La vida contada

 

 

                Algunos días revelan su propia narración. Como si la Tierra tomara la palabra. Días de apariencia idéntica a los demás. Sólo con la prudencia de quien escucha se advierte que, a nuestro lado, llegada desde su más secreta intimidad, la Tierra habla. Basta prestar atención; basta tener el orden de un cronista para, más tarde, dotar a los datos de una secuencia narrativa.

                He sentido el inicio de un relato ajeno y poderoso, una voz de la Tierra, apenas salgo de mi apartamento. Son las diez y media de la mañana en Madrid. A los pies de una escalera mecánica, junto a la estación de Chamartín, una mujer de origen rumano agita un vasito de metal. Tintina su penuria. No llevo dinero suelto, levanto los hombros, continúo. Una pasarela lleva mi prisa hasta el edificio de la estación. Desde la pasarela se observan las vías del tren, los rascacielos, un fondo de montañas nevadas. Atravieso la estación de tren hasta llegar a la de metro, bajo escaleras para luego subir a un vagón de la línea diez en dirección norte, hacia la parada de las Tablas.

                Me interrogo por las razones de los otros viajeros: por qué nos desplazamos todos fuera de hora punta, por qué extravíos nuestras vidas se separan de las del resto. Hans Castorp, al comienzo de La montaña mágica, se sorprendía de que, apenas tras dos días de viaje, se alejaba uno de su universo cotidiano. Pero la vida —lástima— no es siempre literatura: las caras de estos viajeros sí que parecen arrastrar su universo cotidiano. Como un cable que uno olvidó desenchufar. Caras llenas de cansancio, de tostada quemada, de luces que se olvidaron de apagar.

                Tengo la tentación de saberlo todo de ellos: sus nombres, sus vidas, sus esperanzas, en qué parada se subieron y en qué parada se bajarán, y qué van a hacer después de bajarse, cuando deje de mirarlos y suban a la superficie. Tengo la tentación de saberlo todo de ellos, pero lo que debería saber, antes, mucho antes, es lo que mueven mis manos, unos apuntes mecanografiados de una asignatura titulada Sociología Lingüística. Me queda apenas una hora para el examen.

                En mi teléfono móvil se apelotonan mensajes de ánimo, corazones y besos. Me gusta compartir con la gente próxima una decisión intrascendente —estudiar filología con cuarenta años— pero que, por alguna razón, me es necesaria.  Y si estoy seguro de ello, de que me es necesario seguir adelante con mis estudios —subo las escaleras mecánicas, me saluda de nuevo la mañana—, si estoy convencido de este largo proyecto —una piruleta y un regaliz y unos chicles comprados en un bazar chino—, si robo descanso y tiempo a otras personas y proyectos —frena un coche—, si estoy tan convencido, por qué entonces estos nervios, por qué entonces las dudas, por qué este dolor de estómago, por qué esa misma rotundidad pero de signo contrario, como un problema matemático mal resuelto al final, justo en el último paso —las puertas del centro de exámenes—. En fin. En qué líos me meto. ¡En qué líos me meto!

                Hombros levantados en señal de duda y resignación —levantados a un cielo de jueves, un cielo sin nubes—, hombros combados frente a un papel de examen que dice: elija dos temas. Elijo la situación sociolingüística en la India y el cultural awareness —es decir, la sensibilidad hacia culturas, lenguas, valores, ideas y actitudes diferentes a la nuestra. Leo: comente el siguiente texto en no más de trescientas palabras. Leo el texto. El texto trata sobre la competencia comunicativa, y la relación de esta habilidad con el aprendizaje de segundas lenguas. Comienzo el examen con la alegría interna de un aprobado futuro. Al redactar mi comentario al texto, casi sin saberlo, sigo escribiendo la crónica de un día que es, desde su comienzo, todo en él, idéntico. Lo hago tan bien que ignoro que es la Tierra quien parece estar chivándome la respuesta.

                Es la una y media. Ahora el dolor de estómago es de hambre y de alivio. Estoy contento. Me hubiera gustado repetirle la respuesta a la mendiga rumana. O a los viajeros de mi vagón. ¡Me lo sabía, me lo sabía! Y luego decirles que, para ser competente en sus comunicaciones —también en sus silencios— no basta un conocimiento lingüístico. Una patada a Chomsky. No valen sólo las palabras, los significados, la fonética, la sintaxis, lo que se dice o lo que se calla. No basta todo el paquete básico de los hablantes nativos. Hace falta saber también cuándo hablar, cuándo callar, cómo pedir permiso, el momento oportuno para interrumpir, los gestos que en cada idioma mantienen una conversación, la dejan avanzar o frenar. Las reglas que explican que todo puede significar algo y, en otro contexto, lo contrario. Las fronteras del buen uso. Pero ya es tarde para hacerlo: en el vagón viajan otras personas. Y la mendiga rumana no está en su lugar.

                En casa, junto al fregadero, me espera una tartera de lentejas. Antes de llegar a la cocina, sin embargo, me asalta la emoción de mi galga, llamada Volga. Volga y yo hemos demostrado que el lenguaje verbal está sobrevalorado. Con su mirada, su cola, y su cuerpo, le bastan para comunicarse. Yo hacia ella también me reduzco: soy órgano del tacto. Practico fisioterapia sobre su cuerpo. Soy malo. Con el cariño cubro la torpeza. Como es delgada, al tocar a Volga hago radiografía. Su costillar auscultado parece un barco antiguo, varado en una isla tras un ataque pirata. Cuando la hablo, porque a veces también uso este sentido, y porque quiero contarle todo a todos, ella parece no entender nada. Puede que Volga opine lo mismo de mí: cuántas cosas me querría decir, pero es incapaz. Trazamos una comunicación intensa, muy importante para los dos, aunque con un abanico de posibilidades limitado: un semáforo.

                Por la tarde acudo al Hotel de las Letras, en la calle Gran Vía, donde Andrés Neuman va a presentar su novela titulada Fractura. Le acompaña en el acto Marta Sanz. Vienen mis padres y mi amiga Alicia. Hay un gran reloj sobre la escalera que da acceso a la sala. Marca las siete y media de la tarde. Gran Vía es ruido. Nos sentamos en una fila casi al final de la sala. El suelo no está inclinado. Los ponentes nos hablan a nuestra misma altura y desde lejos, así que, entre abrigos y cabelleras, no podemos verlos. Sólo escucharlos. Lo cual, en un hotel de letras, y hablando de libros, parece lo más razonable.

                Marta Sanz habla de la ficción como depósito de la verdad. ¿Pero cómo llegar hasta la verdad? Cruzando el puente de la escritura. Atravesarlo, recoger los datos, regresar, ordenarlos. ¿Y qué puentes ha cruzado Andrés? Andrés responde, relata su largo itinerario de lecturas. Todo lo que está en Fractura, pero reflejado. La ficción tiene mucho de periscopio, o de canibalismo. Y si la ficción —como dice Sanz— sirve para guardar la verdad, por qué no recuperar, a través de la ficción, la historia. Neuman lo confirma: todo tiene que ser dicho. ¿Está hablando él, o es la Tierra quien, otra vez, toma la palabra? Lo que no se escribe —continua Neuman— no prescribe. La ficción sirve como escoba de tiempo; la ficción rehabilita un mundo anterior, lo hace crónica, restaura su volumen. El pasado, zurcido, aliviado de un dolor o de un olvido, se llenan de futuro. La ficción como almanaque, la ficción como guardiana del tiempo, y por lo tanto de la realidad. Neuman utiliza una bellísima metáfora: la práctica japonesa del kintsugi: el arte de reparar fracturas en la cerámica. Una forma de revelar que los defectos son más importantes que las virtudes. O que los defectos también deben ser contados, tanto o más que los éxitos.

                Después de hablar del concepto de la realidad, ay, mi cabeza se hace balón, rueda las escaleras, se va hasta la acera. En la sala siguen charlando, pero ni estoy ni escucho. Me gustaría haber vuelto a sentarme, haber estado más atento. Igual es el cansancio tras el examen. Igual una ambulancia que vuela por la Gran Vía. Igual un portazo en el piso inferior. La realidad: me quedo colgado allí. Dani no responde: finalizar tarea. La realidad: qué concepto tan amplio, tan lleno de puertas, pero también —una mano imaginaria en algún pomo— el telegrama de tantos malos presagios. La realidad: un frontón al que lanzamos nuestros proyectos. Pero que no devuelve las bolas. Responde con silencio. Puede que la pared quede lejos. O lo contrario: que esté cerca, haciendo sombra, pero que nos fallen las fuerzas. ¿Confundiríamos la cancha? Es decir: ¿lanzamos la pelota en la dirección correcta? Porque: ¿cuántas realidades hay?

                Sobre el concepto de realidad, y su relación con la ficción, transcribo una definición del Modernismo como movimiento literario. Está tomada de mis notas para una asignatura de literatura norteamericana del siglo XX:

                Modernism was a movement concerned with reality, its levels and the nature of it. As the belief in reality as a knowable entity independent of the self was put in quarantine, Modernism questioned the human cognitive ability to apprehend and comprehend reality. Many Modernist authors shared the frustration regarding the capacity of language to reproduce an elusive and deceitful reality in a fictional form: Fitzgerald suggested that words can poorly convey the mind´s works -especially those of the memory. Hemingway denounced the abuse of words to the point of depriving them of significance. The loss of faith/disbelief in the capacity of language affected the communication between characters and between author and reader, obliging the reader to reject an essentialist approach of reality in favor of the perception of it, and obliging the authors to innovate its strategies to reproduce an elusive and deceitful reality in a fictional form.

               The innovated strategies comprised, like Faulkner and Hemingway, the adoption of poetical strategies used by contemporaries as Pound and Eliot to suit an elusive and deceitful reality. Instead of an omniscient and authoritative narrative voice, a limited (unreliable and skeptical) narrator.

               The loss of faith in words and in political authorities made difficult the appearance of heroes. The interior monologue quoting the character´s thoughts (stream of consciousness) in a shift from action to agent, from objective to subjective experience, from knowledge to perception, the free indirect style reporting the character´s thoughts using the character´s vocabulary, a complex focalization, presenting a scene, like Faulkner, through shifting limited narrators, and the fracture of narrative time, and its management as fluid, non-linear, obeying to the character´s memory rather to the logic of events, are key elements of the movement.

                Pause and anachrony will be employed during the Modernist year.  Due to it, plot is considerate as inadequate to reproduce a fluid, non-linear reality, and, instead of it, it is replaced by the search for values and references that bring light to some revelation on one character, as stories were disconnected fragments of a purposeless life. The use of film techniques such as deceleration and flashbacks and the use of advertising language revealing the workings of the unconscious are common devices.

                ¡Fractura! No debe ser una casualidad que en la definición aparezca esta palabra. Lo que sí resulta extraño es suponer que el modernismo, entendido como las premisas arriba indicadas, sea un periodo cerrado. O, yendo a su origen, que en algún momento surgiera. Es decir, que no existiera antes, que no existiera siempre, pegado a la historia, porque la historia es siempre una multiplicación astronómica de historias. Tantas medias verdades como voces hablan, tantos puntos de vista como, hoy en día, cámaras nos vigilan. No es que ahora se hable más que en otras épocas. Pero sí que es posible escuchar cada más, cada vez más lejos, y de ahí la importancia de esa pregunta que formularon por la mañana: saber comunicar. De ahí la importancia de saber cómo tratar a esa mujer rumana, cómo dirigirse al silencio de abrigos que, en un vagón de metro, te rozan. Hay tantos ángulos grabando un movimiento idéntico que, para lograr verlo, hacerlo secuencia, habría que montarlos con la habilidad de un hilandero. Y ni siquiera entonces puede que se lograra comprender del todo lo ocurrido. Saber si fue penalti o no. Si fue nuestro tiro débil, errado, o más bien lo que sucedió es que la realidad se olvidó devolvernos la pelota.

                Por qué engañarnos entonces, por qué pensar que hubo épocas dotadas de una visión clara del mundo, sin puntillismos, donde la realidad era un todo ordenado, un cosmos que, en rueda de prensa, no aceptaba preguntas infantiles sobre el sentido de la vida, sobre la fe o no en el lenguaje, sobre los puntos de vista: ¡chorradas! El mundo era un modelo racional, benéfico, donde sólo cabía la aceptación. Tal vez al creer que la realidad fue, alguna vez, monolítica, compacta como una pirámide azteca, nos estamos engañando, atribuyendo al pasado una seguridad falsa, la de un periodo que sólo conocemos parcialmente, y sobre el cual esa información fragmentaria de la que disponemos, como un palimpsesto, es causa y efecto, porque explica nuestro error, nuestra incapacidad para escuchar, y  el efecto de hacernos olvidar toda una maraña necesaria de voces anónimas, de frontones con jugadores desorientados, de gente que quiso participar en la vida —como lo hace hoy esta mendiga, y va perdiendo—, pero cuyos destinos se extraviaron; una mentira útil, práctica, porque nos ayuda a creernos diferentes, porque el pasado no puede defenderse, y nos convence de que el embrollo de nuestras vidas es muy próximo, y puede ser arreglado, cordones enredados, cables retorcidos sobre sí mismos, la incomodidad de una chinita en el zapato que viene apenas de dar la vuelta a la esquina, la esquina de donde llegué con prisas antes de entrar en el vestíbulo, preguntar en recepción, subir a la primera planta, sentarme a escuchar la presentación de la novela, un acto que ya termina y se desbanda hacia el piso inferior, junto a la cafetería, a una sala ruidosa de techos altos, la vidriera abierta también a la Gran Vía, y donde nos espera cerveza y vino, y, en una bolsita de la librería Rafael Alberti, la promesa futura de una gozosa lectura.

                En el acto hablo con todos. Siento que no lo hago con nadie. Me imagino como un invitado molesto. Una visita que se alarga. En las preguntas que me atrevo a hacer no estoy muy acertado. Mi mente dice una cosa, mi boca otra: una tragedia. O bien es culpa de la Tierra, que hoy tiene el mando. En las respuestas tampoco estoy fino. Qué fácil es hablar tarde, cuando se dispone del tiempo que nunca marcó un reloj. Cuando ya se ha entregado el examen todo se recuerda. Cómo me hubiera gustado preguntarle a Marta Sanz cuánto de ella hay en su novela Clavícula. Pero no lo hice. Tuve al menos la certeza de conocer a una mujer inteligente, divertida, que estaba siempre a punto de marcharse, que se apoyaba en mi brazo al hablar, como una abuelita adelantada en el tiempo. Como me hubiera gustado responder a la amabilidad de Andrés, de su hermano, de su pareja, con algo interesante; me resumí sorbiendo una cerveza y contando baldosas.

                Al llegar a casa tengo una mezcla de gratitud y felicidad. Ni siquiera entonces, con tantos elementos a mi alrededor, adivino el puzle. Leo El País, la sección Sillón de orejas, de Manuel Rodríguez Rivero. Habla de la próxima novela de Muñoz Molina. Dice:

                Una tentación recorre la historia de la literatura […]. Es la tentación de contarlo todo, puesto que todo constituye la sustancia del mundo. Escribir —contar— absolutamente todo, lo visto, lo vivido, lo escuchado, lo soñado, lo sufrido, lo amado, lo leído: hacer que vida y literatura coincidan, se superpongan […] El escritor convertido en prolijo archivero de la fugacidad del mundo.

                Los indicios se multiplican. Muy útil cuando es tarde, uno está cansado, y la inteligencia está cargando la batería. Sin embargo no capto nada. En la cama leo a Juan Gabriel Vásquez:

                Y pensaba que más tarde, en el momento adecuado, cuando ya la materia de su relato hubiera terminado, cuando los apuntes se hubieran tomado y se hubieran visto los documentos y oído las opiniones, me sentaría frente al dossier del caso, de mi caso, e impondría el orden: ¿no era éste el único privilegio del cronista?

               La mujer rumana, las voces anónimas en el vagón. La competencia comunicativa en un examen que alguien me evaluará. Neuman y Sanz dialogando sobre la ficción, las fracturas de la realidad, los ligamentos rotos de una pierna o de un planeta. El modernismo nunca terminado, porque tampoco nunca empezó: una corriente. El designio de Muñoz Molina a percibirlo todo, a consignarlo todo: Diógenes frente a un procesador de textos. Juan Gabriel Vásquez metiendo el bisturí a historias donde el silencio familiar y político son un mismo espacio mudo. Conjuntos vacíos que precisan de voz y orden. Voz, voces. Todas las voces queriendo hablar. Qué curioso que, para que lo hagan, precisemos de la fractura del silencio.

                Silencio.

La vida escrita en Trieste

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Trieste podía haber sido yugoslava, pero Italia alargó el brazo y, con la punta de los dedos, la hizo suya. Dibujó en el suelo una frontera, y en su extremo emplazó la ciudad, casi como un punto final. En las ciudades de frontera, y Trieste es una ciudad de frontera, hay noches en las que suenan las bisagras: la realidad se fuga por las calles, y de golpe tras una esquina hay una nueva lengua. Llamas por teléfono para avisar de esa transformación, pero tu operador telefónico también ha cambiado, y no reconoce tu existencia. Vuelves sobre tus pasos, y en la plaza Unidad te alivia regresar a la realidad perdida.

Cada mañana en Trieste la luz del Adriático sube del mar, toca el cielo, rebota, se cuela por las ventanas, entibia los pupitres, sobre ellos un mapa político, y sobre el mapa los ojos atentos de un niño: es clase de geografía y nadie bosteza, pues sus padres les han enseñado la trascendencia de los fronteras. Padres que saben que cada vida es una sucesión de pérdidas, que es algo así como traspasar fronteras.

Las fronteras se dibujan con línea continua, pero no es el caso de la de Trieste, donde la frontera es una sucesión alternada de segmentos y puntos. Por ese perímetro agujereado entra y sale la vida. La de los escritores que en alud abrieron sus cuadernos en Trieste: Stendhal, Italo Svevo, Rilke, Claudio Magris, Freud, Henry James. La de los imperios que, atraídos por su localización, fueron llegando y sustituyéndose: los austrohúngaros, que hicieron de la ciudad el puerto de los Habsburgo; los italianos tras el final de la Primera Guerra Mundial y hasta 1943 cuando, derrumbado el régimen fascista, fueron desplazados por los alemanes; nuevamente Italia tras el final de la contienda, pero con el territorio dividido en dos, otra frontera más para ser aprendida, niños, una zona controlada por británicos y americanos, otra de autoridad yugoslava.

En esa línea discontinua que es Trieste al tiempo lo corta la obstinación del viento: el viento bora baja de las montañas durante el invierno, se precipita ladera abajo por las gradas abruptas, invade la ciudad y comba la forma de sus calles vacías, y es que sus habitantes lo escuchan pasar en el sofá, viendo los informativos de televisión. A veces lo más próximo, para separarse uno de ello, es mejor vivirlo reflejado.

Cuando el viento lo permite, los lectores de la ciudad salimos a caminar por la ciudad. Lo hacemos gracias a Jan Morris, un soldado galés destinado en la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. A semejanza de Trieste, Jan Morris también tiene una identidad discontinua, pues cambió de sexo años después de vivir en la ciudad. Así que en su obra, también llamada como la ciudad, su autor habla desde la voz de una mujer que recuerda el hombre que fue allí, y que ya no existe.

Paseando junto a Jan nos vamos deteniendo en el castillo de Miramar, memoria del pasado austrohúngaro, visitamos el interior de un campo de exterminio alemán, el único en territorio italiano. Conversamos con los habitantes de la ciudad, pero sobre todo con nosotros mismos, reflexionando sobre el patriotismo y el paso del tiempo, sobre el amor y el sexo, sobre el auge y caída de los imperios. En cada lugar de Trieste nos topamos con una imagen que, a modo de metáfora, redobla la exactitud de nuestros pensamientos: las fachadas son pantallas de la mente. Parece que las ideas y la ciudad juegan al escondite: se dan distancia, se escapan, se buscan, se encuentran, se vuelven a escapar.

Estatuas y cafés y rincones nos recuerdan el importante pasado literario de esta ciudad: Trieste es el plató cinematográfico de un libro abierto. Dice Muñoz Molina de Trieste que lo más sorprendente de las ciudades de la literatura es que a veces también existen en la realidad. Nunca he estado en Trieste, pero el viaje fluido y melancólico de esta obra hace sentir que uno ya ha estado allí, y que el viaje, que es lectura, ha merecido la pena.

Esta reseña al libro Trieste and the meaning of nowhere, de Jan Morris, fue publicada en la web http://www.el-buscalibros.com/ donde colaboro mensualmente. Os recomiendo lo visitéis.

Un encuentro esperado

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Diez euros, una consumición, tres escalones de bajada: acabamos de entrar en Toni2, un piano bar de la calle Almirante de Madrid. Del fondo nos llega una algarabía de voces desafinadas. Su error colectivo es la verdad de una alegría, una celebración única que flota sobre la gente, y se contagia.

– Este lugar cierra a las seis de la madrugada -me dice un hombre que parece advertir que soy novicio allí- así que el local sirve de acueducto por el que pasan y escapan los restos de la noche -y como si hubiera cumplido su deber informativo, se gira y me da la espalda.

Acodado en la barra paseo la vista por el local: gente de todas las edades posibles ocupa el espacio entre sofas de terciopelo rojo y mesas bajas. Al fondo un tumulto de espaldas ahoga el sonido del piano. Las paredes devuelven mi imagen entre brillos dorados, y el aire parece demandar humo de tabaco. Si sonara música de cabaret podíamos estar en una ciudad alemana de entre guerras.

De pie, en una esquina, un rostro familiar. El alcohol envalentona y me dirige hacia una cara, la misma que mi dedo gordo izquierdo ha presionado en la contraportada de algunos libros. Si llevara en el estómago un café no me hubiera movido de la barra, preguntando a la margarita (la flor, no el cocktail) si era él o no. Pero no es el caso: avanzo con la certeza de una línea recta, me acerco y le pregunto y me afirma con la cabeza.

Andrés Neuman tiene ojos de buena persona. Le doy la mano: me entrega unos dedos blandos, casi sin hueso, y donde imagino se guardan anticipadas el porvenir de las palabras que luego leeré. Me mira con unos ojos amplios, cruzados de tristeza o melancolía y tal vez de cansancio, si no son lo mismo a las cuatro de la madrugada. Recuerdo una cita de Aristóteles: la mirada de toda persona interesante está cruzada por una línea de melancolía.

Dado que la mente amplifica la imagen de quienes admiramos, Neuman al natural resulta ser delgado y no demasiado alto. Cuesta creer que su obra, la que teclea con las manos que yo ahora rozo, haya surgido de la persona a quien me dirijo, tan reducida en sus dimensiones, más aún porque le hablo muy de cerca, tratando en vano de controlar el torrente de preguntas que me gustaría hacerle, de disimular la emoción mitómana del encuentro, y porque el silencio puede ser una despedida le arrojo un monólogo sin comas y así le cuento que vengo de tocar el bajo en un concierto y que soy el que le mandé un correo para una charla en la librería de mi amiga Bea en Leganés y que he leído casi todos sus libros desde el día en que me acerqué a la biblioteca municipal a por un libro de Onetti y por el orden alfabético la letra N de Neuman estaba justamente encima de los cuentos completos de Onetti y que me encanta cómo escribe y que no te lo vas a creer pero hoy mismo quise ir a comprar uno de tus libros a mi madre porque su cumpleaños es mañana porque se llama Pilar y mañana es el día del Pilar, es su santo pero también su cumpleaños, y que tampoco te vas a creer que también hoy mismo o mejor dicho ayer mandé a dos amigas un correo con una frase tuya, sí, sí, fíjate que parece que está preparado pero no, qué va, y recupero la respiración y a trompicones saco la Blackberry del vaquero y en la pantalla brilla (en todo el sentido del término) la siguiente frase, naturalmente suya, tuya, Andrés:

Amar pertenece al orden natural: como colgar la ropa en una percha. Ser amado es tan raro como colgar la percha en una ropa.

Y resulta que Andrés tiene dientes: lo descubro ahora, que por fín le he dejado hablar. Sonríe y me pregunta la reacción de mis amigas a esta frase. No sé qué le respondo, pero le recuerdo otro cofre suyo que guardo en mi poder, y que dice así:

Los trasnochadores se quedan despiertos porque contemplan, proyectados en las paredes, los sueños ajenos. Después, cuando amanece, se acuestan a soñar con lo que han visto. Puede decirse que sueñan dos veces.

Vuelve a interesarse por la reacción a sus palabras, y como la boca es una catarata no sé que le respondo y le hablo de lo que me gustan los Pirineos y de su blog y el de Muñoz Molina, a quien Andrés define como un hombre “cordialísimo”, que para mí Muñoz Molina es un Cristiano Ronaldo de las letras y Eduardo Mendoza un Messi, la eterna doblez entre forma y fondo, me responde, le pido que por favor nunca hable de la Guerra Civil y de por qué no hay ninguna buena novela sobre los Erasmus y la tragedia de su brevedad, de ser el final cierto de la adolescencia, le pregunto luego en qué proyectos anda metido, tomando notas, me dice, y aunque no quiero giran las aspas de su reloj y entonces un vuelo próximo destino Ecuador, nos despedimos cuando hubiera querido seguir tanto tiempo con él, al menos para así haberle dejado hablar, y vuelvo con mis amigos y me siento a la vez orgulloso y triste del encuentro, con la sensación feliz de haberle conocido en persona, pero deseando a la vez que esa persona en retirada sea la figura de una amistad próxima.

Una mañana de domingo en la feria del libro de Madrid

feria

He quedado con mi amigo Juan a la una de la tarde en la salida del metro Ibiza y ya llego tarde, así que con rapidez dejo atrás el tumulto. Me marcho de la feria del libro con un sentimiento indefinido, dando algunos pasos de alegría y otros de tristeza e incluso estupor. Alegría porque transmite felicidad ver que libreros y escritores y lectores se reúnen y hablan y comercian sobre literatura. La gente manosea muchos libros, compra algunos menos, autores y público se besan mejillas y se aprietan las manos. La promesa de futuras lecturas se balancea en bolsas de papel, y nos acompaña a los que de allí salimos en todas las direcciones, como los radios de una bicicleta.

Pero también pasos de estupor y tristeza: compartir el amor por los libros con la insistente megafonía anunciándote siempre algo en casetas lejanas, el establecimiento inoportuno de una marca de salchichas, aglomeraciones de público y una mujer que se acerca para que abra una cuenta bancaria. Cruzo la caseta de Muñoz Molina, donde la cola se organiza a la espalda de la caseta, como un apéndice, así que no tengo oportunidad de saludarle. Agobiado de la gente me escapo por el espacio abierto entre dos casetas. Busco una franja de sombra y me siento en el césped, con la corteza de un árbol haciéndome rastrillo en la espalda. La megafonía sigue escupiendo autores y números, y pienso que la feria comercia con algo que no tiene nada que ver con la emoción de la lectura, el placer estético de un acto tan individual que hace que este mercado me sea extraño. Y ese algarada de libros y personas del que me he alejado tampoco acoge bien los mecanismos de la escritura, el silencio y reposo que hay detrás de todos esos libros y que parecen faltar a este lugar.

Con el sentimiento de ser Jesús contra los mercaderes del templo vuelvo a la riada. Me acerco hasta la caseta en la que firma Javier Marías y donde apenas hay cola: será cierto que es un autor más reconocido fuera de España que aquí. Poca cola, sí, pero que nunca avanza,  pues la librera da prioridad a los que compran algún libro del autor in situ. De la mochila saco por fin mi ejemplar de Fiebre y Lanza y le cuento que mi padre trabajó con su querido Juan Benet. Lo reconoce con un saludo benetiano en la dedicatoria, de bellísima caligrafía. Me fijo que es zurdo. ¡Entonces gay! habría concluido el padre Crescencio, un cura agustino de mi colegio con ideas del medievo.

Más adelante llego a la caseta donde debía firmar Andrés Neuman, pero está en la presentación de un libro dentro del pabellón. Algo fastidiado vuelvo a la sombra detrás del tumulto. Quería regalar su novela El viaje del siglo a un amigo, y ni la novela ni su autor se encuentran en la caseta. Para adaptarme a la ausencia de libro y firma me pregunto qué sentido tiene la dedicatoria breve, la gratitud inmediata y después un nuevo lector que te sustituye. Tal vez la escritura no necesite de otro contacto que el acto de la lectura. ¿Qué busca un lector cuando se acerca a su escritor admirado? ¿Qué sentido descubrir que tiene alguna caries, pelos en las manos, caspa sobre sus hombros? Si con algo de valor uno inicia una conversación, la imposibilidad de tiempo y lugar para el diálogo en esta feria pueden multiplicar la desazón.

Me alejo hasta la última ringlera de casetas. Rafael Chirbes esta solo, empequeñecido en una esquina. Le compro Crematorio porque me la han recomendado varias personas. Rafael viste una camiseta sucia y me aconseja que después de esa novela continúe con otra titulada En la orilla, obra con la que forma una especie de díptico. Nos miramos y deduzco que quiere seguir hablando. Por un segundo pienso que sí vale la pena la feria: conocer al autor, tener la oportunidad de matizar la ficción, ampliarla o definirla. Pienso además que Rafael es un afortunado: su caseta es un páramo alejado de las aglomeraciones y las salchichas y la megafonía. Pero al final no se me ocurre nada de lo que podamos hablar, y me despido apresuradamente, no porque haya nadie esperando detrás sino más bien para reforzar con esa urgencia la importancia de su tiempo. A lo lejos, cuando él ya no puede verme, me giro: Rafael conversa con alguien, y me alivia esa imagen triste de un autor sin lectores, la literatura como un modo de pero no un medio de vida.

Abro el libro y leo la dedicatoria: Para Alicia, de Daniel con cariño, y el mío propio. Rafael. Tal vez el fin de una dedicatoria sea este: servirse de un emisario que ponga palabras a sentimientos que nos cuesta decir.

Cuando ya estoy camino del bulevar de la calle Ibiza observo a una mujer que se abalanza sobre un autor, introduciendo medio cuerpo dentro de la caseta. De espaldas no sé si le está felicitando o quiere arrancarle el cuello. Me parece un buen resumen de lo que siento hacia la feria.

Diálogos

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Si Platón viviera posiblemente no leería este blog. Ni este blog ni ningún otro, pues desconfiaba de los discursos escritos, privados de la interlocución, la tolerancia y reflexión ante la opinión ajena. Para Platón el diálogo era el medio para llegar a la verdad. Y diálogo parece que no ha faltado en los medios de comunicación ante la polémica del premio Jerusalem para Antonio Muñoz Molina, el primer escritor español que lo recibe en la historia del galardón; pero todo ese diálogo a raíz de la noticia no ha servido para llegar a las inspiradoras aguas de la fuente de las ninfas, sino más bien para que unos y otros tecleen con rabia acusaciones y desprecios, disparos a quemarropa camuflados de tolerancia y verdad y que, apenas escritos, se desvanecen en humo.

Si algo se aprende con el paso del tiempo es que nadie es totalmente inocente ni nadie totalmente culpable, y este axioma se puede aplicar a tantísimas situaciones problemáticas (en la familia, trabajo, en una relación que se acaba, en un país dividido) que al final uno cae sin quererlo en el foso del relativismo moral, un lugar humanamente inhabitable pues a todo parece que se le encuentra justificación, las bombas merecidas como un castigo del cielo, la privación intencionada de los derechos humanos, la ocupación y división de territorios y ciudades y barrios, grifos de donde no sale agua por una decisión política, y detrás de cada privación la orden de un mando superior y omnipotente frente al que no cabe discusión, réplica o, siguiendo a Platón, diálogo.

Esa cadena de órdenes que lleva a un relativismo donde se diluye todo entendimiento fue puesto de relieve en el famoso experimento Pilgrim: un profesor debía aplicar descargas eléctricas de voltaje creciente cada vez que el alumno errara en la respuesta de las preguntas a las que le iba a ir sometiendo. Acierto, nueva pregunta. Error, descarga. El director del experimento apremiaba al profesor para que éste no parara de hacer al alumno las preguntas y, en su caso, aplicar las descarga, sin saber que el alumno no era sino un actor que fingía sufrimiento, aullando y gritando y golpeando el vidrio sometido a descargas que, afortunadamente, no tenían lugar. Del experimento se extrajeron unos resultados inquietantes: casi tres de cada cuatro profesores administraron el voltaje máximo a los supuestos alumnos, y solo uno de cada cuatro tuvo el coraje de levantarse y decir al director del experimento que lo parara: el resto siguieron el imperativo del investigador.

De Pilgrim se deduce que a veces en nuestra toma de decisiones influye ese director de experimento instigador, en forma de hombrecillo que habita en nosotros y que, como en un acceso de fiebre, nos domina el pensamiento, lo estrangula y nos hace escupir al resto en forma de monólogo iracundo. El anonimato tantas veces cobarde de las redes sociales, la urgencia de la notoriedad y la contundencia de un dato escrito y que no puede ser contrastado son expresiones de esa rabia interior, una rabia que se vuelca sobre el teclado también en forma de descargas crecientes, y muchas veces se proyectan hacia el resto opiniones peyorativas donde no cabe el diálogo platónico, descargas que parecen buscar respuestas igualmente abruptas, como una sucesión de imágenes atroces que a veces se cruzan en la cabeza durante los sueños. Existe una llanura infinita donde se puede debatir entre los abismos de la categorización y el relativismo moral, pero algunos desprecian ese ágora y prefieren asaltarte con su ego por los desfiladeros.

Uno lee con preocupación las palabras del escritor británico Ian McEwan, galardonado con el mismo premio en el año 2011: «diría como regla general que, cuando la política ha invadido cualquier lugar de nuestra existencia, algo ha ido realmente mal». La mala gestión política no solo nubla el horizonte de expectativas de toda una población, sino que multiplica esos hombrecillos enrabietados que, muchas veces de forma justificada, escupen su malestar contra cualquier tema que se les cruce, sea el premio Jerusalem a Muñoz Molina, el último caso de corrupción en España o un gol en posición dudosa. Qué importante dotar entonces a ese otro gran experimento que es la vida de herramientas para el diálogo, mesas de debate que hagan innecesario el insulto, la manifestación o la condena. Refutar con éxito una injusticia, aparte de ser algo muchas veces milagroso, tiene una recompensa breve, pues el daño se produjo y existirá para siempre: el hombrecillo actuó y  la existencia ya está contaminada, tal y como señala el escritor británico. Todos tenemos episodios donde desearíamos descargar esa corriente eléctrica hacia el entorno que no nos satisface, pero debemos recordar que nuestro entorno son personas reales y no actores, personas que están dotadas de esa misma capacidad de daño y que posiblemente arrastran un sufrimiento o malestar parecidos al nuestro. Unos y otros debemos bajar antes de que todo ocurra a la plaza pública y hablar hasta el agotamiento.

El diálogo siempre debe conducirnos al discurso de los sabios que buscaban Sócrates y Fedro: leamos, hablemos, adquiramos datos, incluso cuando unos con otros se disocien como contrarios, y con toda esa especulación del conocimiento busquemos siempre nuestra propia riqueza. Formarse una opinión única sobre las cosas es tan peligroso como el relativismo moral del todo vale, del que cumple órdenes sin cuestionarlas, de la inocente pero nociva desinformación. Decía Savater que aquel que se vanagloria de pensar igual de joven que de adulto revela que posiblemente no ha pensado nunca, ni de joven ni de adulto. De ahí la importancia del conocimiento como arma contras las verdades generales, pero también el vaivén de ese conocimiento en forma de diálogos, incluso aunque le hagan llegar a uno a opiniones opuestas: lejos de ser incoherencias muestran una frescura intelectual, espontánea, frescura como la de esas fuentes imaginarias de agua de las ninfas.

E incluso aunque crea uno alcanzar merecidas cimas del saber, cumbres firmes y sólidas desde las cuales el horizonte es un lugar ordenado, hay que recordar siempre las palabras de Karl R. Popper, para quien el rasgo que definía la teorización científica era su refutabilidad, es decir, la búsqueda de datos o argumentos que permitieran demostrar la falsedad de un argumento. Para alcanzar esa cima didáctica sin olvidar nunca su naturaleza transitoria evitemos el insulto, la generalización grosera, el radicalismo: abramos la mente y escuchemos la dialéctica de todos los sonidos de la llanura, sus flujos de razonamiento y emoción.

Mientras reviso y termino de escribir estas líneas concluye también el concierto de piano número 23 de Mozart, un tren de pentagramas que se acerca ya a la doble barra final, y pienso que la buena música tiene también el beneficio de un diálogo puro, un tiempo que trasciende el humano y en donde no existen descargas eléctricas ni almas contaminadas: un lugar de tiempo en el cual las almas, como hilos de guirnaldas (de Mozart a la orquesta y de la orquesta, a través de youtube, hasta mi casa), dialogan, ríen, se ponen tristes, saltan juntas bajo una catenaria de corcheas, cantan.