Sobre ruinas

Las ciudades en ruinas son siempre la misma. Reducidas a escombros, no hay nada en ellas que las diferencie. O quizás sí. Quizás se diferencian por algunos objetos: un piano necesitado de ortodoncia, como salido de un túnel del terror, o las fauces de una maleta usada, o tal vez el brazo azul, aún erguido, de un peluche pidiendo ayuda. Son elementos que activan una mirada y, a continuación, la memoria de una propiedad que ocurrió, o lo contrario, de una propiedad ausente pero que, a la vez, fue de todos, la propiedad de un espacio y un tiempo compartidos, y que al hombre que allí mira, que allí mira y recuerda, le ratifican que vivió en esa ciudad que hoy, literalmente, no existe, y que hoy, literalmente, pisa. Esa sensación de compañía y a la vez soledad, de propiedad y de ausencia, de un pasado áspero, un futuro incierto y una destrucción presente, fue cantada por Sarajlic en su poema Sarajevo:

Esta ciudad en donde, a decir verdad,
no siempre he tenido mucha suerte
pero donde cada cosa es mía y donde siempre puedo
amaros a cada uno de vosotros
y deciros que estoy desesperadamente solo.

Cómo será volver a un lugar destruido. Intuir lo que fue y estimar el esfuerzo doloroso de una reconstrucción. Caída y ascenso, caída y ascenso, caída y ascenso. ¿Será que las ciudades deben caer para después levantarse? ¿Reordenan las ciudades una destrucción anterior? Y si es así, ¿es posible combinar las ruinas y volver a la situación inicial? La validez de una réplica, de ese conjunto nuevamente ordenado de restos, fue planteada por el arqueólogo británico Bill Finlayson. En el debate sobre la recuperación del Arco del Triunfo de la ciudad siria de Palmira, Finlayson se preguntaba si, asumiendo que podamos volver a la autenticidad del original, no estamos sino abriendo la posibilidad de una destrucción que, después, será restituida.

¿Y de qué destrucción hablamos? En My city of Ruins (Mi ciudad en ruinas), Bruce Springsteen canta a una iglesia sin fieles donde suena un órgano; las calles están vacías y la respuesta a la soledad está en la fe, como así repite en el cierre de la canción. ¿De qué ruinas habla Springsteen? La ciudad que él describe no parece bombardeada. ¿Habla de ruinas exteriores, y por lo tanto visibles, o más bien de un desmoronamiento interior? Unas y otras provocan el mismos efecto: la contemplación de algo que ha desaparecido; la certeza dolorosa de que volver es imposible, y de que las ruinas han borrado el camino, y de que no sabemos cómo avanzar.

Pero se avanza, siempre se avanza; las ruinas se reordenan y se levantan para que, sobre ellas, sucedan futuros derrumbamientos. Las ruinas se parecen a esas hojitas tenaces que brotan en los intersticios de las piedras, o en las juntas que dejan las baldosas. Por esa convicción de salir adelante que Blas de Otero cerraba su poema Todo con este verso: “Gracias por morir; Gracias por perdurar”. Y por eso que Izet Sarajlic, ante la advertencia próxima de la muerte en Sarajevo, y aun consumido por la tristeza, quiere encontrar un refugio, el de una calle pequeña, simple, cotidiana. De esa búsqueda nos habla en su poema Una calle para mi nombre. Una calle sin aspavientos y que funciona como un refugio a la desgracia; una calle como un búnker, y en la cual no se edifican elevados proyectos que, antes o después, serán ruina, y terminarán derrumbados. Quizás, quizás todos vivamos en ciudades en ruinas. Pero entre los escombros la vida continua, siempre continua, y siempre hay un motivo para que suenen los pianos, para que viajen las maletas, para que nos abracen los peluches, para que, entre las baldosas, asome la vida.

Paseo por la ciudad de nuestra juventud
y busco una calle para mi nombre.
Las calles grandes, ruidosas,
se las dejo a los grandes de la historia.
¿Qué hacía yo mientras se hacía la historia?
Simplemente te amaba.
Busco una calle pequeña, simple, cotidiana,
a través de la cual, sin llamar la atención de nadie,
podamos pasear incluso después de la muerte.
No es importante que tenga un paisaje hermoso,
tampoco que haya pájaros.
Lo importante es que en ella puedan tener refugio
cualquier hombre o perro en peligro.
Sería hermoso que estuviera empedrada,
pero tampoco esto es imprescindible.
Lo más importante es que
en la calle que lleve mi nombre
no le suceda nunca a nadie una desgracia.

El poeta aspira a que el amor trascienda su tiempo en la ciudad, quién sabe si porque anticipa el vacío que será en sus calles. Sobre ciudades vacías y la durabilidad del amor afirma Fernández Mallo que «las parejas levantan ciudades de materia y afectos, costumbres y ritos únicos e irrepetibles; un lenguaje propio. La peculiaridad de ese universo creado entre los dos es que no se destruye si la pareja se rompe, sencillamente pasa a un estado de ciudad abandonada, ruina que en algún lugar ha de continuar su curso». Uno mismo, desaparecido el afecto, se siente extraño de la ciudad donde amó. El antiguo amante es una ruina y habita un lugar en ruinas, porque la mirada, siempre la mirada, construye la realidad. Quizás que nuestra pertenencia a un territorio no venga entonces por la biología de un azar, ni tampoco por esa persistencia de los calendarios llamada raíz, sino por una comunión más profunda y sentimental, una comunión que se apoya en el acto de construir, por medio del sentimiento, ese espacio donde uno escribe la vida con su propio lenguaje, el lenguaje de los afectos, las costumbres y los ritos —como señala Fernández Mallo— y que, como cualquier escritura, desembocará en un punto final, un muro en ruinas donde otros seguirán escribiendo, amando, escribiendo, amando, escribiendo, amando.

Fotografía: https://www.istockphoto.com/es/foto/antigua-court-jard%C3%ADn-gm92224755-7069743
Poemas extraídos de Sarajevo, de Icez Sarajlic. Traducción de Fernando Valverde y Sinan Gudzevic. http://valparaisoediciones.es/tienda/poesia/36–sarajevo.html

Etimologías

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En francés solo una letra separa los libros de los labios: livres y lèvres. Tal vez sea una buena explicación de por qué Francia ama tanto la lectura.

En inglés escuchar y callar tiene las mismas letras: listen y silent. Como si esas seis letras fueran un único interruptor con dos únicas posiciones: escuchar o callar. ¿Cuándo instalarán ese interruptor en las salas de conciertos de España?

En italiano la palabra ciao deriva de otra bizantina: s´ciàvo, que significa esclavo. Así que cada vez que un italiano dice adiós a alguien le está recordando su tragedia mortal.

En español, y hablando de la soledad, Blas de Otero explica que el yo, por su misma configuración, deviene en hoyo, o lo que es lo mismo, en vacío: el yo se extraña del tú, y se destierra del nosotros.

Volviendo al francés, y gracias a Manuel Rivas, aprendo que en algunos lugares de Francia llaman remembrement a los caminos en gran parte ocultos por la maleza y el desuso. Dice Rivas que allí reside la poesía: la topografía secreta de los caminos que no aparecen en los mapas.

A veces los caminos de las palabras no son solo misteriosos, sino hasta contradictorios. Las palabras black (negro en inglés) y belo (blanco en ruso) están relacionadas. Complicando algo más el asunto, resulta que en inglés antiguo se encuentran las formas blac y blake, que en lugar de significar negro, querían decir blanco, de igual manera que la palabra inglesa bleach significa, aparte de lejía, blanco.

La contradicción la soluciona la raíz indoeuropea, y sobre ella las palabras griega phlox y latina flamma. Ambas significan llama: el concepto de brillo o resplandor se materializó en llama, la llama en quemadura, la quemadura en color carbón, y el color carbón en negro. Es también una lección poética pensar que, en el origen, no era el color, sino el fuego.

Año muerto, año nuevo

Blas-de-Otero

Otro año más. España en sombra. Espesa
sombra en los hombros. Luz de hipocresía
en la frente. Luz yerta. Sombra fría.
Tierra agrietada. Mar. Cielo que pesa.

Si esta es mi patria, mi vergüenza es esa
desde el Cantábrico hasta Andalucía.
Olas de rabia. Tierra de maría
santísima: miradla: hambrienta y presa.

Entré en mi casa; vi que amancillada
mi propia juventud yacía inerte;
amancillada, pero no vencida.

Inerte, nunca desesperanzada.
Otro año más camino de la muerte,
hasta que irrumpa España a nueva vida.

Blas de Otero incluyó este soneto en su libro Que habla de España (1960-1964). Poesía social es la etiqueta con la que estos versos se enseñan en los libros de literatura. Versos como testimonio y denuncia de una realidad acordonada. Versos que con frecuencia no lograban escapar de sus vigilantes: el órgano censor, escondido tras unas iniciales cobardes, los regateó, tachó y mutiló en numerosas ocasiones, y así que uno no sabe ni sabrá nunca qué es lo que realmente quiso decir Blas de Otero.

Lejos de sorprenderme por los tajos de la censura, lo más llamativo es conocer lo trabajoso de su proceso de control, las peticiones y denegaciones y los archivos de entrada y salida, unos órganos remitiendo sus dudas a otros superiores, y éstos a su vez a otros por encima, y que todo esa tarea hercúlea girara, en este caso, sobre la poesía. Cuesta imaginarnos que la publicación hoy de un conjunto de poemas pueda tener algún impacto social, no tanto porque vivamos en una sociedad donde la expresión es libre, sino más bien porque la poesía parece haber perdido la relevancia que tuvo. ¿Qué pasaría si volviéramos a una España con archivos de denegaciones, con forcejeos entre autores y mutiladores? ¿Recuperaría su importancia la voz del poeta, o estallarían nuevas formas de expresión del descontento?

Y en medio de esa incertidumbre y de esa lucha, ¿cómo era la vida creativa de un artista censurado? ¿Cuántas veces levantaba su vista del papel y pensaba en ese lector implacable? Releo el soneto de Blas de Otero, acaricio después el estupendo volumen con las obras completas del autor. Blas de Otero: Obras completas. ¿Sentiría su autor que esa obra que ahora leo era ciertamente suya? Cuando el poeta se miraba frente a un poema modificado, ¿lo reconocía como propio? ¿Qué palabras pronunciaba en su cabeza: las impresas, o las ocultas para siempre bajo un trazo grueso rojo? Porque en suma: ¿no debía aparecer en el lomo, junto a su nombre, una larga lista de códigos anónimos que también contribuyeron, destruyéndola, a su obra? A su manera, impune y furtiva, también están dentro del poemario.