Otras vidas (RIP Peter Berling)

peter-berlingHablando ayer con Esperanza me decía que la admiración hacia un periodo histórico nos viene porque, tal vez, nosotros somos reencarnaciones de personas que vivieron en esos momentos que nos apasionan. Ella no tiene ninguna razón para estar enamorada de Egipto -ni familia, ni amigos, y cuando fue allí de vacaciones era el resultado de una pasión, no su causa-, pero resulta que es así, que ama la historia de Egipto, su arquitectura, sus ritos funerarios, sus confusas y peligrosas redes de poder. Yo tampoco tengo ningún motivo para estar enganchado a la Edad Media, pero lo cierto es que, con diez años, en el colegio, cuando un profesor nos pidió redactar a qué época viajaríamos con una máquina del tiempo, elegí sin dudarlo esa ensoñación de castillos, asedios, Templarios, pócimas mágicas, bosques, dragones, banquetes y cortejos.

Muchos años después sigo obstinado en el mismo sueño. Por eso que disfruto de la literatura de caballerías -con una calidad de supermercado en muchos casos-, de las películas de esta época, de la visita a museos y castillos. Por eso que me ha dado tristeza saber de la muerte de Peter Berling, a quien le debo -así son los grandes artistas- tantas páginas de goce en esa saga alocada del Grial, una tetralogía que nadie pudo terminar y donde cabía el mundo entero, un maremágnum de fechas y personajes que me sigue acompañando, muchos años después, hasta hoy incluso, con una mezcla de felicidad pasada y de compromiso presente -la obligación impuesta, pero siempre demorada, de su relectura. Sus libros me sirvieron de catapulta a otras lecturas, al amor por los paisajes del sur de Francia -los Pirineos, Foix, Montségur-, a indagar en la historia de la época -de la Orden del Temple, de la herejía cátara y albigense-, a los juegos de mesa de idéntica temática -Siege, Cry Havoc, aún los guardo en el maletero, también pensado que algún día volverán a rodar los dados- e incluso abarcando en la obsesión al mundo de la ópera -Wagner compartía una fijación similar por el Medievo y las leyendas artúricas.

Los libros de Peter Berling, tal y como los recuerdo -y por lo tanto tal vez no son así ya, pues todo cambia- eran tomos inmensos con descripciones agotadoras, extenuantes, que te avasallaban por su precisión y su viveza, donde las batallas y la diplomacia y los juegos de poder y la suntuosidad gastronómica parecía salir del libro hasta mi cuarto en Madrid, y, no sé por qué razón, siempre asocio estas novelas al verano, a la ventana abierta, al sonido del último autobús subiendo la calle.  Obras bíblicas donde el lector y los personajes y el propio autor acabábamos todos aturdidos, desorientados en la búsqueda feliz y perseverante de algo que, por agotamiento o confusión, acababa por carecer de motivo, salvo tal vez la propia búsqueda. Todo lo que ocurría en esas novelas no era cierto, pero -es la virtud de la literatura- parecía verdad, y nos acompañaba.

Me hubiera gustado decirle en vida lo mucho que disfruté con sus novelas. Aunque, si tiene razón Esperanza y su teoría del amor hacia las épocas que un día vivimos, quién sabe si no nos volveremos a ver alguna vez.

Lecturas de ascensor

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Recomiendo leer esta entrada mientras se escucha sincronizadamente el Preludio de Lohengrin de Wagner: https://www.youtube.com/watch?v=lqk4bcnBql

Son nueve pisos: el garaje está en el segundo sótano, la oficina en la planta séptima. Sin interrupciones, el trayecto me alcanza para leer una página entera. Como hago una media de cuatro itinerarios al día —por la mañana, a la hora de la comida, a su regreso, de vuelta a casa—, puedo lograr cuatro páginas diarias de lectura en el ascensor. Suponiendo que trabajo veinte días al mes, si multiplico los mismos por las páginas, resultan ochenta mensuales, lo que viene a ser, en cómputo anual, novecientas sesenta. He buscado en mi estantería qué lecturas me aguardan de una longitud parecida: El cuaderno gris, de Josep Plá, ochocientas cuarenta y una; Antagonía, de Goytisolo, mil y ciento doce —en este caso debería hacer ascensores extra.

Mis compañeros y amigos —esos que felizmente rompen los números— me advierten de que un día me voy a golpear contra algo o alguien, porque no miro al salir o entrar. También les sorprende que pueda concentrarme en la lectura, que en esa cápsula de tiempo sea capaz de colarme en una historia, engancharla a lo que ya había leído, retener detalles necesarios para lo que vendrá, y luego volver a una realidad dominada por las tareas pendientes, por los correos sin responder, por lo que siempre es urgente. Como vivir en la ficción es una felicidad perpetua, pienso que al leer no es que acceda a una ficción, sino que más bien lo ficticio ya existe dentro de mí, es una ontología, y que mis ojos, esos que esquivan la realidad, esos que se levantan del libro solo cuando no les queda más remedio, viven siempre de puertas hacia adentro, como un feliz claustro autoimpuesto.

Me viene a la cabeza un reloj de cuco que tenían mis abuelos de Canarias, colgado a una altura que con seis años era inalcanzable, yo sentado sobre el mármol frío de la escalera, en días de verano que no tenían fin, aguardando, con una mezcla de asombro y de aburrimiento, que llegaran las medias horas y las en punto, para contemplar así al pajarito autómata, que emitía un sonido agudo, metálico, una función brevísima, y me recuerdo con tristeza, porque ya se había cerrado la puertecita, y con alegría anticipada, porque ya restaba menos para la próxima función, y como era niño y casi todo era desconocido, luego casi todo era dominio de la imaginación, me preguntaba qué ocurría dentro de esa cajita de madera, y llegué a la conclusión de que el cuclillo gritaba porque, en verdad, no deseaba avisarnos de la hora, sino más bien regresar cuanto antes al interior, a ese mundo desconocido en el que habitaba siempre, solo expulsado cuando, por obligación mecánica, tenía que salir propulsado, como un tentetieso, y avisarnos del tiempo, el que me decía que yo debía bajar a cenar, entrar en una cocina que olía a berros y donde ya estaban todos esperándome, o el tiempo que me informa hoy de que debo salir a ese mundo precipitado de moquetas e informes y reuniones, y por eso que leyendo ahora mi libro electrónico, orillado dentro del ascensor, preguntado por mi capacidad para concentrarme, pienso en el pajarito que, como yo, lo que busca es nada más que se cierre la puerta, escuchar el silencio rítmico y natural de engranajes y péndulos, de martillos y lengüetas, y que esos trayectos, pautados con la precisión de un metrónomo, sean un recorrido de lecturas. Porque me siento el pájaro que, voluntariamente, se ausenta, no hay esfuerzo ni mérito en mi tarea, pues mi mundo, el que más amo, está ahí, colgado en fracciones que antes, de pequeño, eran de treinta minutos, ahora de nuevo pisos, pero siempre tiempos buscados para que, milagro, se cierren las puertas.

No es solo el movimiento físico, aquel que, manual o automático, cierra una puerta. Hay otras que siguen abriéndose y cerrándose, y como hay otras manos y otros pomos y otras figuras, solo revelan el dolor de las ausencias. Qué pronto se va lo que uno piensa que va a durar toda la vida, como los abuelos, incluso aunque en ellos, desde el primer instante, haya anidado siempre la certeza de su final. Cómo la imagen de mi abuela de Canarias será siempre su mano agitada en lo alto de la escalera del jardín, la puerta entreabierta, la misma que hoy sigue moviéndose tan ajena a ella y a mí. También lo material desaparece con idéntica efectividad: el reloj de cuco, del que nadie hoy en mi familia tiene memoria de dónde acabó —algunos, incluso, ni siquiera se acuerdan de él, ni de dónde estaba colgado, ni de qué sonido hacía, ni de su forma o color. En el ascensor de la oficina, enganchado a mi libro, me imagino la cabina como si fuera ese reloj de cuco extraviado. Una casita de la Selva Negra dando brincos entre niveles, arrastrando en su interior el tedio de las conversaciones, las miradas pegadas a los teléfonos, el hastío matutino y el alivio de las tardes, pero también, en cuatro viajes diarios, una lectura apasionada. Esta mañana, cumpliendo con fidelidad a mi estadística, he salido del garaje y, en un momento, he entrado en la historia por el nivel menos dos. Ha sido fácil, porque transito una lectura apasionante y que, como una emoción, se expande por el cuerpo. Me ha venido entonces la memoria del cuco. La identificación con ese reloj ha sido solo por el placer puro del aislamiento, por ser ese animal que vive, a nuestros ojos, dentro de un misterio, que observa el mundo exterior con recelo, pero también porque lo leído me ha transportado a un horizonte donde ese reloj encajaba, como si una cabina de teléfonos roja cayera del espacio exterior junto al Támesis. En mi lectura el río era alemán, y había cisnes y violines. Ha resultado como si el mundo exterior, el que se quedaba detrás del sonido de ventosas de las puertas, fuera exactamente el mismo que narraban las palabras. La cabina convertida en un cuco de la Selva Negra, y en el texto, ante mis ojos, una realidad donde mi ascensor, desgajado de su realidad, de sus ejes, de sus frenos y contrapesos, hubiera podido encajar como real, perfectamente real. El milagro de la autenticidad ha sido esta maravilla que aquí reproduzco, y que logró, sin que me diera cuenta, que mis pasos no salieran a un espacio de cristal y moqueta sino junto a la ribera grande de un río, y en la lejanía no un horizonte de carpetas, sino montañas y casitas aisladas, casitas como la del cuco que, zas, se cierra sin mí a mi espalda, buenos días, Daniel, y ese fenómeno raro que aquí reproduzco me vuelve ahora a estremecer, igual que un truco de magia que engaña a la mente una y otra vez, así que seguro —eso espero— que esta lectura convertirá en persona afortunada a aquel que, aún, no haya experimentado el placer de iniciarla. Poder mirar hacia dentro, dar la vuelta a los ojos, y ver. Se me olvidaba: el autor se llama Manuel Puig, y su novela El beso de la mujer araña.

“Y él se lo dice, que ella es un ser maravilloso, de belleza ultraterrena, y seguramente con un destino muy noble. Las palabras de él la hacen medio estremecerse, todo un presagio la envuelve, y tiene como la certeza de que en su vida sucederán cosas muy importantes, y casi seguramente con un fin trágico. Le tiembla la mano, y cae al suelo la copa, el bacará se hace mil pedazos. Es como una diosa, y al mismo tiempo una mujer fragilísima, que tiembla de miedo. Él le toma la mano, le pregunta si siente frío. Ella contesta que no. En eso la música toma más fuerza, los violines suenan sublimes, y ella le pregunta qué significa esa melodía. Él dice que es su favorita, esas especies de oleadas de violines son las aguas de un río alemán por donde navega un hombre-dios, que no es más que un hombre pero que su amor a la patria le quita todo miedo, ése es su secreto, el afán de luchar por su patria lo vuelve invencible, como un dios, porque desconoce el miedo. La música se vuelve tan emocionante que a él se le llenan los ojos de lágrimas. Y eso es lo más lindo de la escena, porque ella al verlo conmovido, se da cuenta que él tiene los sentimientos de un hombre, aunque parezca invencible como un dios. Él trata de esconder su emoción y va hacia el ventanal. Hay una luna llena sobre la ciudad de París, el jardín de la casa parece plateado, los árboles negros se recortan contra el cielo grisáceo, no azul, porque la película es en blanco y negro. La fuente blanca está bordeada de plantas de jazmín, con flores también blancas plateadas, y la cámara entonces muestra la cara de ella en primer plano, en unos grises divinos, de un sombreado perfecto, con una lágrima que le va cayendo. Al escapar la lágrima del ojo no le brilla mucho, pero al ir resbalándole por el pómulo altísimo le va brillando tanto como los diamantes del collar. Y la cámara vuelve a enfocar el jardín de plata, y vos estás ahí en el cine y hacete de cuenta que sos un pájaro que levanta el vuelo porque se va viendo desde arriba cada vez más chiquito el jardín, y la fuente blanca parece… como de merengue, y los ventanales también, un palacio blanco todo de merengue, como en algunos cuentos de hadas, que las casas se comen y lástima que no se ve a ellos dos, porque parecerían como dos miniaturas”.

Maldita música

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Como si la historia de la música no fuera ya un magnífico hilo conductor, la programación del auditorio de Madrid para la temporada 2015/2016 se anuncia apoyada por un título genérico. Se trata de Malditos. Denominación que me trae la visión romántica del artista asomado al abismo, dejando a la espalda tiempos de oscuridad e ignorancia, abrazando un tiempo nuevo dominado por la razón, la ciencia y el respecto a la humanidad. Este título tan atractivo es, sin embargo, difícil de integrar coherentemente con el programa ofrecido. Pretender que obras tan dispares como las de Brahms, Debussy, Mozart o Shostakovich sean iluminadas por un mismo neón, sólo puede ser explicado por esa maravilla, inexplicable en sí misma, que es la evolución artística. Tratar de unirlas con una misma etiqueta, y pese a su indudable interés, es más bien consecuencia de ese gusto actual por catalogar y uniformizar, dotando a las temporadas de un nexo que, aunque pueda gustar, ¡y gusta!, no tiene por qué existir. Decía Daniel Gatti que un concierto no tiene por qué ser líneal o coherente en su estilo. En el interludio, «la gente charla, fuma, toma un café, y ya se ha despejado para abrirse a otros lenguajes». Si este argumento que comparto se aplica al espacio de un solo concierto, cómo no va a ser transitivo a toda una temporada. Por eso que debemos celebrar lo atrayente del leit motiv como un punto de partida, como una forma de analizar cada obra o compositor, individualizados dentro de una corriente historiográfica que los supera, y evitar la búsqueda de una coherencia global de elementos dispares. Dejemos esas piruetas circenses de algunos musicólogos, que pretenden convencernos de que dos más dos son cinco, y buceemos en la música, un mundo en el que, si uno se engancha, puede llegar a creer que dos más dos son cinco.

Y en la temporada 2015/2016 hay mucha música por disfrutar. Se abre con la Segunda de Mahler, y en la batuta el director titular David Afkham. Para neófitos de Mahler, el número de orden de sus sinfonías tiene una función didáctica: conocer el creciente grado de locura musical. Así, la Primera Sinfonía, o Titán, es todavía un ejercicio de sobriedad, contención, de ideas con un principio y un final y un todo con un significado. En línea con este razonamiento, la sinfonía número 8 es de diagnóstico clínico: si conoces a alguien que disfruta con ella, ¡huye! Posiblemente él lo ha hecho de la López-Ibor, y unos hombres de bata blanca se acercan desde el final de la calle. En términos alimenticios, las últimas sinfonías de Mahler son como esas bolsas variadas de frutos secos, que uno abre sin saber si va a masticar la cáscara de un pistacho, una almendra amarga o un kiko. Todo pringoso, todo mal mezclado, todo caloría y sal, repitición si no plagio. Un tutti frutti de sonidos. Algún día (y tal vez entonces hagan falta esos hombres de blanco que ya están cerca) un tribunal dictaminará las razones de ese reciente amor yihadista hacia Mahler. Pero la locura no aplica, por la razón numérica expuesta, a la Segunda Sinfonía, primer éxito comercial de su compositor, y que se abre con un ventanal de energía de cellos y bajos en tremolo fortissimo. Una obra extensa, espectacular, de gran presupuesto sonoro. Queda por saber cómo gestionará Afkham, con su naturaleza comedida y sobria, una obra de alto rango dinámico y una orquesta con tendencia al sobregiro.

Otro momento destacado, y estamos aún en la segunda semana, será la presencia del pianista noruego Leif Ove Andsnes, que tocará el bien conocido Concierto para piano y orquesta número 20 de Mozart. Leif Ove Andsnes viene con el premio de la BBC Music Magazine en la mochila, reconocimiento a la mejor grabación del año para los conciertos de piano número 2 y 4 de Beethoven. Se debe remarcar que en esta grabación para Sonny Classical es el propio Andsnes quien conduce a la Mahler Chamber Orchestra. En la entrevista para el número de mayo de 2015 de la citada publicación, el pianista lanza una demoledora crítica al papel de las batutas: «If you rehearse a lot and everyone feels this together, then you don´t need to stand there and follow my stick» («Si ensayas con frecuencia y los músicos sienten lo mismo, no necesitas que nadie esté ahí siguiendo la batuta»). Como si el director artístico de la OCNE hubiera recogido esas palabras antes de ser pronunciadas, y sin llegar a extremos de tocar sin maestros, la temporada 2015/2016 detiene al menos el sinsentido económico y musical de la rotación semanal de directores: David Afkham presentará ocho conciertos, y Juanjo Mena otros tres. En sólo dos grandes batutas se va a a gestionar casi la mitad de toda la temporada. Ojalá que la línea a seguir sea esta, lo que pemitirá profundizar en el sonido de la formación, y dejar el espacio a lo que nos levantan de los asientos: los solistas.

Y de solistas habló Félix Alcaraz, director artístico de la OCNE. Pienso que acertó al no revelar el programa concierto a concierto. La gala fue más ágil, centró la atención en los excelentes momentos de videoarte, y multiplicó la curiosidad por hacerse con el programa a la salida. De los solistas me alegré al ver los nombres de los pianistas Christian Zacharias y Mitsuko Uchida, de la violinista Janine Jansen (¡qué foto!) y, cómo no, del barítono galés Bryn Terfel, a quien Gerard Mortier «le dio la llave de oro», siguiendo sus propias palabras, al escucharle cantar «La flauta mágica» de Mozart en 1991. Al auditorio aterrizará Bryn Terfel a mediados del mes de enero en el papel de «El holandés errante» de Wagner; ojalá que se represente sin interrupciones, siguiendo así las instrucciones del compositor alemán. Un apunte: que la Nacional de España se embarque en óperas es para mí, abonado también del Real, un regalo inmerecido. Supongo que los músicos de la OCNE no pensarán lo mismo, porque la duración de algunas óperas les exige de un plátano o un trozo de fuet colgando del atril. La ópera de Wagner, sin embargo, considero que es una obra muy bien elegida: su duración no es excesiva y puede defenderse sin todo su aparato teatral. Y como pedir es gratis, ojalá que algún año podamos escuchar en el auditorio esa maravilla de Glück llamada Alceste, un compositor del que ya escuchamos su ópera Orfeo y Eurídice en versión concierto bajo la dirección de Josep Pons.

Vuelvo a casa leyendo el programa con la avidez de un comic. Al mismo tiempo voy escuchando en mi cabeza las obras que conozco, y lo hago abreviándolas, haciéndolas avanzar en apenas unos segundos desde su principio a su final. Me viene a la memoria cuando de niño adelantaba las cintas de cassette girándolas sobre un lapicero. Y con un lapicero apunto la Séptima de Beethoven (su segundo movimiento es para mí de lo mejor que escribió Beethoven), el Réquiem de Fauré y la Sexta de Brückner. Esta última tuve la suerte de escucharla con la Orquesta Sinfónica de Chicago, dirigida por Mutti, y aún recuerdo la explosión final de alegría de un espectador el cual, como si se tratara de un partido de baloncesto, se levantó, puño en alto, y empezó a gritar en bucle: ¡yes, yes, yes!. O más bien: ¡YES, YES, YES! Así que redondeo la obra, y escribo: YES. También salivo, pero de curiosidad, por el concierto de violín de Thomas Adès, compositor que conocí con una obrita maravillosa llamada Arcadiana, y de la que hace algunos meses puse el enlace a uno de sus movimientos (https://www.youtube.com/watch?v=nP5__SSf3dk).Y no redondeo, porque ya lo hace él solo, la programación de un gran número de obras de Brahms que dirigirá Afkham, a quien me hubiera gustado escuchar en la gala.

Si redondeo en lápiz estas obras no es tanto para recordarlas, como más bien una alerta a los demás: el aviso para que mis padres y amigos vengan también a disfrutar de esos conciertos. Tener en Madrid una orquesta de esta calidad, con solistas de prestigio, programaciones acertadas, y a un precio más que razonable, es un privilegio del que uno solo se da cuenta que existe cuando no lo tiene. Por eso que estos trazos de lapicero son la llamada a una fascinación futura, y que espero además sea compartida. Qué difícil es explicar el gusto por la música, y qué difícil transmitir la alegría a un porvenir de veinticuatro conciertos. Veinticuatro sábados que no terminan después de los aplausos, sino volviendo a casa y tatareando alguna melodía, con esa felicidad rara y única que da compartir la belleza, o conciertos que continúan luego en el vestíbulo del auditorio, las risas, los teléfonos móviles actualizándose, los saludos y las despedidas, y luego acodado en un bar próximo comentando todo lo ocurrido con algunos de mis amigos músicos: yo quiero saber de ellos la intrahistoria del concierto. Ellos saber de mí qué ha sentido ese misterio oscuro de toses y aplausos para el que tocan cada semana. Unos y otros bebemos cerveza hasta que el dueño da la vuelta a las sillas, las sube sobre las mesas. ¿He bebido demasiado, y la realidad está del revés, o efectivamente los taburetes están boca abajo? Voy al baño, vuelvo del baño, y en el camino toco madera: sí, están boca abajo, cierran el bar. Es tarde, estoy cansado, algo borracho, y es hora de volver. Ay, malas compañías las de estos malditos músicos. ¿He dicho malditos? Ya entiendo mejor el por qué de esta temporada.

Toda la información de la temporada en el siguiente enlace:

: http://www.joomag.com/magazine/programa-ocne-2015-2016/0927167001430136508?short

Principio y final de Lohengrin

Lohengrin

Comienza Lohengrin, y es como estar en el umbral de un mundo desconocido. En una calle hacia el interior de un barrio que nunca hemos habitado. De la fascinación antigua hacia ese pasillo musical, Franz Listz dijo: “la obertura es una especie de fórmula mágica que, como una iniciación misteriosa, prepara nuestras almas para la contemplación de cosas inesperadas y de un sentido más elevado que los de la vida terrenal, revelando un elemento místico siempre presente y siempre escondido en la obra”.

Termina Lohengrin cuando Elsa decide preguntar el nombre y origen de Lohengrin. Elsa, que vive en la felicidad de un mundo mágico, aquel que brotó cuando Lohengrin entró en su vida, teme que ese amor tenga la misma fugacidad que un truco de magia, y que su vida sea un fondo de engaño. Vive dentro de un sueño, pero necesita el sueño sea realidad. Incapaz de mantener la promesa de silencio, pregunta a Lohengrin saber de dónde viene, y Lohengrin le responde:

En una lejana tierra, inaccesible a vuestros pasos, existe un castillo llamado Montsalvat. En su interior se levanta un luminoso templo, hermoso como ningún otro en la tierra. Dentro del templo hay un cáliz bendito, de naturaleza maravillosa, y que se conserva como una reliquia sagrada. Para que solo hombres puros lo custodiaran, un ejército de ángeles lo trajo hasta ese lugar. Cada año una paloma baja del cielo, redoblando así la fuerza de este poder maravilloso: su nombre es el Grial, y la fe más pura y más bendita la concede a la Hermandad de los Caballeros. Aquel que es elegido para servir al Grial recibe un poder divino. Ni las flechas del demonio le hacen daño. Ni la sombra de la muerte se atreve a acercarse. Aquel que, como yo, es enviado a una tierra lejana como defensor de la virtud, no se verá privado de su santo poder, a menos que sea descubierta su condición de Caballero. La bendición del Grial es tan maravillosa que, cuando se revela, rehuye a los no iniciados. Por ello que nadie debe dudar nunca del Caballero. Si es reconocido, tendrá que abandonarlos“.

Mientras escuchaba en el Teatro Real estas palabras de Lohengrin, ya muy cerca del final de la obra, hubo un momento en que la pantalla de subtítulos pareció quedar en blanco, aunque su color fuera más bien el contrario. De golpe quedé abstraído, y advertí entonces que la respuesta de Lohengrin era una definición buscada de otro misterio: el de la poesía. Esa virtud mística hecha de palabras que solo algunos poseen, que vence a la muerte y que nadie es capaz de explicar: de hacerlo, se rompe el sortilegio.

La música de Wagner

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La música de Wagner te hace parte de un viaje en coche cama, atravesando con sus pentagramas fronteras de países, cruzando apeaderos vacíos de nombres impronunciables, un viaje sin reloj y en la litera superior dos enamorados, Tristán e Isolda, abrazados como si avanzáramos hacia un muro, que es la luz del día. Pero sigue la noche y Wagner aún compone y sufre y se enamora de cada mujer y pide dinero y sabe que nunca lo devolverá. Todo eso es Wagner: transgresión de los límites, movimiento, emoción fuera de la cordura. Un estado de alerta permanente.

Gracias al texto anterior he ganado el primer puesto del concurso Wagner de El País. El premio, para desgracia de mis vecinos, es una caja de 43 discos con las óperas completas de Wagner.

Si uno se escribe para sí mismo, le es raro y hasta incómodo saberse leído, como una intimidad asaltada desde el ojo de una cerradura. Si además ha encontrado que esa lectura acaba en una distinción, la sensación es doblemente extraña: de invasión, pero también de misterio ante el placer ajeno.

Uno escribe, elige las palabras, las une, las lee en voz alta: el acorde es terrible. Decepcionado las destruye: las palabras vuelven aliviadas al diccionario. Arrasando y civilizando van parpadeando palabras en el cuaderno o en la pantalla. En un momento definitivo y tal vez errado brilla el destello de una cámara: el documento se guarda y se lanza a ese buzón que casi siempre es un pozo y a veces, en días como hoy, un eco que vuelve inmerecido, y ante ese boomerang solo puedo sentir un agradecimiento tímido, la vista pegado al suelo sin poder mirar al frente, el secuestro de una mirada que mezcla algo de orgullo y mucho de vergüenza, el placer breve de ser leído y de un premio que girará en en el reproductor, dará raíl al tiempo, y por lo tanto nunca olvidaré.