Existencias paralelas

Subimos a la cabina. Al primer balanceo caí dormido: duermevela de metal suizo bajo el cielo de Madrid. Sin motivo, abrí un ojo: estabas en la cabina opuesta, muy cerca y muy lejos a la vez. No me mirabas. Así habían sido nuestras vidas, siempre en paralelo, siempre suspendidas, siempre aguardando a que alguien tirara de ellas. Lamenté que, para avanzar uno, ello significara alejarse del otro. Luego lamenté haberlo lamentado. Sé que después volvió el sueño. No recuerdo por qué desperté. Sí recuerdo buscarte a través del mismo ojo, la misma ventana, el mismo lugar, y en ese lugar un fondo de bosque y colinas, el azul de un lago, una noria en la hora de la siesta. Tu codo: advertí que estabas a mi lado, que íbamos a llegar, que debía ayudarte a cargar con la nevera portátil y la sombrilla y las mochilas para el picnic. Buscamos una sombra donde almorzar. Sobre nuestras cabezas iba y venía el ruido de las góndolas. Me preguntaste qué pensaba: en las existencias paralelas, en el otro a un tiempo próximo y a la vez alejado. Comprendí que sólo lograría avanzar llenándote de distancia. Mordí la tortilla, todavía caliente y con el huevo poco cuajado, como sé que sabías que me gustaba. Te respondí por fin que en nada, que no pensaba en nada. Di un trago a la cerveza y nos besamos.

Texto escrito en junio de 2019 para el V concurso de microrrelatos organizado por la EMT (Empresa Municipal de Transportes) de Madrid por el 50 aniversario de su fantástico teleférico. 

Recuerdos de la Feria del Libro de Madrid

Sobre escritores abandonados y sobre la sobreabundancia. Sobre empujones que sobran y sobre la magia: la Feria del Libro en Madrid.

El pensador Boris Groys sostiene que el espectador ya no es importante. De ahí que el arte contemporáneo deba examinarse desde la perspectiva del productor, no del consumidor. O lo que es lo mismo: desde un punto de vista poético, no estético. ¿Por qué? Dice este filósofo que, en la sociedad contemporánea, la contemplación está abolida. Todo el mundo está interesado en crear, pero nadie tiene tiempo de prestar atención, de ser persuadido por nada. Abundancia de productores, ausencia de consumidores: una tragedia.

Recuerdo esta idea mientras camino entre la doble orilla de casetas de la Feria del Libro de Madrid. La Feria es una larguísima librería y su reflejo: dos estanterías sin límites, encajonadas en una constante de casetas. Sobre las mesas se asfixia un agotamiento de novedades. Esa acumulación de lecturas provoca, en el aficionado, una sensación abrumadora de impotencia: nunca podrá leer todo aquello que quiera.  También desorientación: no saber qué libros abrir, cuáles descartar, qué itinerario tomar en sus lecturas. Los tiovivos de la publicidad multiplican su aturdimiento. Para el neófito, para el que deambula por la Feria como si no hubiera nada mejor que hacer, la sensación es de aburrimiento y perplejidad. Por ser de acceso gratuito, por situarse en el parque más importante de Madrid, la Feria pretende un encuentro amplio con la ciudad. Pero lo cierto es que el objetivo de la Feria, que debería ser la promoción de la lectura, dista mucho de producirse allí. No se pretende que nadie abra un libro y lo lea en la Feria, no. Pero sí que la Feria proponga las condiciones para llegar a ella. Que sea la antesala gozosa de futuras lecturas. Pues que aficionados y neófitos se mezclen a empellones, aplastándose unos a otros, como se aplastan también los libros que observan, todos bajo una megafonía insoportable, que parece anunciar siempre casetas lejanísimas, no resulta, en fin, la mejor manera para invitar a la compra de un libro. Por eso que el aficionado siente la rabia de intuir que la Feria podría organizarse de otra manera —lo difícil es saber esa alternativa—, y por eso que el advenedizo observa este sarao cultural como una fiesta muy poco divertida.

El visitante suele arquear su camino cuando, por la proximidad de un autor, se atisba la posibilidad de un incómodo diálogo. Qué imagen tan triste la de ese autor segregado, sin lectores, con el dueño de la editorial de pie, un dueño que siempre tiene barba y siempre porta gafas, que va llenando de tiempo una conversación, que observa cenitalmente la caspa del autor, o tal vez su coronilla o tal vez su pelo largo alborotado, que se fija luego en las manos nerviosas del escritor quien, parapetado tras su obra, le asiente sin interés, y mira hacia delante, hacia un lleno de paseantes y un vacío de público, hacia un feriante con gafas y abrigo —¿abrigo en el mes de mayo?— que, en la caseta de al lado, soy yo, soy yo echando un vistazo a algunos libros con fingido interés, devolviéndolos luego a sus nichos, y de reojo mirándole, y alejándome luego de él, como quien escapa de un contagio, y subtitulando la escena: busto de escritor abandonado. Que ese escritor sea Luis Goytisolo dice mucho de la deriva estética contemporánea.

Es dramático también el misterio de todo lo que se publica sin ruido, un aluvión silencioso que va cayendo de esas mesas, sin dejar rastro. Un mantel lleno de letras que el viento de la novedad, zas, sacude, las deja vacías, desleídas, listas para otra invasión anual. Las estanterías domésticas de cada uno son también testimonio de que, a pequeña escala, se repiten idénticos tsunamis: basta comprobar si las compras de un año fueron lecturas transcurridos doce meses, o ahí siguen, aguardando su momento. El momento: esa es la gran cuestión en un mundo saturado de productores, donde sí, puede que exista el talento. Pero si existe, es raro que, en las circunstancias que ofrece la Feria, vayamos a identificarlo. La gente seguirá caminando con las manos encadenadas a la espalda, tomando entre sus manos libros con la misma admiración y urgencia con la que se devuelvan a su lugar. Los aficionados lamentarán que la Feria sea un espacio poco propicio a los dominios de la literatura: el silencio, el diálogo, la búsqueda paciente de una felicidad próxima en forma de lecturas. El recién llegado, por su lado, se alejará del tumulto con una sensación de alivio o de indiferencia: probablemente nada le habrá reclamado su atención, salvo tal vez alguna cara televisiva, y del brazo llevará una bolsa llena de publicidad y marca páginas que olvidará en un bar próximo al Retiro. Unos y otros, aunque con diferentes razones, sufrirán ese mal contemporáneo del que hablaba Boris Groys: multiplicados los estímulos, muy pocos parecen desear ser persuadidos por nada.

Con esta idea confusa abandono la Feria: una confianza feliz en que los mecanismos editoriales siguen girando, como lo atestiguan la multiplicidad de pequeñas editoriales, pero el fastidio de que la Feria transmita con tanta fragilidad el amor por los libros, el reposo, la quietud, el consejo lento y profundo que solo pueden ganarse en las conversaciones verdaderas. La sensación de que uno ha asistido a una boda ajena: una celebración obligada, por momentos interesante, pero incompleta por sernos, en sus más profundas motivaciones, en sus verdaderos propósitos, ajena. Al girar la cabeza, en los confines de la Feria, observo a un lector joven que introduce su cuerpo en una caseta. De espaldas no sé si está felicitando a un autor o, por el contrario, le quiere arrancar la cabeza. Esa misma mezcla de sentimientos me va llevando hasta la calle Velázquez, a la marquesina del autobús, al cincuenta y uno que aparece pronto y me recibe refrigerado. Abro la novela y, de inmediato, olvido incluso que estuve en la Feria, todo lo que allí pensé. En el fondo, qué más da lo que uno piense. Para los que nos gusta leer, leer es todo, pero puede que, realmente, no sirve en la práctica para nada y que, en el fondo, Boris Groys tenga razón: todos estamos interesados en hablar, en crear, en construir, y nadie en contemplar.

Quizá faltaría corregir a este filósofo y decirle que la lectura, esa que me va llevando hasta casa sin yo darme cuenta, es una herramienta mágica —por económica y universal— de creación. De ser consumidor, pero también productor. De ir hacia la lectura con un fin estético, pero también poético: seleccionar unas palabras, desdeñar otras, subrayar unos pasajes y olvidar otros. Una selección arbitraria, a la manera de quien viaje en coche: nadie se fija en los mismos elementos que cruzan un camino, ni de la misma manera. La lectura, ese propósito que la Feria parece querer promover, comienza en las orillas de donde ella misma termina: un pie de página en el asfalto de la calle Alcalá. Como ese autor que todos esquivan, yo el primero, un poco por miedo o por pena, un autor que está esperando a que cojas su obra, te alejes, y leas. Quizás deba ser así: la Feria como un punto de partida. Una parada en boxes. Con esa idea feliz cierro la mochila: ahí quedan, junto a las llaves y el termo vacío, las dedicatorias inmensas de Andrés Neuman, de Marta Sanz, de Luis Goytisolo, ese autor al que miré de reojo, allí, abandonado, y al que me atreví a volver después: busto de un autor recuperado. Amordazadas por la cremallera, en el interior de la mochila, la certidumbre feliz de que Andrés Neuman tiene ya una nueva novela y también un nuevo libro de poesía listos. De haber conocido a Marta Sanz —bastan segundos para saber que es una persona espléndida— y tener una dedicatoria en su novela Farándula. Y llevar también la firma de Luis Goytisolo en su obra Antagonía, y el recuerdo de su camisa blanca, su cara breve, sin arrugas, distinguida, como de representación diplomática, su educación tan correcta, su voz tan débil, la voz baja de quien tiene que decir cosas importantes, y en mi boca el asombro de cuando miras, frente a frente, con admiración y gratitud, la proximidad de alguien que ha despertado en ti emociones tan profundas.

Es de noche, sábado, he llegado a mi parada. La mochila pesa a tiempo futuro. Quizás la Feria, pese a sus despropósitos, no esté tan mal, y, sobre todo, sea necesaria: un medio de reafirmar que, pese a la contracción cultural, existen las palabras, los cómics, el teatro, los versos, las novelas, los manuales, las mil formas diferentes de aspirar a la precisión y, al mismo tiempo, de servir como espacio para la especulación. Al acostarme, imagino la oscuridad de las casetas cerradas. Su olor a madera y a libro. El calor liberándose, como un sifón, tras un día de sol. Los libros tumbados como una larga playa sin luna. De noche, de lejos, y con algo de cansancio y de imaginación, la hilera doble de la Feria se me confunde con casetas de baño. Lugares íntimos y coloridos donde refugiarse un instante, donde cambiar de piel para, acto seguido, darles la espalda, salir corriendo hacia el agua, hacia un entorno diferente, nuevo, y cambiar pues de medio. De lo conocido a lo nuevo. Una definición de la lectura, y en la mochila el tiempo.

Chantarella: epifanía culinaria en Chamartín

Crumble de manzana

Como un regalo de Reyes Magos, he descubierto el restaurante Chantarella de Madrid un 6 de enero. Situado en Alberto Alcocer 32, Chantarella tiene su acceso a través de la calle Condes del Val, ocupando el mismo local donde, hasta finales de 2015, abría su cocina el restaurante asiático Tai Chi. Una amiga me informó del cierre de este establecimiento, cuyo recuerdo me quedará, ya definitivo, como el de un espacio acogedor y silencioso, donde se servía comida oriental muy rica (aquellos dados de solomillo de buey con salsa), de la mano de un camarero de abdomen cóncavo (¿dónde estará ahora?) y que, según mi padre, y dada la delgadez del mismo, no necesitaba de órganos duplicados para vivir.

Calidad y precio son aspectos que, por desgracia, no congenian en Chamartín, un barrio donde la hostelería, con demasiada frecuencia, persigue el lucro de los dueños y la ruina de sus comensales, donde el decorado, que incluye a la clientela, importa más que el servicio, y en resumen negocios que sólo miran la caja registradora y denigran, con demasiada frecuencia, la calidad de los platos. La calle Victor Andrés Belaúnde, muy próxima al lugar que comento, es un paradigma del capitalismo licuado en gastronomía: en un fenómeno de naturaleza paranormal nos encontramos, de manera sucesiva, tapas elaboradas con la apatía metálica de una cadena de montaje (Imanol), hamburguesas gourmet (es decir, carne de hamburguesa y factura de gourmet) en Muu Tapelia, cómo seguir de dieta (pero pagar como si nos la hubiéramos saltado) en Belaúnde 22. Bajando dos calles, hasta Príncipe de Vergara 291, nos tropezamos (literalmente: en verano invaden la acera), con ese absurdo social llamado El enfriador. El que aquí escribe o lo intenta asistió, atónito, a una pelea por el uso de una mesa de terraza. Supongo que en liza estaba el goce, en primera línea olfativa, de los autobuses que, muy próximos, hacen parada y fonda, o tal vez el combate por la mejor butaca desde la que escuchar el amable sonido de ambulancias volando por el asfalto. En una y otra posibilidad, impertérritas, y como justificación a la locura, una cerveza que al parecer sólo ellos saben tirar, y de tapa un plato de postre con patatas fritas. ¿Qué explicación dar a lo contado? Misterios del barrio.

Arroz negro: espectacular el alioli

Por eso que torcí el gesto al descubrir que, ay, la llegada de un nuevo bar llamado Chantarella, y con pasado ya en Chamartín, tuviera que ser, y vaya que había opciones, llevándose por delante una de las excepciones a la estafa que domina esta zona de la ciudad. Pero esa pena se ha disipado bien rápido, e iré al grano, o más bien al plato: Chantarella es un restaurante de alta cocina, donde uno descubre pronto que existe un afán serio por el sabor, por la calidad de la materia prima, y por una elaboración laboriosa y atenta. El local es diáfano, le sobra la música, y el servicio joven y amable. Como si hubiera heredado el espíritu del dueño anterior, no hay sustos en la cuenta. Son ya dos veces las que he acudido (la citada, el 6 de enero, y cuatro días más tarde, el domingo 10) y, por poco más de veinte euros per tripa, se pueden compartir raciones y postres, y no quedarse con hambre. Son deliciosos los raviolis de pato con escabeche de miel y piña fresca. La empanadilla de huevo con pisto manchego y aceite de trufa es una sorpresa doble: negativa, porque sabe poco a trufa, pero positiva gracias a unas pequeñas bolsas de hojaldre que, felizmente acuchilladas, derraman el ámbar del huevo sobre el pisto. El pulpo a la brasa es de textura dura, que para mí es algo a celebrar, y vienen acompañadas de unas patatas revolconas donde domina el sabor a mar, y que dan ganas de hacer ídem sobre ellas. Finalmente puedo hablar, ¡hasta ahora, porque repetiré!, del wok de verduras con secreto ibérico y arroz salvaje, donde tal vez corregiría las proporciones de secreto en el plato (pues, haciendo honor a su nombre, estaba algo oculto o reducido entre tanta verdura). Hay que dejar hueco a los postres, fantásticos, y donde se mantiene un nivel de precios prudente: hace tiempo que no veía el número cinco al final de una línea de puntos suspensivos. A destacar el crumble de manzana, que viene templado, y la torrija pasiega, riquísima, servida con dos bolas de helado, una de ellas de pacharán.

Raviolis de pato con miel y piña

Sin conocerles, pero contagiado de esa alegría tenaz por hacer bien las cosas, les deseo todo el éxito en esta aventura, y que no mueran del mismo. Que no bajen los brazos en su esfuerzo en la cocina, y que no nos las suban con la cuenta. Se puede cocinar muy bien, con mucha calidad, de manera variada, y a precios razonables. Pero para que el negocio, éste y cualquier otro, marche, y más aún en calles de poco paso, como es la que ocupa Chantarella, es muy importante compartir aquello con lo que uno ha disfrutado, en mi caso ya por partida doble. Esta es mi contribución en letras a una cadena de recomendaciones que deseo sea larga, y verme allí más veces, y seguir investigando la carta.

Antes de marcharme, bajo al baño (la cerveza, la tensión, y los años, que aflojan las membranas). Junto a la escalera me mira un gran estatua de Buda sentado, la misma estatua y en el mismo lugar que decoraba el otrora Tai Chi. Desde sus ojos de almendra, puede que Buda sirva de recordatorio al espíritu del local: la sabiduría en la cocina, el trato perfecto.

http://chantarellarestaurante.es/

https://www.facebook.com/chantarellarestaurantebar/?fref=nf

Hacia la luz

Britten

La música deja de sonar. Nadie aplaude. No. Alguien aplaude. Sí. Pero las palmas callan al poco, palmas anticipadas, palmas avergonzadas, palmas en retirada. El teatro sigue a oscuras, comprimido en el interior de un túnel. En el túnel elegimos jugador: podemos ser alemán o ser británico o ser ruso. Los roles son indiferentes, porque es un juego sin ganador. A oscuras no se distingue el color de uniformes o banderas. Qué raro: aún se siente la vida del enemigo que acabamos de matar. Enemigo. Vete tú a saber qué demonios significa esa palabra. Enemigo. Toc, toc, toc. En la guerra la muerte es solo una pausa. Porque en la superficie siempre continua la batalla. Su sonido llega lejano, como atracciones de feria en un pueblo vecino.

El camino hasta el túnel, y el habernos encerrado en su claustrofobia una hora y media, y no ver nunca la luz, se lo debemos a Benjamin Britten y su War Requiem. El milagro de hacernos subir hasta la luz, a la dirección musical de Pablo Heras-Casado. En el Libera me su batuta hace un último toc toc, toc, rompe el suelo, se abre un hueco. Del butrón salen unas manos. Manos sin cuerpo, como marionetas. De las manos un cuerpo, y del cuerpo la luz nueva de la araña central del Teatro Real en Madrid. ¡Qué extraño viaje! Todos estamos salvados y todos, ahora sí, con las manos libres, aplaudimos de alivio y felicidad.

“None”, said the other, “save the undone years,

The hopelessness. Whatever hope is yours,
Was my life also; I went hunting wild
After the wildest beauty in the world,
For by my glee might many men have laughed,
And of my weeping something had been left,
Which must die now. I mean the truth untold,
The pity of war, the pity war distilled.
Now men will go content with what we spoiled.
Or, discontent, boil boldly, and be spilled.
They will be swift with swiftness of the tigress,
None will break ranks, though nations trek from progress.
Miss we the march of this retreating world
Into vain citadels that are not walled.
Then, when much blood had clogged their chariot-wheels
I would go up and wash them from sweet wells,
Even from wells we sunk too deep for war,
Even from the sweetest wells that ever were.
I am the enemy you killed, my friend.
I knew you in this dark; for so you frowned
Yesterday through me as you jabbed and killed.
I parried; but my hands were loath and cold.
Let us sleep now…”

Una noche real

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Una ciudad es una tela donde las historias se mezclan: historias que, sumadas, hacen a la población protagonista. El reparto de papeles es tan amplio que nos lleva a desempeñar roles contrarios: somos formales en oficinas matutinas, y algarabía en la nocturnidad; somos gritos en el abrazo entre amigos, y silencio sin distancia al dar un beso. Pese a la confusión de identidades, todas las historias son tramas de una misma urdimbre, de un mismo pentagrama del telar, y por lo tanto historias que resuenan las unas con las otras, y que nos alivian pues confirman que el mundo no es un lugar tan caótico como pensamos.

En la noche del 18 de junio del 2014, bajo el calor creciente de Madrid, se han mezclado tres historias. Tres tramas que han dejado en el aire aspas de vapor, como la espuma de aviones que, pasando por un mismo lugar, solo se tocan en el recuerdo. La primera de estas historias es real, en todo el sentido del término: el viaje de un país hacia un nuevo monarca. España ha salido del aeropuerto Suárez con el pasajero Juan Carlos I, y en el destino Felipe VI. Antes del despegue ha habido un sobresalto mecánico, como el tirón de una vagoneta de montaña rusa. Bajo los pies un ruido de mecanismo de cremallera, un movimiento controlado porque la realidad ya está escrita, y avanza por donde nos indican. Primero el tirón, después una barra metálica que se tumba sobre las piernas. En esta historia el papel nos ha venido a todos impuesto, sin la posibilidad de contrarios. A modo de torre de control, en el edificio del Congreso una mayoría ha tomado el micrófono: ¡despeguen, es una orden! Y uno se extraña que, si son mayoría en el edificio, y el edificio es un espejo de nosotros, por qué multiplican el esfuerzo para controlar a unos pocos. ¡Ingratos, son ganas de molestar, y no es el momento de cuestionarse ahora nada, por favor!, nos dicen desde su megafonía. ¡Con todo lo que han hecho por nosotros! Y al metal que aprisiona las piernas se añade una vigilancia bizca sobre manos y ventanillas: la uniformidad cromática sirve de baliza en el camino, y hay algunos colores que nos pierden.

Otro color que pierde es el de unos jugadores de rojo que corren detrás de la pelota. Estas palabras podrían servir como definición del fútbol, pero no el fútbol español de los últimos años, donde solo corrían los rivales, selecciones que se desesperaban persiguiendo el balón, y el balón en los pies de unos jugadores muy bajitos, muy hábiles, y que, como una monarquía absolutista, parecían llevar toda la vida dominando el césped. De golpe, en una noche, hay dos historias que se cruzan, la de la selección española y la de Juan Carlos I, y su mezcla se tritura en un misma derrota: su jubilación. Una a una, callan las voces que defienden a los jugadores; son voces cada vez más secas y distorsionadas, porque la memoria es un músculo débil y la realidad (¡y dale con la palabra real!) desprecia las glorias pasadas. La monarquía y la selección española se me aparecen como salas de un museo arqueológico, sucesos que se tienen que recordar para saber que ocurrieron. Visualizo un sueño raro: vitrinas custodiando copas de Mundiales de fútbol y diademas de princesas, y en mi oreja una audioguía informándome que, sin Juan Carlos I, no hubiéramos tenido democracia, y mi cabeza preguntándose: ¿y sin Iker no hubiéramos recibido siete goles en contra en apenas dos partidos, y por lo tanto podría haber un trofeo más? Miro a la ventana, la ventana me devuelve un signo de interrogación, y como no hay respuestas a lo que nunca ha ocurrido, concluyo que ni la audioguía ni mi pregunta tienen sentido, como tampoco tiene sentido dar mucho espacio a los disgustos deportivos o reales.

Para apartar los disgustos, llega el postre o tercera historia, el tercer hilo de la urdimbre, y que compensa la doble derrota anterior. Se trata de la celebración de mi cumpleaños con muchos de mis amigos. Un cumpleaños cuya fecha ya pasó, como ya pasó el tiempo de las cruzadas, de los reyes y de los vasallos, de las guerras mundiales y de los éxitos futbolísticos, y así que soplar las velas me resulta divertidamente anacrónico. Como solo importa lo que hacemos en cada gesto, en cada conversación que iniciamos, en cada abrazo que damos, en cada avance que damos hacia algo o alguien, como solo importa cada vez que de verdad dejamos de escucharnos, y por lo tanto escuchamos, esta última historia es una madeja de presente, un cruce atestado de otras muchas historias, una maraña de hilos dotados de esa lucidez que primero da el alcohol, y que solo se alcanzan a escuchar tumbándose sobre el oído de los demás.

Así que esta tercera historia es una síntesis, un tejido capilar por donde circula la ansiedad feliz por todos los libros y películas que nos quedan por disfrutar, el eco de risas porque solo el gallego puede expresar complejos sentimientos, el recuerdo de ascensiones a montañas, también la sombra de personas que ya no están y de aquellas otras que llegarán, el boceto de planes vacacionales, de fotos de casas que pronto tendrán sus historias que contar. En resumen, todo lo que se teje entre uno y los demás,  lo que hace trama, a veces por caminos que uno no había pensado, y que ha completado el telar de un 18 de junio bajo la hospitalidad atenta y de Miguel, y en su bar D´Pikoteo todos los que habéis venido en vuestro papel único, Alicia, Patrice, Ignacio, Guille, Jacobo, Ane, Ana, David, Ene, Javi, Susana, Beatriz (por partida doble, y de una de las partidas sus hermanas) Pablo, Chabe, Sergio, Bárbara, Cassandra, Miguel, Isa, Manu, Cristina (también duplicada), Ernesto con retraso y con tristeza, Bruno, Carmencita, Fidel, Pepe y Franz, algún otro que se me pueda olvidar, algunos muchos que no pudisteis venir, y a todos, cómo no, las gracias por estar allí, por vuestros regalos, pero sobre todo por ser la victoria en esta historia.

Historias de taxi

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Se llama Liborio y es de Badajoz. Conduce un taxi que es un memorativo de Héroes del Silencio. Hay pegatinas del logotipo de la banda en el volante, el salpicadero, las ventanas. Un pequeño pin brilla con la bandera de España, y en el reproductor suena Maldito duende.

– Tengo cincuenta discos con música de Héroes del Silencio -me dice al abrirse el semáforo de Plaza de Cataluña, y mientras pienso lo exagerado del número continúa: mi madre me pregunta si no me aburro de escuchar la misma canción toda la vida, y yo le digo que no, como tampoco te aburres de la persona enamorada, si de verdad hay amor.

Habla mezclando frases propias con fragmentos de letras de la banda. Le confirmo que la calle Buganvilla es la continuación de Bambú, me responde enojado por la manía de cambiar el nombre a calles en Madrid que son línea recta, y a continuación, como si su cerebro fuera un espacio diáfano, dice: esto es un viaje a través de Asia, cruzando los Himalayas, entre la India y Nepal.

A la ventana baja la luz del neón del Alcampo de Pío XII, aunque para mí el supermercado será siempre Jumbo, pues los lugares de la memoria solo guardan su primer registro, la primera vez que fueron nombrados, y nos es imposible llamarlos de otra manera, como si en ellos el presente entorpeciera al recuerdo. A Liborio le ocurre algo parecido: admite que no sabe nada de la realidad, no lee los periódicos ni ve los telediarios. Él se enganchó a Héroes del Silencio de adolescente, y desde entonces solo ellos le acompañan.

Cualquier taxista suele explicar por qué llegó a esa profesión, como si su trabajo fuera el extravío de un ideal. Liborio vino a Madrid para ser maestro. Era de letras, me dice desde el retrovisor, y por esa expresión antigua parece haber pasado más tiempo que por su perfil, el de una persona joven, con patillas bien recortadas y pelo corto. Era de letras, me dice, y no pude con la estadística en la asignatura de psicología de la educación. Ni una ni dos. Tres. Tres asignaturas de psicología de la educación. El calvario de los números dejó su carrera a medio terminar, luego su vida una garita de vigilante nocturno, ahora el taxi. Y acompañándole siempre, Héroes del Silencio.

– Tenía que haber estudiado traducción e interpretación. De pequeño me gustaba la historia y la literatura. Se me daban mal las matemáticas -vuelve a confirmarme con fastidio-. Pero en este trabajo soy feliz, lo hago lo mejor que sé, hablo con los clientes, incluso con alguno en inglés, cuando cargo extranjeros en el aeropuerto. Intento hacer bien mi trabajo porque eso da sentido a tu vida, como estar enamorado.

Le respondo que me parece admirable su filosofía de vida, esa fortaleza del deber, aunque tal vez puede que no me habla él sino Bunbury. Y entonces se gira hacia mí y me dice que es fuerte porque lo ha pasado muy mal. Su cara ahora completa se agrieta de golpe, como una torrentera sin lluvia, es un óvalo lleno de misterio, y tengo la certeza de que es él quien realmente me habla.

Casi estamos llegando a mi calle. Le cuento que vengo del auditorio, de escuchar a la Orquesta Nacional de España, y luego de tomar algo en un bar con uno de sus músicos. ¿Tú también tocas?, me pregunta. Y como justamente vengo de escuchar a la orquesta le respondo con humildad sincera que no, que solo soy un aficionado, pero que ojalá la vida de uno fuera la que se va soñando en las calles, o por noches como esta, en un taxi donde Bunbury le dice a una sirena que vuelva al mar, que no quede varada por la realidad. Y pienso en esa idea y advierto que ahora soy yo también el que mezcla las frases del grupo con mis pensamientos, una confusión feliz mientras pago ocho euros y medio, y justo al salir del taxi Liborio me da la mano y me dice:

– Me alegra mucho que te guste la música.

El portal se cierra a mi espalda y no sé si se refiere a Bunbury o a la música en general, la que él no escucha atrapado en un amor infinito.

Una mañana de domingo en la feria del libro de Madrid

feria

He quedado con mi amigo Juan a la una de la tarde en la salida del metro Ibiza y ya llego tarde, así que con rapidez dejo atrás el tumulto. Me marcho de la feria del libro con un sentimiento indefinido, dando algunos pasos de alegría y otros de tristeza e incluso estupor. Alegría porque transmite felicidad ver que libreros y escritores y lectores se reúnen y hablan y comercian sobre literatura. La gente manosea muchos libros, compra algunos menos, autores y público se besan mejillas y se aprietan las manos. La promesa de futuras lecturas se balancea en bolsas de papel, y nos acompaña a los que de allí salimos en todas las direcciones, como los radios de una bicicleta.

Pero también pasos de estupor y tristeza: compartir el amor por los libros con la insistente megafonía anunciándote siempre algo en casetas lejanas, el establecimiento inoportuno de una marca de salchichas, aglomeraciones de público y una mujer que se acerca para que abra una cuenta bancaria. Cruzo la caseta de Muñoz Molina, donde la cola se organiza a la espalda de la caseta, como un apéndice, así que no tengo oportunidad de saludarle. Agobiado de la gente me escapo por el espacio abierto entre dos casetas. Busco una franja de sombra y me siento en el césped, con la corteza de un árbol haciéndome rastrillo en la espalda. La megafonía sigue escupiendo autores y números, y pienso que la feria comercia con algo que no tiene nada que ver con la emoción de la lectura, el placer estético de un acto tan individual que hace que este mercado me sea extraño. Y ese algarada de libros y personas del que me he alejado tampoco acoge bien los mecanismos de la escritura, el silencio y reposo que hay detrás de todos esos libros y que parecen faltar a este lugar.

Con el sentimiento de ser Jesús contra los mercaderes del templo vuelvo a la riada. Me acerco hasta la caseta en la que firma Javier Marías y donde apenas hay cola: será cierto que es un autor más reconocido fuera de España que aquí. Poca cola, sí, pero que nunca avanza,  pues la librera da prioridad a los que compran algún libro del autor in situ. De la mochila saco por fin mi ejemplar de Fiebre y Lanza y le cuento que mi padre trabajó con su querido Juan Benet. Lo reconoce con un saludo benetiano en la dedicatoria, de bellísima caligrafía. Me fijo que es zurdo. ¡Entonces gay! habría concluido el padre Crescencio, un cura agustino de mi colegio con ideas del medievo.

Más adelante llego a la caseta donde debía firmar Andrés Neuman, pero está en la presentación de un libro dentro del pabellón. Algo fastidiado vuelvo a la sombra detrás del tumulto. Quería regalar su novela El viaje del siglo a un amigo, y ni la novela ni su autor se encuentran en la caseta. Para adaptarme a la ausencia de libro y firma me pregunto qué sentido tiene la dedicatoria breve, la gratitud inmediata y después un nuevo lector que te sustituye. Tal vez la escritura no necesite de otro contacto que el acto de la lectura. ¿Qué busca un lector cuando se acerca a su escritor admirado? ¿Qué sentido descubrir que tiene alguna caries, pelos en las manos, caspa sobre sus hombros? Si con algo de valor uno inicia una conversación, la imposibilidad de tiempo y lugar para el diálogo en esta feria pueden multiplicar la desazón.

Me alejo hasta la última ringlera de casetas. Rafael Chirbes esta solo, empequeñecido en una esquina. Le compro Crematorio porque me la han recomendado varias personas. Rafael viste una camiseta sucia y me aconseja que después de esa novela continúe con otra titulada En la orilla, obra con la que forma una especie de díptico. Nos miramos y deduzco que quiere seguir hablando. Por un segundo pienso que sí vale la pena la feria: conocer al autor, tener la oportunidad de matizar la ficción, ampliarla o definirla. Pienso además que Rafael es un afortunado: su caseta es un páramo alejado de las aglomeraciones y las salchichas y la megafonía. Pero al final no se me ocurre nada de lo que podamos hablar, y me despido apresuradamente, no porque haya nadie esperando detrás sino más bien para reforzar con esa urgencia la importancia de su tiempo. A lo lejos, cuando él ya no puede verme, me giro: Rafael conversa con alguien, y me alivia esa imagen triste de un autor sin lectores, la literatura como un modo de pero no un medio de vida.

Abro el libro y leo la dedicatoria: Para Alicia, de Daniel con cariño, y el mío propio. Rafael. Tal vez el fin de una dedicatoria sea este: servirse de un emisario que ponga palabras a sentimientos que nos cuesta decir.

Cuando ya estoy camino del bulevar de la calle Ibiza observo a una mujer que se abalanza sobre un autor, introduciendo medio cuerpo dentro de la caseta. De espaldas no sé si le está felicitando o quiere arrancarle el cuello. Me parece un buen resumen de lo que siento hacia la feria.