Cacahuetes para Midnite

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Existe en inglés un modismo que dice: «sell it for a song». Significa vender algo por una suma de dinero escasa. He leído esta expresión en Moll Flanders de Daniel Defoe. Moll Flanders reside en Londres cuando inicia su cadena de hurtos. Cada robo hace olvidar al anterior. Cada robo endurece su corazón. Poco importa el valor de los objetos robados, porque siempre tienen que malvenderse. O como ella misma dice, «thieves are fain (glad) to sell it for a song».

Luego he saltado de idea y he recordado la historia del origen de la copa músico. Según me transmitieron oralmente, en el calor de las cervezas de un bar, este postre viene de la época de Mozart, y de ahí que también se la llame copa Mozart. Entonces los músicos tenían el mismo régimen laboral que la gente de servicio. Antes o después de las actuaciones comían en los sótanos de los palacios. Dado que con frecuencia no se les pagaba por su trabajo, se les compensaba al menos en especie. Y la especie era un plato de frutos secos, alimento no excesivamente caro pero muy calórico. De ahí viene, al parecer, el origen de este postre. No he podido encontrar en la red información al respecto, así que es muy probable que lo que me contaron sea cierto.

Si unimos el modismo y la copa Mozart, malvender una canción y mendigar unos cacahuetes por ser escuchado, se puede entender el placer inmenso de volver a casa un viernes por la noche, y en el bolsillo sesenta euros. Sabiendo además que ese dinero viene, magia, de la música. Es decir, de un grupo de amigos que han venido a escucharnos y que ya lo han hecho en ocasiones anteriores, así que parece cierto que les gustan las canciones de verdad, les ata una fuerte amistad con el grupo, o ambas cosas.

Hacer música, como cualquier actividad artística, tiene algo de suicidio. Nadie piensa en tocar un instrumento por dinero. Rasgar un acorde, escribir un poema, abocetar un cuadro. Acciones que no encajan en la vida de las aceras y los móviles, donde todo debe ser breve, donde todo tener un efecto inmediato, como inmediato es su olvido. Para lograr que los dedos se ubiquen sobre los trastes, y que la mano contraria dibuje un sol, uno debe robarse a sí mismo de otros intereses más urgentes, y por lo tanto menos apasionantes. Porque al final lo que se admira es la persona que nos deslumbra con una canción, una historia o una imagen. En un mundo dominado por el monopolio de las pantallas, seguimos enamorados del que dibuja un rostro en una servilleta, del que coge una guitarra y canta, del que habla o escribe y en su voz o en su palabra relata.

Ese amor se traduce en tres billetes azules en el bolsillo, y en la cara la sonrisa tonta que se le cada a uno tras tocar en directo. Al bajar del escenario termina una historia. Los dos escalones son una barra de pentagrama. Como una película que se rebobina, se baja la escalera y acaba el concierto, la prueba sonido, el montaje de los instrumentos, su traslado al lugar de la actuación, su descarga y transporte y carga en el coche, los ensayos y el trabajo individual. Cada fotograma es una ilusión que empuja al siguiente. Si uno pensara en la música en términos económicos, rentabilidades en una rejilla de datos, no habría música, como tampoco posiblemente novelas o películas o gastronomía. Son actos todos que uno hace porque ama la vida más que a sí mismo. Lo cual no es sino una definición bastante exacta de la felicidad.

Así que con esos tres billetes azules y mucho hambre salgo de la Boca Club. Camino en dirección al coche, aparcado en la plaza de Santa Ana. Camino saboreando ya el kebab que voy a comerme cerca del teatro cuando, ay, el turco cerró. Miro el reloj: dos de la madrugada. Las calles son madrileños y turistas que beben o hacen cola para entrar en algún local. Les compadezco: el frío se aplasta en las calles estrechas como una venganza. Los taxis se abren paso entre la gente a ritmo de procesión, y en la acera me entregan ofertas de bares. Los desprecio con la felicidad de pensar que vuelvo a casa.

Esa película rebobinada de un concierto también avanza en presente. La tecla play, y el coche parado frente al bar del concierto, volver cargar los instrumentos, el olor a sudor, el vehículo como un bazar marroquí camino del local de ensayo, y luego vaciar todo el equipaje con el cansancio de un exilio. Por último el regreso a casa, y en el retrovisor la felicidad inmerecida de unos amigos que nos siguen, que nos escuchan, que hacen que esa actividad tan innecesaria que es hacer música se haga colectiva, y por lo tanto esencial. El milagro por el cual la idea musical que alumbró un flexo, una noche cualquiera de martes en Madrid, se comunica por fin a los demás con la certeza de un calambre.

A todos los que os conectasteis a Midnite esta noche de diciembre en Madrid, a todos los que nos escuchasteis en un formato nuevo, acústico, guardando además un silencio de iglesia, superando el frío que apretaba contra la puerta, y en un día que invitaba a dar un brinco a la ciudad, y huir fuera de ella, y también a Pablito por ser tan amables y sonar tan bien, a todos solo os podemos dar, ahora y siempre, las gracias. Nos hicisteis sentir que las canciones valían mucho más que un puñado de frutos secos.

Desmontando lo público (y Midnite viéndolo desde el aire)

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La naturaleza, bien observada, refleja toda una época. Que un hombre muera aplastado por una rama puede parecer un hecho fortuito. Si las ramas no dejan de caer y se pone a la luz los recortes en jardinería en Madrid, se aclara el suceso. Pero si en el mismo periódico se nos cuenta, unas páginas antes, que los directivos de un banco rescatado han gastado quince millones de euros con sus tarjetas de crédito, todo cobra un sentido único. De la tarjeta el gasto, y luego la crisis y el recorte y la rama y su caída y la muerte. A los que ponen luz sobre estas relaciones les llaman de múltiples formas: demagógicos, bolivarianos, izquierdosos, desencatados. Pero los árboles no entienden de ideologías, sino de estaciones.

En ese proceso de desmantelamiento de lo público solo nos damos cuenta de todo aquello que es necesario cuando ya no está. Advertimos entonces, y entonces es tarde, que en la ciudad no solo se deben talar los árboles, sino garantizar la seguridad de quienes por ella paseamos, asfaltar las calles, dotar de transporte público a los ciudadanos, proporcionar salud y educación. ¡De disfrutar no hablemos! Pero qué menos que pedir que el nieto tenga un parque donde jugar, y el abuelo una pensión justa. Que aún no estemos de acuerdo en la extensión universal y obligatoria de los derechos humanos habla muy mal de nuestra sociedad.

Todo lo anterior lo escribo y pienso porque hoy viernes tres de octubre, a las doce de la madrugada, sonó Midnite Special en Radio 5 de Radio Nacional de España. Siete pulgadas fue grabado en los estudios de la Casa de la Radio, en un programa que vuela gracias al entusiasmo inmerecida de Alma Navarro. La Casa de la Radio es un edificio de aspecto universitario, que como tantos edificios públicos hoy parece más bien una sede sindical. A los que gobiernan las antenas les preocupan más que los árboles: aquí sí hace falta una poda. Pero no sorprende tanto que este organismo quiera ser desmantelado, como la aceptación tibia de todos a una nueva privación. Cuando la realidad aprieta, todo parece superfluo. Y en la definición de ese todo el tsunami de la tijera no conoce límites.

Por eso que uno apaga el programa con la ilusión contagiada de Alma, otra ramita de un árbol que no quiere caer, que sigue agarrada a un tronco que ya pocos defienden. Su conducta es una prolongación de su nombre, un faro mientras se apagan las luces de aquellos lugares a los que uno accedía sin necesidad de tocar la cartera: espacios fuera del lucro como bibliotecas, salas de exposiciones, museos, fundaciones. Pero también lugares interiores, como la ruedecita del volumen de una radio, y en el baño el milagro de un concierto lejano sonando junto al champú. Programas distintos, sin más vocación que agitar el espíritu, y por lo tanto comercialmente insostenibles, que necesitan ser podados.

En un mundo gobernado por hojas Excel e informes de rentabilidad, la realidad es doblemente aburrida. En sus matrices de datos solo entran números, que además vienen de unos pocos, aunque luego sumen quince millones de euros. Desde sus edificios de cristal, como siluetas del Roto, se abrazan y exclaman: ¡podemos, claro que sí, podemos, pero del verbo podar! Y luego ríen subjuntivamente.

Puedes escuchar el programa de Siete Pulgadas en la siguiente dirección: http://www.rtve.es/alacarta/audios/7-pulgadas/7-pulgadas-midnite-special-03-10-14/2788200/.

Midnite Special

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La vida es la imposibilidad de lo que buscamos. De ahí que la vida se parezca tanto a los sueños. Hacer música en grupo tiene algo de imposible y algo de sueño, porque en la trastienda del sueño está la imposibilidad misma de dominar la música.

Hay un mundo entre lo que suena dentro de nuestras cabezas y la melodía que nos devuelve la vida. El misterio de un eco defectuoso. Cuando tocamos otras existencias, nuestros dedos son los médiums de ese misterio. Un misterio que recuerda el montaje defectuoso de una película, con las imágenes huyendo de las palabras, muertos que siguen hablando y diálogos sin voz.

En la música, para que labios y sonido se abracen, necesitamos de una presencia. Porque sin testigos la música se observa a sí misma, en silencio. El sonido, que es niebla, rodea a esa presencia, y sus ondas actúan como el médium de un sueño común. Un sueño real, imposiblemente real. Un sueño hecho de sonidos.

Sonidos y sueños. No es casualidad que suena y sueña tengan caligrafías vecinas. Las separa apenas una llamita tumbada: es el calor de una presencia.

El jueves 15 de mayo Midnite Special actúa en la sala Boîte de Madrid, presentando su EP Power Lines. Vuestra presencia es ese fuego necesario. Un eco que nos permita escucharnos, y alumbrar así un misterio compartido. Porque tan importante es tocar como escuchar. Abrazar como ser abrazado. Podéis comprar las entradas y conseguir información del evento en el siguiente enlace: http://www.bandeed.com/concierto/midnitespecialboitemayo14. ¡Os esperamos!

2013

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La alegría es continuidad: una flecha feliz que corta los calendarios, ahora el del 2013, un año que ha levantado la persiana a un mismo trabajo, a una misma soledad bajo las sábanas, a idénticos hábitos y opiniones. La costumbre puede ser tedio, pero también la sonrisa de un hábito bien escogido, y que además se perpetua. Esa es la alegría hoy: continuidad.

También es un hábito resumir los años en viajes y lecturas y teatro y música y películas, como si la cultura solo importara cuando se cambia de almanaque. ¿Cultura en el 2013? Cierro los ojos y veo a Standstill actuando en el Sonorama de Aranda de Duero, el Kindle devorando The Age of Wonder, Andres Neuman descubierto en los libros y en persona, el pentagrama sin final del auditorio, la novedad del Teatro Real, el aprendizaje eficaz aunque lento del francés. De viaje recuerdo mis pasos por la noche de París, una bicicleta en Versalles, el horizonte incansable de los Pirineos.

Incluso yo he sido semilla humilde de cultura: a través de este blog, al que agradezco vengan mis visitantes silenciosos (más del doble este año que el pasado, pero igual de callados), a través también del Buscalibros (www.elbuscalibros.com), un lugar de recomendaciones literarias que tiene aquí en Taganana su reflejo, y también cultura en la grabación de cuatro canciones a comienzos de año con Midnite Special.

Abro ahora los ojos y sonrío al gotelé amarillo en la pared. Si sonrío es porque detrás de esa rugosidad están la pureza idéntica de mis amigos, de mi familia y del grupo de música, que es una combinación de los anteriores. Han estado las mismas personas, y su repetición es una pulgar en alto. Se han juntado nuevas, como Pablo de la Orquesta Nacional o el mismo Neuman descubierto detrás de las palabras, pero que también es parte de esa satisfacción: a veces la amistad es la sola posibilidad de un abrazo.

Cerramos los años y hacemos inventario de alegrías, porque las penas dejan cicatriz y se bastan para recordarse. La sonrisa es el arco cóncavo de un funambulista, algo excepcional, frágil e inconsciente, en todo el sentido de este término. Pero la sonrisa es un paraíso real y ha sucedido durante el 2013, un número cuya trama empezó in medias res, cerrando el dolor a una abuela ajena, tan distinta de la amada, como si la muerte hubiera hecho un istmo dentro de la vida, un año que luego continuó con esa felicidad rara y perpetua que da el abrigo de la ficción, las realidades desdobladas, los sueños lúcidos, las historias que uno inventa y olvida, las películas en las que entras y el celuloide te eleva con la facilidad de una escalera mecánica, un año como un negativo de una vida no vivida, de besos al aire y lugares no compartidos y escenas de portal donde mi imagen está siempre en el espejo, pero qué inexacta la palabra negativo si sobre el mismo han brillado doce meses, y en su resumen la certeza de que esa ausencia ficticia me alegra y hace fuerte, me permite sonreír y mirar a la vida con más seguridad y asombro, porque sé que todo es un simulacro y porque nadie sabe realmente quién es, y esa desorientación de las vidas vacuna de la ceguera de las rutinas y de las vanidades hinchadas.

Que lo mejor pagado no es lo más importante lo sabemos todos. Que todos valores son relativos, porque incluso ninguno de nosotros es nadie, lo saben o quieren saber pocos, sobre todo cuando la cultura del goce se quiere imponer contra la certeza de la muerte. Y bien que conocen el relativismo los seres más sencillos, cada parte del orden natural y el orden natural dentro del ciclo de las estaciones. En ese microcosmos relativo habitan las hortalizas de mi huerto, otra de las novedades del año. Hortalizas que duermen el invierno bajo un sueño de plástico e imploran la llegada del nuevo año: para ellas el tiempo también significa crecimiento y felicidad. Qué parecida mi vida a la de las guisantes, tumbados alegres esperando también que alguien les cuide, les escuche, les agarre, cambiando de muda y proyectos en cada estación pero manteniendo siempre la misma esencia, esa nada esférica alegre y algo ingenua, ese yo que es una fachada móvil que avanza por decorados ajenos, que observa la vida que ocurre frente a ella y que al final siempre ríe para adentro, mira para afuera, y vuelve a sonreír, porque en ese reflejo de los demás también está, estoy, viviendo.