Once notas rápidas y un silencio en el Día de la Música

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Jueves 20 de junio

Nota negra

La Orquesta Nacional de Francia actúa en el Auditorio Nacional de Madrid. Esta noche es acompañada por tres politonos. Suena el primero: la melodía asciende in crescendo en volumen y en histeria. Suena el segundo, acolchado desde el interior de un bolso o bolsillo, y Verdi se remueve en algún lugar fuera de la sala. También fuera de la sala unos dedos marcan un número: como un acorde, el tercer politono inicia su actuación a la vez que el preludio de Tristán e Isolda de Wagner.

Daniele Gatti es el director, detiene la música y se gira hacia el público. La batuta oscila mirando hacia el suelo, como un sismógrafo. Nos hace una pregunta con las palmas de las manos abiertas, y su gesto me recuerda la desesperación de un profesor durante mi adolescencia.

 ¿Qué pensará Gatti de nosotros?

Finalmente se gira hacia su atril y nos da la espalda, en todo el sentido del término.

Entonces unos aplausos del público en señal de disculpa, como si el silencio, una vez roto, sólo se perdonara con más ruido, ruido de palmas. Palmas que se contagian de brazo en brazo: todos acabamos aplaudiendo.

Todos no: algunas manos deciden apagar por fin los móviles.

Viernes 21 de junio

Nota blanca

Se inicia el Día de la Música en el Matadero. Día que realmente son dos. Entro al recinto y pienso que el Matadero no parece un proyecto cultural español.

Escucho a Annie B. Sweet, a Hola a todo el mundo, a Lori Meyers y a The Horrors, en este orden. Ninguno de esos conciertos hubiera sido tan divertido sin mis amigos. El pop tiene una virtud: nos homogeneiza. Lo pienso durante la fugacidad de un estribillo, cuando un rayo de luz del escenario e ilumina el público. El público es entonces una marea compacta, uniforme. Parecemos embriones de Un mundo feliz, pero en este caso el mundo sí es feliz. Un mundo que baila y donde no existen rubios o morenos, altos o bajos, distintos pensamientos.

Los estribillos se esfuman con la misma urgencia que los cometas y volvemos a nuestros teléfonos móviles.

Nota redonda

La primera vez que escuché a Lori Meyers fue en la sala Moby Dick de Madrid, como teloneros de The Long Winters. Lori Meyers mantienen intacto su gusto melódico y pegadizo, pero en lo demás ha cambiado. Tanto que parecen otro grupo: ahora cantan y tocan y actúan con mucha más exigencia. The Long Winters también cambiaron, pero para desaparecer poco tiempo después.

Un grupo que se separó sin hacer ruido. Otro que casi no se parece al que conocí.

Miro a la mesa de control: las canciones de Lori Meyers son segmentos verdes que suben y bajan, destellos que también cambian. Luego miro a Alicia que baila un poco más adelante, confundida entre el público. Me alegra pensar que en todos los vaivenes en el tiempo ella siempre ha estado a mi lado.

Nota negra

The Horrors ofrece un espectáculo de fondo azul contra figuras en negro. Canciones largas y que dan vueltas sobre sí mismas, como los pasamanos barrocos de un palacio. Su actitud hacia el público mezcla profesionalidad y desdén. Razones por las que el público se marcha a casa con algo de frío pero reconociendo los méritos del grupo.

A veces la comunicación tiene que estar por encima de la destreza. ¿A veces? Tal vez siempre.

Sábado 22 de junio

Nota redonda

Otra vez al auditorio nacional de Madrid, donde Jesús López Cobos dirige desde el mediodía la integral de las sinfonías de Beethoven. Nueve sinfonías, cuatro orquestas y un único director. Las dos primeras las escucho  por la radio con un solo oído: estoy tumbado de costado en el sofá.

Desde el auditorio los pentagramas ascienden hasta un punto lejano, un lugar con espejos donde la música se refleja y baja hasta la radio junto a mi sofá. Vivo muy cerca del auditorio, así que ese viaje largo del sonido  termina casi en el mismo punto de partida. Sirva este viaje como definición de la música.

Nota redonda

El mundo de las frases hechas: Beethoven se adelantó a su tiempo. Si su tiempo es el 2013, la frase es cierta: ningún otro compositor llena el auditorio durante doce horas ininterrumpidas de su música.

Otro lugar común: Beethoven superó con su obra todo el lenguaje musical anterior. En el programa de mano aparecen dos fotos con pentagramas manuscritos de Beethoven. Las notas parecen gotas de lluvia caídas al azar. Mis amigos músicos de la orquesta se acercan los pentagramas muy cerca de los ojos, como si fueran dibujos en 3D, y luego ríen ante la dificultad de entender lo que Beethoven escribió. Así que su lenguaje fue nuevo en 1800, y es también nuevo hoy.

Nota blanca

Va a comenzar la Tercera Sinfonía de Beethoven cuando aparece una madre y, ¡terror!, un niño que se sienta a mi lado y me hace temer lo peor de la infancia. Lleva una camiseta estampada con el logotipo de Superman y las piernas le balancean, así que parte con ventaja: antes de que empiece la música ya ha empezado su viaje.

No abre la boca durante toda la sinfonía, no mueve sus brazos cruzados. Me asombra su comportamiento y soy yo el que me agito en la butaca. Le miro de reojo en varias ocasiones: tiene unas pestañas larguísimas, que parecen grupos de corcheas, pero no pestañea nunca.

Al terminar la sinfonía su madre también está atónita y le pregunta si le ha gustado:

– Pues claro -responde, y me dan ganas de dar un abrazo al niño y una patada a mis prejuicios.

Nota semifusa

La Quinta Sinfonía va desbocada, brincando sobre los silencios. Con las normas de tráfico López Cobos hubiera perdido el carnet de conducir.

Me dice un amigo al terminar que, con los instrumentos musicales de la época de Beethoven, no era posible alcanzar tal velocidad de ejecución.

Nota negra

Una de las orquestas que actúan hoy es la de RTVE. Su dirección ha propuesto modificar el contrato laboral de su plantilla de fijo a fijo-discontinuo. La Dirección debe pensar (figuradamente) que, después de tocar Rachmaninov, uno se vuelve a casa, se tumba en el sofá, y no trabaja sino hasta la partitura de Shostakovich de la semana siguiente.

Si mi cabreo podía aumentar la respuesta es que sí, y lo consigue un tal Manuel Tomás: sus ideas son igual de vulgares que su nombre. Dice que “hay sólidos informes económicos y organizativos que nos dicen que la sostenibilidad de la cultura pasa por procesos de ERE”. Repugna teclear una frase donde se mezclan sostenibilidad e informes y cultura. También hay sólidos informes sobre armas de destrucción en Irak y sobre la mejor intervención para salvar Grecia.

¡Eres un demagógico!, me digo a mí mismo. ¿Acaso la realidad no ha sido alguna vez demagógica?, pienso a continuación.

Nota redonda

Jarras de cerveza a la sombra de un toldo cerca del auditorio. La sed van dejando aros de espuma mientras hablamos de Beethoven, del comienzo de su sordera, momento en el que descubre que la grandeza de su genio sobrepasará el tiempo que él quisiera vivir, y desde entonces su obsesión por el trabajo, porque no quede nada sin escribir nada de lo que siente. Sus novedosas líneas de contrabajo, separadas del cello. Su preocupación última por clarificar en las publicaciones el ritmo adecuado de sus obras, cuando ya empezaban a utilizarse metrónomos.

Hablamos de Beethoven como de un hijo al que amamos con orgullo y que está de Erasmus en Viena. Hablamos también de París y de su gestión pública cultural, de espectáculos de música con embarcaciones dentro de jardines versallescos. Hablamos o más bien hablan ellos, los artistas: yo les escucho con tanta atención que olvido que las sinfonías de Beethoven siguen avanzado. Pero no hay sentimiento alguno de culpabilidad pues hay regalos que no ocurren todos los días: escuchar a personas que transmiten pasión cuando hablan de su trabajo, y que ese trabajo sea la música.

Nota negra

En los pasillos detrás del escenario se apilan cajas metálicas. Llevan las siglas de RTVE y pegatinas y magulladuras que recuerdan el ajetreo de sus viajes. Imagino que todas ellas están ahora vacías, pues la orquesta inicia ahora los compases de la sexta sinfonía.

Por su color apagado, por su distinto tamaño, que parecen poder albergar toda una genealogía, por su disposición en alturas, esas cajas parecen ataúdes esperando a que llegue un desastre.

Silencio

Es la una de la madrugada y vuelvo a casa con pasos de alegría y pasos de tristeza. Tristeza porque frente al auditorio se dibuja un enorme signo de silencio hasta el mes de septiembre. Alegría porque España tiene una orquesta de primer nivel, con precios competitivos,  y que además tocan a un paso de mi casa.

Semáforo en rojo, tristeza. Tristeza por el futuro laboral de la orquesta de RTVE. Qué mal se han tenido que hacer las cosas para llegar a esta situación. Es fácil calcular los costes de cualquier actividad, pero qué difícil sin embargo valorar los beneficios.

Semáforo en verde, camino a zancadas, alegre. Yo soy una parte de esos beneficios, un par de esas dos mil manos que les han aplaudido hoy.  ¿Cómo podemos hacer balanza contra los costes, si somos sólo átomos que se alejan apenas termina la actuación? ¿Cuánto vale la alegría individual de un concierto que se recuerda con una sonrisa? ¿Cuánto vale el placer de sintonizar Radio Clásica? ¿Alguien sabe cómo medir la felicidad pura e inmaterial de la música?

Dicen que hay que alcanzar ratios de eficiencia superiores, crear valor apoyándose en estudios competentes sobre viabilidad, ¡mejorar la competitividad! Para mi alivio Beethoven nunca escribió ninguna de estas palabras en sus cuadernos de conversación. Así que saco de aquí su nombre y lo llevo a otro párrafo, para no mancharle.

Beethoven.

Lunes 29 de agosto de 2011: el final de un viaje por el Rhin

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Qué extraño sentir que la semana comienza y estar uno disfrutando de sus vacaciones. Sentimiento débil de culpabilidad, como si el descanso no hubiera sido merecido. De reojo miro el teléfono, que aún duerme: lo enciendo y observo los correos electrónicos amontonándose. Una pequeña pantalla es un túnel hacia lo que está ocurriendo en Madrid: oficinistas infelices bebiendo el primer café del día, pidiendo con urgencia datos e informes, enfrentándose a la monotonía tras un fin de semana insatisfactoriamente breve. El número de tareas sin responder avanza y una luz roja parpadea y transmite el desasosiego de esa realidad que es en la que uno vive todo el año, y aunque doy la vuelta al móvil sé que esa señal de alarma es por una amenaza real que me está esperando en Madrid.

Me incorporo desde una cama estrecha en la que he dormido y observo la habitación bajo la luz nueva de la mañana: un televisor antiguo y junto a él una botella de agua con gas y una chocolatina como bienvenida al cliente. Mobiliario antiguo y escueto. El hotel se llama Wintersberg, y está situado en lo alto de una montaña arbolada. Abajo un pueblo llamado Bad Ems se despereza también, extendiendo sus brazos a los dos lados del río Lhan, que lo cruza como una médula espinal. Llega el sonido lejano del tráfico, amortiguado por una cortina raída; la descorro y entonces la luz se refleja en un gran espejo que hace esquina en el balcón, tropieza con mi pijama, y permite así estar tumbado en la cama y observar la montaña boscosa al otro lado del río y la ciudad.

Había llegado al hotel la noche anterior, no sin dificultad, pues la carretera asfaltada terminaba y era entonces una pista forestal que sin apenas indicación te conducía a una antigua fortificación romana, junto a la cual, escondido tras unos árboles frondosos, se situaba el edificio de dos plantas en el que ahora me despertaba. Ojeo unos folletos de información turística de la mesilla de noche: en época romana Bad Ems fue también frontera del imperio, y hay algunos restos que visitar de esas fechas. Las aguas del lugar son beneficiosas para la salud. Se puede disfrutar de un magnífico balneario, pero está cerrado por reformas en la actualidad: abrirá sus puertas cuando yo ya no esté allí.

Seguí un rato más en la cama. Aún me sentía algo pesado de la cena de la noche anterior en el mismo hotel, y que había consistido en un plato de carne de caza acompañado con espárragos verdes y patatas panadera. Abandonando definitivamente la cama salí al balcón. El tiempo se extendía de nuevo ante mí pero con una cualidad de urgencia: ya no era el tiempo plano que se abría en paisajes de suaves lomas al comienzo del viaje. Ahora el tiempo zumbaba en mis oídos y se oprimía en el valle estrecho donde estaba encajado Bad Ems. La alegría vegetal de lo viviente había desaparecido. La tranquilidad arbórea, el canto de los pájaros, el aire limpio, todo mutaba ahora en una única señal de advertencia: la tregua del descanso estival era débil y pronto volvería al horizonte el ruido de una guerra de prisas, de tareas sin cumplir, de órdenes que obedecer. Como si alguien hubiera comenzado a desmontar los árboles, porque no eran sino un decorado de cine y la película ya estaba filmada, asomaba ahora otro paisaje terriblemente familiar, de oficinas con fachadas de cristal y acero, corbatas y traques y zapatos sin cordón; una simulación de vida dominada por el tedio y las convenciones sociales, los horarios y los usos establecidos, las rutinas y los hábitos. Las vacaciones, aparte de haber sido una pausa para el cuerpo y la mente, habían hecho pedazos las rutinas de la vida en la ciudad, y este temor matutino, como una revelación repentina, tenía que ver con el miedo a regresar a esos usos gastados, incluso a saber de nuevo simular un interés en las agendas de vidas ajenas.

El desayuno resultó ser el mejor momento del día. Se servía en una enorme sala en la primera planta, con ventanales acariciados por el mismo sol tibio que había dejado rebotando en el espejo de mi balcón. Sobre un mantel rojo platos de distinto tamaño con embutido, queso, panecillos, pan, mantequilla, mermelada. Llevaba a mi lado el libro de Anne Michaels, del cual degustaba con lentitud sus últimas páginas: el libro y el viaje se acababan al mismo tiempo. Sabía que su lectura me iba a acompañar más allá de la última de sus líneas. Libros que, como las ventanas de esta sala, irradian reflejos en todas direcciones, proyectando recuerdos inesperados en mitad de un paseo o de una reunión donde la cabeza está en otra parte. Libros de recuerdo infinito, como la música de Beethoven o la sólida tristeza de lo que para siempre está perdido.

El hotel era regentado por un matrimonio joven. El marido, de cabeza apepinada y dientes torcidos, se acercó a hablar conmigo durante el desayuno. Se llamaba Jürgen Gehrman y representaba ya la tercera generación que llevaba exitosamente el negocio. En su cara recién afeitada se reflejaba el orgullo amplio de esta tarea, pero también el esfuerzo perpetuo de agradar a la clientela. Su mujer atendía la cocina y la recepción. Trabajaban once meses al año, todos los días, sin descanso: sólo en enero el hotel cerraba las puertas pues la nieve impedía llegar hasta allí, y el matrimonio aprovechaba para descansar. Me recomendó descender al pueblo por una camino señalizado en la montaña, a través del bosque, y por el cual iría abriéndose la vegetación y apareciendo, en el fondo del valle, la ciudad balneario. Alegrado por la perspectiva de estar un día más allí, o tal vez sin ganas de volver a buscar un lugar distinto donde dormir, le informé de que me quedaría una noche más. Me confirmó al rato que no había problema, pero que tendría que cambiar de cuarto, así que me pidió guardara la ropa y objetos en la maleta, y ellos lo moverían a la nueva habitación.

Vestido con los pantalones cortos, mi libro, las gafas de sol y el reproductor de música, comencé cuesta abajo mi paseo. Nada más salir del hotel una gran terraza con mesas y sillas vacías abría su vista al valle. En una explanada asfaltada estaba aparcado mi coche, y a su lado se levantaba una pequeña torre de piedra de la época romana. Se trataba de una construcción sencilla, achatada, y desde la cual se controlaba visualmente un vasto espacio. Parecía orientada más a a una función de vigilancia que a servir como defensa ante un eventual ataque. De poca ganancia hubiera servido para sus moradores un interior oscuro y un balcón en lo alto de fácil acceso por una escalera de piedra. La rehabilitación había sido supervisada por la UNESCO, dentro de un proyecto para conservar la línea de puestos fronterizos del Limus Germanicus, la frontera del Imperio Romano en esta zona de Alemania.

Dejando atrás el bosque el pueblo se iniciaba de forma natural, como si sus primeras casas fueran una alteración vegetal de los últimos árboles. Por calles empinadas descendí hasta el río, y la ciudad se fue haciendo más antigua en sus fachadas. Un edificio blanco de grandes proporciones destacaba sobre el resto: se trataba de un lujoso hotel y balneario. Había un montón de bicicletas mal apiladas en la puerta, caídas una sobre las otras. Pregunté en el interior si se podía alquilar alguna, pero estaban reservadas a los clientes del establecimiento. Seguí dando un paseo por el pueblo. En una plaza frente a una iglesia había largos bancos y mesas de madera, y a su alrededor puestos de feria donde se anunciaban la venta de salchichas, carne, crêpes, patatas fritas, cerveza. Cerca de allí, en una calle cortada al tráfico, algunas atracciones de feria dormían bajo un sueño de lonas de colores. El pueblo estaba en fiesta, sonaba alguna megafonía lejana, pero los feriantes se dedicaban sencillamente a limpiar sus negocios con gesto cansado.

Las ganas de volver a montar en bicicleta me hicieron buscar algún lugar donde alquilarla. Lo encontré gracias a la ayuda local, tras golpear los nudillos en la puerta de un garaje, puerta que pasado un rato se abrió por una joven alemana que cojeaba y me ofreció una bicicleta por todo el tiempo que quisiera, a cambio de apenas cinco euros, y sin necesidad de aportar una fianza o documento de identidad por mi parte. Agradecido por su confianza (sin que esta palabra tenga nada que ver con fianza, por más que estén próximas), y arrepentido por el natural pensamiento hispano hacia la picaresca y el engaño, la manera mezquina de ver cómo llevarse lo ajeno sin ser visto, comencé a pedalear nuevamente en dirección a Coblenza, y nuevamente en una camino habilitado junto al río. La bicicleta era un elemento esencial del viaje, más de lo que yo había pensado en un comienzo, su austera elegancia tan importante como el aroma de los viñedos, los castillos en lo alto de las lomas o las pesadas barcazas de transporte fluvial. Con las manos firmes agarradas al manillar, sintiendo nuevamente el placer del pedaleo, avancé hacia el oeste. A ratos circulaba tranquilo, escuchando el timbre civilizado de otros ciclistas que me adelantaban. En otros momentos apretaba los dientes y concentraba la fuerza del cuerpo en el giro veloz de los pedales, y entonces el viento se levantaba invisible sobre el camino, y aleteaba la sombra de mi sombrero, y la bicicleta se convertía en un animal veloz, rapaz, volando junto al río. Nervioso de circular a rápida velocidad, y cansado finalmente, volvía a reducir la marcha con una sonrisa divertida y de alivio.

En el camino atravieso algunas zonas de acampada, donde muchos alemanes disfrutan de sus vacaciones sentados en sillas de tela, viendo cómo rompen las olas silenciosas del río cerca de sus sandalias. Una ciudad ordenada de caravanas, de tiendas de tela, de sillas y mesas de plástico, encajada entre el río y la carretera. Todo en apariencia muy bien organizado, límites de hierba donde acaba el espacio de una familia y empieza el de otra, pero también todo susceptible de poder ser recogido en un instante, cargar los bártulos, plegar los objetos y desaparecer de la ribera rumbo a la ciudad. Paso a su lado con la bicicleta, les miro, y por unos segundos sus rostros grandes, tranquilos, de satisfacción, alivian mi pedaleo urgente, y me acompañan.

Cuando llegué a Coblenza el cielo estaba cubierto de nubes. Fui hasta el centro de la ciudad, circulando primero por calles con abundante tráfico, hasta alcanzar la zona peatonal y en una calle tranquila, tras dejar apoyada la bicicleta sobre una fachada, me senté en una terraza. Pasé un rato largo disfrutando de un café con leche, dejando que se enfriara, contemplado la vida tranquila de una calle sin tráfico ni peatones. Finalmente abrí el libro de Anne Michaels y leí las siguientes palabras: Everything we are can be contained in a voice, passing forever into silence. And if there is no one to listen, the parts of us that are only born of such listening never enter this world, not even a dream. Palabras que, torpemente, podrían traducirse de esta manera: todo lo que somos puede reducirse a una voz, voz que puede acabar en silencio. Y si nadie la escucha, aquello de nosotros que sólo existe por esa voz muere, y no existe ni si quiera en los sueños. Y en el silencio adulto de esa calle en Coblenza, en la tranquilidad agitada de unas vacaciones que terminan, pensé en las voces que afectan mi vida: mi madre, mi padre, mis hermanas, Alicia. Voces que a veces son primero un nombre en el teléfono, y el miedo a una llamada fuera de lo habitual, cuando la comunicación verdadera debería estar por encima de horarios. El dedo responde la llamada y al poco el alivio de que todo sigue igual. El silencio tiene entonces una cualidad pacífica, se apoya sobre el tiempo como un narcótico y lo adormece, y entonces las voces rompen el silencio construido, traen una información tal vez inesperada, y existe un momento de sobresalto. Pero si finalmente el mensaje era apenas preguntar un qué tal te va todo, o bien un te echo de menos, uno regresa rápido a su soledad, como ahora después de leer un mensaje que me ha llegado al móvil. Lo leo, vuelvo a estar tranquilo, pero descubro por primera vez en el viaje que no me importaría volver ya a Madrid, que en mi cabeza los sueños se van diluyendo,y que en cierta manera añoro de lo que al inició del viaje huí: las rutinas, las convenciones sociales. Porque incluso en ellas adivino virtudes: el reconocimiento de una amistad. El amor seguro y fiel de unos padres. El aprecio por un trabajo bien realizado.

Es casi de noche cuando regreso a Bad Ems: en el río se reflejan las luces de los coches, y los barcos de turistas se abrazan al muelle para dormir. Devuelvo aliviado la bicicleta: estoy cansado y no quiero verla hoy más. Regreso al centro del pueblo, y compruebo que está de fiesta: los puestos que por la mañana vi siendo limpiados ahora sirven comida. Atracciones de feria giran a toda velocidad, en espirales de luces de colores. Bajo una fiebre de gritos infantiles pido un perrito caliente. Me siento en un banco de madera, y observo la noria girar: la esfera de luz rota lentamente contra el fondo oscuro de la montaña, en cuya cumbre está mi hotel. Recordé la noria de Machado, aunque aquella era de agua, como triste símbolo de la monotonía existencial. Qué curioso que ese poema nos lo enseñaran en el colegio con dieciséis años, con las hormonas descontroladas, el alma llena de vida, la vista buscando el recreo tras la ventana, y en el reloj electrónico la comprobación trágica de que la clase nunca terminaba, y aún más curioso que ahora recordara ese poema, pese a la manifiesta falta de atención que presté entonces, como si la semilla pesimista del poeta se hubiera sembrado en los alumnos de esa clase para brotar luego mucho tiempo después, lejos de Madrid, y tal vez con el profesor ya fallecido, pues José de Dios era un hombre que hace diecisiete años parecía haber traspasado generosamente la edad de jubilación, y nos transmitía su amor hacia la literatura, un amor que venía desde niño en su pueblo de Jaén, pero también nos hablaba de su placer por madrugar y ver las estrellas en Brunete, a unos veinticinco kilómetros al oeste de Madrid, lugar en el que vivía junto a su mujer, y donde el cielo decía era más limpio y oscuro que en la capital y permitía observar las estrellas, y nos hablaba de esa noria que era el repetir exacto de los días, y esa metáfora de la monotonía había venido hasta aquí, un pueblo al suroeste de Alemania, donde acababa de terminar mi perrito y me disponía a volver al hotel, dejando atrás el ambiente festivo del pueblo, del cual me sentía extraño, como invitado por error.

El camino de subida estaba sin iluminar, así que en algún codo del sendero tuve que utilizar el destello del flash de la cámara de fotos para no perderme. Por un instante la luz iluminaba el suelo lleno de hojas, los árboles como lapiceros dentro de un estuche, y luego de nuevo la oscuridad. Cuando llegué al hotel el salón inferior estaba a oscuras. De una puerta lateral surgió el dueño, quien con gesto cansado me informó de la nueva habitación asignada. Regresó por el mismo lugar y observé cómo le daba un beso a su mujer, aliviados tal vez de que alguien hubiera llamado tan tarde a la puerta ya cerrada. La nueva habitación era mayor pero tenía vistas al aparcamiento. Cerré rápido la ventana por la que entraba un frío de invierno. Junto a la puerta habían dejado mi pequeña maleta: qué ejercicio tan sano viajar y ver que uno puede moverse renunciando a las necesidades multiplicadas e innecesarias del día a día. Un minimalismo práctico, obligado por limitaciones de espacio y peso, pero donde en una maleta basta todo lo necesario. Y en la mesa otra tableta de chocolate y agua con gas. Sonó una cisterna que se vacía, y antes de dormirme sentí que el sueño me llegaba en un casa viva, cuidada, llena de amor.

Domingo 28 de agosto de 2011: más Beethoven y algo de Loreley

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La luz de la mañana inundaba el cuarto, como si alguien hubiera movido una cortina. Pero no había cortina, sino una claraboya en la parte alta de la pared. Me asomé a ella: frente a mí siempre el Rhin y su anchura de río ruso. Dos árboles acariciaban la fachada del hotel, derramando su alargada sombra contra unas tumbonas apiladas. Junto a ellas arrancaba un paseo arbolado que avanzaba apoyado a la orilla del Rhin, y por el que navegaban ya algunas barcazas madrugadoras dirección Bonn. En el otro lado de la orilla aparecía un fragmento de colina boscosa, bajo un cielo azul, limpio, pero que ya había descubierto en días anteriores que podía llenarse súbitamente de nubes. Sin tiempo para ducharme bajé a desayunar. El salón estaba lleno de jubilados alemanes que se movían lentamente de la zona de bufet a sus mesas. Observé sus manos temblorosas y en ellas platos de embutido, huevos revueltos y pan, el sonido blando de las sandalias con las que caminaban a pasos cortos, pisando sin ruido una moqueta roja. Todos allí parecían conocerse: se saludaban de una mesa a la otra cuando iban llegando al salón, ademanes ociosos y sonrisas despreocupadas. Seguramente estaban en un viaje organizado y ya llevaban varios días juntos. De pronto alguna mujer miraba la pantalla de su teléfono móvil, acercándola mucho a los ojos, pues seguramente tenía las gafas de cerca en la mesilla de noche de la habitación, y repetía en voz alta a su marido el mensaje, a modo de testimonio, y el marido acercaba la cabeza hacia la mujer en un ademán lento, vegetal, le costaba escuchar, el oído duro por la edad y también el ruido de platos y tazas sobre el techo alto del salón. Me pregunté cuál sería el contenido de ese mensaje. Posiblemente un texto del hijo que en ese momento está trabajando con frenesí en la ciudad, un mensaje escrito en tono desenfadado: ese hijo no quiere molestar a los padres con los pormenores domésticos de la existencia, con un matrimonio que tal vez no funciona o la inestabilidad de su trabajo; simplemente desea confirmar la felicidad de sus padres.

Dejé las maletas en el coche y di un paseo matutino por Boppard. Apoyado en una barandilla observé el Rhin, cuyas aguas habían servido de frontera al Imperio Romano desde mediados del siglo III. En el año 355 el emperador romano Julián logró detener momentáneamente las invasiones de los pueblos bárbaros, de origen germánico, y trató de asegurar esta zona del río a través de fortificaciones, como el castrum de Boppard, cuyas ruinas aproveché para visitar. Se trataba de una fortificación amurallada, vigilada en su día por veintiocho torres, y en cuyo espacio se habían hacinado hasta seiscientos soldados en barracones de madera. Apenas cincuenta años después de su construcción, alrededor del año 405, las tropas allí guarnecidas abandonarían el lugar para defender, inútilmente, Roma. Yo también abandoné las ruinas de ese lugar pero en dirección a Loreley, situado a unos veinte kilómetros hacia el sureste, y enclavado en el otro margen del río. En el coche la radio emitía la obertura Egmont de Beethoven. Recordé la pequeña decepción sufrida tiempo atrás, cuando concluí mi lectura de la correspondencia conservada del compositor. Con el error de las ideas preconcebidas, esperaba haber encontrado en su lectura ideas sobre su forma de trabajar, la raíz del talento, pistas sobre su inspiración. Beethoven, sin embargo, solía escribir porque necesitaba dinero, estaba mal de salud, o ambas cosas. Su lenguaje era suplicante pero hosco, lo cual sorprende más pues muchas de sus misivas tenían como destinatarios miembros de la nobleza austriaca, a quienes les debía mecenazgo, y para quienes los músicos no eran sino un siervo más. Beethoven pedía dinero ya que recibía exiguos ingresos mensuales, con los que apenas podía pagar el alquiler de la casa, el servicio y la educación de su sobrino Karl, de quien era su tutor legal, y a quien separó de su madre. Karl fue internado en un escuela privada y el compositor solicitó que no recibiera la visita de su madre e indicó además que, de ser necesaria mano dura en su educación, no dudaran sus tutores en aplicarla. Su vida se fue conduciendo hacia el caos económico, y el propio Rossini quedó asustado al ver las condiciones en que vivía el compositor.

Pero había un problema más, de orden personal: sus oídos. En un principio Beethoven ocultó los primeros síntomas de la sordera, por temor a perder la protección de algún noble y para proteger su carrera de intérprete, y esa reclusión social fue definitiva cuando igualmente lo fue su sordera. En una carta lamentaba lo lejos que hubiera llegado su obra si no hubiera sufrido la sordera más absoluta. Quién sabe si un Beethoven auditivo, y por lo tanto más social, hubiera logrado llevar una vida más placentera, construir una familia, pero sin embargo, y para lamento de quienes hoy le escuchamos, una labor compositiva menor. Me planteaba esas conjeturas mientras subía el coche a un ferry para cruzar al otro lado del río. Beethoven nunca se adaptó a las convenciones sociales de la nobleza. Quería dejar claro a todos que no había patrón por encima de él, y que jamás sería un simple súbdito palaciego. Tal vez su obra no hubiera sido distinta de haber podido escucharla pues, convencido de su talento, creó una soledad voluntaria donde desarrollarla, un mundo intramuros, y esa soledad, que es silencio, no entendía de reglas externas. Daba igual que pudiera escuchar o no la diligencia que cruzaba la calle: los sonidos sólo existían en su interior. Vivió en un mundo de silencio absoluto, desde donde crear otro mundo distinto, habitado por su música, pero ese escritorio inestable y silencioso que fue su vida fue también una búsqueda intencionada, necesaria: un cuarto sin exterior desde el que poder hablar. Buscó el silencio y lo encontró, pero le llegó también de forma involuntaria, por enfermedad, un silencio multiplicado y total del que no pudo escapar. Un viento levantó entonces unas hojas caídas en el suelo mientras abandona el ferry, y recordé el miedo de Beethoven a que sus partituras cayeran en manos enemigas y fueran copiadas, y el especial cuidado que siempre prestó en conocer quién tenía los manuscritos originales y las copias que de los mismos se pudieran realizar. Aunque muchas veces en vano, Beethoven intentó publicar sus obras. Y con la imprecisión que da el tiempo y la desmemoria recordé ahora que, durante muchos años, Beethoven desconoció su propia edad.

Conducía por una carretera empinada camino de Loreley y me iban llegando recuerdos desordenados de las cartas de Beethoven, mientras terminaba la obertura de Egmont y en la radio comenzaba ahora una grabación en directo del concierto de violín del mismo autor. Aparqué el coche en una explanada junto a varios autobuses, y al apagar la radio sentí volver a otra región del mundo, como si el movimiento lo hubiera producido no sólo el motor del coche, sino también los compases de Beethoven. Una gran frase del escritor Lobo Antunes resume perfectamente ese sentimiento cinemático de la música, en este caso referida a quien la interpreta, y dice así: «me asombraba que tocasen con los ojos cerrados, sacudiendo la cabeza en estado de éxtasis, y que, al acabar, regresasen despacio de regiones celestes, con las manitas suspendidas, pestañeando felicidades prolongadas, de vuelta a un mundo de sopas de espinacas, cajones combados y autobuses repletos que la ausencia de Chopin hacía inhabitable».

Loreley resultó ser un risco de pendiente hostil. En lo alto, a más de cien metros de altura, lo coronaba un mirador. Me acerqué entre codazos de turistas hasta la barandilla, y contemplé las caravanas alineadas en un camping en la orilla frontal. Una barcaza cruzaba en ese momento el Rhin, dejando estrías de agua a su paso, y seguí con la vista el suave oleaje hasta la orilla donde los veraneantes seguramente llevaban un rato despiertos, y ahora posiblemente estiraban las piernas con un café en la mano, y me observaban a mí, con un gorro de explorador algo ridículo bajo el que me protegía de un sol débil, los mismos pantalones cortos que ya había usado en días anteriores, la cámara compacta de fotos colgada del cinturón, y una pequeña sonrisa de tranquilidad dejando ver el aparato dental que pronto iba a ser retirado. Regresé al aparcamiento, desde donde varias señales indicaban el inicio de distintos senderos. Al poco de empezarlos comprobé que eran escarpados y había demasiada gente en ellos, así que, mucho antes de lo pensado, di por terminada la visita y regresé al coche. Sin saber dónde ir, pero huyendo a propósito de cualquier aglomeración urbana y humana, acabé conduciendo hacia el este a través de carreteras sin tráfico, entre pueblos que dejaba a la espalda en apenas un instante y que me transmitían un estado de triste belleza. Evitaba las carreteras principales y disfrutaba conduciendo lento y mirando el paisaje, con el placer extraño de la falta de un destino. Placer extraño pues no hay nada más terrible que la ausencia de fines en la existencia de uno. Todos somos un mar de dudas: las certidumbres suelen ser apaños frágiles, convenciones sociales que uno recite o las que uno se inscribe como quien agarra un madero en un naufragio, el naufragio precisamente en un mar de dudas. Conducir sin destino es algo metafórico, visualmente suena como algo poéticamente bello, pero su herida es profundamente real, y nada tiene de hermoso.

La desorientación vital me llegó en los años de universidad, cuando uno parece que adquiría las herramientas para definirse en la vida, un lugar en el mundo, el argot de un trabajo como elemento de identificación al mismo, pero también de diferenciación con el resto, y sin embargo todos esos conocimientos accediendo a una cabeza que de pronto parecía despertar al mundo, una madurez tímida y tal vez tardía, y en la que uno descubría asustado que el mundo estaba lleno de posibilidades e interrogantes, y que había que tomar decisiones donde ninguna alternativa parecía la correcta. Volvía de la universidad a mi casa en un tren de cercanías, con la noche recostada sobre las ciudades dormitorio, leyendo a los autores de la generación beat, sintiendo que atravesaba América subido a un Greyhound. En sus libros la carretera era siempre la protagonista principal, porque eran historias de huida, de cafés a medianoche, de autoestop en cunetas donde la oscuridad tragaba a los personajes, vagabundos sin perfil, osados de audacia y en busca de una existencia. Historias que me transmitían un profundo desasosiego, pues sus líneas me advertían ya de la desorientación de la edad adulta, las promesas sociales que cumplir a regañadientes, o de lo contrario un murmullo crítico incómodo a la espalda. El tiempo de la vida se abría con toda su amplitud cuando con dieciocho años esperaba la conexión de un tren en Atocha. El tiempo señalado en una esfera de la estación, y yo imaginándolo como un campo sin labrar, uno quieto frente a él, el sol alto en el cielo y mi cuerpo sin sombra, solo y con las herramientas para trabajarlo en el suelo, mientras el mundo dormía en otras ocupaciones, y la carretera hacia ningún lugar era una alternativa pálida, pues los caminos en cualquier lugar del mundo están siempre rodeados de un campo de trabajo o de una factoría, lugares que exigen sacrificio físico, o bien de oficinas con fachadas de acero y cristal, fachadas que reflejan diminutos oficinistas con chaquetas y corbatas que al rato deambularían del cubículo a la máquina de café, y luego a la fotocopiadora para enviar un fax. Sólo en algunos tramos el mundo hacía una excepción, y el paisaje podía transmitir una falsa sensación de libertad, como la región que ahora recorría en coche, con sus viñedos y castillos, pero sabía y sé que son sólo los decorados de una película con final amargo: la película termina y la gente abandona el sueño, y uno regresa a la realidad de la calle, a la vida, en una palabra, con la sensación de que ese mar de dudas existe siempre, esa terrible cuestión que es la existencia, saber cómo llenarla y saber cómo justificarla al trabajador que gira el tractor en la esquina de su parcela, o esa misma parcela transformada en las columnas de datos de una pantalla de ordenador en el oficinista en Bonn, quien esta misma mañana envió al teléfono de su madre un mensaje para saber qué tal estaba, y de forma casí indirecta me lo preguntaba también a mí, cómo te lo estás pasando, Daniel, aquí todo igual en la oficina, lo de siempre, una oficina idéntica a la mía en Madrid, disfruta de los últimos días, Daniel.

A la salida de un pueblo un instructor corría por delante de tres chicas. Todos vestían ropa de deporte y se dirigían a la entrada de un pequeño bosque. De inmediato supe que había encontrado el lugar donde simular estar perdido en mitad de la naturaleza, y caminar en silencio por pistas forestales, escuchando el sonido de los árboles y el viento, atento a los sonidos que inspiraron a filósofos y músicos, tratando de entender por qué Beethoven prefería a un árbol antes que a un hombre. Nada tendría de insólito mi deseo si uno no viniera de vivir once meses en una gran ciudad, Madrid, cruzando a diario una pasarela peatonal sobre ocho carriles de una autopista, soportando el zumbido de miles de motores que ahora seguramente estarían en silencio en algún garaje de la capital, o bien camino de alguna playa del Mediterráneo, o tal vez pasando por debajo de esa misma pasarela que ahora yo, hoy, no cruzaba, pues avanzaba con un coche alquilado camino de cualquier lado, pero recordando en cada intersección la manera de volver a ese lugar donde un instructor corría por delante de tres chicas atléticas, y que me serviría como puerta a mi torpe o tonto experimento con la naturaleza.

Finalmente me detuve en un pueblo llamado Limburg an der Lahn. Lugar turístico y lleno de alemanes, tomé un pastel de zanahoria en una acogedora cafetería. Como si algo en el entorno o dentro de mí se hubiera desplazado, un líquido que sin saber por qué se derrama, el equilibrio de paz del viaje se había perdido, y regresé rápidamente al lugar donde había observado a los corredores. Detuve el coche junto a lo que parecía la pared de entrada de un túnel clausurado, manchada de grafittis, y me adentré por una pista forestal, iluminada por el sol de la tarde. A los lados la vegetación y los árboles se movían por las manos del viento, y también por el sonido de mis pisadas. Nunca perdí la orientación del lugar donde me encontraba, así que en todo momento sabía cómo regresar, pero por un instante, cuando llevaba más de media hora caminando y no me había cruzado con nadie, y cuando al girar y contemplar lo recorrido a mi espalda el bosque se veía de otra manera, sentí algo de miedo. Se escuchaba el ruido infinito de un avión en el cielo. En sus alas parpadeaban lentas dos luces rojas, y me imaginé a algún pasajero observándome diminuto aquí abajo, el trayecto de la mirada hasta un español paseando por un pequeño bosque alemán, y mientras la azafata preguntando más café este pasajero se preguntaría qué demonios hacía en mitad del bosque, solo, yéndose la luz del día, igual que yo también me cuestionaba ahora a dónde se dirigía a él, posiblemente a la cercana Fränkfurt, y para hacer qué en la ciudad. Quería experimentar el silencio de la naturaleza, pero justamente su viaje me lo impedía, como también costaba tanto en Madrid encontrar un refugio de silencio, sin preocupaciones, colgar la mente en un tendedero de tranquilidad. Sonó entonces por primera vez algo que pareció un ruido humano, y a lo lejos contemplé una cesta de mimbre balancearse: alguien buscaba setas. Como si un hechizo se hubiera roto, el juego terminado, decidó regresar al coche, y en una encrucijada de caminos pasaron dos jinetes a caballo: los animales llevaban las cabezas erguidas, como en signo de ostentación. Había tenido por un instante mi experiencia pastoral, pero no sabía muy bien si era lo que había deseado, y más aún, qué era lo que realmente había buscado en ello. Sin duda, la vida un mar de dudas.