Tus pasos en la escalera

El argumento de Tus pasos en la escalera (Muñoz Molina, 2019) es simple: su protagonista y narrador, tras ser despedido —imaginamos que por la crisis de Wall Street del 2008— se traslada de Nueva York para instalarse en Lisboa. La novela describe su espera mientras aguarda la llegada de su mujer, Cecilia, una apasionada científica que investiga los mecanismos de la memoria y el miedo.

El miedo es uno de los grandes temas sobre los que reflexiona la novela. Miedo al futuro, y por eso que muchos de sus capítulos —siempre breves, hasta un total de cincuenta y dos— se inician con noticias de catástrofes apocalípticas vinculadas al cambio climático. También un miedo pasado, nunca resuelto, que se aloja dentro de sus personajes, un miedo por los atentados del 11S que vivieron próximos, un miedo por la llegada al poder de Donald Trump. Miedo por fin en el mundo animal, el de las ratas sobre las que ensaya Cecilia en su laboratorio, sometidas a descargas eléctricas, a la ansiedad de eternos laberintos, a su muerte y seccionamiento cerebral.

El miedo llega a convertirse en valiosa mercancía. En el hallazgo más distópico de la novela, se narra una fiesta a la que es invitado su protagonista. Una antigua estrella de pop, hoy escultor famoso, propone a sus invitados la inversión en lujosos refugios donde protegerse ante desgracias futuras. Estas páginas son premonitorias de la pandemia que asolará el mundo apenas un año después de su publicación y, aunque no se apunta en ellas a que pueda ser por el efecto de un virus que la desgracia asole el mundo, sí que se advierte de la fragilidad de un mundo hiperconectado. El narrador descree y ridiculiza la fiesta, su anfitrión y también sus invitados. Ello genera un feliz efecto cómico, pero también una incómoda sensación de omnisciencia, de que es el autor y no el narrador quien realmente se burla de la situación creada, recurso moral con el que cual no empatizo como lector.

En esa celebración, gobernada por una noche con eclipse de luna, el narrador —de quien hasta su penúltimo capítulo no sabremos su nombre— conocerá a una mujer, Ana Paula, a quien confundirá con Cecilia, su mujer que nunca llega. Esta confusión, escrita en unas páginas magníficas, engarza con el otro gran eje de la novela, que es la memoria. El protagonista admira en Ana Paula lo que esta mujer tiene de Cecilia. Son siluetas superpuestas. También la nueva ciudad pretende ser un espejo de su vida anterior: Lisboa y Nueva York se parecen en la anchura marina de sus ríos, en su cielo siempre cruzado de aviones, en sus ruidosos trenes y, sobre todo, en esa voluntad obsesiva del narrador por reproducir en su nuevo apartamento la decoración y orden del anterior.

Junto al miedo y la memoria, está la espera. Así de hecho se inicia la novela: “Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo”. Bruno —que así se llama el narrador, en homenaje a Strangers on a Train, de Patricia Highsmith— aguarda en Lisboa la llegada de su mujer. El lector nunca sabrá cuándo ocurrirá ese momento, entre otras razones porque el narrador no sabe siquiera el día en el que vive. La voz narradora de Bruno carece de fiabilidad. Pronto se sospecha que lo que Bruno dice, pese a ser repetido, no es cierto, sino más bien el indicio de un trastorno obsesivo, y que además hay algo que oculta. Muñoz Molina obliga al lector a vislumbrar aquello que no está escrito, adoptando así un riesgo narrativo que sigue la línea abierta por Henry James, Bioy Casares o Ford Madox Ford —de quien ya tomó una cita en su magnífica novela La noche de los tiempos. No llega Tus pasos en la escalera a la cima de los anteriores autores, ni tampoco la que considero una gran obra, muy poco conocida, y también con narrador errado, como es La pesquisa, de Juan-José Saer. Es en todo caso una decisión creativa valiente la utilización de una voz fallida en un escritor que podía caer fácilmente en la complacencia.

La novela avanza por inercia, ensimismada, sin que apenas parezca ocurrir nada. La espera —aptitud históricamente femenina—, el miedo y la memoria son sus tres elementos estáticos. Sólo cambia esa perplejidad y sospecha que va ganando espacio en el juicio del lector. No debe entonces sorprendernos que el final sea una puerta entornada a un estado de pasmo. ¿Qué solución podía esperarse de una novela alucinada, una espera perpetua contada por un narrador perturbado? Tal vez la novela, toda ella, es su propia explicación. Una novela de aprendizaje, la búsqueda última de una oportunidad en la vida de su protagonista quien, lejos de Nueva York, de un entorno laboral en donde nunca fue feliz, descubre la felicidad doméstica de la lectura y de las actividades sencillas, y espera, retirado del mundo, su final.

Valoro la apuesta de Muñoz Molina por ese narrador frágil, imperfecto. También su prosa, siempre lírica, fluida, con buena respiración. Su forma de adjetivar es muy precisa. Me pregunto si la novela, reducida en extensión, aliviada de algunas redundancias e insistencias reflexivas, habría ganado potencia. Incluso eliminadas esas referencias a personajes históricos que, si bien construyen un paralelismo con la espera de Bruno, tienen un exceso de artificio literario y no son realmente necesarias para que avance la narración.

Un brindis

Sólo hablábamos en sueños, y por eso quedé petrificado al verte junto a la mesa, mi brazo y el de mi novio todavía juntos, mi brazo ahora temblando, el de mi novio también; sólo existías en el insomnio y por eso que tardé en descubrirte viva, respirando bajo tu delantal, tomando nota de los platos, alejándote, y la distancia me despertó y me disculpé y me levanté y te seguí, no estabas en el comedor, no estabas detrás de la barra, no estabas en la cocina que invadí y de la que me expulsaron, tampoco en el salón superior y tampoco en el almacén de una habitación contigua, y entonces salí a la calle, allí estabas, a lo lejos, corrí pero siempre mantenías la distancia, una derrota perpetua, pasé junto al semáforo donde cogí tu mano la última vez, pasé por el centro de salud, por la alameda que siempre nos pareció un lugar tristísimo, por el jardín de la infancia donde columpié el porvenir, y el porvenir allá arriba, escaleras hacia la colina por donde seguías y yo siempre detrás hasta una vivienda pobre, familiar, y en la que de milagro franqueé la puerta, donde cogí tu abrigo con la punta de los dedos y tú cogiste un ascensor y casi entré en la cabina pero la puerta se cerró, la oscuridad adivinó entonces la alternativa de más, más escaleras, primer piso, segundo piso, en el tercero la náusea de unas coles, la televisión siempre alta del cuarto piso y en el quinto paré, casi al borde del síncope, el ascensor estaba allí y una franja de luz bajo la puerta, la golpeé suave, fuerte, más fuerte, golpeé y golpeé y golpeé, la puerta se abrió por fin a un vestíbulo familiar y a una cara llena de paciencia, eran el mismo lugar y la misma luz y casi el mismo olor pero tú no eras tú, me lo confirmó una voz diferente y muy lenta, como de tren nocturno, una suavidad de sílabas que me recordó que tú no vivías allí, no vivías allí ni aquí ni allá ni en ningún otro lugar, una voz de arrullo que me invitó a entrar, beber algo de agua, pero supe que en el ofrecimiento estaba también un ruego, que no volviera más, nunca más, y eso, eso no era posible, di las gracias y bajé a zancadas hasta el zaguán, luego el camino inverso, el parque y la alameda y el centro de salud, las calles cada vez más estrechas y los edificios cada vez más llenos de edad, alcancé el restaurante, la mesa, tu brazo inmóvil, sudando me aguardaba el reproche de mi novio y una copa de vino blanco y un cumpleaños en la mesa contigua y un risotto de rabo de toro con setas, mi plato favorito, el plato que tantas veces mamá hicieron tus manos, las que casi hoy volví a tocar, y en felicidad curva, aguda, que subimos las copas y brindé por ti.

Asustados

En casa

las familias se juntan sin árbol de Navidad. Muerden sus uñas los ladrones: la Semana Santa quedó cancelada. Subidos a sus bicicletas, algunos atraviesan valles, conquistan cumbres, descienden a la alfombra, donde les aguarda su ansiedad. Hace días que no escucho a mis vecinos. Ellos tampoco a mí. Sólo habla la vivienda: sus puertas, las tuberías, el óxido de un toldo, algún ascensor.

En los balcones,

a las horas establecidas, se aplaude primero y se juzga después. Las ventanas funcionan como escenario y como observatorio. Suenan las mismas canciones, se ondean idénticas banderas. Si no fuera por esas lucecitas que algunos agitan, todo sería repetición: el ensayo perpetuo de una misma obra. Luego regresa la calma, y yo me quedo todavía un tiempo, fumando imaginarios cigarros, y las fachadas se me confunden con esos pueblitos pobres, de cartón piedra, con los que se adorna el fondo de los belenes: lugares remotos, planos, sin vida.

En la calle

se aburren los semáforos. Un perro ladra, levanta las orejas, descubre con asombro su eco. Los autobuses huyen de su urgencia, evitando ser parados. A través de una rejilla el metro, anunciando un mundo subterráneo, inverosímil, de gente con prisa. Un mundo al que pertenecimos todos hasta ayer. Y a mí derecha, delante del instituto, el patio infantil es un decorado sin niños. Sobre el patio se mueven algunas ramas: un tramoyista olvidó que ha terminado la función. Ahora suena una ambulancia, dejamos al unísono el wasap y, desde nuestras casas, sin saberlo, todos nos miramos.

Sankofa

Entre lodazales y selva, al sur del país, habita este grupo étnico. Su estandarte es un pájaro. Se lo dibuja de perfil, con su pico hacia delante y su cabeza hacia atrás. Próximo a la boca, un huevo simboliza lo que está por llegar. El pájaro recibe el nombre de sankofa, etimología que suma tres verbos: san (regresar), ko (ir) y fa (aprender).

Se cuenta que toman sus decisiones sin jerarquías, con serenidad lenta, mirando al pasado. De ahí que la vida sea un ejercicio constante de memoria –la memoria de la tierra y de sus moradores, la de las batallas y sus treguas, pero también la memoria más íntima, la de los cajones con llave y los álbumes de familia.

Consideran la vida una mezcla de asombro y recuerdo, novedad y memoria, y por eso que el pájaro avanza pero, a la vez, se vuelve y busca su sombra misma, que fue luz y hoy es sólo estela. Como espejos contrapuestos, la vida se siente un aluvión de referencias ausentes. Caminar sobre esa memoria es el diálogo que llamamos vida. Regresar, aprender, ir.

El convencimiento sobre la importancia del pasado lo abarca todo, incluso el deporte: cada año, en los juegos de la primavera, la victoria reside en repetir, con la mayor fidelidad posible, los resultados que ya se produjeron. Se celebra entonces el mismo vuelo de una jabalina, el rugido idéntico de una lucha que fue sólo repetición. Al terminar, todos bailan y beben y se besan con la feliz certeza de que el futuro tiene su raíz en la memoria, la buena memoria, y por lo tanto ya sucedió.

Una conversación interrumpida

Mi buzón presagiaba una derrama. Lo abrí. Buenas noches, buzón. Buenas noches, Daniel. La carta de la administradora me informó de tus apellidos. A continuación habéis fallecido. En el ascensor traté de sortear el mensaje, evitarlo, escapar: ¿qué otro portero podía llamarse Rafael? ¿Alguno de la mañana? ¿O tal vez? Entonces. Entonces recordé. Que llevabas un tiempo sintiéndote mal. Es la gripe, te diagnosticabas y yo, como si supiera algo de medicina, te asentía desde la puerta del ascensor.

Me tumbé en el sofá. El papel temblaba. No: temblaba mi mano. Hice un esfuerzo para que avanzara la memoria. O más bien para que retrocediera. Y retrocedió dos días, hasta la mañana del domingo. Me dijiste que estabas muy cansado. Te recomendé que fueras al médico. También te lo había aconsejado tu mujer, y por eso que al día siguiente acudirías al centro de salud. Sonreí, sonreí sin saber que, en ese mismo momento, en ese hasta luego Rafa, hasta luego Dani, nos estábamos despidiendo para siempre.

El lunes te tocaba turno de noche. Ya habías fallecido. Yo no lo sabía. Tampoco quien te sustituyó pues me dijo: hoy Rafa está enfermo. Sí, lo sé, está enfermo, y te pensé en tu casa de Vallecas, algo febril bajo una capa de mantas, próximos tu mujer y tu hija y tu perro.

Tu perro. Tu perro y mi perra. Nuestra conversación. Mi perra buscando tu silueta, tu barba imprecisa, tus gafas en perpetua ida y vuelta, como si la realidad la vieras siempre desenfocada. Mi perra exploradora avanzando por el pasillo de tu garita, primero el vaivén de una puerta de western, después una segunda de cristal, luego la pernera de tu pantalón y, premio, el regalo de una golosina. Mi perra luego dando marcha atrás con dificultad, la puerta de cristal, la puerta de western y tú y yo entrelazados ya en el estado del tiempo, en el resultado del Real Madrid, en la salud siempre frágil -qué ironía- de tu perro, nosotros charlando y mi perra soñando el sueño en su sofá, mi perra estirando nuestras palabras y tú acariciándola, tú llamándola bruja, qué pasa bruja, qué pasa bruja.

Todo de golpe no existe y me pregunto si la muerte sirve para algo. Si existe una razón por la cual un día alguien tiene cincuenta y dos años y al día siguiente ninguno. Supongo que todos buscamos que la muerte sirva para algo. Pero la muerte no sirve para nada. Tal vez -pálido consuelo- para distribuir los afectos. Para reorganizarlos. Para enviar esta tristeza y cariño a una mujer y una hija y un perro hermanados todos por una misma ausencia. Para tirar con dulzura de Volga cuando, de nuevo, con tozudez, invade la garita, y te busca, y no te encuentra. Para ver cómo crece ese árbol que en tu nombre han plantado los vecinos. Para recordarte detrás del cristal, donde siempre pensé que te iba a encontrar, un año y otro y después otro, allí donde creí que mantendríamos una larga conversación llamada vida.

III. Reactivado el mundo

Sigo postrado mientras el cielo cambia de color: primero ámbar y luego fuego y luego suenan unos pasos, una tos, la puerta que se abre. Es un bastón y un brazo y una pierna y por fin Wotan, mi amigo Wotan. De arriba a abajo lo definen su sombrero errante, su pelo largo y sucio, su pañuelo que tapa el ojo izquierdo, su. Es imposible seguir tras mirar su ojo izquierdo. Todos saben que Wotan sólo ve con el derecho. Pocos saben que el izquierdo también le funciona. Wotan afirma que no lo necesita. Que se lo reserva. Le basta un ojo para entrar en el interior de las almas. Un sólo ojo que funciona con la profundidad de un microscopio. Un sólo ojo con el brillo revelador de una bengala. Quien lo contempla se obliga a una revelación. Un ojo demiurgo. Dice Wotan que se ve mejor cuando uno limita su campo de visión. Que la escasez perfecciona la virtud. Lo cierto es que una muñeca rusa, atónita, con sus dos ojos, ¡dos!, dilatados, nos observa abobada desde la estantería, sin entender nada. Así que puede que Wotan tenga razón. Puede. Wotan acaricia esa muñeca y la devuelve a su lugar. Por fin se acerca hasta la cama, me diagnostica, concluye: la enfermedad tiene tanto de persona como de espacio. De asedio como de motín. Si la enfermedad vence a la persona, sólo hay una alternativa. Bajo nuestros pies relincha el caballo: también comprendió el mensaje. Doy las gracias a Wotan. Es un reloj de cuco: da el mensaje y se marcha. Yo partiré mañana. Mañana abandonaré el dolor. Quedará postrado junto a mi ausencia.