Recuerdos de la Feria del Libro de Madrid

Sobre escritores abandonados y sobre la sobreabundancia. Sobre empujones que sobran y sobre la magia: la Feria del Libro en Madrid.

El pensador Boris Groys sostiene que el espectador ya no es importante. De ahí que el arte contemporáneo deba examinarse desde la perspectiva del productor, no del consumidor. O lo que es lo mismo: desde un punto de vista poético, no estético. ¿Por qué? Dice este filósofo que, en la sociedad contemporánea, la contemplación está abolida. Todo el mundo está interesado en crear, pero nadie tiene tiempo de prestar atención, de ser persuadido por nada. Abundancia de productores, ausencia de consumidores: una tragedia.

Recuerdo esta idea mientras camino entre la doble orilla de casetas de la Feria del Libro de Madrid. La Feria es una larguísima librería y su reflejo: dos estanterías sin límites, encajonadas en una constante de casetas. Sobre las mesas se asfixia un agotamiento de novedades. Esa acumulación de lecturas provoca, en el aficionado, una sensación abrumadora de impotencia: nunca podrá leer todo aquello que quiera.  También desorientación: no saber qué libros abrir, cuáles descartar, qué itinerario tomar en sus lecturas. Los tiovivos de la publicidad multiplican su aturdimiento. Para el neófito, para el que deambula por la Feria como si no hubiera nada mejor que hacer, la sensación es de aburrimiento y perplejidad. Por ser de acceso gratuito, por situarse en el parque más importante de Madrid, la Feria pretende un encuentro amplio con la ciudad. Pero lo cierto es que el objetivo de la Feria, que debería ser la promoción de la lectura, dista mucho de producirse allí. No se pretende que nadie abra un libro y lo lea en la Feria, no. Pero sí que la Feria proponga las condiciones para llegar a ella. Que sea la antesala gozosa de futuras lecturas. Pues que aficionados y neófitos se mezclen a empellones, aplastándose unos a otros, como se aplastan también los libros que observan, todos bajo una megafonía insoportable, que parece anunciar siempre casetas lejanísimas, no resulta, en fin, la mejor manera para invitar a la compra de un libro. Por eso que el aficionado siente la rabia de intuir que la Feria podría organizarse de otra manera —lo difícil es saber esa alternativa—, y por eso que el advenedizo observa este sarao cultural como una fiesta muy poco divertida.

El visitante suele arquear su camino cuando, por la proximidad de un autor, se atisba la posibilidad de un incómodo diálogo. Qué imagen tan triste la de ese autor segregado, sin lectores, con el dueño de la editorial de pie, un dueño que siempre tiene barba y siempre porta gafas, que va llenando de tiempo una conversación, que observa cenitalmente la caspa del autor, o tal vez su coronilla o tal vez su pelo largo alborotado, que se fija luego en las manos nerviosas del escritor quien, parapetado tras su obra, le asiente sin interés, y mira hacia delante, hacia un lleno de paseantes y un vacío de público, hacia un feriante con gafas y abrigo —¿abrigo en el mes de mayo?— que, en la caseta de al lado, soy yo, soy yo echando un vistazo a algunos libros con fingido interés, devolviéndolos luego a sus nichos, y de reojo mirándole, y alejándome luego de él, como quien escapa de un contagio, y subtitulando la escena: busto de escritor abandonado. Que ese escritor sea Luis Goytisolo dice mucho de la deriva estética contemporánea.

Es dramático también el misterio de todo lo que se publica sin ruido, un aluvión silencioso que va cayendo de esas mesas, sin dejar rastro. Un mantel lleno de letras que el viento de la novedad, zas, sacude, las deja vacías, desleídas, listas para otra invasión anual. Las estanterías domésticas de cada uno son también testimonio de que, a pequeña escala, se repiten idénticos tsunamis: basta comprobar si las compras de un año fueron lecturas transcurridos doce meses, o ahí siguen, aguardando su momento. El momento: esa es la gran cuestión en un mundo saturado de productores, donde sí, puede que exista el talento. Pero si existe, es raro que, en las circunstancias que ofrece la Feria, vayamos a identificarlo. La gente seguirá caminando con las manos encadenadas a la espalda, tomando entre sus manos libros con la misma admiración y urgencia con la que se devuelvan a su lugar. Los aficionados lamentarán que la Feria sea un espacio poco propicio a los dominios de la literatura: el silencio, el diálogo, la búsqueda paciente de una felicidad próxima en forma de lecturas. El recién llegado, por su lado, se alejará del tumulto con una sensación de alivio o de indiferencia: probablemente nada le habrá reclamado su atención, salvo tal vez alguna cara televisiva, y del brazo llevará una bolsa llena de publicidad y marca páginas que olvidará en un bar próximo al Retiro. Unos y otros, aunque con diferentes razones, sufrirán ese mal contemporáneo del que hablaba Boris Groys: multiplicados los estímulos, muy pocos parecen desear ser persuadidos por nada.

Con esta idea confusa abandono la Feria: una confianza feliz en que los mecanismos editoriales siguen girando, como lo atestiguan la multiplicidad de pequeñas editoriales, pero el fastidio de que la Feria transmita con tanta fragilidad el amor por los libros, el reposo, la quietud, el consejo lento y profundo que solo pueden ganarse en las conversaciones verdaderas. La sensación de que uno ha asistido a una boda ajena: una celebración obligada, por momentos interesante, pero incompleta por sernos, en sus más profundas motivaciones, en sus verdaderos propósitos, ajena. Al girar la cabeza, en los confines de la Feria, observo a un lector joven que introduce su cuerpo en una caseta. De espaldas no sé si está felicitando a un autor o, por el contrario, le quiere arrancar la cabeza. Esa misma mezcla de sentimientos me va llevando hasta la calle Velázquez, a la marquesina del autobús, al cincuenta y uno que aparece pronto y me recibe refrigerado. Abro la novela y, de inmediato, olvido incluso que estuve en la Feria, todo lo que allí pensé. En el fondo, qué más da lo que uno piense. Para los que nos gusta leer, leer es todo, pero puede que, realmente, no sirve en la práctica para nada y que, en el fondo, Boris Groys tenga razón: todos estamos interesados en hablar, en crear, en construir, y nadie en contemplar.

Quizá faltaría corregir a este filósofo y decirle que la lectura, esa que me va llevando hasta casa sin yo darme cuenta, es una herramienta mágica —por económica y universal— de creación. De ser consumidor, pero también productor. De ir hacia la lectura con un fin estético, pero también poético: seleccionar unas palabras, desdeñar otras, subrayar unos pasajes y olvidar otros. Una selección arbitraria, a la manera de quien viaje en coche: nadie se fija en los mismos elementos que cruzan un camino, ni de la misma manera. La lectura, ese propósito que la Feria parece querer promover, comienza en las orillas de donde ella misma termina: un pie de página en el asfalto de la calle Alcalá. Como ese autor que todos esquivan, yo el primero, un poco por miedo o por pena, un autor que está esperando a que cojas su obra, te alejes, y leas. Quizás deba ser así: la Feria como un punto de partida. Una parada en boxes. Con esa idea feliz cierro la mochila: ahí quedan, junto a las llaves y el termo vacío, las dedicatorias inmensas de Andrés Neuman, de Marta Sanz, de Luis Goytisolo, ese autor al que miré de reojo, allí, abandonado, y al que me atreví a volver después: busto de un autor recuperado. Amordazadas por la cremallera, en el interior de la mochila, la certidumbre feliz de que Andrés Neuman tiene ya una nueva novela y también un nuevo libro de poesía listos. De haber conocido a Marta Sanz —bastan segundos para saber que es una persona espléndida— y tener una dedicatoria en su novela Farándula. Y llevar también la firma de Luis Goytisolo en su obra Antagonía, y el recuerdo de su camisa blanca, su cara breve, sin arrugas, distinguida, como de representación diplomática, su educación tan correcta, su voz tan débil, la voz baja de quien tiene que decir cosas importantes, y en mi boca el asombro de cuando miras, frente a frente, con admiración y gratitud, la proximidad de alguien que ha despertado en ti emociones tan profundas.

Es de noche, sábado, he llegado a mi parada. La mochila pesa a tiempo futuro. Quizás la Feria, pese a sus despropósitos, no esté tan mal, y, sobre todo, sea necesaria: un medio de reafirmar que, pese a la contracción cultural, existen las palabras, los cómics, el teatro, los versos, las novelas, los manuales, las mil formas diferentes de aspirar a la precisión y, al mismo tiempo, de servir como espacio para la especulación. Al acostarme, imagino la oscuridad de las casetas cerradas. Su olor a madera y a libro. El calor liberándose, como un sifón, tras un día de sol. Los libros tumbados como una larga playa sin luna. De noche, de lejos, y con algo de cansancio y de imaginación, la hilera doble de la Feria se me confunde con casetas de baño. Lugares íntimos y coloridos donde refugiarse un instante, donde cambiar de piel para, acto seguido, darles la espalda, salir corriendo hacia el agua, hacia un entorno diferente, nuevo, y cambiar pues de medio. De lo conocido a lo nuevo. Una definición de la lectura, y en la mochila el tiempo.

Barbarismos

an

Ha transcurrido un decenio desde que Roberto Bolaño afirmara que la literatura de nuestro siglo pertenecería a Andrés Neuman. Una frase que podría ser una losa o un equívoco para cualquier escritor. En Neuman, el tiempo sólo ha hecho sino certificar lo exacto de la adivinación. Diez años en los que Neuman no ha dejado de ser joven, porque sigue explorando nuevos territorios con la curiosidad del recién llegado, pero con un talento multiplicado, un empuje a la vez poético y de precisión. Neuman es ambidiestro: una mano escribe ráfagas de luz y la otra es el andamio de esa iluminación. De una mano llegan asociaciones nuevas, estímulos nunca sentidos, y de la otra el camino que las une en cuentos, poemas, novelas y, por primera vez, en un diccionario, Barbarismos.

Barbarismos, publicado por Páginas de Espuma, recoge en sus más de cien páginas disparos satíricos, observaciones poéticas, aforismos, y toda una galería imposible de resumir. Es un diccionario, y por lo tanto explica una parte de la vida. La mejor puerta a su lectura es ofrecer algunos chispazos al azar. La luz que desprende Neuman es de corriente continua, y el voltaje de sus definiciones, sin caídas de talento, se indica con las iniciales AN tras sus lanzas de luz; sirve esta denominación para distinguirlas del comentario, a todas luces fundido (y con un oxímoron me despido) del reseñador.

andrés. Nombre que, refiriéndose a un escritor, Google completa con Neuman.

barbarismos. Iluminaciones canallas que escapan de las ventanas de la Real Academia. II. Libro iluminado del mismo nombre.

beso. Palabra articulada simultáneamente entre dos hablantes (AN).

bestseller. Producto literario de consumo inmediato que los escritores desean y odian a la vez. II 2. Estrella fugaz. II 3. Injusticia para AN.

blog. Mausoleo mañana (AN).

boxer. Prenda masculina que ladra mucho más de lo que muerde (AN).

cama. Espacio destinado para el descanso por medio de la lectura, el sexo y, a veces, el sueño. Para lo primero, véase Barbarismos. Para lo segundo, véase Masturbación. Para lo tercero, véase sueño.

CD. Antiguo soporte sonoro del arco iris (AN).

Coito. Acorde dominante (AN).

Dios. Ser tan empeñado en demostrar su existencia que apenas encuentra tiempo para cultivar su presencia (AN).

el viajero del siglo. Puerta de embarque al mundo de Neuman. II 2. Orilla donde la realidad se aparta.

Facebook. Sistema inmejorable de espionaje en que los vigilados colaboran activamente con los vigilantes (AN).

feria del libro. Lugar donde escritores y presentadores televisivos se miran sin pantallas. Los primeros sueñan con salir en la televisión algún día; los segundos temen el día que alguien las apague. II 2. Espacio anual donde encontrar que el talento tiene caries, ojeras, caspa, o pelos en las manos. II 3. Lugar donde abrazar o degollar a tu autor favorito sin ser visto: de espaldas es el mismo gesto.

limón. Naranja sincera (AN).

masturbación. Amor portátil. II 2. Orgía mantenida entre alguien presente y todos sus ausentes (AN).

microrréplicas. Lujo de blog. Véase: http://andresneuman.blogspot.com

neuman. (Del inglés newman). Hombre nuevo o recién llegado. II 2. Bienvenida de alguien, y por extensión, apellido que celebra el futuro de la literatura.

orina. Oro de bajos fondos (AN).

pelea. Intercambio de miedos (AN).

reseña literaria. Intento de seducción con palabras. II 2. Para Barbarismos, abertura de sus páginas y deslumbramiento de su luz.

sueño. Actividad frenética entre dos vigilias (AN).

talento. Misterio que en Barbarismos sucede siempre.

viaje. Arte de aplazar la llegada al destino (AN).

xilófono. Instrumento masoquista que reacciona de manera adorable al ser golpeado (AN).

zapping. Metamorfosis de la impaciencia (AN).

2013

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La alegría es continuidad: una flecha feliz que corta los calendarios, ahora el del 2013, un año que ha levantado la persiana a un mismo trabajo, a una misma soledad bajo las sábanas, a idénticos hábitos y opiniones. La costumbre puede ser tedio, pero también la sonrisa de un hábito bien escogido, y que además se perpetua. Esa es la alegría hoy: continuidad.

También es un hábito resumir los años en viajes y lecturas y teatro y música y películas, como si la cultura solo importara cuando se cambia de almanaque. ¿Cultura en el 2013? Cierro los ojos y veo a Standstill actuando en el Sonorama de Aranda de Duero, el Kindle devorando The Age of Wonder, Andres Neuman descubierto en los libros y en persona, el pentagrama sin final del auditorio, la novedad del Teatro Real, el aprendizaje eficaz aunque lento del francés. De viaje recuerdo mis pasos por la noche de París, una bicicleta en Versalles, el horizonte incansable de los Pirineos.

Incluso yo he sido semilla humilde de cultura: a través de este blog, al que agradezco vengan mis visitantes silenciosos (más del doble este año que el pasado, pero igual de callados), a través también del Buscalibros (www.elbuscalibros.com), un lugar de recomendaciones literarias que tiene aquí en Taganana su reflejo, y también cultura en la grabación de cuatro canciones a comienzos de año con Midnite Special.

Abro ahora los ojos y sonrío al gotelé amarillo en la pared. Si sonrío es porque detrás de esa rugosidad están la pureza idéntica de mis amigos, de mi familia y del grupo de música, que es una combinación de los anteriores. Han estado las mismas personas, y su repetición es una pulgar en alto. Se han juntado nuevas, como Pablo de la Orquesta Nacional o el mismo Neuman descubierto detrás de las palabras, pero que también es parte de esa satisfacción: a veces la amistad es la sola posibilidad de un abrazo.

Cerramos los años y hacemos inventario de alegrías, porque las penas dejan cicatriz y se bastan para recordarse. La sonrisa es el arco cóncavo de un funambulista, algo excepcional, frágil e inconsciente, en todo el sentido de este término. Pero la sonrisa es un paraíso real y ha sucedido durante el 2013, un número cuya trama empezó in medias res, cerrando el dolor a una abuela ajena, tan distinta de la amada, como si la muerte hubiera hecho un istmo dentro de la vida, un año que luego continuó con esa felicidad rara y perpetua que da el abrigo de la ficción, las realidades desdobladas, los sueños lúcidos, las historias que uno inventa y olvida, las películas en las que entras y el celuloide te eleva con la facilidad de una escalera mecánica, un año como un negativo de una vida no vivida, de besos al aire y lugares no compartidos y escenas de portal donde mi imagen está siempre en el espejo, pero qué inexacta la palabra negativo si sobre el mismo han brillado doce meses, y en su resumen la certeza de que esa ausencia ficticia me alegra y hace fuerte, me permite sonreír y mirar a la vida con más seguridad y asombro, porque sé que todo es un simulacro y porque nadie sabe realmente quién es, y esa desorientación de las vidas vacuna de la ceguera de las rutinas y de las vanidades hinchadas.

Que lo mejor pagado no es lo más importante lo sabemos todos. Que todos valores son relativos, porque incluso ninguno de nosotros es nadie, lo saben o quieren saber pocos, sobre todo cuando la cultura del goce se quiere imponer contra la certeza de la muerte. Y bien que conocen el relativismo los seres más sencillos, cada parte del orden natural y el orden natural dentro del ciclo de las estaciones. En ese microcosmos relativo habitan las hortalizas de mi huerto, otra de las novedades del año. Hortalizas que duermen el invierno bajo un sueño de plástico e imploran la llegada del nuevo año: para ellas el tiempo también significa crecimiento y felicidad. Qué parecida mi vida a la de las guisantes, tumbados alegres esperando también que alguien les cuide, les escuche, les agarre, cambiando de muda y proyectos en cada estación pero manteniendo siempre la misma esencia, esa nada esférica alegre y algo ingenua, ese yo que es una fachada móvil que avanza por decorados ajenos, que observa la vida que ocurre frente a ella y que al final siempre ríe para adentro, mira para afuera, y vuelve a sonreír, porque en ese reflejo de los demás también está, estoy, viviendo.

Cómo viajar sin ver

The Third Man

Andrés Neuman nace en Buenos Aires en 1977. De padres argentinos, reside desde los catorce años en Granada. En 2009 gana el Premio Alfaguara con su novela El viajero del siglo, obra que recibe otros importantes galardones, entre ellos el Premio de la Crítica. A raíz de conseguir el Premio Alfaguara el autor se embarca en un largo viaje de presentación de la obra por América Latina. De este viaje sobre una obra surge otra: Cómo viajar sin ver.

En la bienvenida con la que nos introduce al libro el autor señala la razón de su título: un exhaustivo itinerario de promoción le impide pasar el tiempo suficiente en cada lugar. De este lamento salta una pregunta: “¿y si esa velocidad (…) pudiera ser también una ventaja?”. Este es el punto de partida de la obra: admitir que viajar se compone, sobre todo, “de no ver”, y que la vida, por extensión, apenas es un fragmento. Si no es posible la mirada “exhaustiva y documentada sobre un lugar” sólo queda “el recurso poético de la inmediatez”.

¿Y por qué los viajes siguen revelándonos tanto?, se pregunta el propio autor. De ese gran no lo sé está hecho el libro. Libro que es una colección variada de relatos cortísimos, donde cada sílaba importa, como si fueran versos. Aforismos que nos hablan de lecturas, películas, de viajes en avión o en taxi, de salas de espera de aeropuertos; hay crónica política, microcrónicas sobre la infancia, sobre el sentimiento de pertenencia a un lugar, sobre el tiempo, sobre las gentes y países que recorre.

Variedad de temas donde la lucidez de Neuman se enciende y apaga con la rapidez de un fósforo, y luego se vuelve a encender. Sirvan algunos ejemplos como invitación a la lectura.

a) sobre la experiencia de viajar: “Al viajar a determinados lugares, nos desplazamos hacia delante con el cuerpo y hacia atrás con la memoria. Entonces avanzamos hacia algún pasado”. En una sala de espera: “Todos hacemos tiempo, y quizá no reparamos en el prodigio de la situación. Los pasajeros estamos fabricando tiempo (…) y el futuro tan cercano se suspende”. “En mi despertar limeño, descubro que el inconsciente también puede padecer jet lag: he soñado que seguía en La Paz”.

b) sobre la pertenencia a un lugar: “(…) por ley es obligatorio hacer ondear una bandera peruana (…). A menudo los españoles elogian el apego que los países del continente, a diferencia de España, muestran por su propia bandera. Quizá no sea mala idea contemplar los colores patrios con precaución. En temas de banderas, es muy fácil pasar del orgullo al decreto”.

c) sobre los lugares que visita: de La Paz: “Metáfora de su propia Historia, la capital de Bolivia ha crecido escalándose a sí misma, construyéndose un destino cuesta arriba”. Del tráfico en Bogota, el siguiente letrerito en el interior de un taxi: “¡Exija al conductor el cumplimiento de las normas (…)! Si usted no protesta o reclama, su vida está en peligro”.

Texto instantáneo, divertido y plural, Cómo viajar sin ver es un libro de lectura ágil y agradecida, donde la brevedad e ingenio de sus greguerías hace que la lectura vaya saltando de un lugar a otro, muchas veces de forma circular, y así que apenas terminado un párrafo queramos volver a leer desde el principio, y encender de inmediato un nuevo fósforo.

Esta reseña fue publicada en la web donde colaboro cada mes recomendando un libro: http://www.el-buscalibros.com/. Gracias a esta lectura vinieron tantas otras de este escritor, y como una continuación natural llegó nuestro encuentro (https://taganana.wordpress.com/2013/10/15/un-encuentro-esperado/), así como algún correo electrónico lleno de humildad y cariño por parte de Andrés. De cariño y de calidad literaria, pues Neuman se esmera hasta para escribir la lista de la compra. Y con admiración feliz y algo de asombro sé que en el futuro me seguirá acompañando. Pues como él mismo dice, las coincidencias son un mecanismo que se pone en marcha y sigue solo.

Un encuentro esperado

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Diez euros, una consumición, tres escalones de bajada: acabamos de entrar en Toni2, un piano bar de la calle Almirante de Madrid. Del fondo nos llega una algarabía de voces desafinadas. Su error colectivo es la verdad de una alegría, una celebración única que flota sobre la gente, y se contagia.

– Este lugar cierra a las seis de la madrugada -me dice un hombre que parece advertir que soy novicio allí- así que el local sirve de acueducto por el que pasan y escapan los restos de la noche -y como si hubiera cumplido su deber informativo, se gira y me da la espalda.

Acodado en la barra paseo la vista por el local: gente de todas las edades posibles ocupa el espacio entre sofas de terciopelo rojo y mesas bajas. Al fondo un tumulto de espaldas ahoga el sonido del piano. Las paredes devuelven mi imagen entre brillos dorados, y el aire parece demandar humo de tabaco. Si sonara música de cabaret podíamos estar en una ciudad alemana de entre guerras.

De pie, en una esquina, un rostro familiar. El alcohol envalentona y me dirige hacia una cara, la misma que mi dedo gordo izquierdo ha presionado en la contraportada de algunos libros. Si llevara en el estómago un café no me hubiera movido de la barra, preguntando a la margarita (la flor, no el cocktail) si era él o no. Pero no es el caso: avanzo con la certeza de una línea recta, me acerco y le pregunto y me afirma con la cabeza.

Andrés Neuman tiene ojos de buena persona. Le doy la mano: me entrega unos dedos blandos, casi sin hueso, y donde imagino se guardan anticipadas el porvenir de las palabras que luego leeré. Me mira con unos ojos amplios, cruzados de tristeza o melancolía y tal vez de cansancio, si no son lo mismo a las cuatro de la madrugada. Recuerdo una cita de Aristóteles: la mirada de toda persona interesante está cruzada por una línea de melancolía.

Dado que la mente amplifica la imagen de quienes admiramos, Neuman al natural resulta ser delgado y no demasiado alto. Cuesta creer que su obra, la que teclea con las manos que yo ahora rozo, haya surgido de la persona a quien me dirijo, tan reducida en sus dimensiones, más aún porque le hablo muy de cerca, tratando en vano de controlar el torrente de preguntas que me gustaría hacerle, de disimular la emoción mitómana del encuentro, y porque el silencio puede ser una despedida le arrojo un monólogo sin comas y así le cuento que vengo de tocar el bajo en un concierto y que soy el que le mandé un correo para una charla en la librería de mi amiga Bea en Leganés y que he leído casi todos sus libros desde el día en que me acerqué a la biblioteca municipal a por un libro de Onetti y por el orden alfabético la letra N de Neuman estaba justamente encima de los cuentos completos de Onetti y que me encanta cómo escribe y que no te lo vas a creer pero hoy mismo quise ir a comprar uno de tus libros a mi madre porque su cumpleaños es mañana porque se llama Pilar y mañana es el día del Pilar, es su santo pero también su cumpleaños, y que tampoco te vas a creer que también hoy mismo o mejor dicho ayer mandé a dos amigas un correo con una frase tuya, sí, sí, fíjate que parece que está preparado pero no, qué va, y recupero la respiración y a trompicones saco la Blackberry del vaquero y en la pantalla brilla (en todo el sentido del término) la siguiente frase, naturalmente suya, tuya, Andrés:

Amar pertenece al orden natural: como colgar la ropa en una percha. Ser amado es tan raro como colgar la percha en una ropa.

Y resulta que Andrés tiene dientes: lo descubro ahora, que por fín le he dejado hablar. Sonríe y me pregunta la reacción de mis amigas a esta frase. No sé qué le respondo, pero le recuerdo otro cofre suyo que guardo en mi poder, y que dice así:

Los trasnochadores se quedan despiertos porque contemplan, proyectados en las paredes, los sueños ajenos. Después, cuando amanece, se acuestan a soñar con lo que han visto. Puede decirse que sueñan dos veces.

Vuelve a interesarse por la reacción a sus palabras, y como la boca es una catarata no sé que le respondo y le hablo de lo que me gustan los Pirineos y de su blog y el de Muñoz Molina, a quien Andrés define como un hombre “cordialísimo”, que para mí Muñoz Molina es un Cristiano Ronaldo de las letras y Eduardo Mendoza un Messi, la eterna doblez entre forma y fondo, me responde, le pido que por favor nunca hable de la Guerra Civil y de por qué no hay ninguna buena novela sobre los Erasmus y la tragedia de su brevedad, de ser el final cierto de la adolescencia, le pregunto luego en qué proyectos anda metido, tomando notas, me dice, y aunque no quiero giran las aspas de su reloj y entonces un vuelo próximo destino Ecuador, nos despedimos cuando hubiera querido seguir tanto tiempo con él, al menos para así haberle dejado hablar, y vuelvo con mis amigos y me siento a la vez orgulloso y triste del encuentro, con la sensación feliz de haberle conocido en persona, pero deseando a la vez que esa persona en retirada sea la figura de una amistad próxima.

Una mañana de domingo en la feria del libro de Madrid

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He quedado con mi amigo Juan a la una de la tarde en la salida del metro Ibiza y ya llego tarde, así que con rapidez dejo atrás el tumulto. Me marcho de la feria del libro con un sentimiento indefinido, dando algunos pasos de alegría y otros de tristeza e incluso estupor. Alegría porque transmite felicidad ver que libreros y escritores y lectores se reúnen y hablan y comercian sobre literatura. La gente manosea muchos libros, compra algunos menos, autores y público se besan mejillas y se aprietan las manos. La promesa de futuras lecturas se balancea en bolsas de papel, y nos acompaña a los que de allí salimos en todas las direcciones, como los radios de una bicicleta.

Pero también pasos de estupor y tristeza: compartir el amor por los libros con la insistente megafonía anunciándote siempre algo en casetas lejanas, el establecimiento inoportuno de una marca de salchichas, aglomeraciones de público y una mujer que se acerca para que abra una cuenta bancaria. Cruzo la caseta de Muñoz Molina, donde la cola se organiza a la espalda de la caseta, como un apéndice, así que no tengo oportunidad de saludarle. Agobiado de la gente me escapo por el espacio abierto entre dos casetas. Busco una franja de sombra y me siento en el césped, con la corteza de un árbol haciéndome rastrillo en la espalda. La megafonía sigue escupiendo autores y números, y pienso que la feria comercia con algo que no tiene nada que ver con la emoción de la lectura, el placer estético de un acto tan individual que hace que este mercado me sea extraño. Y ese algarada de libros y personas del que me he alejado tampoco acoge bien los mecanismos de la escritura, el silencio y reposo que hay detrás de todos esos libros y que parecen faltar a este lugar.

Con el sentimiento de ser Jesús contra los mercaderes del templo vuelvo a la riada. Me acerco hasta la caseta en la que firma Javier Marías y donde apenas hay cola: será cierto que es un autor más reconocido fuera de España que aquí. Poca cola, sí, pero que nunca avanza,  pues la librera da prioridad a los que compran algún libro del autor in situ. De la mochila saco por fin mi ejemplar de Fiebre y Lanza y le cuento que mi padre trabajó con su querido Juan Benet. Lo reconoce con un saludo benetiano en la dedicatoria, de bellísima caligrafía. Me fijo que es zurdo. ¡Entonces gay! habría concluido el padre Crescencio, un cura agustino de mi colegio con ideas del medievo.

Más adelante llego a la caseta donde debía firmar Andrés Neuman, pero está en la presentación de un libro dentro del pabellón. Algo fastidiado vuelvo a la sombra detrás del tumulto. Quería regalar su novela El viaje del siglo a un amigo, y ni la novela ni su autor se encuentran en la caseta. Para adaptarme a la ausencia de libro y firma me pregunto qué sentido tiene la dedicatoria breve, la gratitud inmediata y después un nuevo lector que te sustituye. Tal vez la escritura no necesite de otro contacto que el acto de la lectura. ¿Qué busca un lector cuando se acerca a su escritor admirado? ¿Qué sentido descubrir que tiene alguna caries, pelos en las manos, caspa sobre sus hombros? Si con algo de valor uno inicia una conversación, la imposibilidad de tiempo y lugar para el diálogo en esta feria pueden multiplicar la desazón.

Me alejo hasta la última ringlera de casetas. Rafael Chirbes esta solo, empequeñecido en una esquina. Le compro Crematorio porque me la han recomendado varias personas. Rafael viste una camiseta sucia y me aconseja que después de esa novela continúe con otra titulada En la orilla, obra con la que forma una especie de díptico. Nos miramos y deduzco que quiere seguir hablando. Por un segundo pienso que sí vale la pena la feria: conocer al autor, tener la oportunidad de matizar la ficción, ampliarla o definirla. Pienso además que Rafael es un afortunado: su caseta es un páramo alejado de las aglomeraciones y las salchichas y la megafonía. Pero al final no se me ocurre nada de lo que podamos hablar, y me despido apresuradamente, no porque haya nadie esperando detrás sino más bien para reforzar con esa urgencia la importancia de su tiempo. A lo lejos, cuando él ya no puede verme, me giro: Rafael conversa con alguien, y me alivia esa imagen triste de un autor sin lectores, la literatura como un modo de pero no un medio de vida.

Abro el libro y leo la dedicatoria: Para Alicia, de Daniel con cariño, y el mío propio. Rafael. Tal vez el fin de una dedicatoria sea este: servirse de un emisario que ponga palabras a sentimientos que nos cuesta decir.

Cuando ya estoy camino del bulevar de la calle Ibiza observo a una mujer que se abalanza sobre un autor, introduciendo medio cuerpo dentro de la caseta. De espaldas no sé si le está felicitando o quiere arrancarle el cuello. Me parece un buen resumen de lo que siento hacia la feria.