Los colonos de Catán en una tarde de sábado en Madrid

 

Dos cereales por tu arcilla. Construyo ahora una carretera. Te doy lana a cambio de madera. Muevo al ladrón y bloqueo tu mineral. Estas frases pueden escucharse en cualquier partida de Los colonos de Catán, un popular y divertido juego de mesa. Los acuerdos comerciales entre jugadores, un elemento esencial del juego, tienden a disminuir a medida que se van cargando de alcohol, y a las sentencias anteriores se le suelen añadir todo tipo de amables (o no) desprecios al rival, y también de risas al recordar traiciones en partidas pasadas.

Cuando la felicidad parece que debe venir dada por la cilindrada de un motor, baños en piscinas desbordantes o viajes exóticos, uno descubre, no sin sorpresa, que el mejor plan de un sábado puede ser un hábito tan sencillo como ser invitado a casa de unos amigos, zamparse a toda velocidad un cocido madrileño, pues se ha hecho algo tarde y el hambre aprieta, y luego desplegar sobre la mesa los hexágonos de la isla; en ella empezarán pronto a construirse carreteras, poblados, ciudades, y a desarrollarse entre los jugadores el comercio y la malicia.

Donde el tablero termina descansan nuestras manos nerviosas, comprobando a cada instante las cartas y sus posibilidades, y junto a ellas una buena copa de ginebra: nuestros hígados están a la moda; sabemos que el tiempo avanza porque se hace de noche tras la ventana y la isla, otrora lugar sin vida, es ahora un terror urbanizado. Un amigo, rival durante el juego, construye una carretera por el litoral, y recuerdo un espanto a las afueras de Santander: líneas de chalets adosados de color naranja, levantados sobre una mordida de excavadora en el extremo del acantilado. La ley de costas también es ficticia en el Catán, y nosotros, sus colonos, castigamos la belleza y comerciamos para construir todo lo posible. Ese es el objetivo del juego.

Compartir una tarde de tu tiempo libre en compañía de tus amigos, alrededor de un juego de mesa, tiene algo de placer sin castigo, de huida del mundo real hacia otro horizonte con sus propias reglas y también su azar, y donde el aburrimiento está prohibido. Ruedan los dados y de inmediato se escapa de lo inmediato, con la facilidad que uno salta de la vigilia al sueño: como por un acto de magia los amigos se convierten en rivales, el teléfono móvil no existe, y a uno le domina entonces el frenesí por ganar la partida.

Todas estas emociones que provoca el juego me recuerdan, cómo no, a los libros. También la lectura tienen ese beneficio de transportarle a uno hacia otros lugares, puede que a piscinas desbordantes y a bordo de coches de gran cilindrada. Pero los libros alcanzan esas emociones con recursos bien escasos, y como con los colonos del Catán, uno descubre que la ilusión, afortunadamente, es algo que viene por caminos tan distintos y simples como una poesía de Peri Rossi, un libro de Italo Calvino, copas en compañía de buenos amigos, o cerrar un buen trato: te cambio arcilla por mineral, y construyo una ciudad.