Notas de viaje

Dedicado a Pablo Múzquiz, por una amistad que salta atriles y fronteras.

La mujer te pide el pasaporte con ojos de guerra fría. Tu brazo, con temblor de polizón, entrega el pasaporte. La mujer, con la firmeza de la autoridad, agarra el pasaporte, lo abre, mira la fotografía, levanta la vista, verifica tu agotamiento, mueve la hojas y, sorprendida, acerca sus gafas a tu visado de trabajo. Su dedo índice señala el visado y, a la vez, su voz pregunta en qué ciudad trabajarás durante tu estancia. Aparece entonces un mapa en tu cabeza, y sobre el mapa, como si fuera el panel didáctico de un museo, pequeñas luces que se iluminan y se apagan. Piensas qué ciudad escoger de la gira, pero estás fatigado y tu boca responde: soy músico. La mujer levanta sus cejas y tensa el gesto, mostrando incomodidad. Cierra tu pasaporte, se acerca a ti y, sílaba a sílaba, troceando su enfado, te pregunta otra vez la ciudad donde trabajarás durante tu estancia. Notas que tu cuerpo duele a clase turista. Piensas decir Nueva York, pero tu boca responde: Carnegie Hall. La mujer respira hondo y el vestíbulo se queda sin aire. A su espalda avanza el minutero de un reloj, aunque sientes más bien la incertidumbre de una cuenta atrás. Entonces, sin que entiendas nada, la mujer extiende su brazo, libera tu pasaporte, te lo entrega y concluye: si es usted capaz de tocar en el Carnegie Hall, sea bienvenido a los Estados Unidos de América.

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