Un gesto divino

Recibí el balón en mitad de cancha, lo até a mi bota y avancé. El estadio rugía, la hierba era blanda y hacía sol. Corrí, dejé atrás dos rivales, un tercero me cerró el paso al borde del área. Cansado, sin ángulo de tiro, pasé el balón a mi derecha, y hacia allí rodó la atención de los jugadores. Aproveché para desmarcarme, haciendo espacio pero evitando, a la vez, que el espacio me ubicara en fuera de juego. Merodeando por el punto de penalti reapareció el balón: venía por mi derecha, haciendo un arco hacia la portería. Una espalda ocultó al compañero que dio el pase, ¿o tal vez fue el propio rival? En la duda corrí tras el vuelo del balón, y también el guardameta, una espiga rubia que abandonó la sombra de la portería y, viniendo hacia mí, corrió y saltó extendiendo su brazo derecho, igual que un superhéroe. Desde la grada pareceríamos dos trenes de un ejercicio de álgebra mal resuelto, y por lo tanto a punto de chocar, pero antes del choque el balón hizo eclipse, no hubo estadio, no hubo aficionados ni cánticos, no hubo cámaras ni periodistas ni por supuesto sol, y en medio de la oscuridad y el silencio aceleré, tomé impulso, salté y la infancia me acompañó en el salto. Volé sobre una cancha de arena sucia y gris, rodeada de viviendas miserables, con dos galpones a modo de banquillos, una reja acribillada tras la portería norte, una pintada en el muro sur que, en mayúsculas, decía “CON LA DEMOCRACIA NO SE JODE”, y detrás del muro, del lado de la avenida, el aroma paciente de un local de uralita que llevaban Bruno, su mujer y sus tres hijos, y donde se vendían hamburguesas y vareniques rellenos de ricota, y me relamía los labios cuando, de golpe, cesó el eclipse y mis botas golpearon la hierba. El balón descendió a la cancha, botó en el área chica, con mansedumbre cruzó la línea de gol. Aunque por razones opuestas, todos los jugadores alzamos los brazos. Corrí hacia el público, en parte para celebrar el tanto, y en parte para escapar del misterio de su creación, en la cual alguien, desde allá arriba, me echó una mano.

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