Gabriel García Márquez – Memoria de mis putas tristes

Santa Cruz de Tenerife

Creo que una de las razones por las que a mi abuela le encantaba García Márquez no eran tanto sus historias como una conexión casi inmediata de las mismas con su ciudad natal. Las novelas del colombiano podían transcurrir bajo las mismas palmeras o frente al mismo paisaje marino de Santa Cruz de Tenerife. Para mi abuela, lectora poco disciplinada, con facilidad para distraerse en el torbellino de sus cosas, y donde los demás eran siempre su prioridad, ese atajo al imaginario de Gabo era un alivio que multiplicaba el goce de la lectura. La ficción amorosa de García Márquez podía ocurrir en la primera esquina de la calle, bajando hacia la rambla, y ella leía para buscarla.

Esta explicación la pienso después de escribir para la web del Buscalibros la reseña de Memoria de mis putas tristes, y descubrir que todas las novelas anteriores de Gabo fueron leídas en Tenerife durante las vacaciones infinitas de la adolescencia; espacios sin límites donde se perdía el orden de los días, y en su interior los libros de mi abuela, unos libros que posiblemente nadie más ha leído después de nosotros. Ahora que el tiempo avanza sin ella, siempre sin ella, siento que en ese abrazo de lecturas me vuelve parcialmente; sé que nunca más podré leer una novela de García Márquez tras haberlo hecho Aye, allí en su casa de la montaña en Santa Cruz, ahora tan vacía y con el escenario de la trama donde apenas termina el jardín.

Aquí va el enlace pues al texto, aunque lo agrego de nuevo a este cuaderno, pues le he hecho algunas modificaciones:

http://www.el-buscalibros.com/2013/04/gabriel-garcia-marquez-memoria-de-mis.html

Los momentos decisivos de una vida suelen venir en silencio y con un golpe de novedad: un beso mudo en la escalera, un incendio de amor en la parte de atrás del coche, de puntillas por un pasillo para no ser descubierto en la huida del deseo. A veces se recuerdan hechos menores cuando coinciden con un acontecimiento exterior que, al existir, ya es historia: jugando al fútbol mientras cae el muro de Berlín, un cine de tarde y las Torres Gemelas derrumbándose. Unos y otros recuerdos se guardan en la memoria con una rotundidad notarial. El gesto silencioso de abrir un libro, un movimiento menor y repetido, tiene sin embargo la cualidad del recuerdo cuando se trata de García Márquez: un viaje sobre sueños y realidad, y del que uno vuelve temiendo que no va a leer nada mejor en lo que le falta de vida.

Sin saberlo uno y otro, la vida de García Márquez y la de mi abuela han estado enlazadas. El primero habita hoy con la tristeza tal vez de que ya nunca podrá volver a escribir, y negado repentinamente de un reconocimiento que será ya póstumo. La segunda con la certeza de que ya nunca más podrá leerle, ella que siempre disfrutó de sus novelas sentada en el fresco de la salita de estar, las piernas amplias cruzadas bajo el batín, con la persiana aliviando el calor de la tarde y en el jardín el abanico de flecos de la palmera, sus hojas agotadas también del sofoco y apoyadas sobre la cal blanca de la fachada, como buscando alivio. Todo el mundo de mi abuela sumergido en una tranquilidad de modorra: apenas los perros ladrando al Atlántico desde lo alto de la montaña y la sombra del día trepando por las baldosas negras, buscando el lugar donde el libro será cerrado y habrá que regar el jardín.

García Márquez escribía y a mi abuela llegaba luego el mensaje de su botella: sus libros en el escaparate de la librería Isla, en la calle Castillo de Santa Cruz, y luego un regalo navideño y ese libro subía la cuesta hasta la silla de mimbre de su jardín. Libros que yo también devoraba durante el verano en esa misma casa pero desde distintos lugares: la escalerita de caracol hacia la puerta de la cocina, la azotea al mar y su incómodo gotelé rascándome la espalda, tumbado bocarriba en la cama grande que fue la de mi madre de niña, con la ventana de madera abierta y el fantasma de la cortina entrando y saliendo del quicio, como un columpio. Acabada la lectura agradecía a Gabo el hacernos tan felices a mi abuela y a mí con su prosa tan real, periodística, y al mismo tiempo tan mentirosa, tan llena de fantasía, su atención hacia los detalles de los sentidos, su brevedad en la escritura: ninguna línea superflua, ninguna tendencia expansiva ni concesión de estilo.

Pero en Memoria de mis putas tristes el proceso tuvo que ser distinto. Nadie recogió el libro en las aguas de Tenerife, y ha sido la primera y última novela de Gabo que he leído tomándola en préstamo, sorprendido un poco al ver que fue publicada en 2004 (¡hace casi diez años!), y constatando así el doloroso calendario de la enfermedad que sufrió mi abuela. Preparé mi casa para disfrutar de su lectura, sabiendo que las buenas historias del Nobel suelen apearte de la realidad, y que este libro lo iba a leer para mi abuela y para mí. Tumbado en el sofá abrí la puerta a la historia y estaba caminando ya en su interior cuando de golpe una página en blanco, y una más y otra más y así el resto: ¡un error de imprenta! ¿Cómo no me había dado cuenta al coger el libro? Miré la hoja de seguimiento de préstamos, con multitud de sellos con distintas fechas y colores: ¡no había sido el único ingenuo!

De golpe la tarde se había quedado suspendida, sin plan alguno. Abrí la ventana para que corriera algo de aire y, en lugar de la estación de Chamartín, encontré que el horizonte lo dominaba un río grande, de anchura rusa. Extrañado, decidí vestirme y salir a la calle, donde el calor se multiplicaba en gotas húmedas que aparecían sobre las frentes quebradas y en discos bajo las axilas. De camino hacia la biblioteca advertí que Mateo Inurria era una calle amplia, de arenas calientes, y en cuyas fachadas se arracimaban parrandas de viernes. Con el corazón desbocado comencé a correr cuesta arriba, con la seguridad de conocer bien el itinerario, hasta la tienda de Rosa Cabarcas. No había nadie en la recepción, así que crucé el patio y, bajo una techumbre, me encontré con Gabo. Le miré de arriba a abajo, sin discreción, tratando de averiguar en qué lugar de su cuerpo residía el talento.

– Supongo que sabes por qué he venido. Las páginas de tu último libro me llevaron hasta aquí, y aquí me han detenido, en el interior de este burdel.

– Así es -y me extrañó pensar que García Márquez hablaba, cuando sus libros eran una narración sin diálogos. Se abotonaba parsimoniosamente una guayabera, mientras a su lado yo recupera el resuello de la carrera. ¿Y qué esperas encontrar aquí?

– Te esperaba encontrar a ti. Darte las gracias. Por todos tus libros. De parte mía. También de mi abuela. Y egoístamente esperaba saber cómo continuaba la historia. Mi ejemplar es ahora una página en blanco -concluí de hablar con el ánimo más resuelto.

– La historia la tenías ya escrita en el libro. Solo tenías que seguir leyendo. Vivir la ficción desde sus páginas. Pensabas en el vacío de tu abuela, y al libro se le han caído las letras.

– ¿No es real entonces nuestra conversación? ¿Es solo ficción? -le pregunté desconcertado.

– ¿Realidad, ficción? ¿Importan algo esos límites? ¿Por qué no mezclarlos? ¿Acaso existen en la Tierra fronteras entre lo que es cierto y lo que no? ¿Y son relevantes en un libro?

– Ahora que lo dices –le respondí – al principio pensaba que la masacre de las bananeras fue una creación tuya. Y que tu relato periodístico Caracas sin agua una invención. Luego descubrí que estaba equivocado. Era justamente lo contrario.

– ¿Y cambió ello algo? -me miró a los ojos y me sostuvo el brazo, como si fuera a decirme algo importante-. Todas nuestras vidas están llenas de elementos fantásticos: sentimientos que predicen realidades. Gente que nace y muere por la sola acción del recuerdo, como tú lo haces ahora con tu abuela. Y ese mundo onírico y real se mezcla con otro terrenal, formado por autobuses repletos de gente o colas para pagar impuestos. La literatura tiene la magia de juntarlos: solo la literatura.

De nuevo en la calle me golpeó el calor seco de Madrid. Al fondo de la ciudad, como desde la trastienda de un sueño, me llegó la megafonía familiar de la estación de Chamartín. Aliviado comencé a caminar y el libro se fue escribiendo solo, sin necesidad de ninguna intervención. Las letras habían vuelto y la narración avanzaba con esa naturalidad de las historias orales, recién ocurridas y repetidas con detalles minuciosos; a cada párrafo se iban creando las líneas donde antes había papel vacío, y mi ánimo se fue deleitando sin pausa, como un big bang de los sentidos. Había conocido inesperadamente a Gabo y brotado de ese modo el fogonazo de sus últimas líneas, las de Memorias de mis putas tristes, una historia de amor contada con maestría, por encima de la realidad y también de la ficción, y cuya lectura me dejó en el estado feliz de haber vivido dentro de una obra maestra.

Can Bassalis, unas estanterías y la crisis inmobiliaria

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Sin saberlo hasta hoy resulta que en la primavera del año 2006 profeticé la crisis inmobiliaria. El hallazgo de mí mismo lo contenían unas palabras escritas (ya casi inscritas por el tiempo transcurrido) en el envés de la publicidad de un restaurante de la Costa Brava, en una caligrafía que hoy no me parece la mía. Hallazgo que no tenía más virtud que la de haber abierto los oídos durante un desayuno, una escucha atenta y apuntarlo todo luego, mi letra torcida chocando contra las opciones de segundo plato del restaurante. Han pasado casi diez años sobre esa caligrafía y tan real es lo escrito en los márgenes del menú como también debieron serlo su cuerpo central, el 1/2 llobregant i peix de la costa a la brasa o el pollastre de pagès i escamarlans o gambes (yo hubiera elegido el pollo). Dicen que las profecías tienen como destino ser olvidadas, pero este caso se salvó y aquí vienen sus datos.

Cuatro de la tarde del domingo, casa de mis padres, recién terminada la comida y tumbado en la que fue siempre mi cama. Mi mente pesada, liberada poco a poco de las obligaciones familiares; al rato ya estoy erguido, abro la mochila y meto algunos métodos sobre piano y bajo eléctrico. Entre gruesos manuales, y como tragada en el interior de una falla, encuentro una carpeta de plástico: en su interior apuntes de clases de guitarra, precios para depilación láser y finalmente el menú del restaurante Can Joan, en Sant Feliu de Boada. Mientras me pregunto por qué guardé esa publicidad giro el folleto y en la página trasera encuentro algunos apuntes míos, ideas para cuentos que nunca han llegado a escribirse y que posiblemente seguirán sin serlo. Uno de los guiones, el superior dice: «historias Pamplonica». Ningún recuerdo de a qué me refería con ello.

A continuación: «sala transmisiones antena Pals. Guarda. Deseos. Construir». Ello tendría algo que ver con la voladura de las antenas de la playa de Pals, realizada en marzo del año 2006. Desde esas antenas el gobierno estadounidense enviaba su propaganda política al círculo de países comunistas, a través de la conocida como Radio Liberty. Según me contaron allí mismo, y a medida que escribo la memoria va refrescándose y brotando en palabras, la elección de Pals fue ya que las dunas y matorrales no obstaculizaban las emisiones, y el mar contribuía a multiplicar las ondas. Una de las muchas leyendas que circulaban sobre esas instalaciones era la de que a los trabajadores de Radio Liberty les daban una pastilla para borrarles la memoria cuando se jubilaran, y así no desvelar los secretos del lugar. Pastilla que tal vez también yo tomé, pues no logro recordar ahora la historia que buscaba contar.

El tercer guión dice: «latinoamericanos. Relación sexo-religión (choca con educación europea)». Palabras que no me traen siquiera el bosquejo de una historia. Por entonces salía con una chica brasileña, a la que había conocido en la Joy Eslava gracias a mi amigo Bruno. Pero aunque su recuerdo e incluso su nombre (no su cuerpo) se han ido diluyendo en el olvido, nunca me pareció que fuera religiosa, sino más bien cariñosa, dotada de un cuerpo atlético y en su interior un corazón dulce, pero también, al mismo tiempo que lo anterior, una conducta celosa, de ímpetu arrebatado y enfado fácil. ¿Por qué había escrito aquello de que choca con la educación europea la relación sexo-religión? Tal vez por algo que ahora se me revelaba: en ella el sexo era algo natural, divertido, muy lejos de los guisantes de Mendel que me enseñaron en el colegio como única vía de aprendizaje hacia la reproducción.

Y llegamos por último al cuarto guión, donde el recuerdo sí es sólido, porque viene de un diálogo al que presté toda mi atención. Lo apuntado dice: «crisis inmobiliaria. 180 días -> 30. Aceptación presupuestos, línea de descuento, cédulas de habitabilidad. Comunidades de socios en cooperativas. Riesgos de embargo. Chaval que se quiere comer el mundo». Palabras que vienen del hostal Can Bassalis, una casa blanca de precio moderado situada entre el pueblo de Pals y su playa, y donde me hospedaba para disfrutar de unos días de descanso. El dueño del hostal lo era también de una industria modesta de estanterías metálicas. Negocio este último que era un buen termómetro de la situación de la economía local, decía el dueño. Y la economía de la zona no era sino el turismo, o lo que es lo mismo, la construcción, recalcó luego mientras me servía el desayuno e iniciaba la breve historia que paso a narrar.

Un joven empresario había entrado recientemente en el negocio de las estanterías metálicas. Joven y osado, añadió. Quería comerse el mundo, así fueron sus palabras mientras me servía el café, y aceptó las condiciones feudales impuestas por las grandes constructoras para las que su pequeña empresa les daba servicio. Constructoras cuyos acrónimos a uno le recuerdan a directivos turbios de equipos de fútbol. Uno de los requisitos de esos acuerdos era entregar las estanterías a medida primero y luego, seis meses más tarde, cobrar por los trabajos. Ello obligaba al joven a pedir dinero al banco por adelantado, para a su vez poder pagar con él las nóminas de su plantilla y otros gastos. Es fácil hoy de ver que la tragedia estaba servida. La empresa grande quebró, dejó a sus proveedores sin pagar, y se llevó por delante la empresa de ese ilusionado joven, la cual, acuciada por las deudas, desapareció.

Todo aquel drama lo contaba mientras yo disfrutaba de un desayuno excelente, masticando una rebanada infinita de pan rústico frotada con tomate. El deleite me hacía sentir ligeramente culpable mientras el dueño, que estaba ahora sentado frente a mí, del otro lado de una mesa blanca, abría los brazos para señalar lo obvio de la historia y su moraleja. Brazos grandes pero breves que abarcaban el blanco andaluz de la fachada, el camino de gravilla hacia la piscina, el horizonte marino y un loro bilingüe y parlanchín. Llevo muchos años en esto: yo nunca quise aceptar condiciones de pago como aquellas. De haberlo hecho, ahora tal vez no estaba aquí. Tras lo cual se levantó de la mesa y le vi alejarse hacia su taller de estanterías, muy próximo a la sala donde me desayunaba. Al rato también salí yo al calor insoportable del mediodía, con esa alivio feliz de no haber sido yo el joven empresario.

En un tiempo reciente de la historia España era un surtidor de oportunidades. Negocios breves: apartamentos que eran apenas un plano y que se compraban y luego vendían con ganancia, sin haberse llegado aún a iniciar la construcción. Contenedores chinos importados entre varios amigos, y en su interior pulseritas amarillas que imitaban las de una marca conocida, y su beneficiosa venta luego en fiestas de pueblo. Todos a mi alrededor parecían jugar a la especulación de forma exitosa mientras yo les miraba con cara de pasmo. Las oportunidades parecían no presentarse en mi casa, y me descubrían siempre en movimiento hacia otros intereses, como cazado jugando al escondite inglés. Un tiempo reciente que término de forma súbita, sin gradación, y que por lo tanto ahora parece más lejano, como de otra era geológica, incluso como si no hubiera existido.

Las líneas recién descubiertas en un menú nunca fueron nada: las digirió el tiempo igual que el pollastre o el peix o los jugadores fugaces del escondite inglés. Como el viento que balancea el columpio sin niño, manteniendo así el último impulso infantil, esas líneas eran un vuelo de palabras, reemplazado luego por otro soplo con idéntica mala fortuna: palabras que nunca llegaron a ser sino esbozos de algo que también acabo olvidándose. Y pese a todo qué importantes fueron y son para cuando uno camina por la ciudad, con la cabeza pensando en las musarañas, creando ficciones contra el vértigo de lo que uno observa, inventando un lugar nuevo con otras reglas, donde la imaginación haga rotar de felicidad los pasos y las palabras muevan el columpio de un sueño infantil del cual, aún sin haberse hecho nunca realidad, uno no quiere nunca despertar.

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Por su precio, por su localización, por sus desayunos, por su loro, por su piscina, por sus habitaciones limpias, silenciosas, de una sencillez monacal, por la amabilidad de sus dueños, por todo ello el hostal Can Bassalis es un lugar magnífico para descansar, disfrutar de los pueblos medievales del interior de Girona y de los paisajes costeros de la Costa Brava. Si váis decidme si el loro sigue vivo. (http://www.hostalcanbassalis.com/ )

Inventario

Habitación del hostal

Cuando éramos pequeños mis padres decidieron que mis dos hermanas y yo

durmiéramos en la habitación al final del pasillo.

Piluca, la mayor, tenia miedo a la oscuridad y dejaba unas rendijas en la persiana

por la que se filtraba alisada la luz de una farola.

Cuando el semáforo de la esquina se abría al tráfico nocturno la luna de los coches

recogía la luz municipal y ésta acababa contra el techo de gotelé, y los vehículos

se sucedían en rectángulos fugaces que entraban por la ventana y escapaban rápidos

junto a la lámpara con forma de platillo volador.

 

Nos gustaba apostar cuántos fogonazos pasarían en cada turno cromático

y con los ojos abiertos contábamos los impulsos de luz,

y siempre reíamos a carcajadas, da igual quién ganara o perdiera, hasta

que una puerta rompía el placer de nuestro inventario: es hora de dormir.

 

Por eso esta noche de calor

cuando me dices que me mueva con más fuerza

no puedo concentrarme sino en contar los coches que pasan

detrás de ti, de tu cabeza en espiral, pintando de luz

el techo mohoso de este hostal:

ahí van dos, tres, cuatro,

sábanas prestadas y cacahuetes en el mueble minibar.

Cinco, seis y acaba la proyección.

Me molesta que derrames tu jugo de vainilla sobre mi cuello,

desplegando una pasión ajena, intensa, pero callo:

el semáforo se ha vuelto a abrir: es momento de contar.

Domingo 28 de agosto de 2011: más Beethoven y algo de Loreley

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La luz de la mañana inundaba el cuarto, como si alguien hubiera movido una cortina. Pero no había cortina, sino una claraboya en la parte alta de la pared. Me asomé a ella: frente a mí siempre el Rhin y su anchura de río ruso. Dos árboles acariciaban la fachada del hotel, derramando su alargada sombra contra unas tumbonas apiladas. Junto a ellas arrancaba un paseo arbolado que avanzaba apoyado a la orilla del Rhin, y por el que navegaban ya algunas barcazas madrugadoras dirección Bonn. En el otro lado de la orilla aparecía un fragmento de colina boscosa, bajo un cielo azul, limpio, pero que ya había descubierto en días anteriores que podía llenarse súbitamente de nubes. Sin tiempo para ducharme bajé a desayunar. El salón estaba lleno de jubilados alemanes que se movían lentamente de la zona de bufet a sus mesas. Observé sus manos temblorosas y en ellas platos de embutido, huevos revueltos y pan, el sonido blando de las sandalias con las que caminaban a pasos cortos, pisando sin ruido una moqueta roja. Todos allí parecían conocerse: se saludaban de una mesa a la otra cuando iban llegando al salón, ademanes ociosos y sonrisas despreocupadas. Seguramente estaban en un viaje organizado y ya llevaban varios días juntos. De pronto alguna mujer miraba la pantalla de su teléfono móvil, acercándola mucho a los ojos, pues seguramente tenía las gafas de cerca en la mesilla de noche de la habitación, y repetía en voz alta a su marido el mensaje, a modo de testimonio, y el marido acercaba la cabeza hacia la mujer en un ademán lento, vegetal, le costaba escuchar, el oído duro por la edad y también el ruido de platos y tazas sobre el techo alto del salón. Me pregunté cuál sería el contenido de ese mensaje. Posiblemente un texto del hijo que en ese momento está trabajando con frenesí en la ciudad, un mensaje escrito en tono desenfadado: ese hijo no quiere molestar a los padres con los pormenores domésticos de la existencia, con un matrimonio que tal vez no funciona o la inestabilidad de su trabajo; simplemente desea confirmar la felicidad de sus padres.

Dejé las maletas en el coche y di un paseo matutino por Boppard. Apoyado en una barandilla observé el Rhin, cuyas aguas habían servido de frontera al Imperio Romano desde mediados del siglo III. En el año 355 el emperador romano Julián logró detener momentáneamente las invasiones de los pueblos bárbaros, de origen germánico, y trató de asegurar esta zona del río a través de fortificaciones, como el castrum de Boppard, cuyas ruinas aproveché para visitar. Se trataba de una fortificación amurallada, vigilada en su día por veintiocho torres, y en cuyo espacio se habían hacinado hasta seiscientos soldados en barracones de madera. Apenas cincuenta años después de su construcción, alrededor del año 405, las tropas allí guarnecidas abandonarían el lugar para defender, inútilmente, Roma. Yo también abandoné las ruinas de ese lugar pero en dirección a Loreley, situado a unos veinte kilómetros hacia el sureste, y enclavado en el otro margen del río. En el coche la radio emitía la obertura Egmont de Beethoven. Recordé la pequeña decepción sufrida tiempo atrás, cuando concluí mi lectura de la correspondencia conservada del compositor. Con el error de las ideas preconcebidas, esperaba haber encontrado en su lectura ideas sobre su forma de trabajar, la raíz del talento, pistas sobre su inspiración. Beethoven, sin embargo, solía escribir porque necesitaba dinero, estaba mal de salud, o ambas cosas. Su lenguaje era suplicante pero hosco, lo cual sorprende más pues muchas de sus misivas tenían como destinatarios miembros de la nobleza austriaca, a quienes les debía mecenazgo, y para quienes los músicos no eran sino un siervo más. Beethoven pedía dinero ya que recibía exiguos ingresos mensuales, con los que apenas podía pagar el alquiler de la casa, el servicio y la educación de su sobrino Karl, de quien era su tutor legal, y a quien separó de su madre. Karl fue internado en un escuela privada y el compositor solicitó que no recibiera la visita de su madre e indicó además que, de ser necesaria mano dura en su educación, no dudaran sus tutores en aplicarla. Su vida se fue conduciendo hacia el caos económico, y el propio Rossini quedó asustado al ver las condiciones en que vivía el compositor.

Pero había un problema más, de orden personal: sus oídos. En un principio Beethoven ocultó los primeros síntomas de la sordera, por temor a perder la protección de algún noble y para proteger su carrera de intérprete, y esa reclusión social fue definitiva cuando igualmente lo fue su sordera. En una carta lamentaba lo lejos que hubiera llegado su obra si no hubiera sufrido la sordera más absoluta. Quién sabe si un Beethoven auditivo, y por lo tanto más social, hubiera logrado llevar una vida más placentera, construir una familia, pero sin embargo, y para lamento de quienes hoy le escuchamos, una labor compositiva menor. Me planteaba esas conjeturas mientras subía el coche a un ferry para cruzar al otro lado del río. Beethoven nunca se adaptó a las convenciones sociales de la nobleza. Quería dejar claro a todos que no había patrón por encima de él, y que jamás sería un simple súbdito palaciego. Tal vez su obra no hubiera sido distinta de haber podido escucharla pues, convencido de su talento, creó una soledad voluntaria donde desarrollarla, un mundo intramuros, y esa soledad, que es silencio, no entendía de reglas externas. Daba igual que pudiera escuchar o no la diligencia que cruzaba la calle: los sonidos sólo existían en su interior. Vivió en un mundo de silencio absoluto, desde donde crear otro mundo distinto, habitado por su música, pero ese escritorio inestable y silencioso que fue su vida fue también una búsqueda intencionada, necesaria: un cuarto sin exterior desde el que poder hablar. Buscó el silencio y lo encontró, pero le llegó también de forma involuntaria, por enfermedad, un silencio multiplicado y total del que no pudo escapar. Un viento levantó entonces unas hojas caídas en el suelo mientras abandona el ferry, y recordé el miedo de Beethoven a que sus partituras cayeran en manos enemigas y fueran copiadas, y el especial cuidado que siempre prestó en conocer quién tenía los manuscritos originales y las copias que de los mismos se pudieran realizar. Aunque muchas veces en vano, Beethoven intentó publicar sus obras. Y con la imprecisión que da el tiempo y la desmemoria recordé ahora que, durante muchos años, Beethoven desconoció su propia edad.

Conducía por una carretera empinada camino de Loreley y me iban llegando recuerdos desordenados de las cartas de Beethoven, mientras terminaba la obertura de Egmont y en la radio comenzaba ahora una grabación en directo del concierto de violín del mismo autor. Aparqué el coche en una explanada junto a varios autobuses, y al apagar la radio sentí volver a otra región del mundo, como si el movimiento lo hubiera producido no sólo el motor del coche, sino también los compases de Beethoven. Una gran frase del escritor Lobo Antunes resume perfectamente ese sentimiento cinemático de la música, en este caso referida a quien la interpreta, y dice así: «me asombraba que tocasen con los ojos cerrados, sacudiendo la cabeza en estado de éxtasis, y que, al acabar, regresasen despacio de regiones celestes, con las manitas suspendidas, pestañeando felicidades prolongadas, de vuelta a un mundo de sopas de espinacas, cajones combados y autobuses repletos que la ausencia de Chopin hacía inhabitable».

Loreley resultó ser un risco de pendiente hostil. En lo alto, a más de cien metros de altura, lo coronaba un mirador. Me acerqué entre codazos de turistas hasta la barandilla, y contemplé las caravanas alineadas en un camping en la orilla frontal. Una barcaza cruzaba en ese momento el Rhin, dejando estrías de agua a su paso, y seguí con la vista el suave oleaje hasta la orilla donde los veraneantes seguramente llevaban un rato despiertos, y ahora posiblemente estiraban las piernas con un café en la mano, y me observaban a mí, con un gorro de explorador algo ridículo bajo el que me protegía de un sol débil, los mismos pantalones cortos que ya había usado en días anteriores, la cámara compacta de fotos colgada del cinturón, y una pequeña sonrisa de tranquilidad dejando ver el aparato dental que pronto iba a ser retirado. Regresé al aparcamiento, desde donde varias señales indicaban el inicio de distintos senderos. Al poco de empezarlos comprobé que eran escarpados y había demasiada gente en ellos, así que, mucho antes de lo pensado, di por terminada la visita y regresé al coche. Sin saber dónde ir, pero huyendo a propósito de cualquier aglomeración urbana y humana, acabé conduciendo hacia el este a través de carreteras sin tráfico, entre pueblos que dejaba a la espalda en apenas un instante y que me transmitían un estado de triste belleza. Evitaba las carreteras principales y disfrutaba conduciendo lento y mirando el paisaje, con el placer extraño de la falta de un destino. Placer extraño pues no hay nada más terrible que la ausencia de fines en la existencia de uno. Todos somos un mar de dudas: las certidumbres suelen ser apaños frágiles, convenciones sociales que uno recite o las que uno se inscribe como quien agarra un madero en un naufragio, el naufragio precisamente en un mar de dudas. Conducir sin destino es algo metafórico, visualmente suena como algo poéticamente bello, pero su herida es profundamente real, y nada tiene de hermoso.

La desorientación vital me llegó en los años de universidad, cuando uno parece que adquiría las herramientas para definirse en la vida, un lugar en el mundo, el argot de un trabajo como elemento de identificación al mismo, pero también de diferenciación con el resto, y sin embargo todos esos conocimientos accediendo a una cabeza que de pronto parecía despertar al mundo, una madurez tímida y tal vez tardía, y en la que uno descubría asustado que el mundo estaba lleno de posibilidades e interrogantes, y que había que tomar decisiones donde ninguna alternativa parecía la correcta. Volvía de la universidad a mi casa en un tren de cercanías, con la noche recostada sobre las ciudades dormitorio, leyendo a los autores de la generación beat, sintiendo que atravesaba América subido a un Greyhound. En sus libros la carretera era siempre la protagonista principal, porque eran historias de huida, de cafés a medianoche, de autoestop en cunetas donde la oscuridad tragaba a los personajes, vagabundos sin perfil, osados de audacia y en busca de una existencia. Historias que me transmitían un profundo desasosiego, pues sus líneas me advertían ya de la desorientación de la edad adulta, las promesas sociales que cumplir a regañadientes, o de lo contrario un murmullo crítico incómodo a la espalda. El tiempo de la vida se abría con toda su amplitud cuando con dieciocho años esperaba la conexión de un tren en Atocha. El tiempo señalado en una esfera de la estación, y yo imaginándolo como un campo sin labrar, uno quieto frente a él, el sol alto en el cielo y mi cuerpo sin sombra, solo y con las herramientas para trabajarlo en el suelo, mientras el mundo dormía en otras ocupaciones, y la carretera hacia ningún lugar era una alternativa pálida, pues los caminos en cualquier lugar del mundo están siempre rodeados de un campo de trabajo o de una factoría, lugares que exigen sacrificio físico, o bien de oficinas con fachadas de acero y cristal, fachadas que reflejan diminutos oficinistas con chaquetas y corbatas que al rato deambularían del cubículo a la máquina de café, y luego a la fotocopiadora para enviar un fax. Sólo en algunos tramos el mundo hacía una excepción, y el paisaje podía transmitir una falsa sensación de libertad, como la región que ahora recorría en coche, con sus viñedos y castillos, pero sabía y sé que son sólo los decorados de una película con final amargo: la película termina y la gente abandona el sueño, y uno regresa a la realidad de la calle, a la vida, en una palabra, con la sensación de que ese mar de dudas existe siempre, esa terrible cuestión que es la existencia, saber cómo llenarla y saber cómo justificarla al trabajador que gira el tractor en la esquina de su parcela, o esa misma parcela transformada en las columnas de datos de una pantalla de ordenador en el oficinista en Bonn, quien esta misma mañana envió al teléfono de su madre un mensaje para saber qué tal estaba, y de forma casí indirecta me lo preguntaba también a mí, cómo te lo estás pasando, Daniel, aquí todo igual en la oficina, lo de siempre, una oficina idéntica a la mía en Madrid, disfruta de los últimos días, Daniel.

A la salida de un pueblo un instructor corría por delante de tres chicas. Todos vestían ropa de deporte y se dirigían a la entrada de un pequeño bosque. De inmediato supe que había encontrado el lugar donde simular estar perdido en mitad de la naturaleza, y caminar en silencio por pistas forestales, escuchando el sonido de los árboles y el viento, atento a los sonidos que inspiraron a filósofos y músicos, tratando de entender por qué Beethoven prefería a un árbol antes que a un hombre. Nada tendría de insólito mi deseo si uno no viniera de vivir once meses en una gran ciudad, Madrid, cruzando a diario una pasarela peatonal sobre ocho carriles de una autopista, soportando el zumbido de miles de motores que ahora seguramente estarían en silencio en algún garaje de la capital, o bien camino de alguna playa del Mediterráneo, o tal vez pasando por debajo de esa misma pasarela que ahora yo, hoy, no cruzaba, pues avanzaba con un coche alquilado camino de cualquier lado, pero recordando en cada intersección la manera de volver a ese lugar donde un instructor corría por delante de tres chicas atléticas, y que me serviría como puerta a mi torpe o tonto experimento con la naturaleza.

Finalmente me detuve en un pueblo llamado Limburg an der Lahn. Lugar turístico y lleno de alemanes, tomé un pastel de zanahoria en una acogedora cafetería. Como si algo en el entorno o dentro de mí se hubiera desplazado, un líquido que sin saber por qué se derrama, el equilibrio de paz del viaje se había perdido, y regresé rápidamente al lugar donde había observado a los corredores. Detuve el coche junto a lo que parecía la pared de entrada de un túnel clausurado, manchada de grafittis, y me adentré por una pista forestal, iluminada por el sol de la tarde. A los lados la vegetación y los árboles se movían por las manos del viento, y también por el sonido de mis pisadas. Nunca perdí la orientación del lugar donde me encontraba, así que en todo momento sabía cómo regresar, pero por un instante, cuando llevaba más de media hora caminando y no me había cruzado con nadie, y cuando al girar y contemplar lo recorrido a mi espalda el bosque se veía de otra manera, sentí algo de miedo. Se escuchaba el ruido infinito de un avión en el cielo. En sus alas parpadeaban lentas dos luces rojas, y me imaginé a algún pasajero observándome diminuto aquí abajo, el trayecto de la mirada hasta un español paseando por un pequeño bosque alemán, y mientras la azafata preguntando más café este pasajero se preguntaría qué demonios hacía en mitad del bosque, solo, yéndose la luz del día, igual que yo también me cuestionaba ahora a dónde se dirigía a él, posiblemente a la cercana Fränkfurt, y para hacer qué en la ciudad. Quería experimentar el silencio de la naturaleza, pero justamente su viaje me lo impedía, como también costaba tanto en Madrid encontrar un refugio de silencio, sin preocupaciones, colgar la mente en un tendedero de tranquilidad. Sonó entonces por primera vez algo que pareció un ruido humano, y a lo lejos contemplé una cesta de mimbre balancearse: alguien buscaba setas. Como si un hechizo se hubiera roto, el juego terminado, decidó regresar al coche, y en una encrucijada de caminos pasaron dos jinetes a caballo: los animales llevaban las cabezas erguidas, como en signo de ostentación. Había tenido por un instante mi experiencia pastoral, pero no sabía muy bien si era lo que había deseado, y más aún, qué era lo que realmente había buscado en ello. Sin duda, la vida un mar de dudas.

Pirineos

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Poner la lavadora, colocar la ropa que no ha sido utilizada en el armario, la maquinilla de afeitar y el cepillo y la pasta de dientes en su lugar habitual. Tirar a la basura los justificantes de algunas compras, guardar en el armario de la cocina las latas de paté y las botellas de vino y las bolsas de plástico. Revisar que en la maleta no queda nada, cerrarla de nuevo y dejarla durmiendo dentro del armario, apoyada en una raqueta de squash. Ninguna carta en el buzón y ningún mensaje en el contestador. Los regalos junto a la puerta de entrada. Todas estas rutinas como coartada al vacío que siente uno al volver de un viaje, un viaje donde lo esencial ha sido parecido a otros anteriores a ese mismo lugar, la compañía y los paisajes casi repetidos, y sin embargo la sensación nueva de haber estado allí como si fuera la primera vez, porque lo que ha sido nuevo no es el lugar sino el tiempo; el tiempo nuevamente hecho dueño bajo mis pies, en paseos suaves por las montañas, el tiempo también propio en la esfera de un reloj deportivo, una circunferencia de reloj completa haciendo footing frente a las montañas nevadas. El paisaje es idéntico y conocido y transmite una familiaridad feliz, como los barrios donde uno vivió de joven y se emborrachó por primera vez y por los que sabría volver de noche a casa con los ojos cerrados; todo es por lo tanto conocido y no quiere uno además que nada cambie, pero es el tiempo el que, como un ventarrón de novedad, dota de singularidad a cualquier gesto, a las ventanas abiertas a un cielo donde se empujan las nubes, a carreteras que van empinándose por valles cada vez más estrechos y solitarios, la ventana que trae la corriente briosa de los ríos, y en su ribera vacas miedosas que se escapan primero al verme y luego se acercan, también ellas de nuevo familiares; la ventana a pueblos donde uno piensa, tal vez con error, que no existe la urgencia, los teléfonos sonando o las tareas siempre pendientes, ventanas a prados donde ovejas con lumbalgia pastan melancólicamente, clavadas en su lugar como el atrezzo de una película que acabó de rodarse hace años. Recorro esos paisajes y siento que están moviéndose dentro de mí, porque no son nuevos y remueven lugares y afectos antiguos, conocidos, y solo el tiempo es ahora nuevo, poderoso, mío.

Con qué rapidez hemos entregado al cuerpo a nuevas rutinas vacacionales, y qué desamparo de las mismas al volver uno a su casa, en la que vive siempre rodeado de sus cosas y que parece ahora de golpe ajena, y contra cuyas paredes se van desvaneciendo todos los proyectos del viaje, los sueños que, alejados de la conmoción física del paisaje pirenaico sobre el que nacieron, uno descubre ahora que seguramente no se cumplirán en Madrid, el territorio de la realidad, y al final de un periodo de tanta belleza y apenas terminado van apareciendo  recuerdos desordenados, como los fotogramas de una película mal montada: los cargos bancarios que evidencian los peajes de por donde uno pasó, bolsas de plástico de pueblos visitados y tiques de la compra en su interior, la ropa que aún guarda el olor del lugar de donde vengo: un olor a madera, a espacio cerrado, sin ventilar. Coloco los regalos junto a la puerta, y sus envoltorios brillantes parecen el tesoro último de un tiempo naufragado. Acerco luego una camisa arrugada hasta la nariz y mi olfato se llena de tristeza: la camisa parece casi convertirse en un inesperado pañuelo. Al rato la lavadora brinca dando vueltas y parece que logra también ir limpiar la mirada de recuerdos: caras de personas que ahora podría reconocer en un interrogatorio policial, pero que poco a poco se irán disolviendo, y habrá un día que ya apenas recuerde un rasgo de esos rostros con los que me he cruzado, y posiblemente si alguien también se fijó en mí el proceso sea parecido. La erosión irá llevándose todo por delante, los rostros y también los sabores de los platos y el olor de la ropa y las pisadas de los senderos. Todo desleído hasta llegar a lo más puro y último: el tiempo futuro, deseado, como un roquedal firme y desde el cual se vuelva a poner en marcha la tramoya de las ovejas y las vacas, y el andamio de los Pirineos se llene de prados y rutas que suben hasta un cielo de nieve y nubes jugando con el sol, y lo vuelva a ver todo otra vez, todo conocido y todo sin embargo nuevo, porque el tiempo estará de nuevo de nuestro lado, a vuestro lado.