Tiempos islados

Hay días que anuncian su propio recuerdo. Se disfrutan y se extrañan a la vez. El tiempo no es lineal, lo sabemos, pero algunos días, los más luminosos, insisten en recordárnoslo. Todo en ellos es presente y, al mismo tiempo, memoria. Horizonte y hemeroteca. Azotea y bodega. Infinito y fugacidad.

Fue en Menorca, el último fin de semana de septiembre, junto a Andrés Neuman. El lugar una casa que era una interrupción de la naturaleza, nacida, literalmente, de la Tierra, dos plantas de una arquitectura que a veces me parecía colonial, como imponiendo una distancia, y a veces lo contrario, arquitectura festiva, invitando a ser habitada. En su interior fuimos catorce los asombros abiertos al talento de Andrés.

Junto a Neuman el tiempo es un asterisco. Una expansión que salta en todas las direcciones, en aviones que despegan hacia lecturas futuras, en cuartillas abarrotadas de ideas valiosas, en la compañía inesperada de otros tantos ojos atónitos. Junto a Neuman giran los relojes. Nadie los atiende. Manecillas ignoradas y entonces los brazos son libres, ríen, mueven las páginas de un libro, bracean en una playa tan irreal como un anuncio de cerveza, brazos que beben café, que escriben notas en un cuaderno, que espantan la curiosidad de las moscas.

La cocina fue epicentro de esa expansión. Un cuarto de máquinas que recordaba a esas cocinas inmensas de algunas películas y donde ocurren muchas cosas a la vez, una confusión alegre de voces y aspavientos, una cocina donde las paredes son un vodevil de puertas por las que no dejan de entrar y salir proyectos y personas. En la cocina se hablaba con esa confianza inmediata que se da entre desconocidos y que, sin embargo, sienten que comparten una experiencia en común. Todos allí éramos líneas paralelas que el taller aproximó, hizo discurso, como si, juntos, viviéramos en la panza de un acordeón, y sonáramos en acorde, feliz conjunto.

En la memoria queda la amistad de un tiempo compartido. La revelación de personas excelentes, alumnos y organizadores. Todavía saboreo una comida que fue color y textura. Guardo en un cajón, junto al pijama, el silencio nocturno de Menorca. Tengo vuestras caras, vuestros nombres, vuestros gestos. Cuando cruzo la cortina de lunares me ducho de nuevo en bañeras que sólo había visto antes en revistas de decoración y que, confieso, inundé a su alrededor como nunca he visto en revistas de decoración. Soy capaz de apagar la luz de la mesilla y que regresan, como hologramas invitados, las paredes de un dormitorio donde sólo pasé dos noches de mi vida. ¿Y las sillas del jardín? Me pregunto si las sillas de tela verde siguen dispuestas allí donde las dejamos, guardando la conversación de nuestras ausencias.

Si todo sucedió bien fue porque todo estaba dentro de un plan, y el plan era un misterio. Un plan que decía buenos días, que nos seguía hasta la playa, también de regreso, con el sol pegado a la espalda, un plan que nos daba de comer y que nos invitaba a comenzar, cada tarde, el taller. Todo sucedió en apenas tres días pero la memoria lo repite como si viviéramos dentro de un probador, espejos enfrentados.

Lo bien hecho esconde los esfuerzos, así que debo dar las gracias a Mariona y Josep por la escritura invisible de esta historia. En próximos aislamientos, y para que todo se vuelva a aislar, para que el tiempo sea azotea y se guarde en bodega, será crucial, de nuevo, los alumnos y el maestro. Espero estar entre los primeros. Os dejo a vosotros, de nuevo, volver a ser nuestros maestros.

Los extremos de una jaula

La cocina era mi despertador. El estrépito de unos platos, un timbre, dos, mi madre al teléfono con alguien, o tal vez con mi almohada, el silbido ferroviario de una olla, un furioso brazo de cocina removiendo un color, la ansiedad naranja de una picadora eléctrica, en el transistor la voz alta de Iñaki Gabilondo. A modo de bocina, todo ese sonido se agrandaba por el pasillo, luego se encogía y plegaba por debajo de mi puerta, subía hasta la cama como un aviso incómodo de actividad. ¡Que ya es de día!, era el ejercicio matinal de mi abuelo, tocando el piano sobre mi puerta, y tenía razón porque la mañana se tumbaba ya sobre las sábanas, una orilla de luz curva y atigrada de sol.

Dudaba si levantarme o seguir tumbado. Me preguntaba en qué momento unos nudillos tocarían mi pereza. O cuándo mi pereza, cansada de sí misma, decidiría levantarse. También pensaba si, tumbado en la cama, ajeno al mundo de las noticias y la responsabilidad, estaba siendo yo mismo, intrínsecamente libre, o tal vez me estaban dejando en libertad; si el mundo era un horizonte que siempre avanza y se escapa o si, por el contrario, yo era un animal pequeño y alegre que desconocía aún los extremos de su jaula.

Aunque ya no escucho la voz de Iñaki Gabilondo ni la acción de los calderos ni la voz de mi madre, aunque todo ello se ha borrado y, como una secuela de ese brazo de cocina, el ruido es ahora un zumbido perpetuo, cada mañana se repite esa misma duda, y me pregunto cuánto de mí hay de libertad y cuánto de unos nudillos invisibles que, ¡toc, toc!, llaman a la puerta y me exigen actividad.

Mano adormecida

Mano adormecida,
estría de la agenda:
última reunión.

Noche intermitente.
Bosteza un garaje.
En el retrovisor, un lunar.

Por el pasillo avanza
una generación en zapatillas:
frente a verduras y plasma
el padre quiere ser niño
la madre quiere ser niño
y el niño que lo dejen en paz.
Si los afectos fueran transitivos
el mundo sería un jardín de infancia.

Mano adormecida, se aburre un pulgar.
El gol no debió subir al marcador
y el cupón tocó en otra puerta.
La noche son filos rojos en el salón,
duermevela electrónica y en el pasillo
el regreso a regiones remotas
de habitaciones próximas.

Mano adormecida
que acaricia con desánimo,
que besa por rutina,
que apaga esta luz.