Sábado 27 de agosto de 2011: visita a la casa de Beethoven

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Por la mañana el salón seguía igual de vacío que la noche anterior, salvo un padre y su hijo vestidos de chándal, desayunando en silencio. Había soñado que el hostelero tenía una hija joven. Su hija traía cada noche al hostal a un hombre del pueblo y hacían el amor en alguna de las muchas habitaciones vacías. En el sueño la hija se acostaba con quien fuera no por placer o por amor, sino para ayudar económicamente a su padre, quien por la mañana miraba a un lado pero cobraba la estancia, y servía a la hija y a su acompañante el mismo desayuno que ahora yo tenía delante, y compuesto, como parecía ser la norma en la región, de pan, embutido, queso, mantequilla, mermelada, una cafetera humeante y un zumo.

Pagué la habitación, dejé la maleta en el coche, y con todo el tiempo por delante me dispuse a dar un paseo. Andernach amaneció bajo un cielo bajo de nubes. En la plaza del pueblo había un mercado de frutas y flores, pero chispeaba y los puestos estaban cubiertos de plásticos, privándolo de cualquier atractivo. Paseé por las calles, estrechas y sin apenas actividad, entre casas de fachada blanca y piedra, saltando algunos charcos y protegiéndome del viento frío que venía del Rhin, mientras sonaba en mis oídos las canciones tristes de Nacho Vegas, y que parecían una banda sonora ideal para el lugar y el clima. Las hojas de los árboles se doblaban por las gotas de lluvia, que resplandecían como gotas de mercurio. 

A mi espalda llegó entonces el estruendo metálico de un tren que se detenía en la estación, y pensé en el significado que para la gente del pueblo tendría ese sonido, audible desde cualquier rincón, probablemente repetido a una hora idéntica todos los días, y dotando así de contenido a esa constante sonora: el momento de salir por fin de la cama, donde uno lleva ya un rato despierto, escuchando los ruidos de la casa pero sin ganas de abandonar el abrigo de la sábana y la manta, y regresar al mundo real, la luz del día filtrada por las cicatrices de la persiana. O bien una advertencia de que uno lleva un rato demasiado largo tomando un café y leyendo el periódico, y la señal de que hay obligaciones que atender. Cómo necesitamos de señales acústicas para gobernar y organizar el tiempo: balizas sonoras, despertadores, megáfonos, silbatos, metrónomos, cornetines. El silencio, en contraposición, parece un refugio para una idea vaga de libertad. Silencio era lo que buscaba yo cuando pensé en visitar esta zona rural de Alemania, y desde mi casa en Madrid lo había imaginado en un sendero hacia el interior de un bosque, sin más compañía que mi sombra. Hasta ahora sí había encontrado silencio pero no me había adentrado aún en ninguno de los bosques que, de golpe, se asomaban y luego desaparecían súbitamente en algún lado de la carretera, como si el hombre hubiera marcado con firmeza sus límites.

Entré en una iglesia protestante, en cuyo altar se derramaba la luz débil que accedía desde unos altos ventanales sin adornos, cruzando un cristal ausente de cualquier ornamento. Dejando atrás las murallas de la ciudad me acerqué hasta el río. Una banda joven de músicos tocaba en el hermoso paseo que abría su vista al Rhin, frente a la puerta de un museo dedicado al géiser de la ciudad. Regresé al interior de la misma, y en una calle bulliciosa y peatonal entré en una tienda de discos y compré el Aqualung de Jethro Tull y un recopilatorio doble de música clásica fúnebre, titulado In Memory of, con obras de Chopin, Beethoven, Greig o Rachmaninov, entre otros.

Sin mucho más que hacer volví al coche, y me dirigí hacia Bonn. Fui dejando atrás el campo, el mundo rural y bucólico de una naturaleza ordenada, de montañas suaves vendimiadas y rutas en bicicleta junto a ríos, y me fui aproximando a una gran ciudad, rodeada por cinturones desordenados de polígonos industriales, intersecciones con carreteras cada vez más amplias, ciudades de extrarradio y zonas de servicio y carteles luminosos ofreciendo comida rápida, concesionarios de coches de segunda mano y, como podría suponerse, atascos, como el que me recibió en una gran avenida a la entrada de Bonn, y que me reveló una ciudad horizontal, de avenidas diáfanas, edificios gubernamentales, tranvías y museos.

Aparqué el coche al este del centro de la ciudad, y con el sosiego que da el tiempo libre y la falta de preocupaciones me tomé un café y un pretzel caliente en una panadería cercana. Después crucé un puente largo sobre el Rhin: el río se ensanchaba a la entrada de la ciudad, como queriendo demostrar su importancia. En la barandilla se cerraban candados de colores con las iniciales marcadas, sus llaves lanzadas al agua en el mismo instante que los enamorados se dan un beso, metáfora de eternidad del amor, y flotando ahora esas mismas llaves muy lejos de allí, frenadas tal vez en algún dique en Rotterdam o bien zarandeadas por el oleaje del Mar del Norte.

Me dirigí a la casa natal de Beethoven, un edificio de tres plantas y buhardilla con fachada color salmón, y situada en una bulliciosa calle comercial. Donde hay comercio existe pluralismo, y Beethoven nació y se crío en el centro de una ciudad donde la Revolución Francesa se veía con gran simpatía. La visita a su casa se iniciaba en un pequeño jardín con un busto del compositor. Desde el jardín se accedía a la vivienda. Un grupo de ruidosos turistas chinos abigarraban la escalera de acceso a la planta superior y cada una de las estancias, así que decidí aguardar un rato en el exterior y poder disfrutar con tranquilidad de la visita. Visita que comenzaba con una minúscula habitación donde nació, y después por sucesivas estancias donde las vitrinas exhibían algunos objetos personales, su violín, un mechón de pelo, partituras y abundante correspondencia. Su caligrafía resultaba incomprensible, como si la música o las ideas fueran mucho más rápidas que la escritura de las mismas.

Sentí tristeza al observar las trompetillas de Mälzel con las que inútilmente trató de luchar contra su sordera progresiva, y que dieron lugar a sus famosos Cuadernos de conversaciones. Los años de sordera de Beethoven coincidieron con una época de desbordante creatividad y recordé, con la nariz pegada a la vitrina, la historia de un admirador del compositor que le preguntó el secreto de su música: Beethoven le contestó que él escribía en una hoja de papel pautado la música que tenía pensada en su cabeza, y después pasaba a la habitación contigua y solo entonces tocaba lo compuesto. Para Beethoven iniciar el proceso a través de un cuaderno significaba dejar hablar al alma. La música así compuesta gozaba de una mayor libertad. Qué capacidad para tener interiorizados los sonidos, saber cómo dirigir la emoción en cada instante. Y qué consciencia la suya de ser artista, de ser el «propietario del talento», como satíricamente se nombró frente a su hermano, a quien los temas económicos le iban mucho mejor que al compositor. En uno de sus últimos cuadernos de conversación, cuando alguien le escribe para informarle que uno de sus cuartetos no ha despertado ningún interés, Beethoven escribe: «ya les gustará algún día, ¡yo sé que soy un artista!».

La visita terminaba, cómo no, en la clásica tienda de recuerdos, donde había productos en venta que uno dudosamente los relacionaría con Beethoven, como mermeladas o corbatas. Salí a la calle, sobre cuyos adoquines brillaba el sol, y en mi cabeza sonaba cada nota del piano del concierto para piano número cinco o Emperador, y pensé que yo también podría coger un cuaderno y, sin saber escribir música, garabatear con líneas hacia arriba y abajo el sonido de la obra, y de ahí justamente su inmortalidad: la continuidad de que, en un diario escrito más de doscientos años después de que Beethoven escribiera el suyo, alguien, yo, pero también tantos otros, siguiéramos movidos por la magia romántica de su papel pautado. La certeza de que, si hay algo que decir, incluso aunque ello sea tarea compleja, pues la música es una expresión inefable, con una única vida nunca es suficiente, y los sonidos continúan su movimiento, como las aguas constantes del Rhin hacia el Mar del Norte.

En la calle la gente paseaba o bebía cerveza en las terrazas. Era la tarde del sábado y se respiraba un ambiente festivo. Las tiendas estaban abiertas y a lo lejos sonaba un tranvía. Visité la magnífica catedral católica de San Martín, dando un paseo por el claustro. En una plaza cercana había un mercado al aire libre con puestos donde servían comida y bebida. Pedí una ración de lacón, cortado en el instante de una pata que se mantenía caliente gracias a dos luces halógenas. De beber tomé dos vinos de la región del Mosela, primero uno seco, y luego uno dulce. Aproveché para enviarme una postal a mi propia dirección, pues en la misma plaza estaba un máquina expendedora de sellos y un buzón, a la manera de Shostakóvich, quien se enviaba regularmente cartas a sí mismo para probar cómo estaba funcionando el correo postal. Después dudé un momento si acercarme a visitar los museos que había cruzado en coche a la entrada de la ciudad, pero me apetecía volver al campo, así que regresé al coche y me dirigí hasta Remagen, a unos veinte kilómetros al sureste de Bonn.

Remagen resultó ser una pequeña ciudad en el lado oeste del Rhin, famosa por la historia de los puentes que habían cruzado el río y que, como en Bonn, tenía en este lugar una anchura marítima o de río ruso. En época romana César aguardó tres semanas para poder cruzar el río. Una vez fue construido un puente y cruzadas las tropas, éstas lo destrozaron para evitar incursiones germánicas en el Imperio Romano. En la Segunda Guerra Mundial fueron las tropas americanas, dirigidas por el General Eisenhower, quienes cruzaron el puente de Ludendorff el 7 de marzo de 1945. Hitler, furioso de conceder esta facilidad al enemigo, sentenció a muerte a cinco de sus oficiales. El puente se derrumbó pocos días después. Actualmente no existe ningún puente para cruzar el río en ese lugar, y un pequeño ferry permite cruzar de una orilla a la otra. 

Recordé entonces una divertida anécdota que me contó la tía de mi amiga Alicia. Estando en Francia, a la salida de misa de domingo, se celebraba en el pueblo un aperitivo en recuerdo de las víctimas de la Gran Guerra. Se había instalado una carpa, bajo la cual se apiñaban unas mesas con cervezas y algo de comida. Aparte de la reducida feligresía había acudido, entre otros, el alcalde de la zona. El organizador, quizás inconsciente de lo que en esa celebración se recordaba, e imbuido de un inapropiado espíritu festivo, instaló unos altavoces y puso una música atronadora. Fue imposible para los allí reunidos apenas dirigirse la palabra, recordar los familiares perdidos o alguna triste anécdota del pasado, pues la música de la conga, absolutamente inapropiada, les impedía escucharse, y mientras los presentes se llevaban las manos a los oídos e intentaban hablar unos con los otros acercándose a la oreja del vecino, en un vano intento de ser escuchados, en la carpa la música pedía al público, unidos en un antiguo dolor común, para que se juntaran en filas e hicieran un baile colectivo, el cual, evidentemente, no se produjo.

Por dos euros y cuarenta céntimos el ferry me cruzó al otro lado del río, donde se situaba el pueblo de Linz am Rhein. Nuevamente me deslumbró una arquitectura homogénea, de casas de dos alturas rematadas en tejados panzudos de pizarra, con fachadas de colores claros y vigas de madera vistas. Era un pueblo tan cuidado que parecía estar condenado a que los turistas hicieran fotos a sus calles y fachadas, como si estuviéramos de visita por los decorados de un plató de cine. Se hacía de noche y del río llegaba un viento frío, así que volví al coche y me dirigí hacia Boppard, ciudad situada sesenta kilómetros al sur, y donde iba a dormir.

Llegué muy tarde al hotel L´Europe de Boppard. Oscurecía, la carretera era sinuosa, y me costó encontrar la ubicación del mismo, en el extremo más alejado del pueblo. Me ayudó un joven motorista a encontrar el establecimiento, sobre todo al verme parado en el arcén con el portátil encendido y tecleando en Google Earth mi ubicación. Aparqué el coche y llegué cansado al vestíbulo. En la recepción me atendió un hombre mayor y su mujer, dueños del establecimiento, y que se rieron al advertir de lo barato que me había salido el alojamiento, que además incluía el desayuno en un comedor con vistas al río. El hotel, cercano a Lorelei, databa de 1901 y había sido edificado originalmente como almacén de maderas por Karl Baedeker, famoso editor de guías turísticas en el XIX.

La habitación 308 era un cuartucho estrecho y alargado al final del pasillo: el precio no era tan barato visto el lugar. Desde la ventana se veía el río a oscuras y la silueta de una colina boscosa. Dejé las maletas y cargué la batería del móvil y de la cámara de fotos. Yo también necesitaba algo de energía, así que me tumbé en la cama un buen rato y di cuenta de una caja con moras mientras leía a Anne Michaels. Aún cansado, pero demasiado pronto como para acostarme, decidí dar un paseo por el pueblo, en cuyas calles no había un alma. Un viento frío se colaba desde los callejones que desembocaban en la orilla del río, como las ranuras de una puerta mal cerrada. Un ligero escalofrío cada vez que me cruzaban con alguien por las calles solitarias, apenas iluminadas. Pensaba que seguramente el miedo también ocurría en el lugareño, aunque tal vez la sombra que por un segundo se chocaba con la mía fuera la de un forastero como yo, y entonces por un segundo sus ojos observarían mi pantalón corto, la sudadera y la capucha puesta, en los auriculares una canción de Nacho Vegas y la mirada siempre al suelo, como buscando un objeto perdido.

De nuevo en el hotel, la luz apagada, mi cuerpo tratando de acomodarse a un colchón demasiado blando y estrecho, como estrecha era también la habitación, pensé en la visita a la casa de Beethoven en Bonn, la ciudad donde nació pero en la que nunca fue feliz ni quiso vivir. En su correspondencia Beethoven ponía de manifiesto el temor a que la sordera pusiera fin a su carrera como compositor, por miedo a que esta deficiencia física le impidiera recibir encargos y el tan necesario mecenazgo, y cómo al principio de su proceso de sordera se había apartado de la sociedad, asustado de que alguien, y sobre todo sus enemigos, descubrieran este problema; escribía Beethoven que le resultaba imposible decir a la gente: soy sordo. Y cómo igualmente pasó por su cabeza la idea del suicidio, posibilidad que descartó por su convicción de que era un artista y que por lo tanto tenía algo que demostrar al mundo. En una de sus cartas, Beethoven decía que solamente la virtud y el arte habían logrado que su vida no acabara en suicidio. La virtud, remarcaba, era la única manera de lograr la felicidad. Me acordé de las cartas y pentagramas que había observado protegidos en vitrinas. Esa caligrafía defectuosa, apresurada, que uno suele observar en las recetas de los médicos, pero que en general se atribuye a los genios, el acto físico de la escritura siempre más lento que el flujo de las ideas o de los sonidos. Sonidos que Beethoven no podía escuchar, por más que ocupara inútilmente la primera fila de los teatros. ¿Hubiera sido aún más grande su obra de no haber acabado su vida absolutamente sordo? ¿O tal vez la sordera le condenó a una forzosa soledad, y de ella una forma nueva y prodigiosa para transmitir los sentimientos? En el silencio puro de la habitación 308 advertí, antes de dormirme, que mis oídos zumbaban ligeramente. A Beethoven los acúfenos le desaparecieron en 1816, cuando quedó, definitivamente, sordo.

Aye

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Dejamos a la espalda la terminal del aeropuerto y el taxi comienza su descenso hacia Santa Cruz de Tenerife. Ha estado lloviendo en los días previos a mi llegada y la vegetación muestra unos colores intensos. El taxi enfila una larga recta de la autopista que parece no tiene otro final que el mar. Petroleros y barcos de carga siestean con calma en el horizonte. El perfil de la isla de las Palmas se difumina entre algunas gasas desgarradas de niebla, como recuerdos marinos de un fumador. Es el océano pero el agua, vista desde el coche, tiene la quietud de una piscina al amanecer, con algunas manchas oscuras junto a la costa, como grandes lunares, y más lejos su caminos arados por estrías simétricas.

Me cuenta el taxista que los puertos marítimos tuvieron generalmente un origen defensivo. El de la bahía de Santa Cruz nació con ese fin, cuando los actos de saqueo y pillaje venían por el mar. Ahora que los ultrajes se concentran tierra adentro por banqueros y políticos, en moquetas y edificios de cristal, ¡de cristal! recalca el conductor, el puerto es un estorbo para quien trata de acercarse al mar, y así que Santa Cruz, como otras ciudades marítimas, sufre de un espanto visual de losetas y rocas de muelle bañando su litoral, una inoportuna barrera entre la ciudad y el mar, definitivamente alejadas.

Tal vez me habla de la ciudad como si fuera un turista que no la conozco: rápidamente ha reconocido que mi acento no es el de aquí pero él no sabe que, mientras me sigue hablando y el coche se detiene en el primer semáforo de entrada a la ciudad, yo ya no le escucho sino que contemplo y me recuerdo en una piscina junto a la autopista, en cuyas aguas aprendí a nadar de pequeño, mis padres nerviosos en la grada, sobrepasando en su hijo un miedo que ninguno de ellos superó; treinta años antes me lancé a la piscina honda que ahora nuevamente observo, y mis pies aleteaban en el agua y no tocaban el embaldosado del fondo, unos segundos infinitos donde todo era nuevo y en la superficie, lejana, inalcanzable, el sol refulgiendo, y mi cuerpo desde el fondo impulsado solo hacia la vida, y al instante siguiente el aplauso de Alexis, mi instructor de pie en el borde de la piscina, y detrás el fondo de chimeneas de la refinería de petroleo, y en la grada la ausencia de mi padre, fumando con angustia en el bar bajo la grada.

Desde la rambla la vista de la montaña a la izquierda encaja con la de mi memoria, y lo hace con la perfección de dos piezas de un puzle: primero las hileras de casas de colores alrededor de la plaza de toros y del dedo de la iglesia, y luego una franja amplia de villas, con más espacio entre las viviendas y la vegetación tropical asomándose vanidosa sobre los muros, y arriba del todo, escondiendo la cima de la montaña, el barrio de los Campitos, moles de pisos y casuchas desorganizadas que, como barcas a punto de caer por una cascada, se asoman con algo de envidia a las vidas de los otros, vidas que tienen que cruzar y observar para llegar al centro de la ciudad. Aunque oculta tras un enjambre de antenas de televisión puedo ubicar la casa de mis abuelos allá arriba, en la frontera entre los grandes chalets y el comienzo de ese barrio alto y humilde cuyas fachadas, a modo de eco, registran todos los ruidos de la ciudad: el tráfico de coches agotados al final de las cuestas, el cacareo angustioso de las gallinas, un claxon, el aullido de los perros, música tropical de las ventanas abiertas y el alarido interminable de las bocinas en el muelle.

Me apeo del taxi y camino hacia el hotel. Un termómetro dice que hacen diecisiete grados. El tiempo es cálido en las avenidas arboladas del parque Sanabria, pero tibio o incluso frío en la sombra de los edificios. Dejó la maleta y de nuevo otro taxi rumbo a la residencia, un viejo Mercedes con matrícula L que sube fatigado, casi al borde del síncope. Observo un segundo un gran nube oscura, acurrucada sobre el horizonte, y camino lento hacia el edificio verde.

Dentro de la residencia no giran las manecillas del reloj. Huele a orines y hay una pesadumbre estática. En una sala amplia, con ventanales mirando al Atlántico, se dispersan ancianos de párpados caídos, que te miran si acaso un instante para volver luego a su inanición; todos tienen la misma quietud que los contenedores marítimos que no observan, una comunidad de volúmenes inertes esperando que algún brazo hidráulico o humano les mueva. La residencia tiene una cualidad funcional: cualquier objeto es esencial y nada es accesorio, salvo tal vez yo, intruso y posiblemente innecesario, mi silueta reflejada en el cristal y al mismo tiempo cruzada por los contenedores que, como fichas de Lego, duermen sobre las losetas del muelle.

Nadie elige el lugar donde muere, y mi abuela lo hace en una habitación con vistas a la piedra de la montaña, en un edificio invertido, pues el tejado es aparcamiento y a la vez puerta de acceso. A la planta menos dos se llega a través de un ascensor con llave: es el único nivel del edificio con seguridad. No sé si el mundo real que cierra esa llave es el que dejo atrás, el conocido y a ratos lleno de vida, o el nuevo en el que ahora me adentro, ese mundo práctico sin fruslerías, cuando a mi abuela le gustaba tanto rodearse de personas y de cosas, una abundancia desordenada de afectos, de comidas familiares, de tardes en el sofá. Pero ahora todo ella es silencio sin luz y solo las palabras de algún otro enfermo de pasillo, tan débiles que apenas pronunciadas caen sin peso sobre las baldosas, palabras que nadie escucha y desaparecen, solo esas palabras y el sonido del carrito de la merienda, una puerta que se abre y una luz de tristeza que parece arrastrarse por el pasillo, adelgazándose en diagonal hacia el ascensor, una luz que busca también escapar.

Ella es una miniatura bajos las sábanas. Su boca está abierta en un gesto que transmite dolor; los ojos parecen vibrar bajo los párpados, acorralados por el tiempo que se esfuma. El pelo un puñado de hilos blancos, sin más gobierno que el cariño ajeno que los arracima (los dedos de mi hermana o de mi madre un rato antes) . Qué pensará en estos momentos, tan calladita, toda ella suprimida. Qué fue lo último que me dijo, en lo alto de la escalera del chalet agitando el brazo, mi piel aún húmeda de un beso interminable, su brazo en vaivén cuando ya he doblado en coche la curva y he dejado de verla, y luego mi conducción triste que me ha llevado a tantos lugares que ella no verá ya, y yo ahora mismo junto a ese brazo quieto, como un mecanismo roto. Y qué misterio también el mío, saber lo que pienso junto a alguien que no es ella aunque se parezca, y en la memoria rebuscando el ser del pasado, el que era ella con energía y plena en otro tiempo, la persona que sostenía a su alrededor tantos afectos y deseos y que ahora no reconozco, y tengo que mirarme hacia dentro para encontrarla donde ahora es ausencia, y reconocer la impostura de un frangollo que ceno de postre en la Laguna pero sabe mucho peor que el suyo, la mentira también de un jardín que ocupa el mismo lugar que ella vivió, y ahora sin embargo asilvestrado, rodeado por la odiosa permanencia de los objetos, la maceta y la manguera y los bancos donde se sentaba; hurgarme, recordarla, y advertir la desprotección diaria de no escuchar ya sus consejos, su puesto de vigilancia vacío en la azotea, las baldosas doradas de sol sin sombra, donde ya no está ella y ya no está su brazo, siempre su brazo, agitado desde lo alto hacia la panza de un avión que va rumbo a la Península, el brazo agitado y la otra mano haciendo de visera y buscando nuestros ojos en la hilera de luces del avión.

De nuevo en la recepción la puerta se cierra mi espalda y el tiempo se actualiza: la noche se ha tumbado sobre los Campitos, sobre la ladera que baja casi hasta el mar, sobre los contenedores perezosos. He querido escribir mar y el subconsciente ha tecleado amor. Mientras espero al taxi me acodo en la barandilla y miro al perfil de grúas y ganchos ciegos en la distancia. El taxi viene y circula a velocidad humana, como en señal de duelo anticipado, y aprovecho para observar las fachadas de las casas con la seguridad de que será la última que las vea antes de que la vida de mi abuela acabe. En mi memoria ella será siempre esa persona en lo alto de la escalera, un tránsito de saludos y despedidas, una puerta de embarque que uno cruza y donde escucha a su espalda el último consejo, y ahora que embarco en el aeropuerto de los Rodeos rumbo a Madrid y no hay nadie a mi espalda recuerdo su silencio bajo las sábanas; siempre la echaré de menos, su brazo estático hoy y mañana y el resto de mi vida, su brazo como un código completo de consejos que descubro ahora que los necesito.

Diálogos

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Si Platón viviera posiblemente no leería este blog. Ni este blog ni ningún otro, pues desconfiaba de los discursos escritos, privados de la interlocución, la tolerancia y reflexión ante la opinión ajena. Para Platón el diálogo era el medio para llegar a la verdad. Y diálogo parece que no ha faltado en los medios de comunicación ante la polémica del premio Jerusalem para Antonio Muñoz Molina, el primer escritor español que lo recibe en la historia del galardón; pero todo ese diálogo a raíz de la noticia no ha servido para llegar a las inspiradoras aguas de la fuente de las ninfas, sino más bien para que unos y otros tecleen con rabia acusaciones y desprecios, disparos a quemarropa camuflados de tolerancia y verdad y que, apenas escritos, se desvanecen en humo.

Si algo se aprende con el paso del tiempo es que nadie es totalmente inocente ni nadie totalmente culpable, y este axioma se puede aplicar a tantísimas situaciones problemáticas (en la familia, trabajo, en una relación que se acaba, en un país dividido) que al final uno cae sin quererlo en el foso del relativismo moral, un lugar humanamente inhabitable pues a todo parece que se le encuentra justificación, las bombas merecidas como un castigo del cielo, la privación intencionada de los derechos humanos, la ocupación y división de territorios y ciudades y barrios, grifos de donde no sale agua por una decisión política, y detrás de cada privación la orden de un mando superior y omnipotente frente al que no cabe discusión, réplica o, siguiendo a Platón, diálogo.

Esa cadena de órdenes que lleva a un relativismo donde se diluye todo entendimiento fue puesto de relieve en el famoso experimento Pilgrim: un profesor debía aplicar descargas eléctricas de voltaje creciente cada vez que el alumno errara en la respuesta de las preguntas a las que le iba a ir sometiendo. Acierto, nueva pregunta. Error, descarga. El director del experimento apremiaba al profesor para que éste no parara de hacer al alumno las preguntas y, en su caso, aplicar las descarga, sin saber que el alumno no era sino un actor que fingía sufrimiento, aullando y gritando y golpeando el vidrio sometido a descargas que, afortunadamente, no tenían lugar. Del experimento se extrajeron unos resultados inquietantes: casi tres de cada cuatro profesores administraron el voltaje máximo a los supuestos alumnos, y solo uno de cada cuatro tuvo el coraje de levantarse y decir al director del experimento que lo parara: el resto siguieron el imperativo del investigador.

De Pilgrim se deduce que a veces en nuestra toma de decisiones influye ese director de experimento instigador, en forma de hombrecillo que habita en nosotros y que, como en un acceso de fiebre, nos domina el pensamiento, lo estrangula y nos hace escupir al resto en forma de monólogo iracundo. El anonimato tantas veces cobarde de las redes sociales, la urgencia de la notoriedad y la contundencia de un dato escrito y que no puede ser contrastado son expresiones de esa rabia interior, una rabia que se vuelca sobre el teclado también en forma de descargas crecientes, y muchas veces se proyectan hacia el resto opiniones peyorativas donde no cabe el diálogo platónico, descargas que parecen buscar respuestas igualmente abruptas, como una sucesión de imágenes atroces que a veces se cruzan en la cabeza durante los sueños. Existe una llanura infinita donde se puede debatir entre los abismos de la categorización y el relativismo moral, pero algunos desprecian ese ágora y prefieren asaltarte con su ego por los desfiladeros.

Uno lee con preocupación las palabras del escritor británico Ian McEwan, galardonado con el mismo premio en el año 2011: «diría como regla general que, cuando la política ha invadido cualquier lugar de nuestra existencia, algo ha ido realmente mal». La mala gestión política no solo nubla el horizonte de expectativas de toda una población, sino que multiplica esos hombrecillos enrabietados que, muchas veces de forma justificada, escupen su malestar contra cualquier tema que se les cruce, sea el premio Jerusalem a Muñoz Molina, el último caso de corrupción en España o un gol en posición dudosa. Qué importante dotar entonces a ese otro gran experimento que es la vida de herramientas para el diálogo, mesas de debate que hagan innecesario el insulto, la manifestación o la condena. Refutar con éxito una injusticia, aparte de ser algo muchas veces milagroso, tiene una recompensa breve, pues el daño se produjo y existirá para siempre: el hombrecillo actuó y  la existencia ya está contaminada, tal y como señala el escritor británico. Todos tenemos episodios donde desearíamos descargar esa corriente eléctrica hacia el entorno que no nos satisface, pero debemos recordar que nuestro entorno son personas reales y no actores, personas que están dotadas de esa misma capacidad de daño y que posiblemente arrastran un sufrimiento o malestar parecidos al nuestro. Unos y otros debemos bajar antes de que todo ocurra a la plaza pública y hablar hasta el agotamiento.

El diálogo siempre debe conducirnos al discurso de los sabios que buscaban Sócrates y Fedro: leamos, hablemos, adquiramos datos, incluso cuando unos con otros se disocien como contrarios, y con toda esa especulación del conocimiento busquemos siempre nuestra propia riqueza. Formarse una opinión única sobre las cosas es tan peligroso como el relativismo moral del todo vale, del que cumple órdenes sin cuestionarlas, de la inocente pero nociva desinformación. Decía Savater que aquel que se vanagloria de pensar igual de joven que de adulto revela que posiblemente no ha pensado nunca, ni de joven ni de adulto. De ahí la importancia del conocimiento como arma contras las verdades generales, pero también el vaivén de ese conocimiento en forma de diálogos, incluso aunque le hagan llegar a uno a opiniones opuestas: lejos de ser incoherencias muestran una frescura intelectual, espontánea, frescura como la de esas fuentes imaginarias de agua de las ninfas.

E incluso aunque crea uno alcanzar merecidas cimas del saber, cumbres firmes y sólidas desde las cuales el horizonte es un lugar ordenado, hay que recordar siempre las palabras de Karl R. Popper, para quien el rasgo que definía la teorización científica era su refutabilidad, es decir, la búsqueda de datos o argumentos que permitieran demostrar la falsedad de un argumento. Para alcanzar esa cima didáctica sin olvidar nunca su naturaleza transitoria evitemos el insulto, la generalización grosera, el radicalismo: abramos la mente y escuchemos la dialéctica de todos los sonidos de la llanura, sus flujos de razonamiento y emoción.

Mientras reviso y termino de escribir estas líneas concluye también el concierto de piano número 23 de Mozart, un tren de pentagramas que se acerca ya a la doble barra final, y pienso que la buena música tiene también el beneficio de un diálogo puro, un tiempo que trasciende el humano y en donde no existen descargas eléctricas ni almas contaminadas: un lugar de tiempo en el cual las almas, como hilos de guirnaldas (de Mozart a la orquesta y de la orquesta, a través de youtube, hasta mi casa), dialogan, ríen, se ponen tristes, saltan juntas bajo una catenaria de corcheas, cantan.

La voz de Cristina Peri Rossi

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La edición de las obras completas de un autor transmite una solemnidad de monumento funerario: el impacto global y último de un autor que no podrá escribir más, salvo que alguien remueva y encuentre algo inédito en los márgenes de un cuaderno, en la confusión de una estantería o de un cajón revuelto. El elevado precio que demandan estos libros suele ser un peaje a su lectura, especialmente para neófitos del autor, primerizos que tiemblan al ver el precio en la solapa, pues se da además el hecho de que los lectores de poesía nunca tienen mucho dinero; suelen ser entonces lectores que ya conocen bien al autor quienes no dudan en lanzarse a estas obras inmensas, lectores veteranos que habitarán en sus páginas durante un largo espacio de sus vidas, si no toda ella, buscando la culminación que son en sí mismo esos libros, pero también lectores que sufrirán para superar prefacios muchas veces farragosos, barricadas de citas, asteriscos y pies de página levantados por intelectuales que uno supone admiran la obra que les sigue, pero cuyo culto (¡como tantos cultos!) parece lograr el efecto contrario: el desánimo a su lectura.

Por todo ello está bien elegido el título de Poesía reunida para el macizo de versos de Cristina Peri Rossi: porque aunque está todo lo escrito por ella hasta su publicación (salvo Las musas inquietantes) y debería ser por lo tanto una poesía completa, ni ella está muerta, y por lo tanto no está aún todo dicho, y porque además el prólogo de la autora que abre el volumen, lejos de ser un incordio, anticipa con su profunda sencillez el placer futuro de la lectura. Y es la propia autora quien destaca, tal vez sorprendida ella misma, la unidad que el lector encontrará en los poemas, y así que el lector admira al comprobar que en versos jóvenes latiera ya la semilla de un plan predeterminado, un plan que se iría desarrollando a lo largo de distintas décadas y ciudades, Uruguay, Barcelona, Berlín, formando su obra una unidad por encima de los distintos temas y tonos. Además uno goza la lectura con la satisfacción de una clandestinidad ya superada, pues el volumen contiene versos prohibidos en la dictadura uruguaya, que trató sin éxito de ocultar su voz que fue luego voz en el exilio, pero que sin embargo destruyó con eficacia la biblioteca de su tío, donde Peri Rossi leyó absolutamente todo lo imprescindible (Homero, Garcilaso, Neruda, Safo de Lesbos, Baudelaire, Salinas, Ayala, María Zambrano) para abrir luego la ventana y soltar sus propios versos.

En la página web de recomendaciones literarias en la que mensualmente colaboro he escrito un artículo breve sobre Cristina Peri Rossi; podéis encontrarlo en el siguiente enlace: http://www.el-buscalibros.com/2013/01/cristina-peri-rossi-poesia-reunida.html, y os ánimo cómo no a su lectura. Aquí os dejo con un magnífico poema sobre el exilio:

Sueñan con volver a un país que ya no existe
y que no reconocerán más que en los mapas
de la memoria
mapas que confeccionan cada noche
en la niebla de los sueños
y que recorren en naves blancas
perpetuamente en movimiento.

Regresan todos los días en el vuelo
de pájaros que se pierden
del cielo de sus ojos
o regresan en caballos alados,
de crines como llamas.

Si volvieran no reconocerían el lugar
la calle, la casa
dudarían en las esquinas
creerían estar en otro lado.

Pero vuelven cada noche
en las naves blancas de los sueños
con rumbo seguro.