Cuadernos de guerra de Louis Barthas

cubierta_BARTHASLouis Barthas fue llamado a la guerra en agosto de 1914. Tenía treinta y cinco años. Se despidió de su mujer y dos hijos, de su trabajo de tonelero, y marchó a Narbonne, una fea ciudad militar del sur de Francia. Como la guerra devoraba víctimas, fue llamado al frente en el invierno del mismo 1914. Durante los siguientes cuatro años vivió la guerra de trincheras.

Si hablamos de Louis Barthas es gracias a los cuadernos en los que dejó testimonio de la contienda europea. Esos carnets de guerre pasaron a su hijo Abel, que llegó a ser alcalde de su ciudad natal, Peyriac-Menervois, y posteriormente fueron entregados a su nieto Georges. Cuando Georges trabajaba como profesor de dibujo en Carcassone, mostró los cuadernos al profesor de historia del liceo, que utilizó ciertos pasajes en su actividad docente. La noticia de su existencia llegó a los oídos de Rémy Cazals, profesor universitario en Toulouse experto en la Gran Guerra, y que impulsó con éxito la edición de la obra en 1978.

Lo que diferencia la crónica de Louis Barthas respecto a otros testimonios sobre la Gran Guerra está dicho en su propia portada: Les carnets de guerre de Louis Barthas, tonnelier, 1914-1918. No estamos ante una obra escrita por altos mandatarios políticos o militares, ni tampoco por especialistas en la materia. Su autor, sin embargo, es un tonelero. Un oficio humilde que desarrollaba en el diminuto pueblo de Peyriac-Menervois, situado en una zona de producción vinícola. Allí, en una tarde calurosa del mes de agosto, Louis Barthas escucha el sonido de un tambor. Piensa que se acerca algún grupo de acróbatas, pero se trata de la llamada a la mobilisation générale. Mientras se despide de su familia asiste atónito a la felicidad general que suscita la contienda. Comienza así la historia del manuscrito.

La segunda gran singularidad de la obra está en el punto de vista. La narración de Louis Barthas es la voz de una trinchera: una voz colectiva, de hombres hermanados por sentimientos de afecto y miedo. Una voz manchada de tierra, que busca ser altavoz de los ideales socialistas y pacificistas de su autor, y por lo tanto una voz que lucha contra las mentiras de la propaganda, pero también contra la injusticia de los mandos militares. Las trincheras son campos de concentración con forma de pasillo: en ellos la intimidad está suprimida. Todo se sabe, y todos consideran a Louis su portavoz: el portavoz de los poilus («peludos»), apodo de los soldados franceses durante la Primera Guerra Mundial. Cada línea de su cuaderno, y son diecinueve en total, es una reivindicación de la dignidad de otras tantas voces anónimas. El testimonio de cuatro años sin poder dormir sobre un colchón. Mientras leo a Barthas sobre el mío, en la comodidad doméstica de una mesilla de noche, una lámpara y un dormitorio con mantas, me imagino a Louis Barthas en blanco y negro, pasando frío con su pelo cortado como si fuera un monje, su largo y algo ridículo bigote, el cuerpo combado sobre su cuaderno. Louis Barthas haciendo literatura sin pretenderlo, buscando que sus páginas sean el periscopio exacto de lo que sucede algunos metros más arriba. Y que las palabras, ordenadas en estructuras más amplias, sirvan para domesticar el caos, o al menos un alivio que equilibre el sinsentido de la batalla. Palabras por lo tanto como disparos de luz, que hacen más habitable un mundo que, ahí arriba, no lo es.

Los cuadernos están escritos en el acto, y siguen el desplazamiento de su autor, que es el de la propia guerra. Un movimiento contrario al de las agujas del reloj, y que le lleva primero en Narbonne, ciudad a donde llega como soldado de reserva. El ritmo de muertos acelera la reposición de tropas, y Louis Barthas pasa con rapidez a primera línea de batalla. Primero en la guerra de movimiento, luego en trincheras. Las zanjas le llevan a Artois, después a Verdun, escenario de la batalla más larga de la Gran Guerra, luego a Champagne y, finalmente, a Somme, una localidad situada a ciento cincuenta kilómetros al norte de París.

En Somme tiene lugar la batalla más sangrienta de toda la guerra. Se calcula que en los primeros seis minutos de la misma ya habían fallecido veinte mil soldados, principalmente británicos, y que fueron barridos por las ametralladoras alemanas. Cien años después se siguen encontrando cadáveres y objetos cada vez que se mueven tierras en esta zona del norte de Francia. Para el escritor inglés Geoff Dyer el siglo XX está concentrado allí: el monumento funerario levantado en Thiepval es una profecía. Un recuerdo del futuro.

Pero Louis Barthas nos escribe desde el presente: es un soldado raso durante el día, y un cronista durante la noche. Cuando los compañeros duermen él alza la mano, detiene el tiempo, y lo escribe. La pluma roza el cuaderno, y lo perfora con una rugosidad de aguja de vinilo. Nuestros ojos escuchan lo escrito. La obra interesa de principio a fin, sin pausa, como una larga pesadilla a la que nunca vence la mañana. Pese a su homogeneidad, querría destacar el cuaderno de los días pasados en Somme, a mi juicio la parte más estremecedora e incluso bella de todo su pentagrama de violencia: «Sans arrêt le ciel était zébré d´éclairs, illuminé, embrasé de lueurs fulgurantes, de clartés brusques, le tout accompagné d´un grondement sourd et continu» («Sin tregua, el cielo se poblaba de rayos y de chispas, iluminado, inundado de luces fulgurantes, de violentos fogonazos, todo ello acompañado de un gruñido sordo y continuo», en la estupenda traducción de Eduardo Berti).

Para remontar la moral, algunas noches la banda interpreta valses y mazurcas. Su música es silenciada por cañonazos aislados, o bien ignorada cuando los oídos prestan atención a los compañeros que regresan del frente. En medio de ese mundo de violencia, Louis Barthas se eleva sobre los hechos, e intenta buscar las razones que mueven a la violencia: «Et nos chefs ne s´y trompaient pas, ils savaient bien eux que ce n´état pas la flamme du patriotisme qui inspirait cet esprit de sacrifice, c´était seulement esprit de bravade pour ne pas sembler plus poltron que son voisin, puis la présomptueuse confiance en son étoile, pour certains la secrète et futile ambition d´une decoration» («Pues bien, nuestros jefes no se equivocaban. Sabían bien que no era la llama del patriotismo lo que inspiraba nuestro espíritu de sacrificio. Era tan solo la voluntad de lanzar amenazas, pues nadie quería parecer más cobarde que el vecino. Era la presuntuosa confianza en su buena estrella, o, en ciertos casos, la secreta y fútil ambición de una medalla, de un galón»).

La guerra convirtió a Louis Barthas en escritor sin él quererlo. Uno acaba la lectura de sus Cuadernos sintiendo un egoísmo feliz: el disfrute raro de haber asistido a hechos terribles que ya no le alcanzan sino en la imaginación. Alzo la vista, me actualizo al presente, y me pregunto cómo sería hoy un libro de naturaleza semejante. Dado que la guerra sigue ahí fuera, en los bordes mismos de Europa, continua idéntica la necesidad de expresar el miedo. La escritura se vuelca ahora en cadenas infinitas de whatsapps, en palabras abreviadas y emoticonos, en llamadas telefónicas, en videoconferencias desde ordenadores portátiles. Si alguien del futuro tuviera que leer nuestro presente, deberíamos sacar de las máquinas toda ese largo guión, y volcarlo en un cuaderno. El medio cambia, pero no su fondo.

Un siglo después de que terminara la Gran Guerra, los conflictos bélicos parecen más económicos, como si las vidas humanas cotizaran en bolsas de comercio. No hay declaraciones de guerra entre países, ni fechas que apuntar que indiquen el comienzo de una contienda: todo es más sutil pero todo es igualmente terrible. Porque un siglo después se mantienen la estupidez humana, el abuso de poder, el espionaje entre países y el engaño cruel a las masas. Hoy, mientras redacto estas palabras, puede que se estén tecleándose otras idénticas en el interior de una tanqueta entre Ucrania y Rusia. Un joven que digita en su Iphone rodeado por el sonido sordo de la violencia. Al teclear, tal vez sin saberlo, ordena en palabras el miedo de una desorientación colectiva. Porque cada palabra de ese joven, como las de Louis Barthas, es una nota musical: una impresión sonora que tiene una cualidad duradera, que se guarda para siempre. Las palabras suenan: en las teclas de una máquina de escribir, en las de un teléfono, en las páginas combadas de un cuaderno, en los labios y en la mente de quienes las repiten mucho tiempo después. Louis Barthas iniciaba su relato con el sonido de un tambor. Lo termina, cuatro años después, con el goce sencillo de escuchar, desde su dormitorio, al viento agitando las persianas, o la lluvia doblándose contra su patio de baldosas. Leyendo los diecinueve cuadernos reconstruimos un pasado que produce vergüenza, pero que nos permite disfrutar de una música pacifista, y a ratos poética, como resistencia sonora frente al horror.

Un hombre al margen

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¿Qué nos define ante los demás? ¿Nuestras palabras, o nuestro silencio? ¿Lo que mostramos, o lo que escondemos? ¿Lo que decimos, o lo que dicen de nosotros? Y en nuestra vida digital, en nuestra vida frente a la pantalla, ¿quiénes somos? ¿Somos el registro visible de búsquedas en la red, o el rastro que hemos eliminado? ¿O bien somos ambos registros, es decir, una parte cómoda, porque es socialmente aceptada, y otra que nosotros mismos censuramos? ¿Y si esa zona de sombra sale algún día a luz? ¿Cómo responderá el entorno a un yo que guardábamos en silencio? ¿Cuánto tiempo nos castigará la sociedad por todo aquello que quisimos callar, y no logramos? ¿Cómo reaccionaremos nosotros mismos a esa revelación no deseada? Y aún más grave: ¿y si lo que se exterioriza, por accidente o por intromisión, no somos nosotros, porque nosotros no somos solo esa parte, o no somos ni siquiera esa parte, o ya no somos ni siquiera esa parte?

Alexandre Postel es un escritor francés. Ha ganado en 2013 el premio Goncourt de primera novela con Un homme effacé, traducida al español como Un hombre al margen. He tenido la suerte de una lectura perfecta: la sola recomendación de la obra por dos amigos, la descarga desde Amazon, el submarinismo dentro de la historia. Pero cuando preparo estas líneas, buscando también ser trampolín para nuevos lectores, descubro con terror que las sinopsis revelan contenidos bien avanzados de la novela. Por si esa destrucción no era suficiente, en la reseña de Babelia el chivatazo vuela casi hasta el punto final. Hay críticos que quieren demostrar de todas las maneras que se han leído la novela, lo cual multiplica aún más las sospechas de su profesionalidad.

Por eso confío que mi párrafo inicial sirva de puerta a la lectura. Y que la lectura se desnude ella sola, con la sorpresa de lo que espera ser contado. Sirvan además algunos rasgos de estilo que considero deben mencionarse de esta obra: Alexandre Postel opera con el número preciso de situaciones y personajes, sin multiplicaciones innecesarias. Una economía de recursos que recuerda a Camus, y que aleja la obra del esquema policiaco habitual. No es además una novela policial porque la motivación psicológica, y su reflejo social, son más importantes que el propio desenlace. Como un espejo cóncavo, la imagen de lo contado es más grande que el tema, y ahí radica la mayor virtud de la obra. Un homme effacé escandaliza porque la pesadilla del personaje está en nuestra mano: también nosotros podemos tocar su culpa, multiplicarla o, inútilmente, tratar de borrar el rastro. En cada página alzamos la vista con terror: el protagonista podíamos ser nosotros. Porque nosotros somos ese reflejo ampliado de la obra. Un argumento actual e ingenioso, enfocado con parquedad de medios y desde un tejado social. Un enfoque social, pero la novela no es solo social. Una trama policial, pero la novela no es solo policiaca. Un enfoque sobre la culpa, pero la novela no es solo psicológica. Un homme effacé es el vuelo de luces distintas contra el mismo lugar, un espacio iluminado y que hace interesante la lectura.

La intromisión de elementos innecesarios, sobre todo en la segunda parte, Les jours féroces, limitan el impacto de la obra, generando un cierto desencanto en la revelación terminal. En Les jour féroces el autor parece preocupado porque su obra carezca de propósito. Olvidando que en la primera parte la zozobra había sido su principal virtud, y aterrado él mismo al ver la solapa de su obra, la improvisación y lo fortuito dominan este segundo tramo.

Con todo, no deja de ser una novela admirable, que invoca la reflexión del lector, que le hace atravesar diferentes estados de ánimo, diferentes pensamientos. Una obra que sobrevive y se agranda en el espejo cóncavo de nuestra mirada, y sobre ella, con la cualidad de un friso, la misma pregunta inicial: ¿quiénes somos? ¿Somos aquello que decimos o aquello que, por inmoral, callamos? ¿Somos el examen de los demás, o la prohibición de nosotros mismos?

Las flores de Christian Gailly

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Christian Gailly es un escritor francés nacido en 1943. Solamente Un soir au club (Una noche en el club, Anagrama, 2002), ha sido traducida a nuestro idioma. El resto de su obra permanece desconocida para los lectores de español. Un vacío editorial lamentable y que ojalá puedan cubrir pronto editoriales tan dinámicas como Acantilado o Libros del Asteroide.

La literatura francesa, especialmente en su corriente modernista, ha huido de la pedantería. La razón puede venir de que en Francia se lee mucho y, además, sobre temas muy variados. En Francia las librerías son grandes abanicos del gusto: en ellas podemos encontrar una sección policíaca bien nutrida de asesinatos, y junto a ella otra abarrotada de obras completas de autores clásicos. Lo sorprendente no es que ambas secciones existan, sino el vaivén de manos idénticas sobre los libros de uno y otro lugar: las mismas manos moviendo y leyendo historias opuestas, y las cajas registradoras como testigo último de esa disparidad. De ese amplio perfil de lectura se explica que, cuando un escritor adopta un rol ambicioso hacia su obra, debe estar seguro de lograr la excelencia en su empeño. ¡No hay alternativa! De lo contrario, su esfuerzo quedará en un ejercicio inútil de palabrería, y su obra ensombrecida en un pasillo entre la alta literatura, a la que su talento no alcanza, y la literatura de consumo, de la que sus propios recursos, tal vez brillantes aunque fallidos, le han alejado. Porque al final el lector, juez que se mueve y conoce ambos mundos, que disfruta de Voltaire pero también de Fred Vargas, descubre su medianía.

Christian Gailly, el autor que aquí nos ocupa, es consciente de que su literatura no debe ser pedante. Les fleurs, su quinta novela, arranca con un gesto cotidiano: dos personas que se cruzan en la línea de metro RER B de París, famosa por discurrir sobre la superficie en algunos de sus tramos. Una línea de metro, un vagón, y dos personas que se cruzan. Un hombre que va a visitar a un viejo amigo, y una mujer que va a comprar un recambio para el cartucho de su pluma. Con este punto de partida cotidiano y sencillo, casi un no argumento, Christian Gailly comienza su novela, y casi ni nos hemos dado cuenta.

Les fleurs es una obra breve, de frases telegráficas y medidas por un mismo compás; el texto se balancea musicalmente, y los pensamientos y emociones de los personajes van en vaivén, como siguiendo el ritmo de los vagones del suburbano. Esa sucesión de frases breves e idénticas hace que la novela parezca una caja de música. Más que leerla, hay que escucharla. Y el sonido envuelve. Uno mismo, acostumbrado a conseguir la felicidad tras el ruido de ocho miles literarios, ha descubierto en Les fleurs la belleza armónica del relato corto, bien construido, con monólogos interiores tan cotidianos como el hecho de cepillarse los dientes o bajar la bolsa de basura. Reflexiones que uno se ha hecho cuando mira desde la ventanilla de un vagón, cuando una escalera mecánica le devuelve la luz del día, y que en la pluma de Christian Gailly están llenas de autenticidad y de sencillez. Christian Gailly escribe muy bien,  y en su minimalismo sonoro cualquier algarabía cursi queda callada.

El libro se cierra con «Richesse visionnaire d´une écriture», artículo, también breve, de Jean-Claude Lebrun, y que explica algunas claves de la lectura que se nos han podido pasar por alto. Tras leerlo, uno ha aprendido otra lección imborrable: que bajo esa apariencia de sencillez se esconde una voluntad y un trabajo de poda. Tijeras contra las malas hierbas, contra las expansiones literarias y los callejones sin salida; una poda para que solo quede el hueso de la historia. La obra se llama Les fleurs por la belleza de su contenido, pero su estilo es más próximo a esas ramas desnudas que, en su brevedad, revelan de súbito, como una explosión, toda su existencia.

P.D. Esta reseña fue publicada en la web http://www.elbuscalibros.com

La obediencia nocturna (o la búsqueda de una revelación)

Juan Vicente Melo

En el periodo 2000 a 2009 el porcentaje de traducciones publicadas en España osciló entre el 22,9% y 27,2%. Cifras muy elevadas y que contrastan con el 3%, que es el porcentaje medio de traducciones que se publica anualmente en Estados Unidos. Tal y como señala Luis Magrinyà en su artículo «¡Vivan las traducciones!», la traducción en Estados Unidos, pero también en Inglaterra, es un fenómeno extraño, insólito y sospechoso. Su idioma es hegemónico y domina con la certeza impuesta de un pensamiento colonial.

Pero los datos anteriores también nos deben hacer reflexionar en otro dirección: hablamos y pensamos y escribimos en español, una lengua transoceánica, de una riqueza y diversidad cultural enormes, y donde cualquier gusto estético puede quedar de sobras satisfecho. ¿Por qué entonces ese elevado porcentaje? ¿No será que estamos aceptando resignados la invasión editorial extranjera? ¿No será que rebajamos nuestro criterio ante lo que viene de fuera, y multiplicamos nuestra exigencia con lo próximo? Porque cuesta creer que un idioma sobre el que han creado Cervantes, Galdós, Borges, García Márquez, un idioma en el que ahora escriben Muñoz Molina, Piglia, Mendoza, Marsé o Marías, no logré ser el vehículo de ficción principal de todo un pueblo.

Y porque por encima de su amplitud geográfica, y por lo tanto de su variedad, y por encima también de las firmas que han pasado por su historia, y han hecho su tradición, el lector nativo o competente de español goza de un privilegio: leer sin necesidad de traducciones. Es un lujo inmerecido abrir un libro de Cortázar o Rulfo y saber que vemos el espejo exacto de lo que Cortázar o Rulfo pensaron y escribieron. Toda traducción es una cirugía, un proceso sin retorno donde el timbre y el tono cambian, donde se mantiene un título y una portada pero ninguna palabra coincide con lo que su autor pensó y escribió.

Por este motivo La obediencia nocturna (1969) es un libro luminoso desde su nacimiento. Escrito por el mejicano Juan Vicente Melo, es el resultado de un parto natural, sin modificaciones, tal y como él lo quiso. No debería sorprendernos esta obviedad, pero sí que hay que destacarlo cuando uno de cada cuatro libros salen de ese hospital de las traducciones, y ojalá muchos se hubieran quedado en una eterna convalecencia. Que el libro mencionado sea un reflejo exacto de su autor no significa nada más que eso, porque la novela en sí ni es fácil de conseguir, ni tampoco de leer e interpretar.

La fortuna de una novela, menos mal, no la dan tanto la cantidad de su lectores como la calidad de los mismos. La obediencia nocturna es celebrada alegremente por una minoría lectora, pero ignorada con la misma intensidad por el gran público. He tratado en vano de recordar dónde leí su recomendación: sé que fue en una entrevista a algún escritor que admiro, que apunté de inmediato el título y su autor en mi cuaderno, porque si algo he aprendido con los años es que no hay mejor recomendación literaria que la de un escritor, pero no consigo visualizar ni el medio de comunicación ni la persona entrevistada.

Decidido a empezar su lectura, la primera gran dificultad es encontrar la novela. La editorial Era la publicó en 1969, y solo en 1994 ha recibido una segunda reimpresión. Según leo en la red la serie Lecturas Mexicanas de la SEP la publicó en 1987, con un tiraje de veinte mil ejemplares, y su edición está agotada. Tecleando su título en el omnipresente Amazon solo existe un volumen a la venta, evidentemente de segunda mano y con un precio elevado para sus apenas doscientas páginas.

¿Merece la pena, me pregunto, hacer crítica de una novela que presumiblemente nadie va a leer, porque ya solo el hecho de conseguirla es toda una proeza? Sí, rotundamente sí: el gozo de su lectura me obliga a ser parte de esa cadena minoritaria que, ojalá, deje de serlo con estas palabras, o que al menos logre avanzar otro eslabón. Porque no hay que olvidar el propósito de una buena crítica: buscar el milagro de cambiar la vida. La labor de un crítico debe ser enseñar al lector esa obra de arte capaz de cambiar la vida. Al público, ¡yo mismo también!, nos adormece lo placentero, pero como bien señalaba Platón lo bello es lo difícil, y hay que mirarse en los espejos donde continuar esa luz milagrosa, minoritaria, un haz al que alguien nos está invitando, y que busca un reflejo.

No solo es La obediencia nocturna una novela difícil de conseguir, sino también de comprender. El resumen de su argumento es tan complejo como llegar a la propia obra, y lamentablemente no evoca la belleza oscura de la novela. En mi contracubierta de la edición de la biblioteca ERA, un volumen de hojas amarillentas a punto de soltarse, que han ennegrecido, y que al moverse huelen a tiempo, se presenta de forma breve la siguiente sinopsis: «Cuando el narrador de esta historia llega a estudiar a México, hace ya tiempo que su infancia provinciana quedó enterrada (…): «El juego ha terminado». Pero el verdadero juego va a empezar apenas. Sólo que éste es un juego siniestro, asfixiantes, sin escapatoria. El narrador se ve envuelto sin saber cómo en una vasta e incomprensible conspiración nocturna (…) a la que ya no podrá dejar de obedecer. Es el elegido, es decir, la presa (…)».

Por su parte, la contracubierta de la edición de la SEP presenta también su propio resumen del argumento, algo más clarificador, y que dice así: «El narrador de La obediencia nocturna se halla envuelto en una vasta e inexplicable conspiración en la que desempeña el papel de víctima. Perseguido por el recuerdo fantasmal de su hermana Adriana, confundido por las equívocas señales de los sentidos y las imágenes contradictorias que le ofrece la memoria, se aplica a descifrar un misterioso cuaderno que ponen en sus manos Marcos y Enrique, dos compañeros de estudios cuyas identidades parecen ser intercambiables, y se esfuerza por alcanzar a una Beatriz ideal y escurridiza, cuya última realidad es sólo un nombre y una fotografía».

La obediencia nocturna es un libro maldito, en el sentido de que, como ya indicado, está condenado a llegar a muy pocos, a ser interpretado con cierta dificultad y desde puntos de vista a veces opuestos, y maldito también porque, hermenéuticamente, las referencias dantescas atraviesan el texto desde su propia esencia: el centro de la obra es ese misterioso cuaderno del señor Villaranda, una colección incomprensible de signos y garabatos que deben ser descifrados para dar sentido a la realidad, y liberar así al elegido de su penosa carga.

Como bien señalan los resúmenes ya apuntados, la obra se inicia con el fin de la infancia del protagonista. Digo protagonista porque nunca sabremos su nombre, y más tarde descubriremos que los personajes pueden ser, incluso, intercambiables. Son de una calidad poética y musical inusuales las páginas donde se describe el descubrimiento del mundo adulto, la felicidad última del protagonista con su hermana Adriana y la lucha de éste contra el perro-tigre, epítome de la angustia que dominará entonces su vida. El perro-tigre es también una evocación del incesto, pero sobre todo la victoria del mal contra la pureza de la infancia, la destrucción definitiva del paraíso.

Parece claro pensar que la pérdida de la pureza conduce a la perdición. Se despierta uno del letargo infantil, donde el amor era ignorante, y por lo tanto puro; se pierden las certezas, que son las que dan un sentido a la vida, y ésta misma queda cuestionada. «No se puede vivir. Eso dijo y sentí vergüenza de creer lo contrario y estar vivo. Porque no se puede vivir», es un leitmotiv que recorre la novela.

Acabada pues la infancia, surge un mundo subversivo y de opresión mucho más fuerte que los creados por Kafka o cualquier escritor de la generación beat. El protagonista se hunde en un mundo cerrado y dominado por el mal, un mundo que le somete, le alcoholiza y le domina la consciencia. Un mundo en el que todo está controlado, su vida domesticada, y sin embargo nunca toma las decisiones adecuadas, siempre llega tarde y se equivoca y no logra los objetivos que para él se han definido por un plan superior y desconocido.

Los recuerdos son elementos invasores que hace aún más dura la existencia, multiplicando su humillación y su locura. El recuerdo fantasmal de su hermana Adriana, pero también la ausencia de Beatriz, que acaso no llegó nunca a existir sino como un ideal soñado de perfección. Recuerdos confusos porque le traiciona la información de sus propios sentidos, y así que el lector de esta obra exigente, inverosímil y a la vez del todo creíble, se ahoga también en esa falta de cualquier certeza.

¿Y cuál parece que es la única certeza, la única puerta para escapar a ese mundo de perdición? Podríamos pensar en el descifrado de ese cuaderno del señor Villaranda, un mandato nocturno que exige de obediencia. Un cuaderno en cuya última página se encuentran los siguientes versos: «O tal vez no sepamos nada, no inventemos nada, tal vez no sepamos con exactitud si fuimos palpados por una vida que no acertamos a conocer (…)».

Descifrar el cuaderno, como la vida, parece carecer de cualquier propósito. Es una broma pesada, un rito impuesto que se debe cumplir, y que nadie elige voluntariamente. Es un mandato nocturno a obedecer, un papel que hay que representar, y los encargados de descifrarlo cumplen su misión con la rigurosidad de una orden monástica. El rito, de fuerte cariz religioso, es más bien una amenaza que parece que ha conseguido de antemano su fin, y así que los personajes se nos muestran completamente acabados. Frases del Réquiem Latino adelantan los pasajes más significativos de la novela, y parecen justificar esta idea.

Frente al cuaderno, que es el misterio de la vida, todos somos los mismos, nadie es el otro, y de ahí que los personajes, en otra dificultad más de la novela, sean intercambiables: «Enrique y Marcos (…) me miran sorprendidos. ¿A quién me parezco yo? ¿A él, al otro?», se pregunta el protagonista, sumergido en ese sueño de delirio que es toda la novela, esa dolorosa búsqueda de lo que significa el cuaderno y que, metafísicamente, le lleva a buscar el origen de la culpa como única posibilidad para recuperar la certeza, la cual solo habita en el mundo de la infancia, y así la felicidad.

En el estilo, la novela combina unos pocos elementos de forma repetitiva. Esta austeridad de medios remarca que nos encontramos ante una obsesión, el texto es circular, y de ahí que abunden las repeticiones, los espejos, los puntos de partida a los que se vuelve una y otra vez por cada uno de los personajes, que a veces parecen ser uno solo. En definitiva un único movimiento repetido una y otra vez, que trata de cumplir el rito y así trascender a la muerte, dejando en el camino el agotamiento paranoico de los personajes.

Son frecuentes las referencias a la música, con epígrafes de los réquiems de Mozart y Verdi. Pero el propio tiempo narrativo es también musical y no en vano su autor, médico de profesión, fue periodista y crítico musical. Juan Vicente Melo buscó en la música una salvación a su propia vida, marcada por el tabaquismo, el alcohol y los vaivenes anímicos. En el texto se insertan fragmentos gráficos de códigos musicales que, según el propio autor, debían leerse literariamente, como distintas formas de llamar a una presencia inexistente, y enfrentando así dos códigos distintos al lector.

También encontramos abundantes notas religiosas, pues el rito exige de una dedicación absoluta, mística. El señor Villaranda es un poder en la sombra: despliega una teología que somete a todos los personajes, y también al lector. Unos y otros acabamos la novela moralmente agotados. Pero también le ocurrió algo parecido a su autor: Juan Vicente Melo tardó dieciséis años en volver a publicar, un silencio contundente y en cierta manera inevitable, como lo que en esta novela se cuenta.

En resumen, La obediencia nocturna es una novela metafísica, dominada por la noche, la ebriedad como vía al conocimiento, y la perdición a la que conducen la falta de certezas. Solo la infancia parece un lugar donde merezca la pena vivir. El mundo adulto está gobernado por planes que trascienden a los personajes, planes dictados por otros y que dominan y ahogan sus vidas. La lucha por dotar de significado al tiempo está contada en un lenguaje austero, con elementos circulares, donde cada personaje se perfile como él mismo y también como los demás. Un lenguaje moteado con referencias musicales y religiosas, y en el que brillan momentos de gran belleza poética: son instantes fugaces, que parecen no buscados en un texto donde el sueño es siempre pesadilla.

Sirva un ejemplo de esta altura poética como punto final de la recomendación, y como invitación o punto de partida para la búsqueda y lectura de esta obra maestra. Una obra que por su exigencia lectora y su amplitud interpretativa ha quedado relegada al goce de un círculo minoritario.

«Cuando entro en el cementerio suena una campana. Me detengo, sorprendido. Un ataúd avanza lentamente seguido por cuatro mujeres viejas. Sus rostros ajados están cubiertos por afeites que resbalan con el sudor. Caminan con pasitos tambaleantes, sosteniéndose unas a otras. De trecho en trecho, se detienen, respiran profundamente, se arreglan los sombreros, el cabello grisáceo, las mechas que caen o se revuelven, las faldas. Luego, dan una carrerita y siguen al ataúd. Sus gemidos, sus voces se confunden con el lamento de la campana. Empiezo a llorar. Veo cómo se detienen, al fin, sofocadas por el calor y el esfuerzo. Veo cómo desciende el cajón negro. Las veo, inclinadas, arrojando flores marchitas, fotografías, reliquias, en el agujero. Tratan de contener los sollozos. Se ha ido -dicen en coro-, se ha ido y nos ha dejado solas. ¿Quién de nosotras nos abandonará primero? Eso nos preguntamos todos los días después de persignarnos, desde hace ya no sabemos cuántos años. Se murió primero ella, la más olvidada del mundo. Las mujeres regresan después de echar la última mirada a la tierra que se amontona tontamente. No tuve tiempo de esconderme y las mujeres me han visto que estoy llorando. Era una gran artista -eso dicen, en coro-, la mejor artista del mundo. Pero ya nadie se acuerda de ella. Rece usted por ella. Rece usted por la salvación de su alma. Solicite usted el eterno descanso de ella. Yo, siento una gran vergüenza.

No, no es ésta. La tumba blanca de tu madre virgen se halla en otra ciudad cuyo nombre te parece extraño. Tampoco está aquí la tumba de tu tío por la sencilla razón de que él morirá tres años más tarde. Eso, al menos, anunció la Presencia. «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». Solo el murmullo de las oraciones interrumpe el silencio tranquilo. Los cipreses se balancean lentamente. Por primera vez, comprendo que el silencio, los cipreses, las tumbas, son otra cosa y, por tanto, lo único que me pertenece. ¿Una de estas tumbas es la de mi madre? ¿O la de mi padre, el que desapareció, el que decidió ser un nómada, el que se fue -acaso- en busca de la honra, el que quiso fundar otro hogar, el que se fue -acaso- para vivir, todavía vivo, pensando en fundar la ciudad que solo podrá edificarse con su palabra, con la única palabra por él inventada, él, todavía vivo, bautizado con el nombre de Abel, oculto bajo otro nombre? Padre Nuestro. Tu ataúd pasa frente a mí. Nos hemos perdido. Hoy, esta tarde, te encuentro, te reconozco. Estoy suponiendo que te quería, padre, tú, desconocido, quiero decirte que soy tu hijo, para que así, padre, tú sepas que fuiste mi padre, padre, yo, el siempre fiel, el único capaz por tanto de traicionarte.

Ya no quiero preguntarme qué hago aquí, a esta hora. Voy al sitio en que acaban de enterrar a esa mujer cuyo cortejo formaban las cuatro o cinco mujeres disfrazadas. Murmuro, tontamente: «Ruego por la salvación de tu alma».

A lo lejos apareces. «Beatriz», me digo, tratando de aplacar el golpeteo del corazón. Pero no: es Graciela, que camina con pasos lentos, tan lentos que parece no avanzar porque estoy en el presente. No es hoy o mañana: tampoco sueño ni soy víctima del recuerdo. Es de día. El sol no se ha oscurecido. Palpo ávidamente todo mi cuerpo. Permito que el aire inunde mis pulmones hasta que me duelan de tanto tragarlo. Graciela avanza. Reto al sol: a ver quién cierra primero los ojos, a ver quién es más fuerte. Graciela avanza y eso quiere decir que estoy en el presente, en el primer día, que ella va a invitarme a una fiesta, que todo está en orden y en su sitio. Al fin, ya está a mi lado y toma una de mis manos. Caminamos en silencio. Graciela es otra. No podría precisar exactamente en qué consiste la diferencia. Adivina mis pensamientos y sonríe, apenas. «Sí, he envejecido». Luego, me mira con ojos bondadosos. «Tú también», murmura. «Tú también ya no eres el mismo»».

Esta reseña fue escrita para la web del Buscalibros. Pocas obras tan complejas, pocas lecturas tan dolorosas y tan placenteras. La obediencia nocturna es una hoguera. Una luz que persigue una revelación. El conocimiento de uno mismo. Un proceso del que no importa su resultado. Pasar unas páginas dentro de ese jardín secreto, rodeado de perros-tigre, y soñar que uno sigue dentro de la infancia, justifican de sobra el camino. Estamos ante una de las mejores novelas mejicanas del siglo XX, pero la altura de esta hoguera es poco conocida. Abrir las páginas, prender la luz, quemaros con su llama.

Los amantes de Todos los Santos

Los amantes no están hechos para meditar sobre las consecuencias de sus propios actos. Con esta reflexión se activan las cinco historias que dan forma a Los amantes de Todos los Santos, del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Ambientadas dentro de la neblina de las Ardenas belgas, o recorriendo la noche por carreteras desde París hacia el mar, los protagonistas de estas cinco historias transitan dentro de esa misma reflexión, y la obra funciona pues como un conjunto.

Dice el autor que la epifanía de cada historia está en el momento en que el hombre descubre algo esencial sobre sí mismo. Los protagonistas de estos cuentos son personas maduras, sometidas a la tiranía de sus propias costumbres, y que de golpe abren una ventana, y quieren huir: es esa epifanía de la que habla el autor. La separación de lo establecido brilla en el horizonte, como un signo de interrogación, y responder a esa pregunta puede llegar a herir tanto como la rutina.

Cada uno de los cuentos es una averiguación de por qué se quiere abrir esa ventana; de lo difícil que es el arco que une el pasado y el presente, y de cómo en el tránsito se pierden las motivaciones, especialmente la de amar. Una pérdida que a veces viene por una cuestión de sospecha, como en El inquilino, pequeña obra maestra de un nivel poético mayúsculo, y donde la definición de los celos, ese paraíso del que el propio amante va a desterrarse, está llena de inteligencia y verosimilitud.

En otras ocasiones la epifanía es una bomba de tiempo dentro del protagonista: una angustiosa contrarreloj que le hace abrir la ventana y correr hacia la calle, pues hay que ordenar los sentimientos antes de que sea demasiado tarde. En el café de la République es un relato exigente para el lector, que ve a su protagonista disminuyendo al ritmo de esa cuenta atrás, enfrentado al desorden del orden minúsculo de su vida y la sombra final. La definición de la ansiedad se contagia a las manos que sostienen el libro, y la escritura es un ejercicio maravilloso de funambulismo.

Pero es posiblemente Los amantes de Todos los Santos, relato que también da nombre a la obra, donde la escritura de Vásquez alcanza una mayor sutileza. Su protagonista, cómo no, abre esa ventana a la rutina, y se pregunta: ¿en qué momento había llegado este fracaso? ¿Qué palabras usaría para clausurar las posibilidades? Relato que es un ejercicio de mímesis: todos los elementos están controlados por su autor, dirigidos a un sorprendente final. El manejo del tiempo es clave y, como un soplido de sal, sobre el tiempo se dosifican las gotitas de información.

Dice el autor que la novela ocupa un espacio cada vez más reducido en la vida contemporánea, y se desconfía de la ficción. De ahí ese torpe reclamo publicitario del basado en hechos reales. La ficción de estos cinco cuentos es, sin embargo, plenamente verosímil, hasta el punto que sus historias se guardan y despliegan luego en el lector, y siguen con él, con la certeza notarial de hechos que han ocurrido. Porque están escritos con elegancia, misterio y una calidad que, ¡menos mal!, no es la habitual de estos días.

Y si la mejor reseña literaria es aquella que hace testimonio de una buena lectura, ojalá haya invocado las palabras adecuadas para, haciendo de médium, contagiar el placer de esta obra. Cinco relatos que hacen abrir cinco ventanas, que miran al pasado y buscan dónde quedó el empuje del amor, que analizan los efectos de su ausencia, y sus alternativas. Relatos escritos con inteligencia y donde se no juega con las emociones del lector, porque el lector está frente a esas mismas grandes preguntas que acechan a los personajes.

 NOTA: Por alguna desconocida razón existe otra versión de este mismo libro, también de Alfaguara, y que incluye dos relatos más. En la edición reseñada aquí, del año 2001, solo se incluyen cinco relatos. Es la única edición y volumen de la que dispone la biblioteca municipal de Madrid, y por lo tanto no he podido leer ni valorar los dos cuentos adicionales.

SEGUNDA NOTA: Como viene ya ocurriendo, mientras dedico el tiempo a perderlo, es decir, a continuar con la novela y otros quehaceres más rutinarios, y descuidando por lo tanto mi querido blog, aprovecho para reflejar en este cuaderno lo ya escrito en otro,  www.elbuscalibros.com, y evitar así que las hordas de seguidores os mordáis demasiado las uñas.

La vida escrita en Trieste

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Trieste podía haber sido yugoslava, pero Italia alargó el brazo y, con la punta de los dedos, la hizo suya. Dibujó en el suelo una frontera, y en su extremo emplazó la ciudad, casi como un punto final. En las ciudades de frontera, y Trieste es una ciudad de frontera, hay noches en las que suenan las bisagras: la realidad se fuga por las calles, y de golpe tras una esquina hay una nueva lengua. Llamas por teléfono para avisar de esa transformación, pero tu operador telefónico también ha cambiado, y no reconoce tu existencia. Vuelves sobre tus pasos, y en la plaza Unidad te alivia regresar a la realidad perdida.

Cada mañana en Trieste la luz del Adriático sube del mar, toca el cielo, rebota, se cuela por las ventanas, entibia los pupitres, sobre ellos un mapa político, y sobre el mapa los ojos atentos de un niño: es clase de geografía y nadie bosteza, pues sus padres les han enseñado la trascendencia de los fronteras. Padres que saben que cada vida es una sucesión de pérdidas, que es algo así como traspasar fronteras.

Las fronteras se dibujan con línea continua, pero no es el caso de la de Trieste, donde la frontera es una sucesión alternada de segmentos y puntos. Por ese perímetro agujereado entra y sale la vida. La de los escritores que en alud abrieron sus cuadernos en Trieste: Stendhal, Italo Svevo, Rilke, Claudio Magris, Freud, Henry James. La de los imperios que, atraídos por su localización, fueron llegando y sustituyéndose: los austrohúngaros, que hicieron de la ciudad el puerto de los Habsburgo; los italianos tras el final de la Primera Guerra Mundial y hasta 1943 cuando, derrumbado el régimen fascista, fueron desplazados por los alemanes; nuevamente Italia tras el final de la contienda, pero con el territorio dividido en dos, otra frontera más para ser aprendida, niños, una zona controlada por británicos y americanos, otra de autoridad yugoslava.

En esa línea discontinua que es Trieste al tiempo lo corta la obstinación del viento: el viento bora baja de las montañas durante el invierno, se precipita ladera abajo por las gradas abruptas, invade la ciudad y comba la forma de sus calles vacías, y es que sus habitantes lo escuchan pasar en el sofá, viendo los informativos de televisión. A veces lo más próximo, para separarse uno de ello, es mejor vivirlo reflejado.

Cuando el viento lo permite, los lectores de la ciudad salimos a caminar por la ciudad. Lo hacemos gracias a Jan Morris, un soldado galés destinado en la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. A semejanza de Trieste, Jan Morris también tiene una identidad discontinua, pues cambió de sexo años después de vivir en la ciudad. Así que en su obra, también llamada como la ciudad, su autor habla desde la voz de una mujer que recuerda el hombre que fue allí, y que ya no existe.

Paseando junto a Jan nos vamos deteniendo en el castillo de Miramar, memoria del pasado austrohúngaro, visitamos el interior de un campo de exterminio alemán, el único en territorio italiano. Conversamos con los habitantes de la ciudad, pero sobre todo con nosotros mismos, reflexionando sobre el patriotismo y el paso del tiempo, sobre el amor y el sexo, sobre el auge y caída de los imperios. En cada lugar de Trieste nos topamos con una imagen que, a modo de metáfora, redobla la exactitud de nuestros pensamientos: las fachadas son pantallas de la mente. Parece que las ideas y la ciudad juegan al escondite: se dan distancia, se escapan, se buscan, se encuentran, se vuelven a escapar.

Estatuas y cafés y rincones nos recuerdan el importante pasado literario de esta ciudad: Trieste es el plató cinematográfico de un libro abierto. Dice Muñoz Molina de Trieste que lo más sorprendente de las ciudades de la literatura es que a veces también existen en la realidad. Nunca he estado en Trieste, pero el viaje fluido y melancólico de esta obra hace sentir que uno ya ha estado allí, y que el viaje, que es lectura, ha merecido la pena.

Esta reseña al libro Trieste and the meaning of nowhere, de Jan Morris, fue publicada en la web http://www.el-buscalibros.com/ donde colaboro mensualmente. Os recomiendo lo visitéis.

El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa

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Los libros destinados a convertirse en recuerdo llegan así, por accidente, casi sin quererlo. Me había levantado en el hotel AC de Lisboa, me había afeitado y duchado y cerrado la puerta a mi espalda, y en la mesilla de noche siempre mi libro de El corazón en las tinieblas. Llegué a la terminal del aeropuerto de Lisboa, tan próxima a la ciudad, y solo tras cruzar la niebla de un café mi mente advirtió la ausencia del libro.

Recordé las últimas líneas leídas, últimas en todo el sentido del término. Marlow, agotado de remontar el río Congo, acababa de conocer a Kurtz, un personaje que trafica exitosamente con marfil y del que se adivina ya un perfil siniestro. Alguien también traficó con mi libro, pues llamé al hotel y no había rastro del mismo. Si lo encontramos le llamaremos, y la mentira puso fin a la conversación. Miré las pantallas de embarque e imaginé quién continuaría leyendo donde yo ya no podía seguir.

La ausencia de lectura me hizo a echar un vistazo a la librería del aeropuerto de Lisboa. La literatura de aeropuerto suele constar de obras menores, prescindibles, como si a once mil metros de altura la mente no pidiera demasiadas complicaciones, ¡y cuál fue entonces mi sorpresa al ver la calidad de los libros que allí se vendían!. Activada por la cafeína, la mirada hizo un rápido zigzag hasta frenarse en un lomo plateado, y escrito sobre el mismo The book of disquiet (traducción al inglés del original Livro do desassossego). Su autor, Fernando Pessoa.

Libro que había llegado hasta mí como un accidente, pero cuya existencia también era fortuita: Fernando Pessoa, bajo el heterónimo (otro más) de Bernardo Soares, dejó una colección desordenada de miles de fragmentos en el interior de un baúl. Fragmentos sobre la vida, la filosofía, la literatura, la soledad. Nunca pensó en la existencia de su libro, tal vez porque sabía de la imposibilidad de ordenar todos esos trocitos en la lógica de un puzle.

Esos trocitos poéticos formaron una nube estable de electrones porque alguien, también por accidente, los descubrió y logró unir en un átomo de lectura. Un átomo mínimo (el pensamiento hecho aforismos) y que emite una energía inversamente proporcional a su tamaño. Un átomo mínimo y además oscuro: para leerlo, y así poder observarlo, la vista debe abrirse en silencio, sin prisas, parpadear de inteligencia y, al final, con gozo, comprender.

Fue la propia exigencia de Pessoa la que ensanchó sin pausa ese baúl. Decía su autor: “me sorprende terminar algo. Me sorprende y angustia. Mi perfeccionismo me impide acabar cualquier texto (…). Texto que inicio porque no tengo la fortaleza de pensar. Texto que termino porque no tengo la voluntad de abandonar. Este libro es mi cobardía”. De ese perfeccionismo soñado la realidad de este volumen, páginas enlazadas donde la angustia se escapa y confirma el título del libro, un libro que no se acaba nunca porque nunca es el mismo: ni el libro ni nosotros.

Libro nocturno, de lecturas sucesivas, de llevarlo en la mochila o en el pantalón o tenerlo en la mesilla de noche o en el baño (ese lugar de lectura sin renombre). Libro que nunca tendrá una edición definitiva (el baúl se puede vaciar en infinitas posibilidades), libro deconstruido antes de que llegara Adrià, libro reconocido entre las mejores y más hermosas obras del siglo XX (en el mundo abundan los insomnes y los artistas), libro para los insomnes que escuchan los sueños de los demás.

P.D. El día que escribí esta crónica para El buscalibros (www.elbuscalibros.com) era un 15 de julio y se cumplían diez años de la muerte de Bolaño. La constancia trágica de las efemérides certifica la vida de uno, el alivio de la existencia, pero también el balance cada vez más frágil con el que ya no está: los años solo cuentan ya en una dirección. Diez años de mi vida y diez años sin Bolaño, aunque él nació en 1953, así que podemos pensar en veinticinco años anteriores sin mí. Me pregunté entonces qué se había perdido Bolaño en este decenio. Levanté la vista: en las noticias sin volumen una camioneta de la Guardia Civil entraba en un juzgado. Qué se ha perdido Bolaño, pensé, y solo me venían personas y hechos que nada tienen que ver con lo bueno de la vida. Quería cerrar la crónica y se me cruzó la idea rara de que Bolaño seguía vivo. Que disfrutaba de una de sus muchas ausencias infantiles, de sus escapadas literarias, de un largo viaje de Chile a México y de México a su casa en Blanes. Hoy que redacto y corrijo esta crónica descubro que Bolaño no se ha perdido nada en estos diez años, sino más bien todo lo contrario: somos nosotros quienes le hemos perdido a él.

Libro del desasosiego, Fernando Pessoa, editorial Acantilado; traducción de Richard Zenith. 608 páginas. 27 euros.

El faro de Santa Marta y la memoria

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– ¡Parecemos gitanos, bañándonos debajo del puente! -dice Lala desde su silla de tela.

A intervalos, la marea del Atlántico arruga sus pies.

Los gritos infantiles retumban contra la panza del puente. Cruzo su sombra caminando por el agua y luego de nuevo el sol inmenso, sus rayos sobre mis brazos y las palmeras de la orilla que, nadando ahora a crowl, parecen estar tumbadas.

Un grupo de niños sin padres saltan desde las piedras y empujan olitas hacia mí.

Soy un barco dejando el puerto, Lala a mi espalda, a la sombra, hundida en la arena de la playa de Santa Catarina, soy un barco accionado por brazadas, y ya a mi derecha el faro de Santa Marta, una pequeña torre pintada a franjas azules, y en lo alto una luz roja diminuta, como de burdel en decadencia, una luz que no parpadea y que parece no tanto alejar el peligro como atraerlo, una señal para acercarse al misterio de su débil luz melancólica.

Me subo con esfuerzo a una piedra, chapoteo las piernas y, con los brazos, me anudo las rodillas. Desde allí veo el puente, cruzado por el tráfico indiferente que va y viene de Cascais. Bajo su sombra Lala es un puntito difuso, una mancha de un cuadro impresionista.

– Qué suerte tienen los gitanos -pienso al advertir la belleza sencilla del lugar.

Si la mirada retrocediera en el tiempo vería sobre el puente la algarabía de un equipo de rodaje. Atraído por la multitud habría nadado de vuelta a la playa, cruzado el abanico de arena, pisado el ardiente asfalto, y bajo el tamiz de grandes paragüas blancos Marcello Mastroianni; habría preguntado qué película estaban rodando y me hubieran respondido aléjate niño, que estamos grabando, y en las claquetas habría leído Sostiene Pereira en letras mayúsculas.

También el tiempo, pero desenrollado hacia delante, me hubiera informado de que el faro se convertiría en museo, que yo volvería a cruzar el mismo puente aunque nunca de nuevo bajaría a la playa, que en su arena la silla de Lala iba a quedar vacía, y que la misma razón que nos llevó a Lala y a mí hasta ese lugar también acabaría, o más bien cambiaría de forma, que es como los afectos avanzan por la vida.

Tiempo futuro que vería el alumbramiento de Internet, y en una microscópica parte de su red un blog, y dentro de él un texto mío, nada nuevo que escribiera porque ya entonces lo hacía, apuntando en un cuaderno ideas ajenas, porque en la roca junto al faro tenía diecisiete años y no es que quisiera ser escritor, ¡es que ya era escritor, y los escritores van con un cuaderno por la vida!, y en ese blog futuro aportaría una crónica, la recomendación de un libro del mismo autor que Sostiene Pereira.

Un escritor y un libro y una película y un actor y un blog que yo ahora desconocía, pero que me estaban aguardando, compartiendo ya conmigo la fascinación por esa bella luz encantada del faro de Santa Marta.

http://www.el-buscalibros.com/2013/05/antonio-tabucchi-la-cabeza-perdida-de.html