Idiomas para que hablen los libros

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Regresando en avión a Madrid desde Chicago, con una noche desaparecida en el tiempo, escucho a dos niños charlando: alternan el español y el inglés de una frase a la siguiente, y hablan de campamentos de verano, de difíciles pruebas de orientación en el bosque y de todo lo que se van a bañar en un lago; han logrado dormir y disfrutan ahora del desayuno, y no son conscientes de la suerte natural de que hablen estos dos idiomas. Abren la ventanilla y nos hiere una luz madrugadora y terrosa, calentando cerros pelados y el cemento de carreteras sin tráfico.

Pienso que a veces se olvida que la belleza de un idioma viene dada por el aprecio que uno tiene a las personas que con él se comunican. Es una aproximación irracional hacia el mismo, como el amor, y por lo tanto uno puede enamorarse de idiomas que le son absolutamente desconocidos y con los que e es incapaz de comunicarse.

Una lengua es un sistema de comunicación de una comunidad de usuarios, y son precisamente ellos quienes definen el atractivo del mismo. Cuando se enciende la televisión y uno acaba enganchado tontamente a una película americana, en la cual el espectador es tratado como un homínido, siente rechazo hacia ese idioma globalizado. Cuando se abre un libro de Updike se recupera sin embargo el amor por esa lengua que fue mezcla también de tantas otras. El emisor es la clave.

Por lo tanto el atractivo de las lenguas viene también dado por el lado de los afectos, de las personas que lo susurran sobre una almohada de alquiler, o de los que lo deconstruyen en mensajes entre móviles, con el idioma licuado en acrónimos. Siguiendo este mismo razonamiento, pero en el camino de la historia, la importancia de una lengua viene determinada por todas las personas que uno admira y que lo utilizaron para comunicarse con él. Pero como la voz es efímera y lo que perdura entonces es lo escrito, qué maravillosa coincidencia si la lengua de la persona querida es también el de una gran literatura: libros ya medio olvidados que aguardan pacientes a ser abiertos, leídos, e incorporados nuevamente en la soledad feliz de un lector, quien, a través de ellos, además, habla.

El avión despliega su tren de aterrizaje con un rugido mecánico. Los niños saltan alegremente del español al inglés, y les imagino brincando por las estanterías de una biblioteca políglota.

John Cage y el silencio

Aunque esta intenta ser una página web sobre música, hoy me apetece hablar del silencio.

Cuando en 1951 John Cage visitó la cámara anecoica de la universidad de Harvard, para obtener una idea del silencio total, advirtió dos sonidos: el de sus sistema nervioso y el de los latidos de su corazón. Comprendió que era imposible de experimentar el silencio estando uno vivo, y que el silencio no es algo acústico, o más bien no acústico, sino que su significado es la pérdida de atención, el abandono del deseo de oir. Para Cage el silencio existe cuando no encontramos una conexión directa con las intenciones que producen los sonidos.

Un año más tarde este compositor escribió una pieza musical insonora, titulada 4′ 33¨. Como puede deducirse, se trataba de cuatro minutos y medio de silencio. Fue su obra más famosa, y por la que muchos aficionados a la música le recuerdan. El silencio no servía de engarce entre sonidos dentro de una obra. El silencio en este caso era la propia obra, y como tal un silencio dirigido. Para Cage el silencio, aparte de imposible, era un estado libre de intención, ya que siempre tenemos sonidos, vivimos en un mundo de sonidos, y por lo tanto no disponemos de ningún silencio en el mundo. Con esta obra quería demostrar que lo que denominamos silencio está dominado por una intencionalidad, y que debíamos aprender a escuchar todo aquello que falsamente se oculta con la palabra silencio.

Hoy he pensado sobre esta obra recordando mi visita a la universidad de Aix-en-Provence en 2002. Era la hora del almuerzo, y el comedor estaba lleno de estudiantes. Me sorprendió el silencio: no lograba entender que todo aquel grupo de mandíbulas masticando, de platos y cubiertos metálicos, de conversaciones y sillas moviéndose, apenas provocaran ruido, que era la imagen mental que yo tenía y mantengo de un comedor universitario. Parecía como si todos hubieran recibido una misma noticia fatal, y guardaran un respetuoso silencio: el refectorio de un monasterio. En ese mismo momento en mi universidad, situada en Getafe, comenzaba la algarada diaria de estudiantes, los golpes metálicos de las bandejas apiladas en el acceso al comedor, luego carcajadas en la zona de autoservicio, llenando el techo alto de la sala, donde gente se llamaba a gritos de una esquina a otra, como si no se hubieran visto en años, y camareros desganados que trataban con ira a la loza, ayudando a que mantener una conversación con la persona más próxima fuera algo imposible.

A la hora de la comida de hoy domingo he ido a un bar donde, como muchos otros en España, se premia la generación de decibelios: ruido de conversaciones, de una radio encendida para forzar aún más las gargantas de los clientes, ruido del camarero que golpea la vajilla al sacarla del lavaplatos, como si aliviara así un malestar interno. Todo este ruido innecesario son sonidos que no tienen sentido, donde uno trata de abandonar su deseo de oír, y, por lo tanto, siguiendo a John Cage, son silencio: carecen de contenido. Me impiden conversar con mis padres, nos acelera la ingesta del pincho de tortilla, pagamos y salimos rápidamente a la calle, aliviados.

Vuelvo a casa y pienso si habrá algún dato que relacione el nivel cultural de las personas y su generación de ruido.