Bienvenidos a Movistar

Escenario 1. Cliente que paga 90€ al mes y llama al Servicio de Atención al Cliente de Movistar, 1004, para que le aclaren una factura de 125€.

Bienvenido a Movistar. Le informamos de que esta llamada puede ser grabada por motivos de calidad. Para ejercitar sus derechos de protección de datos, infórmese en Movistar.es.

Si está interesado en recibir información de nuestros servicios, manténganse a la espera. En caso contrario, pulse 1.

(Pulso 1).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(Pulso 91*******).

Por favor díganos brevemente el motivo de su llamada.

(Aclaración factura Movistar).

En estos momentos estamos ocupados. Por favor llámenos más tarde o envíenos un email a escríbenos@telefonica.es Además en Movistar.es podrá realizar todas sus gestiones. Gracias por confiar en Movistar.

Escenario 2. Cliente que paga 90€ al mes y llamó al Servicio de Atención al Cliente de Movistar, 1004, para que le aclararan una factura de 125€. No tuvo éxito. Piensa que, si guarda silencio, alguien se apiadará de él y atenderá su consulta que aún es consulta y no queja.

Bienvenido a Movistar. Le informamos de que esta llamada puede ser grabada por motivos de calidad. Para ejercitar sus derechos de protección de datos, infórmese en Movistar.es.

Si está interesado en recibir información de nuestros servicios, manténganse a la espera. En caso contrario, pulse 1.

(Pulso 1).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(Pulso 91*******).

Por favor díganos brevemente el motivo de su llamada.

(Silencio).

Disculpe, pero no le hemos oído bien, por favor díganos brevemente el motivo de su llamada.

(Silencio).

Lo sentimos, no podemos atenderle sin conocer el motivo de su llamada, gracias por confiar en Movistar.

Escenario 3. Cliente que paga 90€ al mes. Llamó al Servicio de Atención al Cliente de Movistar, 1004, para que le aclararan una factura última de 125€. La primera vez fue un fracaso. En su segunda intento pensó que, si guardaba silencio, alguien se apiadaría de él y atendería su consulta que aún era consulta y no queja. No fue así.

Siente que para Movistar él es ahora menos un cliente y más un paciente. Su problema tiene una cualidad hospitalaria. Y su paciencia además se acaba. Sabe que detrás de ese incremento hay una publicidad engañosa. Perdonen por la redundancia. Toda publicidad tiene algo de miopía: lo importante sucede en letras pequeñas. Mientras los canales deportivos se ofrecían gratuitos, un texto tan rápido como el balón, rozando por la base de la pantalla, decía lo contrario.

Se considera un hombre bueno hasta que llama a un servicio de atención al cliente. Entonces se inflama y llena de ira, muta en un ser agresivo, desconocido de sí mismo, un tipo que le repugna mientras marca el 1004 por tercera vez y se pregunta si ese número no tendrá algo que ver con las veces que deberá llamar.

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(Pulso 1).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(Pulso 91*******).

Por favor díganos brevemente el motivo de su llamada.

(Cabrones. Cabrones. Cabrones).

Si no tiene consultas sobre nuestro servicio, procedemos a cortar la comunicación. Gracias por confiar en Movistar.

Escenario 4. Cliente que paga 90€ al mes y que llamó para aclarar una factura anormal de 125€. Su primer intento fue un fracaso. Luego pensó que, guardando silencio, alguien se apiadaría de él y finalmente atendería su consulta. No fue así. Siente que, para Movistar, él es ahora menos un cliente y más un paciente. Y que su paciencia se agotó. Sabe que la publicidad es miopía. Lo importante no son las mayúsculas, lo que brilla, lo que destaca. Él se considera un hombre bueno hasta que llama a un servicio de atención al cliente. Entonces se inflama y llena de ira, muta en un ser agresivo, desconocido de sí mismo, un tipo que se repugna como cuandó marcó el 1004 y lanzó una nube blanda de insultos que no sirvieron de nada. Concluye que deberá disfrazar su ira, jugar contra la multinacional con sus mismas reglas, esconder la consulta que ya es queja bajo una falsa solicitud de nuevos servicios y así, oculto en ese deseo perpetuo de más megas y más canales y por supuesto más facturación, atacar a un enemigo con las defensas bajas y la codicia alta.

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Si está interesado en recibir información de nuestros servicios, manténganse a la espera. En caso contrario, pulse 1.

(Pulso 1).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(Pulso 91*******).

Por favor díganos brevemente el motivo de su llamada.

(Alta de canales Movistar Fusión Porno y Caza y Pesca, dice mientras piensa que esos canales, aleatoriamente elegidos, mantienen sin embargo una coherencia temática).

Le va a atender un comercial.

(El cliente sonríe adelantando su triunfo).

En estos momentos estamos ocupados. Por favor llámenos más tarde o envíenos un email a escríbenos.telefonica.com. Además en Movistar.es podrá realizar todas sus gestiones. Gracias por confiar en Movistar.

(El cliente esconde sus dientes y luego los aprieta).

Escenario 5. Cliente que paga 90€ al mes y llamó para aclarar el importe de una factura anormal de 125€. Pensó que, guardando silencio, alguien se apiadaría de él, atendería su queja. No fue así. Sintió entonces que para Movistar era menos un cliente y más paciente. Y que a Movistar ni le importaban los vivos ni los enfermos. Su paciencia como enfermo ya se agotó.

Sabe que la publicidad es miopía. Lo importante discurre al margen, en minúsculas letras. Qué sorpresa. Se considera un hombre bueno hasta que llama a un servicio de atención al cliente. Entonces se inflama y llena de ira, muta en un ser agresivo, desconocido de sí mismo, un tipo que le repugna como cuando marcó el 1004 y lanzó una nube blanda de insultos que, ay, no sirvieron de nada, un hombre que fue cliente y paciente e impaciente y que pensó que era una buena decisión disfrazar su ira, un desafío utilizando las mismas reglas de la multinacional, escondiendo su queja bajo una falsa solicitud de nuevos servicios y, camuflado en ese deseo perpetuo de más megas y más canales y por supuesto más facturación, atacar a un enemigo con las defensas bajas y la codicia alta, pero esa estrategia tampoco sirvió de nada, podría estar triste y sin embargo le mueve la excitación de un descubrimiento, una clave, la clave, la clave es ese número 1 que marca siempre al principio de su llamada y que le conduce a un laberinto sin salida, y que bastará esquivarlo para aclarar por fin su duda.

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Si está interesado en recibir información de nuestros servicios, manténganse a la espera. En caso contrario, pulse 1.

(No pulso nada).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(No pulso nada).

Necesitamos que diga o marque el número sobre el que desea realizar la gestión.

Por favor, diga o marque el número sobre el que desea realizar la gestión.

(Ese por favor me debilita, me hunde, cometo el error: marco 91*******).

Por favor, díganos brevemente el motivo de su llamada.

(No digo nada).

Disculpe, pero no le hemos oído bien. Por favor, díganos el motivo de su llamada.

(No digo nada).

Lo sentimos, no podemos ayudarle sin conocer el motivo de su llamada. Gracias por confiar en Movistar.

Escenario 6. Cliente que paga 90€ al mes y llama para aclarar una factura de 125€. Nadie le atendió en su primera llamada. Luego pensó que, guardando silencio, alguien se apiadaría de él, atendería su queja. No fue así. Siente que ahora no es ni cliente ni es nada para Movistar. Debería ser paciente, pero su paciencia hace tiempo que se agotó.

Sabe que la publicidad es miopía. Lo importante es aquello que escapa de nuestra atención. Qué sorpresa. Se considera un hombre bueno hasta que llama a un servicio de atención al cliente. Entonces se inflama y llena de ira, muta en un ser agresivo, desconocido de sí mismo, un tipo que le repugna como cuando marcó el 1004 y lanzó una nube blanda de insultos que, ay, no sirvieron de nada, un hombre que fue cliente y paciente e impaciente y que pensó que era una buena decisión disfrazar su ira, esconder su queja bajo una falsa solicitud de nuevos servicios y así, camuflado en el deseo perpetuo de más megas y más canales y por supuesto más facturación, atacar a un enemigo con las defensas bajas y la codicia alta, pero esa estrategia tampoco le sirvió de nada, luego creyó que había descubierto la clave, ese número 1 que marcaba siempre al principio para confirmar la información de los servicios de Movistar pero que sin embargo le conducía siempre a un laberinto sin salida, y creyendo que bastaría esquivarlo no lo pulsó y no obstante el resultado fue el mismo, y sólo entonces decidió una acción última, un intento desesperado motivado por el puro desconcierto de no saber cómo actuar.

Bienvenido a Movistar. Le informamos de que esta llamada puede ser grabada por motivos de calidad. Para ejercitar sus derechos de protección de datos, infórmese en Movistar.es.

Si está interesado en recibir información de nuestros servicios, manténganse a la espera. En caso contrario, pulse 1.

(No pulso 1).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(Pulso 91*******).

Por favor, díganos brevemente el motivo de su llamada.

(No ignoren mis llamadas).

Su línea no dispone del servicio identificación de llamadas. Con este servicio podrá conocer en cada momento quién le está llamando por una cuota mensual de 2€ IVA incluido, impuestos en Península y Baleares, IVA 21%, Ceuta IPSI 10%, Melilla IPSI 8%, Canarias IGIC 7%. Si desea contratar el servicio, diga contratar.

(Cabrones).

Disculpe pero no le hemos oído bien. Su línea no dispone del servicio identificación de llamadas. Con este servicio podrá conocer en cada momento quién le está llamando por una cuota mensual de 2€ IVA incluido, impuestos en Península y Baleares, IVA 21%, Ceuta IPSI 10%, Melilla IPSI 8%, Canarias IGIC 7%. Si desea contratar el servicio, diga contratar.

(Cabrones).

Gracias por confiar en Movistar.

Escenario 7. Cliente que paga 90€ al mes y ya no sabe muy bien si llamó para aclarar una factura anormal de 125€ o fue otro el motivo. Un cliente ingenuo porque pensó que, guardando silencio, alguien se apiadaría de él, atendería su queja. No fue así. Sintió luego que era menos un cliente y más un paciente para Movistar. Su paciencia ya se había agotado del todo. Un cliente que también sabía que la publicidad es miopía, porque lo importante es aquello que escapa de nuestra atención. Atención: que se lo digan al 1004. Ja. Un cliente que se definiría como un hombre bueno hasta que llama a un servicio de atención al cliente, porque entonces se inflama y llena de ira, muta en un ser agresivo, desconocido de sí mismo, un tipo que le repugna como cuando marcó el 1004 y lanzó una nube blanda de insultos que, ay, no sirvieron de nada, un hombre que fue cliente y paciente e impaciente y que pensó que era una buena decisión disfrazar su ira, tapar su queja bajo una falsa solicitud de nuevos servicios y así, camuflado tras un deseo perpetuo de más megas y más canales y por supuesto más facturación, atacar a un enemigo con las defensas bajas y la codicia alta, pero esa estrategia tampoco le sirvió de nada, luego creyó que había descubierto la clave, ese número 1 que marcaba al principio confirmando su deseo de información sobre los servicios de Movistar, pero que sin embargo le conducía a un laberinto sin salida, y creyendo que bastaría esquivarlo no lo pulsó y no obstante el resultado fue el mismo, y entonces decidió una acción motivada por el puro desconcierto de no saber qué hacer, y en esta rendición última descubrió no sólo que no podría aclarar nunca la factura, entender por qué le cobraban el fútbol si a él no le gustaba el fútbol y sólo lo había contratado porque era gratuito, o eso creía él o eso decían las letras grandes mientras la vida sucedía en las minúsculas, y que no sólo nunca podría darse de baja del servicio sino que además, por algún error de la alocución, el guion se había dado la vuelta, los papeles cambiados, y era ahora Movistar quien pasaba al ataque ofreciéndole el servicio identificación de llamadas, otro servicio que él tampoco necesitaba, o más bien sí, sí que necesitaba ese servicio pero en destino, necesitaba que Movistar identificara su llamada, SU LLAMADA, y por una locura de tiempo y cansancio y confusión acabó sabiendo que en Melilla y en Ceuta había un impuesto llamado IPSI, que le sonó a hipo, y en Canarias el IGIC, unas siglas que recordaba tumbadas en el precio de algunas revistas de cuando era pequeño, y que por fin, en un último rapto de lucidez, comprendió que lo que Movistar quería era que alguien escribiera su embrollo, lo verbalizara, y por eso que este cliente redactó las anteriores páginas y decidió enviarlas a un correo con descripción de imperativo llamado escríbenos@telefonica.es.

EPÍLOGO: El correo vino devuelto por exceso de espacio. No aclaraba si del remitente, o del destinatario.

La felicidad amnésica de un niño en el cuerpo de un adulto

Tú ahora disfruta, hijo, disfruta, me decías con una firmeza llena de cataratas, pero bien visto tu consejo era un callejón sin salida, primero tú no eras mi padre y yo era tu nieto, segundo porque, lejos de disfrutar, las palabras despertaban un temor, que el tiempo de la felicidad era limitado, que en algún instante la vida se pondría cuesta abajo, y me angustiaba esa certeza tanto como ignorar en qué esquina sucedería, en qué calendario los puzles y balones se convertirían en hipotecas y peajes, y resulta que mientras llegara ese día debía disfrutar, hijo, disfrutar, ja, y en ello sigo, abuelo, lo intento, siempre lo intento, pero también continua esa zozobra que habitaba en ti, una cuenta atrás que te quitaste de encima, que me entregaste antes de su estallido, que un día, como tú, cómo yo, debe acabar, aunque sea pasándosela a otro.

Hijo

Lo imaginabas en un desguace. Estabas equivocado, y no es la primera vez que te lo dicen. Circula delante de ti, que lo sigues por la Rambla, que casi se te escapa en un disco rojo, es fácil luego por la circunvalación, la vía de servicio, en la rotonda salida urbanizaciones. Todo te resulta remoto pero a la vez familiar.

Lo imaginabas en cualquier sitio menos donde lo dejaste. No lo adviertes pero has aparcado subiéndote a la acera, y es que tienes la mirada en otras manos, unas manos que dan marcha atrás, que apagan el motor, que cierran la puerta del conductor, que abren la del copiloto, unas manos que toman las de un niño, un niño que siempre viajó en ese coche, en su asiento de atrás.

Libros posibles – I

La Tierra, vista desde el cielo, parece un cuaderno en blanco. El repositorio de historias contadas desde las ventanillas de un avión. Se podría escribir un libro juntando los pensamientos volcados por los viajeros que solicitan ventana. Un libro para que lo leyeran luego los pasajeros de pasillo, como si el avión hubiera dado un bandazo, y todas las historias convergieran en una única espina central. Sería un libro con la naturaleza de un globo aerostático, porque sólo funcionaría con aire; un libro que se cerraría a medida que el avión descendiera, y su sombra manchara el cuaderno en blanco, y al tocar suelo lo aplastara de realidad.

Las salas de espera (versión 2.0)

Cuando abrió la caja registradora se le cerraron los párpados. Tardó un instante en volver en sí, recordar que su verdadero nombre era Adèle Zimmermann y no Adèle Farine, Adèle Farine era el que figuraba en una plaquita dorada sobre su pecho izquierdo, el cambio había sido idea de su jefe, Zimmerman era impronunciable y Farine encajaba con el oficio, vender sándwiches y bocadillos y pastelería en un establecimiento llamado Eric Kayser situado en la terminal Oeste de Orly, de espaldas a las puertas 40 A B C D, y la falsa Adèle no protestó por el cambio aunque pensó qué estupidez, abandonar su apellido, de origen alemán, en una empresa cuyo dueño se apellidaba Kayser, aunque no lo conocía, claro, habría una cadena larguísima de cargos entre ella y él, y quizás ni siquiera existiera sino en la mente de un publicista, quién sabe, lo cierto es que Adèle pensó qué estupidez pero no protestó, en el fondo disfrutaba con la modificación, ostentar otro apellido le hacía soñar que no era ella quien estaba allí, no era ella quien se levantaba a las cinco y veinticinco de la mañana, primer metro hasta Bastille, en Bastille el amanecer curvo sobre la estación abierta, luego de Bastille hasta Chatelet por pasillos con olor a noche y pis, desde Chatelet hasta Antony más cansancio de estaciones y por último un tren no tripulado que la dejaba agotada en la terminal Oeste de Orly, el día a punto de comenzar y ella ya agotada, los controles de seguridad y los saludos llenos de sueño, la taquilla, cambiarse la ropa, en la ropa la plaquita con su apellido falso, y aunque pensó qué estupidez no protestó porque además ello le alejaba de cualquier vinculación con su padre, cuyas últimas noticias eran que vagabundeaba en Hamburgo, desorientado por los vestíbulos de estaciones de tren, escondiendo su mendicidad con un traje azul, limpio, bien planchado, cualidades inverosímiles para alguien que vivía entre cartones, bajo un puente de la rampa de la autopista de Hamburgo a Colonia, también inverosímiles para alguien que había demostrado ser capaz de romper con todo lo que rodeaba su vida, y en aquella apariencia de dignidad que se le acercaban a su padre viajeros despistados, incógnitas que le preguntaban por el andén para el tren rápido a Düsseldorf o Frankfurt, y comenzaba entonces su mejor momento del día, el instante que reproduciría esa misma noche entre carcajadas a sus compañeros bajo el puente, un momento que se iniciaba cuando su padre tomaba el codo en duda del viajero, un gesto de camaradería que a veces lo delataba, porque la ausencia de higiene se revelaba en la proximidad, y acompañaba al viajero desorientado hasta un andén incorrecto, a una dirección contraria a la deseada, e incluso, si se trataba de alguien mayor, lo ayudaba a subir las maletas y se las colocaba con suavidad sobre la rejilla portaequipajes, y de todo ello supo por su madre, pues aunque llevaban años sin hablarse las actividades de su padre le habían causado problemas con el personal de seguridad de las estaciones, gente llena de fuerza y autoridad y ganas de mostrar tales atributos, pero que ante anomalías como su padre quedaban sin argumentos, y por eso que un día, por pura derrota,  llamaron al familiar o amigo o conocido más próximo, y de la indagación policial resultó que esa persona era su exmujer, que también se levantaba a las cinco y veinticinco de la mañana, que preparaba el café y fumaba un cigarrillo mirando el amanecer pobre desde el balcón, lo fumaba con parsimonia porque ella, aunque trabajaba en la misma terminal y en el mismo establecimiento que su hija, entraba una hora más tarde, y aún recuerda la llamada porque estaba en el rellano, casi entrando en al ascensor, y regresó de un brinco a la vivienda temiendo que le hubiera ocurrido algo a su hija, que era todo pero además lo único que le quedaba en su vida, y cuando escuchó a un policía alemán hablándole en francés sobre su exmarido sintió alivio e indiferencia, y con el auricular en la mano recordó las palabras que su exmarido solía decir para justificar su mala suerte, algo así como que no hay espacio para que todos triunfemos en la vida, no hay espacio, no, eso solía decir y esas mismas palabras las recordaba muchas veces su hija cuando se le caían los párpados y derramaba el café y el zumo de naranja goteaba entre los dedos como un verano que acabó, y su hija pensaba que, incluso en la distancia, su padre mantenía intacta esa capacidad destructiva, romper con todo lo que orbitaba a su alrededor, que incluso aunque se hubieran alejado y hubieran su madre y ella empezado de nuevo sus vidas ello, en realidad, no era posible, eso sólo ocurría en la películas y sólo en algunas películas, y que ambas sirvieran cafés somnolientos cada mañana en una terminal era una prueba de que él seguía existiendo, él continuaba influyendo en su destrucción, y al menos a su hija le consolaba pensar que, próximo al puesto de Eric Kayser, una gran pantalla iluminada informaba con exactitud de horarios de salida de vuelos, de retrasos, de las distintas zonas de la terminal Oeste y de sus respectivas puertas de embarque, y su consuelo era que al menos en ese recinto nadie podría extraviarse, nadie partir hacia un destino incorrecto siguiendo órdenes mal dadas, y había días, no muchos, es cierto, había días que algún cliente le preguntaba por la puerta de embarque para un destino, asustado de que su destino aún no apareciera en los monitores, y movido tal vez por el hecho de que trabajar allí le daba un magisterio sobre puertas y países, y lo cierto es que era así, generalmente a los mismos destinos se llegaba por las mismas puertas, y cuando su hija respondía hablaba con suavidad y precaución, mirando a los ojos y sonriendo un bostezo, e informaba de que Madrid saldría por la puerta 40A, Bayonne por la 40N, solía ser de esa manera todos los días, y en un papelito junto a la caja registradora, en un espacio de mármol entre la caja registradora y el bote metálico de las propinas que apuntaba lo informado, Madrid 40ª, Bayonne 40N, y cuando al rato, en algún descanso entre clientes, salía a recoger las bandejitas de plástico y limpiar las mesas, le gustaba mirar de reojo a los monitores, de reojo y de lejos porque tenían prohibido salir de la zona del establecimiento, y así podía comprobar que, efectivamente, había informado de ellos con exactitud, y aunque fuera un paliativo débil, pálido, le gustaba imaginar estelas de espuma avanzando seguras hacia Madrid o Bayonne y poder decirse para sí, como un premio de consolación: jódete, papá, y con un empuje de felicidad continuaba sirviendo la fórmula de cafés y croissants a 3,70€ de Eric Kayser, y miraba el reloj grande de la pared deseando que llegara la hora de quitarse su apellido falso, volver a casa y contarle a su madre lo sucedido.

Las salas de espera

Cuando abrió la caja registradora se le cerraron los párpados. Tardó un instante en volver a ser ella misma, un ordenador que se reinicia, recordar que se llamaba Adèle Zimmermann y no Adèle Farine, que era el nombre que aparecía en una plaquita dorada, sobre su pecho izquierdo, el cambio había sido idea de su jefe, Zimmerman era impronunciable y Farine encajaba en el oficio, vender sándwiches y bocadillos y pastelería en un puesto llamado Eric Kayser en la terminal Oeste de Orly, de espaldas a las puertas 40 A B C D, y la falsa Adèle no protestó aunque pensó qué contrasentido, no poder mantener su apellido, de origen alemán, en una empresa cuyo dueño se apellidaba Kayser, no dijo nada porque en el fondo disfrutaba así, ostentando otro apellido, le hacía pensar que no era ella quien estaba allí, no era ella quien se levantaba a las cinco y media de la mañana, primer metro a Bastille, en Bastille esperar en el andén mirando el amanecer curvo desde la estación abierta, luego de Bastille hasta Chatelet por pasillos con olor a pis, desde Chatelet hasta Antony y por último un tren no tripulado que la dejaba en la terminal, los controles de seguridad y los saludos llenos de sueño, cambiarse la ropa, en la ropa la plaquita con su apellido falso, y no dijo nada porque en el fondo le gustaba alejarse de esa manera tan simple de su padre, cuyas últimas noticias era que vagabundeaba en Hamburgo, en estaciones de tren donde escondía su mendicidad con un traje azul, limpio y planchado, cualidades inverosímiles para alguien que vivía bajo un puente de la rampa de la autopista a Cologne, también inverosímiles para alguien que había demostrado ser capaz de romper todo lo que rodeaba su vida, y en aquella apariencia de dignidad que se le acercaban a su padre viajeros despistados y le preguntaban por el andén para el rápido a Düsseldorf o Frankfurt, y comenzaba entonces su mejor momento del día, el instante que luego reproduciría para él y para sus compañeros subterráneos esa misma noche, mi padre agarraba entonces el codo del viajero, un gesto de camaradería que a veces le delataba, porque la ausencia de higiene se revelaba en la proximidad, y acompañaba al viajero desorientado hasta un andén incorrecto, a una dirección contraria a la deseada, e incluso si se trataba de alguien mayor lo ayudaba a subir las maletas y se las colocaba con suavidad sobre la rejilla portaequipajes, de todo ello supe por mi madre, pues aunque llevaban años sin hablarse las actividades de mi padre lo había causado problemas con el personal de seguridad de las estaciones, que en cierta manera no podían hacer nada sino estar atentos a la presencia de mi padre, y que un día, por impotencia,  llamaron al familiar más próximo, que éramos nosotros, a tantos kilómetros y tantos años de distancia, lo cual hablaba de que mi padre no conseguía salir de su hoyo, o que tal vez su vida era justamente ésa, la que ahora tenía, un hoyo, y es que seguramente que no hay espacio para que todos triunfemos, y cuando se me caían los párpados y derramaba el café y el zumo de naranja me goteaba entre los dedos pensaba que, incluso en esa distancia, mi padre mantenía intacta esa capacidad destructiva, de romper todo lo que orbitaba a su alrededor, que incluso aunque nos hubiéramos alejado y hubiéramos empezado de nuevo nuestras vidas ello, en realidad, no era posible, eso sólo ocurría en la películas y sólo en algunas películas, y que yo sirviera cafés somnolientos cada mañana en una terminal era una prueba de que él seguía existiendo, él continuaba influyendo en mi destrucción, y al menos me consolaba pensar que, próximo a mi puesto en Eric Kayser, una gran pantalla iluminada informaba con exactitud de horarios de salida de vuelos, de retrasos, de las distintas zonas de la terminal Oeste y de sus respectivas puertas de embarque, y que al menos en ese recinto nadie podría extraviarse, nadie partir hacia un destino incorrecto, y había días, no muchos, es cierto, había días que algún cliente me preguntaba por la puerta de embarque para un destino, su destino aún no aparecía en los monitores y supongo que el hecho de trabajar allí me daba un magisterio sobre puertas y países, y lo cierto es que era así, generalmente a los mismos destinos se llegaba por las mismas puertas, y cuando respondía hablaba con suavidad y precaución para informar de que pensaba que Madrid saldría por la puerta 40A, Bayonne por la 40N, porque solía ser de esa manera todos los días, pero que por favor, y aquí me apropiaba del mensaje de la megafonía, por favor estuviera atento a los monitores por si sucedía cualquier cambio, y en un papelito junto a la caja registradora, en un espacio de mármol entre la caja registradora y una zona de mermeladas, apuntaba lo informado, Madrid 40ª, Bayonne 40N, y cuando al rato, en algún descanso entre clientes, salía a recoger las bandejitas de plástico y limpiar las mesas, me gustaba mirar a los monitores y comprobar que, efectivamente, había informado de ellos con exactitud, y aunque fuera un paliativo débil, pálido, me gustaba imaginarme estelas de espuma hacia Madrid o Bayonne y decirme para mi dentro: jódete, papá, y con un rastro de felicidad continuaba sirviendo la fórmula de cafés y croissants a 3,70€ de Eric Kayser

Atocha

A posteriori todo es fácil. Fácil de ver. De escribir. Bastó un minuto. Un minuto para asumir que nunca vendrías. El reloj de Atocha era testigo. Una pareja recién casada se fotografiaba en el jardín tropical. Mi ánimo suspiró, se adelgazó, trepó por la palmera. Desde lo alto observó el panel luminoso. Los destinos brincaban en verde. Huidas perfectas. Entonces un roce en el hombro, un sueño inverso, sin paracaídas, tú. En qué estás pensando, dijiste. En huir, y corrimos hacia el andén.

La UVI de la (micro)literatura

En el cine matinal, un sábado. A punto de apagar el móvil, se ilumina su pantalla, luego mi cara: he sido finalista del IV concurso de literatura instantánea. Lo organiza EPRIZES. Al día siguiente, domingo, a las once de la mañana, se entregarán los premios en el pabellón Bankia de la Feria del Libro de Madrid. En ese lugar y hora llego con una puntualidad que me resulta extraña. Tan extraña como sentirme leído y premiado. Tengo sueño: a las casetas también les cuesta levantar los párpados. Un camión barredor limpia el suelo de silencio. En el aire se anuncia una promesa de sol y de ventas.

El acto es breve. Cada premiado lee su texto. Pienso que la oralidad es una derrota. Una cuerda de funambulista de la que nos caemos con facilidad, porque nuestra atención brinca, corre, se escapa por las ventanas, hacia los árboles y la distancia. En los microrrelatos, donde todo avanza de perfil, sin un principio y un final, y cuya brevedad exige de concentración, su ausencia es una rotonda sin señales.

Por su voluntad mínima, por su naturaleza parcial, siento que mi texto termina sin haberlo empezado. En cada aplauso quiero pedir disculpas. Contar con detalle y tiempo lo que quise decir y no pude o supe, abreviado por el límite impuesto. Para precisar el efecto en un lector —y de correcciones trata mi texto— debería extenderme. En esa multiplicación de palabras habría un salto de género, si es que alguna vez se puede cambiar de género, si es que alguna vez no paramos sino de contar historias.

Que cada palabra importa. Que el texto sea imaginativo. Que suceda un giro final. Abundan los consejos sobre la escritura de microrrelatos. Como cualquier manual de instrucciones, se pueden ignorar. Sin embargo, a mí me divierte leer las reglas sobre su construcción, aunque en la práctica no ayuden de nada. Estos consejos hablan antes de su dificultad constructiva que de la manera como levantarlos. Son más bien el reflejo de los errores de otros, de sus lecciones aprendidas, pero que uno mismo debe alcanzar sin la ayuda de nadie, por el puro goce de la equivocación. De la equivocación luego subsanada.  Por mi experiencia, piesno que un buen microrrelato —no digo que el mío lo sea— debe empezar a pie cambiado. In medias res. Que la descolocación sea súbita. No decir que un personaje va a hablar: que el personaje hable. No anunciar un recuerdo: que el recuerdo salte. Este consejo es aplicable a cualquier ficción y, por supuesto, puede y seguramente debe ser ignorado.

En esa imperfección estructural del microrrelato consuela pensar que, si el texto funciona, quedará completado en cada lector: un crucigrama resuelto. Dentro de su cabeza, como una levadura hecha de palabras, el microrrelato se ensanchará o no, se guardará o quedará borrado, arrasado por cualquier distracción, será un destello, la pista que conduzca a una revelación, o apenas un chispazo, nada más.

Mantengo esa duda mientras regreso al coche, arrastrando el misterio de todo aquello que no dije y, del brazo, una bolsa grande de cartón con la promesa premiada de futuras lecturas. El sol calienta ya las casetas. Los autores comercian un mundo tan necesario como imperfecto, llenos también de palabras que torcieron su tiro, de ideas que buscaron un objetivo y alcanzaron otro. Todos juntos, vistos desde lejos, anulan sus imperfecciones y construyen una realidad coherente. Una constante de plásticos prefabricados, de construcciones temporales, pero que arrastran, en su conjunto, una ley sólida, matemática: la necesidad de seguir confundiéndonos, de avanzar siempre de perfil y, entre todos, de contarnos ese lado que no vemos, narrarnos historias y escucharnos.

Gracias a EPRIZES y en especial a Norma Dragoevich por toda la gestión del concurso. Cuando algo sale bien se borran las huellas del esfuerzo. Pueden leerse los textos en este enlace. El mío no fue titulado, y por eso que guardó como título su primera frase. Lo cual no es desencaminado de lo que sigue.

http://eprizes.es/poesias-y-micros-premiados-eprizesflm18/

Es la UVI de la literatura. Mi correctora me sigue la broma, dice: Daniel, hemos subido tu novela a planta. Como si la corrección tuviera un final; como si no fuera esa la naturaleza misma de un libro. Su existencia, y por lo tanto su dolor. Un enfermo con recaídas.

En ello pensaba cuando sonó mi nombre, un número y el título de un libro que aún no había terminado. Una broma. Una broma sin gracia. Conocía al organizador de la feria, pero. Pero no, no era posible. El miedo me fue desplazando. Hojeé libros, leí contraportadas, no recuerdo nada. Pensé que era un juego de luz y de nubes. No: eran mis manos, que temblaban.

Llegué hasta la caseta. Me presenté a mí mismo. Sostuve el libro. Era el mío, o tal vez no, o tal vez no del todo. Me pedí mi propia firma. Me pregunté mi nombre. Dudé, me corregí. Luego me pregunté para quién iba dedicado. La duda sostuvo el bolígrafo, o al revés. El editor me miró extrañado.

De nuevo la megafonía, mi nombre, otra editorial.

La vida contada

 

 

                Algunos días revelan su propia narración. Como si la Tierra tomara la palabra. Días de apariencia idéntica a los demás. Sólo con la prudencia de quien escucha se advierte que, a nuestro lado, llegada desde su más secreta intimidad, la Tierra habla. Basta prestar atención; basta tener el orden de un cronista para, más tarde, dotar a los datos de una secuencia narrativa.

                He sentido el inicio de un relato ajeno y poderoso, una voz de la Tierra, apenas salgo de mi apartamento. Son las diez y media de la mañana en Madrid. A los pies de una escalera mecánica, junto a la estación de Chamartín, una mujer de origen rumano agita un vasito de metal. Tintina su penuria. No llevo dinero suelto, levanto los hombros, continúo. Una pasarela lleva mi prisa hasta el edificio de la estación. Desde la pasarela se observan las vías del tren, los rascacielos, un fondo de montañas nevadas. Atravieso la estación de tren hasta llegar a la de metro, bajo escaleras para luego subir a un vagón de la línea diez en dirección norte, hacia la parada de las Tablas.

                Me interrogo por las razones de los otros viajeros: por qué nos desplazamos todos fuera de hora punta, por qué extravíos nuestras vidas se separan de las del resto. Hans Castorp, al comienzo de La montaña mágica, se sorprendía de que, apenas tras dos días de viaje, se alejaba uno de su universo cotidiano. Pero la vida —lástima— no es siempre literatura: las caras de estos viajeros sí que parecen arrastrar su universo cotidiano. Como un cable que uno olvidó desenchufar. Caras llenas de cansancio, de tostada quemada, de luces que se olvidaron de apagar.

                Tengo la tentación de saberlo todo de ellos: sus nombres, sus vidas, sus esperanzas, en qué parada se subieron y en qué parada se bajarán, y qué van a hacer después de bajarse, cuando deje de mirarlos y suban a la superficie. Tengo la tentación de saberlo todo de ellos, pero lo que debería saber, antes, mucho antes, es lo que mueven mis manos, unos apuntes mecanografiados de una asignatura titulada Sociología Lingüística. Me queda apenas una hora para el examen.

                En mi teléfono móvil se apelotonan mensajes de ánimo, corazones y besos. Me gusta compartir con la gente próxima una decisión intrascendente —estudiar filología con cuarenta años— pero que, por alguna razón, me es necesaria.  Y si estoy seguro de ello, de que me es necesario seguir adelante con mis estudios —subo las escaleras mecánicas, me saluda de nuevo la mañana—, si estoy convencido de este largo proyecto —una piruleta y un regaliz y unos chicles comprados en un bazar chino—, si robo descanso y tiempo a otras personas y proyectos —frena un coche—, si estoy tan convencido, por qué entonces estos nervios, por qué entonces las dudas, por qué este dolor de estómago, por qué esa misma rotundidad pero de signo contrario, como un problema matemático mal resuelto al final, justo en el último paso —las puertas del centro de exámenes—. En fin. En qué líos me meto. ¡En qué líos me meto!

                Hombros levantados en señal de duda y resignación —levantados a un cielo de jueves, un cielo sin nubes—, hombros combados frente a un papel de examen que dice: elija dos temas. Elijo la situación sociolingüística en la India y el cultural awareness —es decir, la sensibilidad hacia culturas, lenguas, valores, ideas y actitudes diferentes a la nuestra. Leo: comente el siguiente texto en no más de trescientas palabras. Leo el texto. El texto trata sobre la competencia comunicativa, y la relación de esta habilidad con el aprendizaje de segundas lenguas. Comienzo el examen con la alegría interna de un aprobado futuro. Al redactar mi comentario al texto, casi sin saberlo, sigo escribiendo la crónica de un día que es, desde su comienzo, todo en él, idéntico. Lo hago tan bien que ignoro que es la Tierra quien parece estar chivándome la respuesta.

                Es la una y media. Ahora el dolor de estómago es de hambre y de alivio. Estoy contento. Me hubiera gustado repetirle la respuesta a la mendiga rumana. O a los viajeros de mi vagón. ¡Me lo sabía, me lo sabía! Y luego decirles que, para ser competente en sus comunicaciones —también en sus silencios— no basta un conocimiento lingüístico. Una patada a Chomsky. No valen sólo las palabras, los significados, la fonética, la sintaxis, lo que se dice o lo que se calla. No basta todo el paquete básico de los hablantes nativos. Hace falta saber también cuándo hablar, cuándo callar, cómo pedir permiso, el momento oportuno para interrumpir, los gestos que en cada idioma mantienen una conversación, la dejan avanzar o frenar. Las reglas que explican que todo puede significar algo y, en otro contexto, lo contrario. Las fronteras del buen uso. Pero ya es tarde para hacerlo: en el vagón viajan otras personas. Y la mendiga rumana no está en su lugar.

                En casa, junto al fregadero, me espera una tartera de lentejas. Antes de llegar a la cocina, sin embargo, me asalta la emoción de mi galga, llamada Volga. Volga y yo hemos demostrado que el lenguaje verbal está sobrevalorado. Con su mirada, su cola, y su cuerpo, le bastan para comunicarse. Yo hacia ella también me reduzco: soy órgano del tacto. Practico fisioterapia sobre su cuerpo. Soy malo. Con el cariño cubro la torpeza. Como es delgada, al tocar a Volga hago radiografía. Su costillar auscultado parece un barco antiguo, varado en una isla tras un ataque pirata. Cuando la hablo, porque a veces también uso este sentido, y porque quiero contarle todo a todos, ella parece no entender nada. Puede que Volga opine lo mismo de mí: cuántas cosas me querría decir, pero es incapaz. Trazamos una comunicación intensa, muy importante para los dos, aunque con un abanico de posibilidades limitado: un semáforo.

                Por la tarde acudo al Hotel de las Letras, en la calle Gran Vía, donde Andrés Neuman va a presentar su novela titulada Fractura. Le acompaña en el acto Marta Sanz. Vienen mis padres y mi amiga Alicia. Hay un gran reloj sobre la escalera que da acceso a la sala. Marca las siete y media de la tarde. Gran Vía es ruido. Nos sentamos en una fila casi al final de la sala. El suelo no está inclinado. Los ponentes nos hablan a nuestra misma altura y desde lejos, así que, entre abrigos y cabelleras, no podemos verlos. Sólo escucharlos. Lo cual, en un hotel de letras, y hablando de libros, parece lo más razonable.

                Marta Sanz habla de la ficción como depósito de la verdad. ¿Pero cómo llegar hasta la verdad? Cruzando el puente de la escritura. Atravesarlo, recoger los datos, regresar, ordenarlos. ¿Y qué puentes ha cruzado Andrés? Andrés responde, relata su largo itinerario de lecturas. Todo lo que está en Fractura, pero reflejado. La ficción tiene mucho de periscopio, o de canibalismo. Y si la ficción —como dice Sanz— sirve para guardar la verdad, por qué no recuperar, a través de la ficción, la historia. Neuman lo confirma: todo tiene que ser dicho. ¿Está hablando él, o es la Tierra quien, otra vez, toma la palabra? Lo que no se escribe —continua Neuman— no prescribe. La ficción sirve como escoba de tiempo; la ficción rehabilita un mundo anterior, lo hace crónica, restaura su volumen. El pasado, zurcido, aliviado de un dolor o de un olvido, se llenan de futuro. La ficción como almanaque, la ficción como guardiana del tiempo, y por lo tanto de la realidad. Neuman utiliza una bellísima metáfora: la práctica japonesa del kintsugi: el arte de reparar fracturas en la cerámica. Una forma de revelar que los defectos son más importantes que las virtudes. O que los defectos también deben ser contados, tanto o más que los éxitos.

                Después de hablar del concepto de la realidad, ay, mi cabeza se hace balón, rueda las escaleras, se va hasta la acera. En la sala siguen charlando, pero ni estoy ni escucho. Me gustaría haber vuelto a sentarme, haber estado más atento. Igual es el cansancio tras el examen. Igual una ambulancia que vuela por la Gran Vía. Igual un portazo en el piso inferior. La realidad: me quedo colgado allí. Dani no responde: finalizar tarea. La realidad: qué concepto tan amplio, tan lleno de puertas, pero también —una mano imaginaria en algún pomo— el telegrama de tantos malos presagios. La realidad: un frontón al que lanzamos nuestros proyectos. Pero que no devuelve las bolas. Responde con silencio. Puede que la pared quede lejos. O lo contrario: que esté cerca, haciendo sombra, pero que nos fallen las fuerzas. ¿Confundiríamos la cancha? Es decir: ¿lanzamos la pelota en la dirección correcta? Porque: ¿cuántas realidades hay?

                Sobre el concepto de realidad, y su relación con la ficción, transcribo una definición del Modernismo como movimiento literario. Está tomada de mis notas para una asignatura de literatura norteamericana del siglo XX:

                Modernism was a movement concerned with reality, its levels and the nature of it. As the belief in reality as a knowable entity independent of the self was put in quarantine, Modernism questioned the human cognitive ability to apprehend and comprehend reality. Many Modernist authors shared the frustration regarding the capacity of language to reproduce an elusive and deceitful reality in a fictional form: Fitzgerald suggested that words can poorly convey the mind´s works -especially those of the memory. Hemingway denounced the abuse of words to the point of depriving them of significance. The loss of faith/disbelief in the capacity of language affected the communication between characters and between author and reader, obliging the reader to reject an essentialist approach of reality in favor of the perception of it, and obliging the authors to innovate its strategies to reproduce an elusive and deceitful reality in a fictional form.

               The innovated strategies comprised, like Faulkner and Hemingway, the adoption of poetical strategies used by contemporaries as Pound and Eliot to suit an elusive and deceitful reality. Instead of an omniscient and authoritative narrative voice, a limited (unreliable and skeptical) narrator.

               The loss of faith in words and in political authorities made difficult the appearance of heroes. The interior monologue quoting the character´s thoughts (stream of consciousness) in a shift from action to agent, from objective to subjective experience, from knowledge to perception, the free indirect style reporting the character´s thoughts using the character´s vocabulary, a complex focalization, presenting a scene, like Faulkner, through shifting limited narrators, and the fracture of narrative time, and its management as fluid, non-linear, obeying to the character´s memory rather to the logic of events, are key elements of the movement.

                Pause and anachrony will be employed during the Modernist year.  Due to it, plot is considerate as inadequate to reproduce a fluid, non-linear reality, and, instead of it, it is replaced by the search for values and references that bring light to some revelation on one character, as stories were disconnected fragments of a purposeless life. The use of film techniques such as deceleration and flashbacks and the use of advertising language revealing the workings of the unconscious are common devices.

                ¡Fractura! No debe ser una casualidad que en la definición aparezca esta palabra. Lo que sí resulta extraño es suponer que el modernismo, entendido como las premisas arriba indicadas, sea un periodo cerrado. O, yendo a su origen, que en algún momento surgiera. Es decir, que no existiera antes, que no existiera siempre, pegado a la historia, porque la historia es siempre una multiplicación astronómica de historias. Tantas medias verdades como voces hablan, tantos puntos de vista como, hoy en día, cámaras nos vigilan. No es que ahora se hable más que en otras épocas. Pero sí que es posible escuchar cada más, cada vez más lejos, y de ahí la importancia de esa pregunta que formularon por la mañana: saber comunicar. De ahí la importancia de saber cómo tratar a esa mujer rumana, cómo dirigirse al silencio de abrigos que, en un vagón de metro, te rozan. Hay tantos ángulos grabando un movimiento idéntico que, para lograr verlo, hacerlo secuencia, habría que montarlos con la habilidad de un hilandero. Y ni siquiera entonces puede que se lograra comprender del todo lo ocurrido. Saber si fue penalti o no. Si fue nuestro tiro débil, errado, o más bien lo que sucedió es que la realidad se olvidó devolvernos la pelota.

                Por qué engañarnos entonces, por qué pensar que hubo épocas dotadas de una visión clara del mundo, sin puntillismos, donde la realidad era un todo ordenado, un cosmos que, en rueda de prensa, no aceptaba preguntas infantiles sobre el sentido de la vida, sobre la fe o no en el lenguaje, sobre los puntos de vista: ¡chorradas! El mundo era un modelo racional, benéfico, donde sólo cabía la aceptación. Tal vez al creer que la realidad fue, alguna vez, monolítica, compacta como una pirámide azteca, nos estamos engañando, atribuyendo al pasado una seguridad falsa, la de un periodo que sólo conocemos parcialmente, y sobre el cual esa información fragmentaria de la que disponemos, como un palimpsesto, es causa y efecto, porque explica nuestro error, nuestra incapacidad para escuchar, y  el efecto de hacernos olvidar toda una maraña necesaria de voces anónimas, de frontones con jugadores desorientados, de gente que quiso participar en la vida —como lo hace hoy esta mendiga, y va perdiendo—, pero cuyos destinos se extraviaron; una mentira útil, práctica, porque nos ayuda a creernos diferentes, porque el pasado no puede defenderse, y nos convence de que el embrollo de nuestras vidas es muy próximo, y puede ser arreglado, cordones enredados, cables retorcidos sobre sí mismos, la incomodidad de una chinita en el zapato que viene apenas de dar la vuelta a la esquina, la esquina de donde llegué con prisas antes de entrar en el vestíbulo, preguntar en recepción, subir a la primera planta, sentarme a escuchar la presentación de la novela, un acto que ya termina y se desbanda hacia el piso inferior, junto a la cafetería, a una sala ruidosa de techos altos, la vidriera abierta también a la Gran Vía, y donde nos espera cerveza y vino, y, en una bolsita de la librería Rafael Alberti, la promesa futura de una gozosa lectura.

                En el acto hablo con todos. Siento que no lo hago con nadie. Me imagino como un invitado molesto. Una visita que se alarga. En las preguntas que me atrevo a hacer no estoy muy acertado. Mi mente dice una cosa, mi boca otra: una tragedia. O bien es culpa de la Tierra, que hoy tiene el mando. En las respuestas tampoco estoy fino. Qué fácil es hablar tarde, cuando se dispone del tiempo que nunca marcó un reloj. Cuando ya se ha entregado el examen todo se recuerda. Cómo me hubiera gustado preguntarle a Marta Sanz cuánto de ella hay en su novela Clavícula. Pero no lo hice. Tuve al menos la certeza de conocer a una mujer inteligente, divertida, que estaba siempre a punto de marcharse, que se apoyaba en mi brazo al hablar, como una abuelita adelantada en el tiempo. Como me hubiera gustado responder a la amabilidad de Andrés, de su hermano, de su pareja, con algo interesante; me resumí sorbiendo una cerveza y contando baldosas.

                Al llegar a casa tengo una mezcla de gratitud y felicidad. Ni siquiera entonces, con tantos elementos a mi alrededor, adivino el puzle. Leo El País, la sección Sillón de orejas, de Manuel Rodríguez Rivero. Habla de la próxima novela de Muñoz Molina. Dice:

                Una tentación recorre la historia de la literatura […]. Es la tentación de contarlo todo, puesto que todo constituye la sustancia del mundo. Escribir —contar— absolutamente todo, lo visto, lo vivido, lo escuchado, lo soñado, lo sufrido, lo amado, lo leído: hacer que vida y literatura coincidan, se superpongan […] El escritor convertido en prolijo archivero de la fugacidad del mundo.

                Los indicios se multiplican. Muy útil cuando es tarde, uno está cansado, y la inteligencia está cargando la batería. Sin embargo no capto nada. En la cama leo a Juan Gabriel Vásquez:

                Y pensaba que más tarde, en el momento adecuado, cuando ya la materia de su relato hubiera terminado, cuando los apuntes se hubieran tomado y se hubieran visto los documentos y oído las opiniones, me sentaría frente al dossier del caso, de mi caso, e impondría el orden: ¿no era éste el único privilegio del cronista?

               La mujer rumana, las voces anónimas en el vagón. La competencia comunicativa en un examen que alguien me evaluará. Neuman y Sanz dialogando sobre la ficción, las fracturas de la realidad, los ligamentos rotos de una pierna o de un planeta. El modernismo nunca terminado, porque tampoco nunca empezó: una corriente. El designio de Muñoz Molina a percibirlo todo, a consignarlo todo: Diógenes frente a un procesador de textos. Juan Gabriel Vásquez metiendo el bisturí a historias donde el silencio familiar y político son un mismo espacio mudo. Conjuntos vacíos que precisan de voz y orden. Voz, voces. Todas las voces queriendo hablar. Qué curioso que, para que lo hagan, precisemos de la fractura del silencio.

                Silencio.

La vida negociable, de Luis Landero (notas de lectura).

Era un lugar triste, o más bien lúgubre. Los clientes eran casi todos viejos o medio viejos, y más o menos relacionados con la milicia. Como la mayoría estaban jubilados, no solo venían a la peluquería a cortarse el pelo sino también, y sobre todo, a hacer tertulia. Los temas de conversación eran siempre los mismos, los achaques de la edad, lo fugaz de la vida, el precio de las cosas, la actualidad política, las modas, la juventud, las costumbres, y todos esos temas giraban en torno a un único eje, como los caballitos del tiovivo, y ese gran eje de autoridad y de cohesión era la decadencia imparable de los tiempos presentes y el esplendor de los pasados. Y aquel tiovivo no se cansaba nunca de girar, años y años girando sin tregua, siempre los mismos caballitos alrededor del miso eje y con la misma música de fondo. En el ambiente reinaba y oprimía el ánimo el más lastimero pesimismo. Un pesimismo vestido de entero y riguroso luto. Y todos eran expertos en agravar el diagnóstico de cualquier noticia, por menuda que fuese. Vivíamos tiempos apocalípticos. Todo iba a peor. Allí donde se mirase aparecían señales de degeneración, de ruina, de debacle. El ocaso de España y su disolución eran un hecho. ¿Dónde quedaba la antigua grandeza?, ¿dónde el honor?, ¿dónde el orgullo, la lealtad y la hombría? No importa de lo que hablasen: siempre venían a parar a ese tema, y a darse de cabezazos contra él. Y siempre estaban de acuerdo en todo. Contaban anécdotas de aquel entonces, y a veces comparecía la risa, pero era solo el eco de la risa de entonces, y después de la risa volvían al presente y callaban apesadumbrados. Y si sus palabras eran tristes, sus silencios resultaban sombríos.

Luis Landero: La vida negociable.

Otras vidas (RIP Peter Berling)

peter-berlingHablando ayer con Esperanza me decía que la admiración hacia un periodo histórico nos viene porque, tal vez, nosotros somos reencarnaciones de personas que vivieron en esos momentos que nos apasionan. Ella no tiene ninguna razón para estar enamorada de Egipto -ni familia, ni amigos, y cuando fue allí de vacaciones era el resultado de una pasión, no su causa-, pero resulta que es así, que ama la historia de Egipto, su arquitectura, sus ritos funerarios, sus confusas y peligrosas redes de poder. Yo tampoco tengo ningún motivo para estar enganchado a la Edad Media, pero lo cierto es que, con diez años, en el colegio, cuando un profesor nos pidió redactar a qué época viajaríamos con una máquina del tiempo, elegí sin dudarlo esa ensoñación de castillos, asedios, Templarios, pócimas mágicas, bosques, dragones, banquetes y cortejos.

Muchos años después sigo obstinado en el mismo sueño. Por eso que disfruto de la literatura de caballerías -con una calidad de supermercado en muchos casos-, de las películas de esta época, de la visita a museos y castillos. Por eso que me ha dado tristeza saber de la muerte de Peter Berling, a quien le debo -así son los grandes artistas- tantas páginas de goce en esa saga alocada del Grial, una tetralogía que nadie pudo terminar y donde cabía el mundo entero, un maremágnum de fechas y personajes que me sigue acompañando, muchos años después, hasta hoy incluso, con una mezcla de felicidad pasada y de compromiso presente -la obligación impuesta, pero siempre demorada, de su relectura. Sus libros me sirvieron de catapulta a otras lecturas, al amor por los paisajes del sur de Francia -los Pirineos, Foix, Montségur-, a indagar en la historia de la época -de la Orden del Temple, de la herejía cátara y albigense-, a los juegos de mesa de idéntica temática -Siege, Cry Havoc, aún los guardo en el maletero, también pensado que algún día volverán a rodar los dados- e incluso abarcando en la obsesión al mundo de la ópera -Wagner compartía una fijación similar por el Medievo y las leyendas artúricas.

Los libros de Peter Berling, tal y como los recuerdo -y por lo tanto tal vez no son así ya, pues todo cambia- eran tomos inmensos con descripciones agotadoras, extenuantes, que te avasallaban por su precisión y su viveza, donde las batallas y la diplomacia y los juegos de poder y la suntuosidad gastronómica parecía salir del libro hasta mi cuarto en Madrid, y, no sé por qué razón, siempre asocio estas novelas al verano, a la ventana abierta, al sonido del último autobús subiendo la calle.  Obras bíblicas donde el lector y los personajes y el propio autor acabábamos todos aturdidos, desorientados en la búsqueda feliz y perseverante de algo que, por agotamiento o confusión, acababa por carecer de motivo, salvo tal vez la propia búsqueda. Todo lo que ocurría en esas novelas no era cierto, pero -es la virtud de la literatura- parecía verdad, y nos acompañaba.

Me hubiera gustado decirle en vida lo mucho que disfruté con sus novelas. Aunque, si tiene razón Esperanza y su teoría del amor hacia las épocas que un día vivimos, quién sabe si no nos volveremos a ver alguna vez.

Black Friday

“El consumismo es una forma nueva y revolucionaria de capitalismo, porque posee en su interior elementos nuevos que lo revolucionan: la producción de mercancías superfluas a una escala enorme y, por tanto, el descubrimiento de la función hedonista”.

Pier Paolo Pasolini.

«Este 2017 decidí renunciar a comprar, salvo la comida. Sentí instantáneamente un gran alivio, llegan los catálogos y los tiro a la recicladora sin mirarlos, ya no recorro tiendas pensando, mmmhh, tal vez debería llevar un vestido nuevo a tal evento… Una vez que tomé la decisión me di cuenta de que no necesito nada, por lo menos durante un año. Ni una sola cosa. Y me trajo una felicidad instantánea, ya no me tengo que preocupar de lo que quiero y desde entonces puedo mirar lo que otra gente no tiene. Dejé de mirarme a mí misma y empecé a mirar a los demás.

Vivo sin teléfono inteligente, sin televisión, sin redes, sin nada que me distraiga de una vida que ya está llena de libros, amigos y trabajos de voluntariado. Quien quiere contactar conmigo ya sabe cómo hacerlo, no necesito poner siete puertas a mi casa para que entren a mi vida por otros lados, que es lo que significan las redes. No quiero que la gente me pueda encontrar cuando estoy con otro asunto, me parece grosero. Tengo tanta gente en mi vida, soy buena amiga, buena familiar y adoro a la gente que está en mi vida”.

Ann Patchett.

La imaginación es la le(t/p)ra del mundo

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El dragón abrió las alas, desplegándolas por completo en toda su membranosa extensión, y subió cada vez más alto apoyándose cómodamente en el denso aire tibio de la mañana de primavera. Sumisión y entrega. Todos estamos sujetos a un orden superior que nos comprende. Así funciona la gran máquina del mundo. Los animales están sujetos a la muerte. Los peces están sujetos al agua.  El agua está sujeta a lo que la contiene, cauce o copa. El sol la transforma en vapor, que está sujeto al viento. Los árboles, a crecer inmóviles toda la vida en el mismo lugar, a florecer y frutar. Las mujeres a parir. Los hombres a matar. Las gallinas a poner y a incubar. Los pájaros a hacer nidos. Los manzanos a dar manzanas, los granados a dar granadas. Las vacas son propiedad de un hombre, que es dueño de sus terneros y de su leche, que las alimenta y las cuida y luego las mata, las asa y se las come. Lo mismo sucede con los hombres, que son alimentados y cuidados. Nada nace solo, nada muere sin dejar un resto, todo se apoya en lo que había y en lo que sigue, primero toma, luego deja. Nada hay libre en el mundo, porque lo que está libre se cae, y lo que cae, muere. Las hojas de un árbol no están libres hasta que se ponen secas y amarillas. Las estrellas no están libres: corren su curso en el cielo. Un diente libre es un diente muerto, y una boca sin dientes huele como la boca de un muerto. No hay árboles libres ni caballos libres, ni ríos libres, ni rocas libres. No hay rosas libres, ni espinas libres. Tampoco hay hombres libres ni debería haberlos. La libertad no es parte del plan del mundo, ni tiene lugar en el Espejo de la Naturaleza, ni es necesaria tampoco, puesto que la única virtud es la obediencia. ¿Qué es el órgano que no obedece sino un órgano enfermo? ¿Qué es aquello que no persevera en lo que era antes, sino un cáncer? La amatista sólo puede ser amatista, y el gato siempre es gato, y el murciélago cumple desde que nace su triste destino de murciélago, sólo el gusano se transforma, y el renacuajo, pero lo que serán es siempre lo mismo. El gusano vive largo tiempo, la mariposa es sólo un resplandor. Ni siquiera las nubes son libres. Ni siquiera las águilas. Ni siquiera es libre el sol: nace por el lugar de la mañana y cae por el de la tarde, y en su curso se mueve como la arena de un reloj. Todo está sometido. Todo existe porque hay dominio, y la ley de la esclavitud es la que mantiene unido el mundo. Sólo en el corazón del hombre arde una llama pequeña y escondida que desea ser libre. Hemos de apagar para siempre esa llama. Debe ser destruida y el hombre sojuzgado. Es necesario matar esa luz de la conciencia que crea en un vulgar animal la sensación de ser un individuo único y distinto de todos. La imaginación del hombre es la lepra del mundo. Lo que ayuda, el amor, la soledad, la memoria, la música, el arte, han de ser erradicados y rendidos. Vivir es vivir con cadenas.

Andrés Ibáñez, La duquesa ciervo.

 

 

 

 

 

La corriente excepcional

Una cita injusta, pues viene de un libro que es, en conjunto, una cita necesaria. Una cita injusta, como quien tala una rama y señala: mira qué bonito es el bosque. Y el bosque es un libro magnífico. Un libro que tiene frío, y pide hacerse entrecomillado de sí mismo.

«(…) eran excepciones, y la vida no se mueve por las excepciones, sino por la vida de la gente que no tiene nada de excepcional. Allí, en la vida de las personas corrientes, es donde está la verdad del ser humano».

Andrés Ibáñez, La duquesa ciervo.

Riesgos del pasado

 

—Pues no ha estado mal este concierto de Shostakovich. No lo conocía.

Quien me habla es un abonado al ciclo sinfónico de la Orquesta Nacional de España. Alguien que, durante el verano, gastó 348 euros en veinticuatro conciertos. Alguien a quien le sorprende —la novedad del desconocimiento— un concierto que Shostakovich estrenó, él mismo al piano, en el otoño de 1933, hace casi noventa años. Creo que cierta miopía a la hora de programar —ese regreso cíclico a idénticas piezas— se ha transmitido al público, adormecido en su curiosidad, intenso sólo cuando reconoce una música familiar, pero incapaz de ponerse las gafas de lejos, y mirar, y escuchar. Preocupa pensar que los abonados, a quienes se supone un interés por la música clásica, ni siquiera hagan el esfuerzo —basta un doble clic— de escuchar las obras antes de acudir al concierto y que, si el programa sorprende con algo nuevo —sea un estreno, sea una partitura olvidada—, la misma se celebre —muy pocas veces: cuesta mirar a lo lejos cuando la vista de cerca está cansada— o maldiga —que es lo habitual: tan a gusto que estábamos sin escucharla— y se acabe concluyendo, con los hombros alzados, los brazos abiertos, en el agradecido descanso, que claro, que en una temporada tiene que haber de todo —leyendo entre líneas: lo conocido y lo prescindible— y que entre Novenas de Beethoven y Quintas de Mahler, que claro, que algo más —resignación— hay que poner.

En ese salto al vacío que es programar un riesgo, frente a un público que —me temo— no espera ya de la música un elemento de sorpresa sino, más bien, la confirmación de un recuerdo, llegó Shostakovich con su habitual cascada de estados de ánimo. Por si ello no fuera poco, de su maleta de sorpresas extrajo una inusual mezcla de piano, orquesta y trompeta. Todo pintaba para el desastre, todo fue un éxito: es lo que ocurre cuando suena uno de los mejores compositores del siglo XX. Privados de la obertura Orestíada de Taneyev, con ese final tan wagneriano, la primera parte arrancó con Shostakovich y su Concierto para piano y trompeta número 1 en do menor, opus 35. El pianista francés Bertrand Chamayou, natural de Toulouse, y con fantásticas grabaciones de Schubert y César Franck, supo dar a la obra esa mezcla de comicidad, fuerza y lirismo; tampoco olvidó, con marcada intención, recordar todas las referencias que giran alrededor de esta obra: Beethoven, Bach, Haydn e incluso el mundo del jazz. En el Allegro con Brio final reluce magnífica la trompeta, hasta entonces relegada en la partitura. A Manuel Blanco, grandísimo músico, le debió saber a poco su intervención. Ello, unido a lo habituado que está Chamayou a los dúos —fantástica su grabación con Sol Gabetta— sirvieron para el goce de dos páginas de propina muy interesantes, Imitando a Albéniz, de Schedrin, y en especial la emotiva Nana  de Falla [En el concierto del domingo 1 de octubre, emitido por Radio Clásica, uno un tercer regalo: Adiós Granada, también de Shostakovich).

La segunda parte del concierto la ocupó la Sinfonía número 1 en sol menor, opus 13, de Tchaikovsky. Como suelo hacer cada vez que suena Tchaikovsky, y siempre que las localidades libres así lo permiten, intento sentarme próximo a los contrabajos, y admirar así de cerca la exigencia técnica que sus obras obligan para este instrumento. Bajo la dirección de Semyon Bychkov, la Orquesta Nacional sonó muy equilibrada, con un dominio fuerte de las cuerdas y un papel más comedido de la percusión. Como en anteriores escuchas, sigo pensando que lo más divertido de esta obra es que me confunde el orden cronológico. Al iniciarse el primer movimiento —otra vez más— me pongo en pie y grito: ¡parad, parad, que estáis tocando Sibelius! Y un brazo me retiene, me devuelve al asiento, me dice: Dani, que es al revés, que Sibelius es posterior. Es verdad, es verdad —respondo agitado aún en mi error.

No sólo su impacto, sino su origen: la obra en sí es también una patada al calendario en que fue escrita, a las convenciones musicales del momento, al museo del pasado que muchos —empezando por Rubinstein— querían hacer de la música sinfónica. Tchaikovsky escribe en un papel nuevo. Un punto y aparte. Nos pide paciencia, darle tiempo, el mismo tiempo y el mismo esfuerzo que a él le ha exigido su composición. Esto ocurre en 1868, y hay que restregarse los ojos para darse cuenta que esa fecha es correcta, que no se trata de un error tipográfico, y que hoy, en 2017, nos llega, casi como nuevo, el premio de su riesgo

El mismo riesgo que deberíamos nunca perder al acercarnos a la música. Riesgo para hacer doble clic en música nueva, riesgo para abrir la puerta a programaciones desconocidas. Si la vida interesa es por lo inesperado. Aquello que sucede cuando estábamos mirando hacia otro lado, cuando centrábamos la atención en pequeños problemas que —basta un instante— pierden cualquier relevancia. Reducir nuestra experiencia a lo ya conocido, lo inmanente, anulando el elemento sorpresa, hace de la vida un lunes perpetuo. Se puede despertar de la amnesia a la que conducen las programaciones circulares, se puede cambiar la ruta. Si nos sorprendería saber de alguien que lee el mismo libro una y otra vez, o quien —con asombroso orgullo— afirma haber visto una misma película infinitas veces, cómo no entristecerse por esas infinitas oportunidades perdidas a salirse del camino, y explorar. Seguir el tedio de los cauces provoca la ignorancia hacia lo no reiterado, como esas carreteras americanas que repiten una y otra vez los mismos carteles publicitarios, los mismos hoteles y las mismas hamburgueserías y los mismos centros comerciales. En la programación reciente de la OCNE existe audacia, pero debemos responder a su desafío con un agradecimiento —aquí lo dejo— y con una exigencia por más sorpresas, no alzando con asombro los hombros al descubrir una pieza que tiene ya casi un siglo y que la compuso uno de los mejores autores de siglo XX: Shostakovich. De lo contrario, quedaremos dominados por las rutas de lo cotidiano, seremos incapaces de salir de esa amnesia de la música circular, y, como a través de una rendija, sólo alcanzaremos a decir, y con cierta sorpresa de nosotros mismos:

—Pues no ha estado mal este concierto de Shostakovich. No lo conocía.

Un nuevo giro de Mahler

La temporada 2017/2018 de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) se inició el viernes 15 de septiembre. A nadie sorprendió el éxito de la convocatoria: la presencia de su director principal, David Afkham, dos obras de repertorio en atriles —el Concierto para piano y orquesta en la menor; opus 54, de Schumann, la Sinfonía número 5 de Mahler— y Javier Perianes al piano, eran suficientes razones para que la velada fuera viento en popa. En el público que abarrotó la sala, antes incluso de sonar la primera nota, habitaba esa sensación feliz de éxito anticipado, pero también de regalo inmerecido por acudir a una formación que, cada año, suena mejor, y a precios siempre ajustados. Había también las ganas acumuladas de volver a escuchar música después del verano, pero, con todo, no hay que olvidar el efecto favorable que ha tenido para la OCNE la diáspora de la Orquesta de Radio Televisión Española, y que ha supuesto la llegada natural de nuevos abonados. Bienvenidos sean, aunque por motivos que no tienen nada de positivo.

En las notas al programa señala Gonzalo Lahoz la importancia que tuvieron las mujeres en los dos compositores escuchados. Clara Wieck fue el amor de la vida de Schumann, y también la solista que estrenó el concierto un 4 de diciembre de 1845, cuando Schumann tenía treinta y cinco años. Dos siglos más tarde, en una calurosa tarde de Madrid, las manos de Perianes (Huelva, 1978) regresaban a la partitura, y pocas veces he sentido como espectador, desde mi butaca en los bancos del coro, que el estilo de un intérprete y la obra encajen con tanta perfección. Parecía como si Schumann hubiera escrito la obra para ese fraseo lírico de Perianes, humilde, de falsa sencillez, siempre volcado hacia lo romántico. Parecía también como si Perianes hubiera nacido sólo para hacer sonar esas páginas tan emotivas, delicadas, y en las que flota un ambiente de jardín privado, de aparente improvisación. Si hacer fácil lo complicado es la señal de un virtuoso, Perianes lo es. Cabe la duda de escucharle frente a obras que exijan de un aire menos romántico y más enérgico. Duda que no resolvió el bis, donde tocó una pieza lánguida de Grieg.

La segunda mujer del programa, detrás del segundo compositor, era Alma Schindler. Una mujer clave en la historia de la música, pues a ella dedicó Mahler su Adagietto para cuerda y arpa, que Visconti llevó al cine en su película Muerte en Venecia, adaptación de la novela de Thomas Mann. Si la novela, en manos de Visconti, es la liberación filmada de un deseo reprimido, en Britten, y gracias a su ópera de idéntico título, será el epítome del final de una época, tanto personal como histórica; una deriva a todos los niveles, más profunda que la represión del deseo homoerótico, y que se aproxima más a la idea literaria de Mann. Uno y otro, Visconti y Britten, también Mann, comparten con Mahler el amor como medio para asomarse al abismo, y no caer.

La Orquesta Nacional de España sonó firme y contundente en la Quinta, pero escuchando a Mahler uno no puede dejar de lamentar toda la otra música que resta en silencio, invadida por la obsesión reciente hacia el compositor austríaco. Si no fuera una tarea cansada, tan extenuante como a veces su música, me gustaría calcular el número de horas que se han programado de Gustav Mahler en las temporadas recientes, tanto de este ciclo de la OCNE como de otros promotores. Mi malestar no es tanto por su música —no voy a negarlo: me emociona y conmueve en muchos momentos— sino más bien porque, en la miopía de las modas, se relega al silencio todo lo que hay alrededor de una obsesión. Lo olvidado mengua su interés y sólo la fuerza decidida de directores valientes puede cambiar la situación. En Mahler hay mucho de admiración reciente pero también de olvido general. Lo admito: recelo siempre de los fenómenos mayoritarios, donde hay tanto de adhesión justificada como de religión fanática, tanto de valor como de dogma sometido a la tiranía del instante. De ahí que volver a escuchar a Mahler, otra vez más, me haga pensar en todas esas voces silenciosas, en partituras dos plantas más abajo, llenándose de polvo, pero también en la esperanza dulce de un mesías que, con su luz, se atreva a cambiar la dirección y nos oriente y asome hacia nuevos abismos. Muchos, tan silenciosos como esas mismas voces, lo aguardamos.

Subrayar

La importancia de los préstamos bibliotecarios viene dada no solo por su objetivo —permitir el acceso equitativo a la cultura—, sino por la sorpresa de lo que en ellos uno encuentra: palabras subrayadas, dibujos a mano, notas al margen, separadores olvidados, calendarios antiguos, pelos. Los libros no deberían estar nunca estáticos, sino ser objeto de lecturas sucesivas: motores que giran. No comparto esa imagen admirada de estanterías cerradas, polvorientas, donde se celebra y respeta el silencio de sus moradores; me entristece abrir un libro de la biblioteca, con esa emoción de lo público, y comprobar en su hoja de registro, ay, el tiempo largo transcurrido sin que nadie transite entre sus páginas. Por el contrario, no hay mayor alegría que advertir en mi volumen las huellas de otras manos: tocar las estrías como de acordeón en su lomo, ver los sellos azules en la contraportada, indicando las fechas de ingreso y salida del ejemplar, descubrir, agazapados entre las hojas, lo que allí quedó por olvido o intención: un calendario antiguo —no hay mejor metáfora de la literatura como tiempo vivido—, un separador, generalmente cosido al lomo, muy cerca del desenlace, también hojitas secas y agrietadas de un árbol, como si la naturaleza dialogara con el texto, también pelos de cualquier zona del cuerpo —principalmente, o eso espero, capilares—, también postales —hubo una época en que la gente escribía postales y leía libros en papel y los libros en papel servían para guardar postales y en algunos casos olvidarlas—, también tiques de compras, ya desleídos, y de pequeño monto. Los sellos de entrada y salida permiten anclar el libro a un tiempo generalmente remoto, y además extraer algunas conclusiones: los tomos gruesos se prestan más en verano, también se devuelven más tarde y también exigen de más movimientos en el mostrador, posiblemente el mismo mostrador y la misma bibliotecaria y el mismo tampón que me acaban de dar las gracias, renovar un préstamo, fijar una fecha futura, desear buen fin de semana. Toda esta incorporación positiva e inesperada al volumen, y que le da, literalmente, peso, sucede en los libros tomados en préstamo, pero también en las librerías de segunda mano, esa caótica sala de urgencias donde se les da a todos los libros, sin excepción —a veces se agradecerían las excepciones—, una nueva oportunidad. Aún recuerdo, en una librería francesa, encontrarme una bellísima postal que alguien recibió como un regalo, y que olvidó allí para siempre, y cuyo regalo ahora es mío.

Hay añadidos a los libros que no suman peso, porque más bien lo agujerean. Son un movimiento okupa que se instala en un lugar nuevo y deshabitado. Se clavan al texto royéndolo de forma rotunda, como esas iniciales que los novios graban en el tronco de los árboles, y aunque estas incursiones podrían ser borradas —suelen estar hechas a lápiz— lo cierto es que no suele ocurrir así, sino todo lo contrario: quedan para siempre definidas como una parte adicional de la lectura. Al abrir el libro y darle aire, como un fuelle, esas líneas parecen los tentáculos móviles de una hiedra de la que conocemos todas sus extensiones, pero no su cabeza. ¿Quién pasó por allí, por qué subrayó una línea o una palabra? En ese misterio hay un diálogo íntimo y desconocido. Manos misteriosas que intervinieron en el texto, lo editaron, llamando la atención sobre palabras sueltas, sobre frases, sobre párrafos, incluso sobre páginas enteras. Los subrayados adoptan múltiples formas: líneas rectas, como de estudiante aplicado, líneas curvas —alguien leyó y subrayó, o solo lo segundo, en un vagón de metro—, también rectángulos protectores, triangulitos de emergencia que albergan en su interior un signo de exclamación, también una doble barra al margen del texto, en paralelo, como el final de un pentagrama. Además de los subrayados, uno también encuentra comentarios en la orilla, signos de interrogación, notas al pie, nubes que contienen ideas, tachaduras —del texto y también propias—, dedicatorias, frases que se escribieron porque se quería enfatizar algo considerado importante o que, al menos, no se debía olvidar, sencillas operaciones aritméticas, direcciones de calles, citas con el médico, números de teléfono de siete dígitos y que por lo tanto ya nunca podrán ser marcados.

El subrayado nace como un bastón para la memoria. Los libros de texto —ahora en pantallas— son coloreados con franjas luminosas —amarillas, verdes, rosas—, que sirven como llamadas de atención. Me viene a la memoria —luego subrayo— compañeros de clase para quienes no existían conceptos como la elipsis o la síntesis, y en sus mentes todo era importante y todo se subrayaba. Estaban dotados de una memoria, supongo, prodigiosa. Al pasar las páginas, sus libros crujían como incunables. Cuando la formación avanza, y uno comienza a aprender idiomas, el subrayado tiene otro fin: palabras y expresiones que son importantes para retener. Cuántos libros he leído en francés donde no me ha hecho falta subrayar la palabra que desconocía: alguien había caído antes en esa misma desconocida zanja, y el subrayado había servido de puente, de llamada de atención. Y cuántas veces me he preguntado si ese lector previo aún recuerda el significado de una palabra que yo, más tarde, también ya he olvidado. ¿Y en la ficción? Hay quien subraya con un fin académico o mnemotécnico, buscando el hilo evidente de la historia: su andamio. Hay quien sin embargo destaca palabras, frases, párrafos o diálogos que tienen, en el momento de la lectura, una relevancia. Iluminan un pensamiento o celebran una belleza de estilo.

Lo más llamativo de los subrayados es que, cuando volvemos a ellos, en el texto donde allí quedaron o en su decantación sobre un cuaderno, nos llevamos con frecuencia una sorpresa con nosotros mismos: ¿qué  es lo que motivó a tomar esas notas, a redondear unas palabras? La literatura cobra entonces, más que nunca, el sentido de un itinerario. Nos hemos alejado tanto de esas palabras que las sentimos extrañas. Hemos divagado, y como divagar es caminar, en la distancia todo se nubla, los límites son indefinidos, y las razones que un momento nos fueron importantes,  y que por eso quisimos darlas registro, ahora ya no lo sean, porque el camino continúa, y cuando miramos atrás, desde otra perspectiva y otro tiempo y otro conocimiento, no entendemos por qué elegimos esas palabras, e incluso en esa extrañeza dudamos del concepto de su autoría, una visión casi postmodernista —la muerte del autor, el lector que ontológicamente construye el significado— y por eso que desde ese nuevo mirador, en otro lugar y tiempo y altura vital, apoyados en un barandilla desde la que contemplar el pasado, no sabemos acertar si esos subrayados, mal enfocados en el horizonte, son nuestros o no. Tal vez la respuesta sea ir por el medio: con el tiempo andado, con el reposo de lo que uno absorbió y luego fue, con cuidado, guardando, esas palabras o ideas, que se atraparon por razones ignotas, son también, por el tiempo que nos acompañaron, por ser espalda invisible, nuestras. Las elegimos, y fueron camino durante un tiempo.

Por eso que considero fundamental el papel del subrayado. Como la realidad la formamos con el lenguaje, cuanto más rica sea nuestra expresión, cuanto más la dotemos de términos y de ideas, más apasionante será la realidad en la que vivimos. Hay quien ve los subrayados con molestia, como quien tose en una ópera o enciende el móvil en un cine. Yo más bien disfruto de encontrarme con los restos de lectores previos, moradores anónimos, y con los que construyo un diálogo espiritual. Me gusta ver que alguien subrayó la palabra tamo —esas pelusas de algodón que habitan bajo nuestras camas–, y que, por una coincidencia, aprendo de un prospecto médico que a las pelotas de algodón con fin médico se las llama torundas. Palabras maravillosas, tan sonoramente brillantes que lo de menos es su significado: pailebote, anhedonia. O abrir mi cuaderno y leer: “En las fogatas húmedas se observa la distancia difícil de nuestros deseos”, y antes de leer Vicente Valero, creerme que lo he escrito yo.

Subrayamos como una lucha de la memoria contra el olvido. Una lucha perdida: siempre gana el olvido, pero siempre también la necesidad humana de marcar el camino, de soltar en la ruta unas líneas de pan por si, alguna vez, volvemos por allí; frenar el avance de la mirada, preguntarse qué esconde una palabra, una idea, para así refutarla, apropiarse de ella, para admirarla, para memorizarla para el recuerdo o para olvidarla. Si el horizonte, cuando nos damos la vuelta, nos parece desenfocado, y no acertamos a comprender aquello que una vez pareció importante, puede ser porque, con nuestras lecturas y sus recuerdos, hemos dado vida al mundo, llenándolo de un bazar de palabras. Lo hemos dado un sentido, lo hemos engrandecido. Si existe el horizonte, esa invitación a alcanzarlo y también cruzarlo, es porque lo hemos subrayado.

P.D. Quiero agradecer a todas las personas que colaboraron en este artículo a través de la sección Visto y no visto, del blog de Antonio Muñoz Molina.

Oda a Spotify

A estas alturas descubro Spotify. La idea platónica de una tienda de discos. Discos sin precio. Música gratis. Gratis por ahora, mientras Premium y Prueba son palabras que se abrazan. ¿Por qué me he negado hasta hoy a Spotify? Un conglomerado de prejuicios: el artista que apenas cobra; la apisonadora de una multinacional a la que, cómo no, le espanta pagar impuestos; el recelo a los fenómenos mayoritarios —el mismo recelo que me hace esquivar Juego de Tronos, cuando sé que la serie me encantará.

Spotify. Una barra libre de canciones. Una realidad nueva. Un puntapié al pasado. Un pasado que no es lejano, porque está en mi vida, muy próximo, a la vuelta de la esquina, cuando eran los años noventa, un CD con diez canciones costaba dos mil pesetas y tenía la categoría de un regalo de Navidad o cumpleaños. Había aciertos y fracasos. Michael Jackson y Mike Oldfield entre los primeros. Entre los segundos, la ira al descubrir que el disco de 4 Non Blondes era —cagada— un one hit wonder. O el asombro cuando Amistades Peligrosas se reían de ti componiendo un terror llamado Satán Te Invade. Sí: escuchaba Amistades Peligrosas.

Satán, bien visto, me invadió, a mí y también a mi amigo C. Tienda de discos del Corte Inglés, viernes por la tarde. C y yo —nuestras iniciales hacen la palabra CD— damos la vuelta al ídem, vemos el precio, damos la vuelta a nuestros bolsillos, vemos el robo. Alcanzado nuestro objetivo, sentados ahora en las escaleras oscuras de Azca, con una mezcla de alegría y miedo, nos tiemblan las manos. Me da menos vergüenza admitir antes el robo que lo robado: Celtas Cortos y su Tranquilo majete. Qué letras nos esperaban en casa: Vamos huevón, que te comen la merienda. Dylan. Un segundo intento, la vuelta al lugar del crimen, y somos descubiertos. Pero esa es otra historia.

Ahora el robo —zona demagógica— funciona de forma distinta. El artista -dicen- tiene que cobrar por dar conciertos. Ensayar, componer canciones, grabarlas, eso parece que es gratis. Se gana por llenar plazas de toros. Pues vaya. Si no eres toro, nada, al burladero. En la música, como en el periodismo, se regalan los contenidos, porque los contenidos resulta que surgen de la nada, y por lo tanto valen eso, nada. Por eso que en esta fiesta de lo gratuito que es Spotify accedo con asombro y con una alegría rara: una fiesta a la que no me han invitado. Tecleo grupos extrañísimos, tecleo obras de música clásica casi desconocida. Spotify se estira, piensa un poco, lo encuentra todo. Por eso que escucho Spotify con asombro y con miedo, mirando hacia la puerta, pensando que alguien llamará a la puerta, alguien llama a la puerta, que abriré la puerta, abro la puerta, en la puerta un hombre que me aparta y entra —porta un maletín—, y despliega el plástico de cedes a tres mil pesetas, y me señala donde miran mis ojos, y me dice: Daniel, es la edición Pulse de Pink Floyd, tiene una lucecita roja que parpadea en el lomo y que te obligará a darle la vuelta en la estantería, por las noches, para que así puedas dormir, pero no vas a poder dormir por la lucecita, no, no vas a poder dormir justamente por su ausencia, por lo contrario, porque no tienes dinero para comprarlo.

Echo a empellones a este vendedor de enciclopedias de anfibios. El mundo se actualiza. Spotify: un armisticio. A este engaño de industria que fueron los noventa, que nos robó el tiempo de escuchar y de elegir la música, que robamos también en casetes piratas y hurtos en centros comerciales, con otro engaño, con un engaño que también deja sus víctimas, nos estamos ahora vengando. Una venganza colectiva. En mi estantería, animales prehistóricos, la colección de cedés.

 

 

 

 

 

 

 

Palabras habitables

«In a certain sense… we are all made of words;… our most essential being consists in language. It is the element in which we think and dream and act, in which we live our daily lives» (De alguna manera… estamos hechos de palabras;… nuestro elemento más natural es el lenguaje. Aquel en el que pensamos y soñamos y actuamos, en el que vivimos nuestras vidas corrientes).

N. Scott Momaday escribió esta frase en su colección de artículos de no ficción titulada The Man Made of Words (1997). Las palabras enriquecen la existencia. Abren espacios: el giro eterno del rodillo en una máquina de escribir. Las palabras bautizan sentimientos, tal vez inexistentes si no pudieran ser nombrados. En ausencia de las palabras, el mundo se convierte en un pasmo de ignorancia; sus moradores responden a la realidad en un constante alzar de hombros, como marionetas mudas. Las palabras nos hacen vivir otras vidas que, alivio, no son la nuestra.

Las palabras no pesan, pero acompañan: para que viajen, basta salir en su búsqueda. Están ocultas en bosques sombríos, pero vienen a ti si son pronunciadas. Al recogerlas encienden la luz, construyen espacio. El firmamento es promocionado: lo empuja una máquina de escribir gigante. No todo es favorable: hay palabras que son una carga —tareas, revisiones, informes, diagnósticos, desazón, tedio—, palabras que no son luz y que no deberían ser nunca nombradas. Pero en el bosque son tantas los reclamos —me vienen a la cabeza, porque las escuché o las leí: yerbatal, marmolillo, sugestión, sensibilidad, fantasía, botánica, misterio, sabiduría, encantamiento, agrado, bóveda, existencia—, que la felicidad gobierna, viene suspendida entre las ramas, detrás de los arbustos, lugares remotos donde nuestras voces invocan ese misterio contenido en las palabras. Una vez mordidas —regaliz negro—, nombramos al mundo, y al nombrarlo hacemos del mundo un lugar más amplio, alegre y habitable.

P.D. Las razones de este artículo fueron tres palabras: tortilla, regalo y mamá. La Santísima Trinidad de la infancia.

La noche antes del Col du Galibier

Noche en el hotel donde los corredores están individualmente concentrados y colectivamente desconcentrados. La sombra no es la noche. La sombra es el Galibier. Y a la sombra del Galibier, Contador se ha caído de la cama: no le responden las piernas. Froome fue visto subiendo y bajando el Galibier, ayudado de una linterna enganchada al manillar. Quintana tiene lumbalgia: la presión de todo Colombia en las vértebras. Mikel Landa ha soñado con Napoleón. A Fabio Aru le descubrieron con la boca llena de macarrones crudos en la cocina del hotel. Los gregarios roncaban y los líderes tenían insomnio.

La montaña se ha despertado tatuada y feliz.

Soy un viajero sedentario

Tú pones el movimiento. Yo el silencio. Tú todo lo que olvidaste meter en la maleta. Yo mi ausencia en tu portaequipaje. Periscopio de miradas: la ventanilla no baja. De un lado la alegría. Del otro, el reflejo de un drama. En la noche flota un globo de reloj, como de estación austríaca. Un letrerito tiembla -ya somos dos- y anuncia: salida inmediata. Salvo yo, el mundo avanza. Luego el sonido triste de una escalera mecánica. A mi espalda el horizonte te pliega, te traga. Soy un viajero sedentario: la vida avanza solo en tu mirada. Solo.

Recuerdos de la Feria del Libro de Madrid

Sobre escritores abandonados y sobre la sobreabundancia. Sobre empujones que sobran y sobre la magia: la Feria del Libro en Madrid.

El pensador Boris Groys sostiene que el espectador ya no es importante. De ahí que el arte contemporáneo deba examinarse desde la perspectiva del productor, no del consumidor. O lo que es lo mismo: desde un punto de vista poético, no estético. ¿Por qué? Dice este filósofo que, en la sociedad contemporánea, la contemplación está abolida. Todo el mundo está interesado en crear, pero nadie tiene tiempo de prestar atención, de ser persuadido por nada. Abundancia de productores, ausencia de consumidores: una tragedia.

Recuerdo esta idea mientras camino entre la doble orilla de casetas de la Feria del Libro de Madrid. La Feria es una larguísima librería y su reflejo: dos estanterías sin límites, encajonadas en una constante de casetas. Sobre las mesas se asfixia un agotamiento de novedades. Esa acumulación de lecturas provoca, en el aficionado, una sensación abrumadora de impotencia: nunca podrá leer todo aquello que quiera.  También desorientación: no saber qué libros abrir, cuáles descartar, qué itinerario tomar en sus lecturas. Los tiovivos de la publicidad multiplican su aturdimiento. Para el neófito, para el que deambula por la Feria como si no hubiera nada mejor que hacer, la sensación es de aburrimiento y perplejidad. Por ser de acceso gratuito, por situarse en el parque más importante de Madrid, la Feria pretende un encuentro amplio con la ciudad. Pero lo cierto es que el objetivo de la Feria, que debería ser la promoción de la lectura, dista mucho de producirse allí. No se pretende que nadie abra un libro y lo lea en la Feria, no. Pero sí que la Feria proponga las condiciones para llegar a ella. Que sea la antesala gozosa de futuras lecturas. Pues que aficionados y neófitos se mezclen a empellones, aplastándose unos a otros, como se aplastan también los libros que observan, todos bajo una megafonía insoportable, que parece anunciar siempre casetas lejanísimas, no resulta, en fin, la mejor manera para invitar a la compra de un libro. Por eso que el aficionado siente la rabia de intuir que la Feria podría organizarse de otra manera —lo difícil es saber esa alternativa—, y por eso que el advenedizo observa este sarao cultural como una fiesta muy poco divertida.

El visitante suele arquear su camino cuando, por la proximidad de un autor, se atisba la posibilidad de un incómodo diálogo. Qué imagen tan triste la de ese autor segregado, sin lectores, con el dueño de la editorial de pie, un dueño que siempre tiene barba y siempre porta gafas, que va llenando de tiempo una conversación, que observa cenitalmente la caspa del autor, o tal vez su coronilla o tal vez su pelo largo alborotado, que se fija luego en las manos nerviosas del escritor quien, parapetado tras su obra, le asiente sin interés, y mira hacia delante, hacia un lleno de paseantes y un vacío de público, hacia un feriante con gafas y abrigo —¿abrigo en el mes de mayo?— que, en la caseta de al lado, soy yo, soy yo echando un vistazo a algunos libros con fingido interés, devolviéndolos luego a sus nichos, y de reojo mirándole, y alejándome luego de él, como quien escapa de un contagio, y subtitulando la escena: busto de escritor abandonado. Que ese escritor sea Luis Goytisolo dice mucho de la deriva estética contemporánea.

Es dramático también el misterio de todo lo que se publica sin ruido, un aluvión silencioso que va cayendo de esas mesas, sin dejar rastro. Un mantel lleno de letras que el viento de la novedad, zas, sacude, las deja vacías, desleídas, listas para otra invasión anual. Las estanterías domésticas de cada uno son también testimonio de que, a pequeña escala, se repiten idénticos tsunamis: basta comprobar si las compras de un año fueron lecturas transcurridos doce meses, o ahí siguen, aguardando su momento. El momento: esa es la gran cuestión en un mundo saturado de productores, donde sí, puede que exista el talento. Pero si existe, es raro que, en las circunstancias que ofrece la Feria, vayamos a identificarlo. La gente seguirá caminando con las manos encadenadas a la espalda, tomando entre sus manos libros con la misma admiración y urgencia con la que se devuelvan a su lugar. Los aficionados lamentarán que la Feria sea un espacio poco propicio a los dominios de la literatura: el silencio, el diálogo, la búsqueda paciente de una felicidad próxima en forma de lecturas. El recién llegado, por su lado, se alejará del tumulto con una sensación de alivio o de indiferencia: probablemente nada le habrá reclamado su atención, salvo tal vez alguna cara televisiva, y del brazo llevará una bolsa llena de publicidad y marca páginas que olvidará en un bar próximo al Retiro. Unos y otros, aunque con diferentes razones, sufrirán ese mal contemporáneo del que hablaba Boris Groys: multiplicados los estímulos, muy pocos parecen desear ser persuadidos por nada.

Con esta idea confusa abandono la Feria: una confianza feliz en que los mecanismos editoriales siguen girando, como lo atestiguan la multiplicidad de pequeñas editoriales, pero el fastidio de que la Feria transmita con tanta fragilidad el amor por los libros, el reposo, la quietud, el consejo lento y profundo que solo pueden ganarse en las conversaciones verdaderas. La sensación de que uno ha asistido a una boda ajena: una celebración obligada, por momentos interesante, pero incompleta por sernos, en sus más profundas motivaciones, en sus verdaderos propósitos, ajena. Al girar la cabeza, en los confines de la Feria, observo a un lector joven que introduce su cuerpo en una caseta. De espaldas no sé si está felicitando a un autor o, por el contrario, le quiere arrancar la cabeza. Esa misma mezcla de sentimientos me va llevando hasta la calle Velázquez, a la marquesina del autobús, al cincuenta y uno que aparece pronto y me recibe refrigerado. Abro la novela y, de inmediato, olvido incluso que estuve en la Feria, todo lo que allí pensé. En el fondo, qué más da lo que uno piense. Para los que nos gusta leer, leer es todo, pero puede que, realmente, no sirve en la práctica para nada y que, en el fondo, Boris Groys tenga razón: todos estamos interesados en hablar, en crear, en construir, y nadie en contemplar.

Quizá faltaría corregir a este filósofo y decirle que la lectura, esa que me va llevando hasta casa sin yo darme cuenta, es una herramienta mágica —por económica y universal— de creación. De ser consumidor, pero también productor. De ir hacia la lectura con un fin estético, pero también poético: seleccionar unas palabras, desdeñar otras, subrayar unos pasajes y olvidar otros. Una selección arbitraria, a la manera de quien viaje en coche: nadie se fija en los mismos elementos que cruzan un camino, ni de la misma manera. La lectura, ese propósito que la Feria parece querer promover, comienza en las orillas de donde ella misma termina: un pie de página en el asfalto de la calle Alcalá. Como ese autor que todos esquivan, yo el primero, un poco por miedo o por pena, un autor que está esperando a que cojas su obra, te alejes, y leas. Quizás deba ser así: la Feria como un punto de partida. Una parada en boxes. Con esa idea feliz cierro la mochila: ahí quedan, junto a las llaves y el termo vacío, las dedicatorias inmensas de Andrés Neuman, de Marta Sanz, de Luis Goytisolo, ese autor al que miré de reojo, allí, abandonado, y al que me atreví a volver después: busto de un autor recuperado. Amordazadas por la cremallera, en el interior de la mochila, la certidumbre feliz de que Andrés Neuman tiene ya una nueva novela y también un nuevo libro de poesía listos. De haber conocido a Marta Sanz —bastan segundos para saber que es una persona espléndida— y tener una dedicatoria en su novela Farándula. Y llevar también la firma de Luis Goytisolo en su obra Antagonía, y el recuerdo de su camisa blanca, su cara breve, sin arrugas, distinguida, como de representación diplomática, su educación tan correcta, su voz tan débil, la voz baja de quien tiene que decir cosas importantes, y en mi boca el asombro de cuando miras, frente a frente, con admiración y gratitud, la proximidad de alguien que ha despertado en ti emociones tan profundas.

Es de noche, sábado, he llegado a mi parada. La mochila pesa a tiempo futuro. Quizás la Feria, pese a sus despropósitos, no esté tan mal, y, sobre todo, sea necesaria: un medio de reafirmar que, pese a la contracción cultural, existen las palabras, los cómics, el teatro, los versos, las novelas, los manuales, las mil formas diferentes de aspirar a la precisión y, al mismo tiempo, de servir como espacio para la especulación. Al acostarme, imagino la oscuridad de las casetas cerradas. Su olor a madera y a libro. El calor liberándose, como un sifón, tras un día de sol. Los libros tumbados como una larga playa sin luna. De noche, de lejos, y con algo de cansancio y de imaginación, la hilera doble de la Feria se me confunde con casetas de baño. Lugares íntimos y coloridos donde refugiarse un instante, donde cambiar de piel para, acto seguido, darles la espalda, salir corriendo hacia el agua, hacia un entorno diferente, nuevo, y cambiar pues de medio. De lo conocido a lo nuevo. Una definición de la lectura, y en la mochila el tiempo.

Lo siguiente

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Lo siguiente debe ser una altísima inmensa montaña. Un aparcamiento enorme. Una llanura sin límite. Un horizonte panorámico. Un vertedero chino. Una explanada de asfalto tras un festival de música. ¿Cuánto ocupa lo siguiente? Lo siguiente no puede medirse: escapa a las métricas. ¿Dónde se encuentra? Nadie sabe dónde se sitúa lo siguiente, así que, por su reiteración, debe estar en todos lados. Omnipresente. Omnisiguiente. Una invisible ubicuidad. Si tecleas “siguiente”, o “lo siguiente”, en Google Earth, te desplaza a un lugar llamado Aguascalientes, en México. Estos errores ocurren, no hay que darles más vueltas.

Lo siguiente es, en fin, un todo, la división de uno entre infinito, un magma que nos rodea y arrolla. Es un estadio ficticio al que recurrimos al final de todas nuestras frases, a donde nos lleva o dejamos que nos arrastre nuestra pereza mental, nuestra imprecisión lingüística, nuestra pobreza con el habla, nuestro pésimo sentido del buen gusto y del oído. A lo siguiente llevamos todo, sin separación ni reciclaje: el malestar contra nuestro jefe, la última factura de la luz, una discusión con la pareja, la indignación por un fuera de juego, el dolor de una inyección, pero también la alegría sin medida, un gol inverosímil, un examen favorable, una cerveza fresca. Fresca no, lo siguiente. ¿Fresquísima o es que se quiere ya otra cosa?, pregunta con incredulidad el camarero. Tampoco el orden alfabético ayuda a definir lo siguiente. Porque lo siguiente de guapa puede ser guarra, de decimoquinto decimosegundo, y de follar fomentar, lo cual, según se mire, no siempre es verdad. En todo encaja esta expresión: una llave maestra. Ojalá la guardemos pronto, y podamos pasar a lo siguiente. Mierda.

Stefan Zweig, adiós a Europa

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Stefan Zweig: Farewell to Europe es una película que narra, en cinco episodios y un epílogo, los últimos años del escritor. Asistimos, septiembre de 1936, a una conferencia y entrevista políglota en Buenos Aires, a la gestación de su libro sobre Brasil, un país que le agasaja y que, en la distancia de sus recuerdos europeos, le hace multiplicar su sensación de errancia. Asistimos a un invierno helado contra las ventanas de Nueva York, el drama de sus amigos colándose por debajo de la puerta, en telegramas y en cartas de correo internacional. Asistimos por fin a sus últimos días en Petrópolis, rodeado de un sol y de unos paisajes de exuberancia y vitalidad, ajenos por completo a su desgracia.

La película atrapa: una prueba de que saber el final no siempre es lo más importante. En cada una de los episodios de la película, Zweig parece como si viviera de una manera automática, de la misma forma que el martes sucede después del lunes. Va empujado de un lugar a otro como una suerte de tótem: admirado pero inerte. Cada escena nos lo presenta en escenarios opuestos: la vegetación confusa en Brasil, la nieve silenciosa en Nueva York. Cada escena provoca un brinco del tiempo, y recrudece la desorientación y parálisis de su protagonista. En todas ellas, Zweig transita sin mapa, y con idéntica ausencia. Como si no le quedara más remedio que estar vivo. Como si llevara muchos años muerto, aunque nadie se hubiera dado aún cuenta. Por eso la lógica de su final, cuando él mismo parece advertir, de súbito, su propia ausencia prolongada. En su nota al suicidio concluye: “Dejo saludos para todos mis amigos: quizá ellos vivan para ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, más impaciente, me voy antes que ellos”. La última escena es un magnífico juego de espejos: el dormitorio a la izquierda, la cocina, el porche y el jardín a la derecha, dentro de un solo encuadre. Se cierra así una película pacíficamente angustiosa, testimonio de los días narrados y mientras, en un exterior que ya tapan los títulos de crédito, continúan sin entenderse, como una metáfora fallida, el recuerdo amargo de Europa y el sol perpetuo en Brasil.

El beso de la mujer araña

Puig_ArañaDe Buenos Aires un diálogo. Era tarde, mi amigo y yo teníamos hambre, entramos a una pizzería próxima al albergue. Un grupo de tres hombres charlaban alrededor de una mesita vacía. Mi amigo, que vive pegado a un silencio, se sorprendió de todo lo que hablaban. Después de cenar salimos a la noche, jugamos al billar, bebimos cerveza, paseamos hasta Puerto Madero, se levantó frío y volvimos a nuestra habitación compartida. En la pizzería seguían los tres hombres en idéntico apasionado diálogo. Reímos al verles. La risa de mi amigo era un misterio duplicado: saber de qué hablaban —apenas domina algo de español—, y conocer las razones de tan alta locuacidad. Yo escuché algunas palabras, las olvidé empujadas por otras tantas y así sucesivamente, luego levanté los hombros, como dando a entender que tampoco entendía tanta cháchara. Su mesita seguía vacía de consumiciones.

Esa inveterada idea de que el argentino habla a perpetuidad, y que puede que tenga la misma frágil verdad que cualquier lugar común, esa imagen tal vez falsa de la verborrea de Darín dentro de un portal, de la voz suave y larguísima, como un rollo de papel, cuando Valdano psicoanaliza el fútbol, de Luppi siendo el padre de todos nosotros, es también la de la narración que aquí me ocupa. El beso de la mujer araña es una novela excelente del escritor argentino Manuel Puig. Publicada en 1976, fue prohibida por la dictadura militar de este país. El libro narra la convivencia en una cárcel de Buenos Aires entre Molina, de treinta y siete años, homosexual, soñador, amante del cine, y Valentín, un activista político.

La novela es un canto de confianza hacia el diálogo como recuperación del pasado, alivio del presente e invención del futuro. Para matar el aburrimiento, Molina narra sus películas favoritas a Valentín, su compañero de celda. Molina solo ama a su madre, le gusta la fruta abrillantada, está acusado de abusar de jóvenes. Su prisión es doble: la de la celda donde cumple condena, y la prisión de su cuerpo: él es ella, ella se siente una mujer, ella está encerrada en un cuerpo de hombre. Si la narración sobre películas es la manera como Molina se alivia del presente, películas casi siempre románticas y dominadas por lo imposible, el estudio es como Valentín escapa del naufragio. Para Valentín, que escucha con atención a su compañero, la tendencia de Molina de pensar en cosas lindas es peligrosa, una forma de alienación, y solo cree que la actividad intelectual permita trascender la asfixia de la celda. El personaje de Valentín es, en apariencia, más opaco que el de Molina. Como si Valentín viviera dentro de una nube, nunca sabemos si lo que habla es lo que piensa o lo que, impotente, no ha conseguido callar.

En ese diálogo perpetuo que es la novela, la voz que domina es la de Molina. Leer sus crónicas cinematográficas es una fiesta tristísima. Mediante esa ficción los presos miran la vida: aquella que se despliega más allá de su celda, sobre sus seres queridos. Como no pueden intervenir en los días de aquellos a quienes aman, hay un punto en que la ficción se desploma, una tarta de boda, y choca contra un muro: el techo de la celda está lleno de insomnio. Como tampoco pueden intervenir sobre sus propias vidas, ay, asisten a las mismas con el estatismo de un espectador de cine. Así que el programa es doble: la película de los demás y la suya propia, a la que acuden, porque no les queda otra alternativa, entre bostezos, miedo y rabia. Las películas son la bisagra de dos irrealidades. Parece como si Molina, al relatarlas, tuviera sobre sus retinas el fotograma perforado de las películas, y allá donde mirara asistiera a esa película de su vida, pero en la que no está él. En los relatos fílmicos, que tienen tanto de inverosímil como apasionante, domina la curiosidad de Valentín y la melancolía de Molina. En todos, esa emoción de lo simple, de lo que se recuerda con pureza, sin miedo a que el pasado sea tragedia, comedia, o melodrama, un baturrillo honesto que mezcla la letra romántica de un tango con imágenes brillantes de un Hollywood lejano.

Unos incómodos asteriscos nos sacan de la lectura, como esas patadas de fútbol que, ligeras pero multiplicadas, acaban desquiciando a muchos jugadores. Las patadas nos llevan a citas de psicólogos sobre la homosexualidad. Gozan de interés leídas del tirón, al final de la lectura, como un valioso epílogo, pero en la historia son una chinita en el zapato, una pausa que te hace querer seguir corriendo hasta un lugar de libertad, una mesita vacía de una pizzería de Buenos Aires, y entorno a la cual sus clientes, de cualquier ideología y sexualidad, pueden hablar sin miedo —el gran tema de la novela—, y en pura libertad, sin el temor a ser interrogados, sin miedo a los discursos de poder capitalistas, a la pantera que deambula cada noche, ella sí en libertad, por la negrura de Central Park. Cuando acaba la novela uno siente esa gratitud inmensa de haberse tropezado con una obra de arte. Un golpe de suerte que no sucede todos los días.

La vida al margen

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He vuelto a soñar que soñaba. Un sueño referenciado. Un sueño posmoderno. Un sueño como escrito al margen, en un pie de página. Un sueño que empieza en un asterisco, el asterisco hasta el borde de la sábana, a un espacio bien prieto de líneas, de tipografía mínima, incómoda para la vista. Claro que la vista importa poco si uno está dormido. O no: hay sueños que empiezan con los ojos abiertos. En mi sueño los ojos miran un horizonte de montañas, de planos de sierra que suben y bajan: un decorado de teatro universitario. Hay un río que es sonido antes que agua, hay una carretera que es movimiento antes que destino. Bajo la ventanilla, en el cielo, la panza de un zepelín. Ahora sonrío. Suena en el valle el repiqueteo de un despertador. Ahora serio, ahora acelero para regresar a mi cama antes de que despierte. ¿Pero no lo estaba ya? Los sueños no son consistentes, porque de golpe estoy en Madrid, las montañas son casas, la cuesta del Sagrado Corazón, bordear la Nunciatura, Pío XII. Un vía crucis topográfico. Aparco, subo las escaleras, alcanzo la puerta, llego al dormitorio. Me tropiezo con mi sueño, ahí en el suelo: esa letra al margen, tan chiquitina. Un esguince de tiempo. El tiempo más buscado, más breve, inapreciable, caído como un calcetín. Apago el sonido, suena el silencio. En el espejo, la boca con flúor, empieza ese sueño. El de la vida chiquitina, avisada apenas por un asterico, escrita al margen.

Lecturas de ascensor

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Recomiendo leer esta entrada mientras se escucha sincronizadamente el Preludio de Lohengrin de Wagner: https://www.youtube.com/watch?v=lqk4bcnBql

Son nueve pisos: el garaje está en el segundo sótano, la oficina en la planta séptima. Sin interrupciones, el trayecto me alcanza para leer una página entera. Como hago una media de cuatro itinerarios al día —por la mañana, a la hora de la comida, a su regreso, de vuelta a casa—, puedo lograr cuatro páginas diarias de lectura en el ascensor. Suponiendo que trabajo veinte días al mes, si multiplico los mismos por las páginas, resultan ochenta mensuales, lo que viene a ser, en cómputo anual, novecientas sesenta. He buscado en mi estantería qué lecturas me aguardan de una longitud parecida: El cuaderno gris, de Josep Plá, ochocientas cuarenta y una; Antagonía, de Goytisolo, mil y ciento doce —en este caso debería hacer ascensores extra.

Mis compañeros y amigos —esos que felizmente rompen los números— me advierten de que un día me voy a golpear contra algo o alguien, porque no miro al salir o entrar. También les sorprende que pueda concentrarme en la lectura, que en esa cápsula de tiempo sea capaz de colarme en una historia, engancharla a lo que ya había leído, retener detalles necesarios para lo que vendrá, y luego volver a una realidad dominada por las tareas pendientes, por los correos sin responder, por lo que siempre es urgente. Como vivir en la ficción es una felicidad perpetua, pienso que al leer no es que acceda a una ficción, sino que más bien lo ficticio ya existe dentro de mí, es una ontología, y que mis ojos, esos que esquivan la realidad, esos que se levantan del libro solo cuando no les queda más remedio, viven siempre de puertas hacia adentro, como un feliz claustro autoimpuesto.

Me viene a la cabeza un reloj de cuco que tenían mis abuelos de Canarias, colgado a una altura que con seis años era inalcanzable, yo sentado sobre el mármol frío de la escalera, en días de verano que no tenían fin, aguardando, con una mezcla de asombro y de aburrimiento, que llegaran las medias horas y las en punto, para contemplar así al pajarito autómata, que emitía un sonido agudo, metálico, una función brevísima, y me recuerdo con tristeza, porque ya se había cerrado la puertecita, y con alegría anticipada, porque ya restaba menos para la próxima función, y como era niño y casi todo era desconocido, luego casi todo era dominio de la imaginación, me preguntaba qué ocurría dentro de esa cajita de madera, y llegué a la conclusión de que el cuclillo gritaba porque, en verdad, no deseaba avisarnos de la hora, sino más bien regresar cuanto antes al interior, a ese mundo desconocido en el que habitaba siempre, solo expulsado cuando, por obligación mecánica, tenía que salir propulsado, como un tentetieso, y avisarnos del tiempo, el que me decía que yo debía bajar a cenar, entrar en una cocina que olía a berros y donde ya estaban todos esperándome, o el tiempo que me informa hoy de que debo salir a ese mundo precipitado de moquetas e informes y reuniones, y por eso que leyendo ahora mi libro electrónico, orillado dentro del ascensor, preguntado por mi capacidad para concentrarme, pienso en el pajarito que, como yo, lo que busca es nada más que se cierre la puerta, escuchar el silencio rítmico y natural de engranajes y péndulos, de martillos y lengüetas, y que esos trayectos, pautados con la precisión de un metrónomo, sean un recorrido de lecturas. Porque me siento el pájaro que, voluntariamente, se ausenta, no hay esfuerzo ni mérito en mi tarea, pues mi mundo, el que más amo, está ahí, colgado en fracciones que antes, de pequeño, eran de treinta minutos, ahora de nuevo pisos, pero siempre tiempos buscados para que, milagro, se cierren las puertas.

No es solo el movimiento físico, aquel que, manual o automático, cierra una puerta. Hay otras que siguen abriéndose y cerrándose, y como hay otras manos y otros pomos y otras figuras, solo revelan el dolor de las ausencias. Qué pronto se va lo que uno piensa que va a durar toda la vida, como los abuelos, incluso aunque en ellos, desde el primer instante, haya anidado siempre la certeza de su final. Cómo la imagen de mi abuela de Canarias será siempre su mano agitada en lo alto de la escalera del jardín, la puerta entreabierta, la misma que hoy sigue moviéndose tan ajena a ella y a mí. También lo material desaparece con idéntica efectividad: el reloj de cuco, del que nadie hoy en mi familia tiene memoria de dónde acabó —algunos, incluso, ni siquiera se acuerdan de él, ni de dónde estaba colgado, ni de qué sonido hacía, ni de su forma o color. En el ascensor de la oficina, enganchado a mi libro, me imagino la cabina como si fuera ese reloj de cuco extraviado. Una casita de la Selva Negra dando brincos entre niveles, arrastrando en su interior el tedio de las conversaciones, las miradas pegadas a los teléfonos, el hastío matutino y el alivio de las tardes, pero también, en cuatro viajes diarios, una lectura apasionada. Esta mañana, cumpliendo con fidelidad a mi estadística, he salido del garaje y, en un momento, he entrado en la historia por el nivel menos dos. Ha sido fácil, porque transito una lectura apasionante y que, como una emoción, se expande por el cuerpo. Me ha venido entonces la memoria del cuco. La identificación con ese reloj ha sido solo por el placer puro del aislamiento, por ser ese animal que vive, a nuestros ojos, dentro de un misterio, que observa el mundo exterior con recelo, pero también porque lo leído me ha transportado a un horizonte donde ese reloj encajaba, como si una cabina de teléfonos roja cayera del espacio exterior junto al Támesis. En mi lectura el río era alemán, y había cisnes y violines. Ha resultado como si el mundo exterior, el que se quedaba detrás del sonido de ventosas de las puertas, fuera exactamente el mismo que narraban las palabras. La cabina convertida en un cuco de la Selva Negra, y en el texto, ante mis ojos, una realidad donde mi ascensor, desgajado de su realidad, de sus ejes, de sus frenos y contrapesos, hubiera podido encajar como real, perfectamente real. El milagro de la autenticidad ha sido esta maravilla que aquí reproduzco, y que logró, sin que me diera cuenta, que mis pasos no salieran a un espacio de cristal y moqueta sino junto a la ribera grande de un río, y en la lejanía no un horizonte de carpetas, sino montañas y casitas aisladas, casitas como la del cuco que, zas, se cierra sin mí a mi espalda, buenos días, Daniel, y ese fenómeno raro que aquí reproduzco me vuelve ahora a estremecer, igual que un truco de magia que engaña a la mente una y otra vez, así que seguro —eso espero— que esta lectura convertirá en persona afortunada a aquel que, aún, no haya experimentado el placer de iniciarla. Poder mirar hacia dentro, dar la vuelta a los ojos, y ver. Se me olvidaba: el autor se llama Manuel Puig, y su novela El beso de la mujer araña.

«Y él se lo dice, que ella es un ser maravilloso, de belleza ultraterrena, y seguramente con un destino muy noble. Las palabras de él la hacen medio estremecerse, todo un presagio la envuelve, y tiene como la certeza de que en su vida sucederán cosas muy importantes, y casi seguramente con un fin trágico. Le tiembla la mano, y cae al suelo la copa, el bacará se hace mil pedazos. Es como una diosa, y al mismo tiempo una mujer fragilísima, que tiembla de miedo. Él le toma la mano, le pregunta si siente frío. Ella contesta que no. En eso la música toma más fuerza, los violines suenan sublimes, y ella le pregunta qué significa esa melodía. Él dice que es su favorita, esas especies de oleadas de violines son las aguas de un río alemán por donde navega un hombre-dios, que no es más que un hombre pero que su amor a la patria le quita todo miedo, ése es su secreto, el afán de luchar por su patria lo vuelve invencible, como un dios, porque desconoce el miedo. La música se vuelve tan emocionante que a él se le llenan los ojos de lágrimas. Y eso es lo más lindo de la escena, porque ella al verlo conmovido, se da cuenta que él tiene los sentimientos de un hombre, aunque parezca invencible como un dios. Él trata de esconder su emoción y va hacia el ventanal. Hay una luna llena sobre la ciudad de París, el jardín de la casa parece plateado, los árboles negros se recortan contra el cielo grisáceo, no azul, porque la película es en blanco y negro. La fuente blanca está bordeada de plantas de jazmín, con flores también blancas plateadas, y la cámara entonces muestra la cara de ella en primer plano, en unos grises divinos, de un sombreado perfecto, con una lágrima que le va cayendo. Al escapar la lágrima del ojo no le brilla mucho, pero al ir resbalándole por el pómulo altísimo le va brillando tanto como los diamantes del collar. Y la cámara vuelve a enfocar el jardín de plata, y vos estás ahí en el cine y hacete de cuenta que sos un pájaro que levanta el vuelo porque se va viendo desde arriba cada vez más chiquito el jardín, y la fuente blanca parece… como de merengue, y los ventanales también, un palacio blanco todo de merengue, como en algunos cuentos de hadas, que las casas se comen y lástima que no se ve a ellos dos, porque parecerían como dos miniaturas».

Lo que hay que oír

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Los perros marcan el ritmo. Nosotros, el itinerario. Y no siempre, sobre todo si conocen el camino de vuelta a su sofá. Así que ahí va mi hombro derecho fuera del cuerpo, adelantado, en escorzo, porque de él tira la ansiedad de mi perra Volga. Regresamos a casa por la pasarela peatonal, Chamartín a la espalda, bajamos la escalera. Es domingo por la mañana en Madrid, hace algo de frío. Las calles parecen aburridas y los adoquines leen titulares de periódicos viejos. En la acera adelanto a una chica joven, más baja que yo, muy delgada, su pelo largo y negro, desordenado, la camisa asomándose por debajo de la chaqueta, como un estandarte medieval, un triángulo de color sobre un pantalón negro ajustadísimo, que termina pronto y muestra sus tobillos. Volga se detiene a mear, y mientras observo y escucho cómo la chica, a mi espalda, graba una nota de voz que dice: te voy a hacer un update de mi vida, tengo tendinitis crónica en la rodilla, me duele muchísimo, muchísimo, además ayer me pusieron una zancadilla por la noche, me caí, como si fuera poco, porque voy a ser coja toda la vida, toda, toda la vida. Acaba su nota al tiempo que Volga de mear. Está llorando. ¿Quién habrá recibido su angustiada voz, qué teléfono habrá vibrado en algún lugar de la ciudad, qué otro mensaje recibirá de respuesta? Volga me guía ahora hasta el parque frente a casa, allí la suelto, allí Volga corre unas espirales alocadas a velocidad de vértigo. Parece que su cuerpo es lo único que se mueve en la mañana de domingo. Se agota pronto y me demanda volver a casa: volvemos a casa. A lo lejos observo a la chica del mensaje. Está entrando en el portal vecino. Observo que tiene una cojera en la pierna izquierda, aunque es ligerísima. Diría más bien que parece caminar lento antes que balanceando. Diría más bien que, si no la hubiera escuchado, jamás me hubiera fijado en ese detalle.

Al subir a casa otro drama: los vecinos. Desde que se prometieron han decidido multiplicar las peleas, tal vez lecciones de un cursillo acelerado de preparación al matrimonio (pensé escribir parto). Él le dice a los lejos –debe estar en la cocina— que, desde que se han levantado —son las doce— le lleva toda la mañana jodiendo, y que le deje de una vez en paz: sí, he pillado el drama in medias res. Ella responde, sobrepasando el volumen de la radio, que solamente pretendía ir a casa de sus padres a recoger algo de ropa, que cuando se refería a coger algo de ropa el domingo por la mañana en casa de sus padres —enfatiza cada sílaba— se refería justamente a eso, a pasar un momento por casa de sus padres, y coger la ropa, nada más. El mensaje que me envían las baldosas del baño es claro, así lo pienso mientras acabo de mear y, a continuación, muy rápido, apunto sus palabras, porque ya vislumbro esta entrada del cuaderno, y como la pluma está lejos y como no encuentro el cuaderno algunas se me olvidan, pero mi vecina, para ayudarme, se hace eco a sí misma, y las repite, tal vez para ratificarse aún más, tal vez por disipar siquiera cualquier culpa de su lado, porque, se redice, sus palabras fueron meridianas, son meridianas, y cuando quiso decir que tenía que ir a casa de sus padres etcétera etcétera etcétera, gracias, gracias, he tomado nota, y añade a continuación —ha apagado la radio, su voz es terrible— que es un gilipollas, un gilipollas, y que le deje en paz. En qué momento se comienzan a decir los amantes estas palabras, y por qué extraños giros del afecto regresan luego a la normalidad, la que imagino esa misma noche, cuando cruce su puerta y Volga y yo olfateemos el olor de la tortilla francesa que suelen cenar. Menos mal, pienso, que el adelanto de hora de esta noche anterior ha reducido en sesenta minutos los márgenes del insulto, y también supongo la tristeza y el dolor de esa rodilla afectada. Con la sucesión rápida que solo ocurre en los comics, una hilera de seis corazones vibra en mi bolsillo. Sonrío de felicidad, y ahora el tiempo, como un acordeón, se agranda, y me descubre, hipnotizado, que aún hay espacios puros, de amor y felicidad. De uno depende –eso espero— que continúen así, como un armonioso edén, incorruptos, sin zancadillas ni insultos.

Las trompetas de Mahler

bhavyesh-acharya-2787Subido al dieciséis, sigo tarareando las trompetas de Mahler. El auditorio se va estrechando a mi espalda: una persiana que, hasta dentro de dos semanas, baja. Regresado a la calle, aturdido de música, aún no he vuelto a la realidad, la de una noche calurosa de sábado, de gente iluminada por móviles, de un autobús volando por Príncipe de Vergara hacia mi casa, y en el autobús una conversación lateral en la cual, casi sin esfuerzo, casi por aburrimiento, casi por contaminación acústica, me cuelo. Ella tiene el pelo blanco, está sentada junto a la ventanilla, agarra con fuerza un bolsito dorado, como si temiera un robo. Él es calvo como una roca, con su busto me tapa el de ella: un eclipse. Se tratan de usted. Ella le informa de que vive en Chamartín desde hace más de treinta años, y que es viuda, como si los datos fueran en ese orden de importancia. Él asiente, yo asiento, yo me pregunto cuándo y cómo se conocieron, y por qué vienen hablando —descubro— de Dios. El hombre está serenamente indignado con la juventud actual —¿la juventud no es siempre actual?—, y, en su diagnóstico, apunta a mayo del sesenta y ocho como inicio de la deriva, de la pérdida de valores, de la imbecilidad reinante, de la falta absoluta de creencia en Dios. Su tono es amargo pero vivo. Dice mayo del sesenta y ocho pero parece que hablara de hechos próximos, que le afectaran con el impacto de lo reciente. Galante, él se ofrece a bajarse —utiliza la palabra apearse— una parada después de la suya, para así coincidir con la de ella, quien le agradece el gesto. Ya los dos de pie, ya a punto de enfilar los escalones, ya a punto de salir para siempre de mis vidas, ella responde al eclipse, que le escucha agarrado a la barandilla, atento, y a mí, que apunto en el cuadernito, lo siguiente:

— ¿Cómo no creer en Dios? Yo, yo tengo pruebas palpables de su existencia.

La pluma se ha quedado, milagrosamente, sin tinta. En la acera, advierto que ella cojea de la pierna izquierda, y que él parecer lanzar un brazo involuntario sobre su espalda, como un afecto incierto. Sus trayectorias divergen. Las puertas se cierren de súbito. El autobús avanza dando brincos. Estamos los tres nuevamente separados, como, supongo, siempre ha sido antes, pero me hubiera gustado seguirles escuchando, escribiendo, sabiendo de esas pruebas palpables de una existencia que a mí, aturdido, me han dado las trompetas de Mahler un ratito antes.

 

 

 

 

Lorca que estás en los cielos

AD05410_9.jpg¿Está libre? Con demasiada frecuencia, me responde y continua: bienaventurados los que viajáis, porque de vosotros es el Reino de los Cielos. Sonrío: no hace falta que le indique mi destino. Apaga la radio: él pone la voz, yo el silencio de una pluma abierta sobre mis piernas, moviéndose con velocidad de estenotipia. Nunca me llega a decir su nombre. Le calculo unos sesenta años, aunque parece joven porque es delgado, tiene abundante pelo en la cabeza, apenas alguna arruga en la frente y en el cuello, color de piel moreno, saludable. Su acento no es canario. Como si leyera mi mente, me cuenta que nació en Granada, que lleva muchos años viviendo en Arrecife, junto a su mujer, lanzaroteña, y su madre, ya muy anciana. Su madre —primera rotonda— también es de Granada, o más bien de cerca de allí, de un pueblo llamado Viznar. ¿Lo conoce? Mi cabeza asiente en su retrovisor y, de golpe, junto a mí, donde termina mi pierna, un nuevo pasajero, también de súbito, tras la ventanilla, un paisaje distinto, un barranco de tierra mil veces removida, mil veces sin éxito, y que se parecen mucho el uno y el otro, el que observo camino del aeropuerto y el que imagino en sus palabras, las que me relatan ahora que su madre, aún hoy, en Lanzarote, recuerda cuando, de joven, le llegaba, tras las persianas bajadas, el sonido lento de camiones subiendo la noche frente a su casa, los motores al borde del síncope, también ellos, ella, su marido, la vivienda entera estremecidas, regresando los dos, de la mano, asustados, a una cama y una habitación calurosas, a un sueño imposible porque más tarde, en mitad de su insomnio, viniendo de un lugar indefinido, el sonido de disparos, una luz en las retinas, tal vez real o tal vez inventada, como el periscopio de una tragedia reflejada, y luego un espacio larguísimo de miedo, ya el alba turbia contra las persianas, contra la fachada que se va revelando blanca, contra los camiones amanecidos, bajando ya la cuesta, aliviados de carga, regresando al sueño de sus cocheras en Granada, a un cuartel como el que ahora me señala con el dedo, a las afueras de Arrecife, donde mi taxista hizo el servicio militar, allí, allí —segunda rotonda—, allí me pilló el golpe de Estado, era entonces cabo segundo, no gran cosa, y un mando superior me ordenó que todos estaban con los golpistas, lo repitió dos veces, como para convencerme del significado literal de la palabra todos, y por lo tanto, en caso de enfrentamiento con un civil, no dudara en enseñar el arma, se trataba de un estado de excepción, y él le respondió que no —acababa de subir las ventanillas en la entrada a la autopista—, no, claro que no, porque cómo iba él a encañonar al pueblo, si su padre había sido comunista y había escrito en el diario El Obrero, si él compartía también esas ideas, no, claro que no, encañonar al pueblo, ¿qué o quién era el pueblo? —me preguntó por el retrovisor, yo alcé los hombros—, salvadores de la patria, se hacían llamar —la velocidad aumentaba— pero la patria somos todos, todos — tomamos entonces una curva cerrada, y pareció como si allí se cayera esta conversación y empezara, punto y aparte, última recta, una nueva conversación, más breve y actual—, y me habló entonces de Luis Landero, a quien había escuchado hace un rato en la radio, mañana se acercaría a la biblioteca de Arrecife a buscar algún libro de él, ahora, con la crisis —abrió los brazos abarcando el horizonte—, tenía más tiempo para leer, es lo bueno, pasar mucho tiempo en las paradas, tiempo para leer más, para mirar el mar, charlar, fumar, y tras cerrar el capuchón de mi pluma y coger la maleta le doy las gracias por la conversación, le pago y me sitúo en la cola de Ryanair para facturar —tres quesos, un disco de Mozart de segunda mano, un traje que debe ir al tinte—, y aguardo junto a tres hombres de una compañía de seguridad privada que charlan cansados, ayer fue noche carnaval y estuvieron de jarana, uno de ellos en un bar nuevo que recomienda a los otros, en el comienzo de la calle José Antonio Primo de Rivera, y el de su izquierda niega con la cabeza, no, no, ya no se llama así, la calle es Manolo Millares, pero el primero le responde con una risotada, Manolo Millares, y como celebrando su ignorancia pregunta a sus compañeros si saben quién es Manolo Millares, y los dos levantan los hombros, y yo también, nadie sabe quién es Manolo Millares aunque tiene una calle, y el primero se despide y dice que para él esa calle será siempre así, José Antonio Primo de Rivera, que por algo se la darían a él primero. La pluma ha vuelto a volar sobre el papel tratando de apuntarlo todo. Dejo mi maleta en la cinta, siete kilogramos y medio, digo:

— Buenos días.

Y me responden unos brazos tatuados pidiéndome el DNI. He recuperado el habla, es momento de que el habla se convierta en palabras. A veces, para escribir, todo es casual, nada es voluntario. Lo único que hace falta es bajar las ventanillas, abrir el cuaderno y escuchar.

Cuadernos de guerra de Louis Barthas

cubierta_BARTHASLouis Barthas fue llamado a la guerra en agosto de 1914. Tenía treinta y cinco años. Se despidió de su mujer y dos hijos, de su trabajo de tonelero, y marchó a Narbonne, una fea ciudad militar del sur de Francia. Como la guerra devoraba víctimas, fue llamado al frente en el invierno del mismo 1914. Durante los siguientes cuatro años vivió la guerra de trincheras.

Si hablamos de Louis Barthas es gracias a los cuadernos en los que dejó testimonio de la contienda europea. Esos carnets de guerre pasaron a su hijo Abel, que llegó a ser alcalde de su ciudad natal, Peyriac-Menervois, y posteriormente fueron entregados a su nieto Georges. Cuando Georges trabajaba como profesor de dibujo en Carcassone, mostró los cuadernos al profesor de historia del liceo, que utilizó ciertos pasajes en su actividad docente. La noticia de su existencia llegó a los oídos de Rémy Cazals, profesor universitario en Toulouse experto en la Gran Guerra, y que impulsó con éxito la edición de la obra en 1978.

Lo que diferencia la crónica de Louis Barthas respecto a otros testimonios sobre la Gran Guerra está dicho en su propia portada: Les carnets de guerre de Louis Barthas, tonnelier, 1914-1918. No estamos ante una obra escrita por altos mandatarios políticos o militares, ni tampoco por especialistas en la materia. Su autor, sin embargo, es un tonelero. Un oficio humilde que desarrollaba en el diminuto pueblo de Peyriac-Menervois, situado en una zona de producción vinícola. Allí, en una tarde calurosa del mes de agosto, Louis Barthas escucha el sonido de un tambor. Piensa que se acerca algún grupo de acróbatas, pero se trata de la llamada a la mobilisation générale. Mientras se despide de su familia asiste atónito a la felicidad general que suscita la contienda. Comienza así la historia del manuscrito.

La segunda gran singularidad de la obra está en el punto de vista. La narración de Louis Barthas es la voz de una trinchera: una voz colectiva, de hombres hermanados por sentimientos de afecto y miedo. Una voz manchada de tierra, que busca ser altavoz de los ideales socialistas y pacificistas de su autor, y por lo tanto una voz que lucha contra las mentiras de la propaganda, pero también contra la injusticia de los mandos militares. Las trincheras son campos de concentración con forma de pasillo: en ellos la intimidad está suprimida. Todo se sabe, y todos consideran a Louis su portavoz: el portavoz de los poilus («peludos»), apodo de los soldados franceses durante la Primera Guerra Mundial. Cada línea de su cuaderno, y son diecinueve en total, es una reivindicación de la dignidad de otras tantas voces anónimas. El testimonio de cuatro años sin poder dormir sobre un colchón. Mientras leo a Barthas sobre el mío, en la comodidad doméstica de una mesilla de noche, una lámpara y un dormitorio con mantas, me imagino a Louis Barthas en blanco y negro, pasando frío con su pelo cortado como si fuera un monje, su largo y algo ridículo bigote, el cuerpo combado sobre su cuaderno. Louis Barthas haciendo literatura sin pretenderlo, buscando que sus páginas sean el periscopio exacto de lo que sucede algunos metros más arriba. Y que las palabras, ordenadas en estructuras más amplias, sirvan para domesticar el caos, o al menos un alivio que equilibre el sinsentido de la batalla. Palabras por lo tanto como disparos de luz, que hacen más habitable un mundo que, ahí arriba, no lo es.

Los cuadernos están escritos en el acto, y siguen el desplazamiento de su autor, que es el de la propia guerra. Un movimiento contrario al de las agujas del reloj, y que le lleva primero en Narbonne, ciudad a donde llega como soldado de reserva. El ritmo de muertos acelera la reposición de tropas, y Louis Barthas pasa con rapidez a primera línea de batalla. Primero en la guerra de movimiento, luego en trincheras. Las zanjas le llevan a Artois, después a Verdun, escenario de la batalla más larga de la Gran Guerra, luego a Champagne y, finalmente, a Somme, una localidad situada a ciento cincuenta kilómetros al norte de París.

En Somme tiene lugar la batalla más sangrienta de toda la guerra. Se calcula que en los primeros seis minutos de la misma ya habían fallecido veinte mil soldados, principalmente británicos, y que fueron barridos por las ametralladoras alemanas. Cien años después se siguen encontrando cadáveres y objetos cada vez que se mueven tierras en esta zona del norte de Francia. Para el escritor inglés Geoff Dyer el siglo XX está concentrado allí: el monumento funerario levantado en Thiepval es una profecía. Un recuerdo del futuro.

Pero Louis Barthas nos escribe desde el presente: es un soldado raso durante el día, y un cronista durante la noche. Cuando los compañeros duermen él alza la mano, detiene el tiempo, y lo escribe. La pluma roza el cuaderno, y lo perfora con una rugosidad de aguja de vinilo. Nuestros ojos escuchan lo escrito. La obra interesa de principio a fin, sin pausa, como una larga pesadilla a la que nunca vence la mañana. Pese a su homogeneidad, querría destacar el cuaderno de los días pasados en Somme, a mi juicio la parte más estremecedora e incluso bella de todo su pentagrama de violencia: «Sans arrêt le ciel était zébré d´éclairs, illuminé, embrasé de lueurs fulgurantes, de clartés brusques, le tout accompagné d´un grondement sourd et continu» («Sin tregua, el cielo se poblaba de rayos y de chispas, iluminado, inundado de luces fulgurantes, de violentos fogonazos, todo ello acompañado de un gruñido sordo y continuo», en la estupenda traducción de Eduardo Berti).

Para remontar la moral, algunas noches la banda interpreta valses y mazurcas. Su música es silenciada por cañonazos aislados, o bien ignorada cuando los oídos prestan atención a los compañeros que regresan del frente. En medio de ese mundo de violencia, Louis Barthas se eleva sobre los hechos, e intenta buscar las razones que mueven a la violencia: «Et nos chefs ne s´y trompaient pas, ils savaient bien eux que ce n´état pas la flamme du patriotisme qui inspirait cet esprit de sacrifice, c´était seulement esprit de bravade pour ne pas sembler plus poltron que son voisin, puis la présomptueuse confiance en son étoile, pour certains la secrète et futile ambition d´une decoration» («Pues bien, nuestros jefes no se equivocaban. Sabían bien que no era la llama del patriotismo lo que inspiraba nuestro espíritu de sacrificio. Era tan solo la voluntad de lanzar amenazas, pues nadie quería parecer más cobarde que el vecino. Era la presuntuosa confianza en su buena estrella, o, en ciertos casos, la secreta y fútil ambición de una medalla, de un galón»).

La guerra convirtió a Louis Barthas en escritor sin él quererlo. Uno acaba la lectura de sus Cuadernos sintiendo un egoísmo feliz: el disfrute raro de haber asistido a hechos terribles que ya no le alcanzan sino en la imaginación. Alzo la vista, me actualizo al presente, y me pregunto cómo sería hoy un libro de naturaleza semejante. Dado que la guerra sigue ahí fuera, en los bordes mismos de Europa, continua idéntica la necesidad de expresar el miedo. La escritura se vuelca ahora en cadenas infinitas de whatsapps, en palabras abreviadas y emoticonos, en llamadas telefónicas, en videoconferencias desde ordenadores portátiles. Si alguien del futuro tuviera que leer nuestro presente, deberíamos sacar de las máquinas toda ese largo guión, y volcarlo en un cuaderno. El medio cambia, pero no su fondo.

Un siglo después de que terminara la Gran Guerra, los conflictos bélicos parecen más económicos, como si las vidas humanas cotizaran en bolsas de comercio. No hay declaraciones de guerra entre países, ni fechas que apuntar que indiquen el comienzo de una contienda: todo es más sutil pero todo es igualmente terrible. Porque un siglo después se mantienen la estupidez humana, el abuso de poder, el espionaje entre países y el engaño cruel a las masas. Hoy, mientras redacto estas palabras, puede que se estén tecleándose otras idénticas en el interior de una tanqueta entre Ucrania y Rusia. Un joven que digita en su Iphone rodeado por el sonido sordo de la violencia. Al teclear, tal vez sin saberlo, ordena en palabras el miedo de una desorientación colectiva. Porque cada palabra de ese joven, como las de Louis Barthas, es una nota musical: una impresión sonora que tiene una cualidad duradera, que se guarda para siempre. Las palabras suenan: en las teclas de una máquina de escribir, en las de un teléfono, en las páginas combadas de un cuaderno, en los labios y en la mente de quienes las repiten mucho tiempo después. Louis Barthas iniciaba su relato con el sonido de un tambor. Lo termina, cuatro años después, con el goce sencillo de escuchar, desde su dormitorio, al viento agitando las persianas, o la lluvia doblándose contra su patio de baldosas. Leyendo los diecinueve cuadernos reconstruimos un pasado que produce vergüenza, pero que nos permite disfrutar de una música pacifista, y a ratos poética, como resistencia sonora frente al horror.