde las uñas, suspira y dice:
—Son objetos decomisados a los Reyes. Se encuentran bajo depósito judicial mientras la investigación siga abierta. Y seguirá abierta mucho tiempo. Es difícil detener a tres tipos que aparecen una vez al año, apenas durante unas horas, y que, cuando están a punto de ser descubiertos, allanando una morada o saliendo de ella, entran en otra con facilidad. Y al día siguiente, si te he visto no me acuerdo. ¿Qué demonios hacen el resto del año? ¿Dónde tienen su residencia? ¿En Babilonia? Ni domino la geografía ni tampoco el derecho, pero imagino lo complicado de su extracción a España.
—Querrá decir extradición.
—Usted me entiende.
        Descuidando los límites de su trabajo, o queriendo quizás descuidarlos, el policía pregunta:
—¿Se encuentra bien? Parece cansado.
—No, no estoy bien. Todo esto es un disparate.
—¿Un disparate? ¡Claro que es un disparate! La historia de los Reyes Magos es un disparate. Un cuento sin lógica. Un cuento sin lógica pero que esconde, curiosamente, una teoría de vasos comunicantes: para que unos tengan, otros tienen que ceder, por las buenas o por las malas; y entre unos y otros estamos los policías, unos parias tratando de evitar los expolios. Ay, qué cruz. Luchamos contra un robo mayúsculo, cíclico, universal y socialmente bien aceptado. Si pudiéramos sacar la porra con más libertad, y repartir justicia como es debido, ¡vaya regalo más mono que les íbamos a hacer! Todo, todo es un disparate. ¡Y para colmo escucho hoy, en la radio, que están enterrados en Alemania, donde ni siquiera los celebran! —y el policía niega con la cabeza y luego apaga la luz.
        De vuelta a casa, escuchando también la radio, un hombre cuenta que, cuando era niño, pidió a los Reyes Magos un Scalextric. Quería el modelo «Persecución Americana», que consistía en un coche de policía, de color azul, otro morado, que era el de los fugitivos, y una pieza esencial: el cruce de pistas. El día de Reyes, y tras pasar la noche sin dormir, el niño saltó de la cama. En el salón, junto al árbol de Navidad, rasgó un celofán, luego otro y, por fin, apareció la caja de un Scalextric. ¡Era lo que había pedido! La fotografía exterior mostraba dos rectas unidas por dos curvas, pero sin ningún cruce. ¡Eso no era lo que había pedido! Recuerda el hombre al niño que fue, y que ese niño miró con tristeza a su padre. Recuerda que el padre le pidió que abriera la caja. El niño obedeció e, inexplicablemente, se encontró con la ficha de cruce de pistas. Corrió hacia su padre y sintió que, al abrazarlo, era el niño más feliz del barrio, como también lo era recordando ahora, en la radio, esta historia. Tardó mucho tiempo en unir la presencia de esa ficha, alojada en un modelo que no era el suyo, con la ausencia de la misma en el Scalextric de su vecino Manuel, cuya caja sí era la de «Persecución Americana». ¿Qué ocurrió? Papá había tenido problemas con algunos vecinos, historias en los garajes, el trastero. Nunca preguntó a su padre sobre ello, sobre ello y sobre otras cosas, quizás porque no quería saber la respuesta, o tal vez porque la sabía muy bien.
        Apagué la radio, dejé el teléfono en su base de carga. Debía de ser muy tarde cuando me dormí. El grito de un niño me despertó. Eran las nueve y diecinueve de la mañana. Arrastré mi cansancio hasta la cocina, preparé un café, encendí el móvil, tenía un mensaje de texto: «Soy Mario de Tecnovisión. La imagen ya no se tuerce. Ha habido que cambiar la placa base principal. Mañana estamos abiertos, por si quiere recoger su televisor. Feliz día de Reyes».
        Me senté en el sofá. El café ardía y un rayo de sol cruzaba el salón. Pensé en ese niño que nunca tuvo su ficha de cruce de pistas; en alguien que no encontró su regalo al despertar. Hubiera querido devolver la ficha al vecino que la soñó. ¿Habría alguna en el cuarto policial de bienes decomisados? Para saberlo, hubiera tenido que preguntar a mi padre, pero eso ya no era posible. La otra opción, la única opción, era seguir creyendo en la justicia de los Reyes Magos.

Gracias a mi amigo Manu por esta foto tan apropiada para acompañar mi texto. Fue hecha en Marruecos en los primeros días de enero de 2023.

La alegría

En el Auditorio de Música de Madrid, escuchando la Novena de Beethoven, me dio por acercar la mirada hacia el atril de una flauta, con esa curiosidad, o quizás osadía, de quien pretende leer una partitura que, ya de lejos, se adivina como un bosque de obstáculos, de silencios y de fusas, de páginas que esperan, con la esquinita inferior doblada, su fugacidad, y al detener la mirada frente a la partitura que, zas, la traspasé, encontrándome por sorpresa en un sitio nuevo, aunque el fenómeno no lo era, porque esa misma partitura, abierta en otros tantos atriles, escenarios, salas de concierto y épocas, operaba desde siempre el prodigio de su trascendencia.

Y así que, tras la partitura, vi calles de adoquines, faroles de gas, calesas llegando tarde a palacios con sus ventanas iluminadas. Vi chimeneas donde siempre arde la palabra no, vi salones de baile y desde sus paredes me miraron, con rigidez, reyes y astrónomos. Vi y escuché cubiletes en los que tintineaba la pobreza, y esos mismos cubiletes, tumbados entre jarras de alcohol, repartieron duelos y fortunas, y por supuesto que vi la noche, siempre la noche, su garganta de niebla y un cuchillo paciente dentro de un pantalón, y también vi o imaginé —es lo mismo— un estruendo alegre, y es que la partitura hacía eclipse en el atril, y la mirada pestañeó de vuelta a un mundo de abrigos arrebujados, de toses y de vítores, de teléfonos que despiertan, de gente que se pone en pie y camina con lentitud, como azorados, como si la experiencia les hubiera dejado sin ganas de nada, incluso de salir de allí, y de coches y autobuses que deshacen lo que fue una efímera hermandad.

La Novena sinfonía es el latido de la Tierra; un latido que funciona con la misma regularidad que el giro de las estaciones y los cultivos y las mareas. Su música reside en nosotros, pero solo se la escucha si prestamos atención. Entonces nos levanta de esa carrera de relevos llamada humanidad y, con los pies suspendidos, observamos la inmensidad del paisaje y del tiempo, y en sus coordenadas, allá abajo, nosotros, infinitesimalmente nosotros. Frente al hechizo de esta música pierden importancia los finales de mes, las tareas pendientes y los análisis médicos, porque lo que vemos desde lo alto es un espacio luminoso, solidario y colectivo donde resuena, con la fuerza de una fanfarria, esa música que expande alegría.