Coldplay en medio del ambiente

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Olvida la memoria, recuerda internet: domingo 20 de mayo de 2012. Coldplay presentaba en el estadio Vicente Calderón su disco Mylo Xyloto, de contenido tan feo como su título.

Era el cansancio. Era la lluvia. Era la perspectiva amarga del lunes. Era la mezcla de curiosidad -poca- y de pereza -mucha- ante los conciertos de estadio. Era la época del tinnitus. Del mío y de Chris Martin, cantante de la banda. Era la gira de las pulseras luminosas, activadas por radiofrecuencia, agitadas por el público y cambiando de color en sincronía con la música. Era.

Mi amiga Isa decidió que fuéramos en coche hasta el pie del escenario. La idea me pareció un error, aunque respondí que perfecto. Mi sobrino Aitor, cuando era niño, colocaba sus cochecitos de colores en línea. Movía luego los del final al inicio de la fila, y así sucesivamente. Un atasco perpetuo, parecido al que Isa y yo nos encontramos. Hoy, 2019, Aitor cumplió dieciocho años. Nosotros, 2012, conseguimos por fin aparcar, pero en el otro margen del río. Había dejado de llover. El estadio se veía a lo lejos.

Llegamos al recinto, nos robaron veinte euros y bebimos dos minis de cerveza; o fue más bien al revés. Entonces se apagaron las luces, rugió Madrid. Durante el concierto sentí que. No, no sentí nada. Ante la ausencia de emociones, me dediqué a observar. La euforia de la banda, la sobredosis de luz y confeti, el espíritu de éxtasis colectivo, todo hacía más doloroso mi vacío, mi ausencia de empatía hacia el espectáculo. Las canciones llegaban, era procesadas, se marchaban sin casi emoción. ¿Era porque mi interés musical caminaba ya por otros estilos? No, pues al volver canciones antiguas -de Coldplay, pero también de otras bandas-, se revelaban vigentes, y me emocionaban. ¿Por qué entonces mi apatía? ¿Porque Yellow me parecía muy buena y Paradise muy mala? ¿O tal vez porque presentía que el pasado sería siempre más poderoso que el presente, más lleno de significado, y que lo nuevo sería una versión débil, repetida, de algo ya conocido? Deseé que mi presentimiento fuera falso -lo deseé un domingo de mayo de 2012, pero también ahora, mientras escribo-: no, no, no, nunca convertirme en una persona adormecida, incapaz de estar alerta, nunca vivir condenado a que la vida fuera, sea, es, una gramola.

Todo el concierto respondió al canon de la grandilocuencia. El único fuera del guion era yo. Quizás por este motivo, y porque apretaba la vejiga, salí de escena mientras sonaba Clocks. Llegué con facilidad a los urinarios. Mientras meaba conté los segundos que duraba el pis -rareza que, hago prolepsis, he extendido al pis de mi perra-. En el segundo veinticinco comenzó Fix You. Entonces. Entonces punto y aparte.

Entonces los vomitorios del estadio temblaron. No cantaba Chris Martin, no cantaba el público. Cantaba el estadio: su hormigón, sus pasillos, sus gradas, sus pulseras y sus teléfonos móviles, cantaba el césped protegido con su lona azul, cantaban la hilera de banderas en lo alto, cantaba mi colita -definida así con la mayor precisión- y que agité rápido antes de subir la cremallera -afortunadamente en ese orden, sí-.

A la salida del baño el tema de esta anécdota: una pareja peleando en el pasillo. A gritos. El estadio chillaba y ellos chillaban. La discusión era tan exagerada, tan de teatro griego, que parecía una actuación. Otra actuación. Programa doble. No podía ocurrir algo así de dramático, así de irreal, ella alejándose, subiendo unos escalones, señalándolo con un dedo pontificio, él sintiéndose el hombre más desdichado del mundo un instante, el más cabrón al siguiente y, a nuestro alrededor, todos aturdidos mientras Chris Martin a lo suyo con Fix You. Supongo que pensé lo mismo que cualquiera: si Fix You no puede -literalmente- arreglar tu relación, es mejor ir hacia otro lado. Tal vez ese otro lado que yo había iniciado alejándome de Coldplay, aunque estuviera frente a ellos, ahora de nuevo junto a Isa, sin demasiadas ganas de estar allí, pero al menos sin pis.

Años más tarde, de noche, una luz se reflejó en la pantalla del ordenador. Provenía de mi espalda. Era la pulsera de Coldplay. Había que devolverla al salir del estadio. La pulsera se había encendido. Parpadeó unos instantes y luego se apagó. ¿Una señal? ¿Una señal de qué?

Siete años después, en el 2019, leo que han publicado un nuevo disco y que, por evitar el impacto medioambiental, no harán gira para promocionarlo. El futuro está en el pop de proximidad -Ignacio dixit-. Toca barrer el grafiti lanzado, e imagino una escoba limpiando el estadio vacío, que además ya no existe, y me pregunto qué habrá sido de esa pareja. Me pregunto también si volvería a un concierto de Coldplay. Y si lo hiciera, por qué razón. Por confirmar si reside en mí -así lo espero-, una ventana a lo nuevo, que mantenga el interés por escuchar y mirar aun cuando el pasado sea cada vez más grande. O tal vez por orinar de nuevo, ir contando los segundos y, al salir, encontrarme con la música y no una discusión. Por sentirme parte de un colectivo y agitar convencido una pulsera que, aún sin batería, siento o deseo sentir llena de luz y de presente. Por eso que, cuando escucho Champion of the World, un nuevo tema, y algo aletea, se agita dentro de mí, siento la felicidad de estar vivo, despierto al talento de lo simple, de lo bien hecho, y concluyo con la frase que debió ser la primera, y también la última: Mylo Xiloto me pareció una contaminación medioambiental. El nombre de una mala gragea Un ruido en los oídos que todavía sigue pero que ya no molesta tanto, porque sabes que es una parte, aunque incómoda, de ti. Ha bastado una canción para descubrirme, siete años después, que la vida no es una gramola. Espero que tampoco para esa pareja: estadio vacío.

Instantáneas de una tarde de viernes

El sombrero del rabino estrecha el bulevar. Dos ancianas, junto al quiosco, se asombran de estar vivas. Ha llegado el tapicero, señora, con precios imbatibles en polipiel, gomaespuma y damasco. En la frutería hay tomates en oferta. En la panadería hay hogazas de masa madre. En mí sólo ganas de ausentarme, de bordearme, de entrar en los cuerpos y en las cosas de todo lo que observo, de crecer y crecer, tomate, pan, sombrero, tapices, edad.

Relicario de objetos que fueron importantes (1): el fax

Las máquinas de fax murieron en mitad de una comunicación. Su arrinconamiento súbito fue animado por sus mismos usuarios. Gente como yo que, en el arranque de su vida laboral, debía de enviar a diario una infinidad de faxes a distintos bancos – un proceso largo porque cada fax obligaba primero a digitar un número en cuyo inicio siempre faltaban o sobraban prefijos o ceros, luego la zozobra del silencio, después un pitido con sonido y ritmo de mensaje morse y, por fin, si el número había sido bien marcado y la línea no comunicaba, el premio de una hoja confirmando la recepción, hoja que se grapaba sobre el documento enviado-, y en esa actividad larga el envío de cada fax presuponía la existencia de un receptor invisible, alguien a quien imaginaba idéntico a mí, alguien contra quien blandir, o ser blandido, por la certeza notarial de un documento enviado en un día y a una hora, y creo que de uno y otro, de mí y de mi fax-homónimo, llegó un momento de hartura, una expulsión tecnológica al advertir que había mejores formas para comunicarse, o que sin haberlas aún aquella que utilizábamos no encajaba con la realidad que anunciaban los móviles y los nuevos ordenadores, o -lo peor de todo, y posiblemente la verdadera razón-, no teníamos ningún interés en comunicarnos, y por eso que las máquinas de fax, abandonadas por aquellos que las utilizábamos, se inundaron de ofertas comerciales que nadie había solicitado, ofertas de estanterías a domicilio y dispensadores de agua para empresas, papeles inútiles que se amontonaban en la bandeja de faxes recibidos y que a veces se enrollaban solos y caían sin ruido sobre la moqueta, y en los últimos días del fax, cuando observaba sobre la moqueta, todavía con cierta alarma, faxes que habían fallado en su intento de comunicación -faxes mal transmitidos, faxes recibidos pero ignorados- sentía que una parte de mi vida también estaba allí, tirada en el suelo e inesperadamente obsoleta, sin comunicar nada a nadie, sin ser escuchada.

Benjamin

Eres gay. Es lo primero que pienso cuando abres la puerta, cuando me cedes el paso a un vestíbulo que ya conozco, cuando preguntas si quiero agua o café y me ruegas que aguarde sentado en un sofá. Desde el sofá se confirma mi primera impresión: un conjunto impreciso, curvo, de modales, de cortesía, el tono blando de tu voz, esa forma soñadora de mirar hacia la puerta, hacia mí, hacia el libro que tienes entre tus manos y que luego conoceré es Libérez votre créativité, de Julia Cameron. Una lectura apropiada para un amante del teatro y del cine y que ha trabajado como figurante en algunas películas francesas -recuerdo el título de Barbecue, tal vez porque me pareció poco prometedor-, pero de ese libro y de tu amor por los escenarios y de tus primeros trabajos en ellos sabré más tarde, a la vuelta de un restaurante italiano, próximo a la oficina, donde tú has compartido mesa con algunas compañeras  y yo he sabido, mientras pagaba mi cuenta, que es tu cumpleaños, y de vuelta en la oficina me has pedido un taxi para el aeropuerto, te he dado las gracias y he visto entonces el libro, lo he abierto mientras me hablabas de tus trabajos en el cine cuando, justo al colgar una llamada, tus compañeras han surgido de una esquina, sonrientes, rodeando un fondant de chocolate y sobre el fondant una vela, y te han cantado un cumpleaños feliz desafinado mientras la vela, antes de que soples la llama, se ha derrumbado sin ruido, blanda, y luego, mientras aguardo el taxi, he seguido hojeando el libro, en formato bolsillo, muy usado, y del que sobresalen flecos de colores que llevan a páginas subrayadas en bolígrafo azul, rojo, también lápiz. Mucho de su contenido te parece importante y lo demuestras con un trazo seguro. Deduzco tu pulso joven, firme, y que, si lees en el transporte público, sueles hacerlo sentado, con lo cual imagino vives muy lejos de tu lugar de trabajo, como casi toda la gente de París, y que puedes sentarte al comienzo de la línea, y al devolverte el libro concluyo que todos los recepcionistas del mundo sois, sin excepción, la vía de servicio hacia otro interés. Una lucha entre un destino, que en tu caso es el mundo de la ficción, y una realidad. Imagino que sueñas con recepciones donde los teléfonos no suenan de verdad, pero trabajas sin embargo en una que es real, dolorosamente real, y por eso que a veces surgen desajustes como el de hoy, al subirme al taxi y el taxi partir hacia Orly cuando mi avión despega de Charles de Gaulle, y lo recuerdo sin reproche alguno porque tú imaginaste un aeropuerto y yo otro, tú presupusiste mi destino y yo no te lo informé. Nos informamos por silencio. Una imprecisión de quien no está hecho de aquello que le sucede, de quien se agota en la presión de sus propios proyectos, y por mi amistad inmediata hacia quien busca una salida que he decidido escribir sobre tí, Benjamin, sobre tu vida llena de sueños, de aeropuertos imaginarios y de teléfonos que quisieras fueran de mentira, pero aplastada, sin embargo, por llamadas llenas de realidad.

Apuntes de Lyon

1.

Cualquier viaje empieza bien si se aterriza en un aeropuerto que tiene el nombre de Saint-Exupéry.

2.

Lyon son dos ciudades separadas por un río. Una ciudad es plana, comercial y hedonista. La otra es una colina que la protege y observa. En la primera el visitante mira a la segunda, boquiabierto por su verdor. En la segunda el visitante sigue boquiabierto, pero por diferente razón: sus cuestas lo dejan al borde del síncope. En cada una de ellas, el visitante quiere estar en la otra.

3.

Puede que la Lyon inclinada sea una digestión necesaria para los platos típicos de la ciudad. En ellos se mezcla lo que uno presupone de Francia —la elaboración lenta, el cuidado de las materias primas— con un elemento menos habitual: la casquería, servida en cantidad y contundencia significativa. En esa deriva calórica los Alpes se anuncian en el horizonte, y nos recuerdan que estamos en una región de montaña.

4.

Los traboules son un fenómeno turístico de la ciudad. Se trata de pasillos peatonales que cruzan los patios de edificios contiguos. Tienen una hermosura de piedra y silencio. Existe además el goce insólito de un edificio visto por su espalda, la intromisión en la vida privada de un vivienda, sus cubos de basura, sus buzones de correo, las bicicletas apiladas. Supongo que los vecinos, imaginarios tras las ventanas, conviven resignados con ese rumor sigiloso de las visitas guiadas. Supongo también que evitan una vida privada cerca de las ventanas. Si es que existe valor en hacer nuestra vida privada. Si es que alguien aún se asoma a las ventanas.

5.

Cenamos queso y embutido en el Café la Cathédrale, en el viejo Lyon. Contra los adoquines la lluvia choca, rebota, se hace abanico, desaparece calle abajo. En una mesa hay un anciano y su periódico. Lleva unas gafas de cristal grueso y una lupa de relojero que mueve de un ojo al otro, al ritmo de su lectura. Tiene esa dignidad triste de la gente mayor que se afeita y asea y sale a la calle vistiendo un jersey y corbata. Sin acercarme a él, sé que huele a colonia de baño. El anciano se comba sobre las páginas, concentrado en la lectura, ajeno a la música, al partido de rugby en el televisor, a los clientes que van y vienen. Les digo a mis amigos que ese hombre me gustaría ser yo. Se ríen, aunque supongo saben que no bromeo.

6.

Baja el vino y asciende el calor de la discusión. Intervencionismo del estado frente a iniciativa empresarial. Ineficientes subsidios frente a libre competencia. La vieja Europa perezosa contra los afanados chinos. Estado del bienestar o la ley del Oeste, y que gane el más fuerte. O bien capitalismo o bien una alternativa que, ay, carece incluso de nombre. Al enfrentamiento ayuda la simplificación que dan la amistad y el vino. A veces me pregunto por qué se discute de asuntos que, en el fondo, nos importan bien poco, y sobre los que jamás cambiaremos de opinión. A veces me pregunto por qué defendemos posiciones las cuales, de ser realidad, nos perjudicarían. Tal vez discutimos sólo para escuchar la versión más obtusa de nosotros mismos.

7.

Nuestro alojamiento es un apartamento turístico próximo a la iglesia de Saint-Michael. Se trata de un piso de verdad habitado, con botellas de vino y un queso abierto en la nevera, con fotos de sus moradores en las paredes del pasillo, con toallas recién dobladas y la última declaración de la renta sobre el sofá. Su dueño se llama Arik, nos desea un buen fin de semana, desciende por la escalera y mientras yo quedo sobre su felpudo: un traboule invertido, los papeles cambiados porque yo soy ahora propietario y Arik un turista que marcha. Su cara triste al darme la llave representa un desalojo obligado, y en mi tono débil de agradecimiento la culpabilidad por el dinero que vamos a ahorrarnos.

8.

Como cualquier taxista, el que nos traslada al aeropuerto simboliza un giro vital. En su caso una decisión voluntaria para recuperar el tiempo, compartir la vida con su mujer y sus dos hijos, abandonar por fin la fatiga perpetua de un trabajo que lo consumía. Menos dinero y más tiempo es la ecuación de su felicidad. Justo lo que nos hemos dicho, durante el fin de semana, tres amigos que llevábamos veinte años sin viajar juntos. Con ese propósito firme despegamos, aterrizamos, nos despedimos: menos dinero, menos trabajo, menos cansancio y, por el contrario, más tiempo, más tiempo para vernos. ¡Hay que verse más, claro que sí! Por si acaso no lo cumplimos de inmediato liquidamos las cuentas pendientes. Que en nuestra amistad no habite la demora.

El tiempo detenido

Me di cuenta el domingo por la tarde: el segundero del reloj automático daba brincos hacia adelante y hacia detrás, igual que un sismógrafo. Recordé a mi sobrina jugando con mi reloj durante la comida. Identifiqué la culpa, me declaré culpable. Seguro de que la historia iba a terminar como ahora sigue, hoy llamé al servicio técnico. Localicé el modelo, describí el problema, confirmé que la garantía había superado los veinticuatro meses, recibí un juicio rápido: el reloj no tenía arreglo. Haciendo autopsia mi mano, el reloj me pareció, con el segundero aleteando, un blando pájaro triste de largas alas perforadas. Era el juguete de un niño que entró en la adolescencia, era un número de magia por todos visto, era un circo y la atención fuera de la carpa. La mía tardó en volver a la línea, en escuchar que ya no era el dueño de un objeto moribundo sino un cliente, y que el fabricante ofrecía a sus clientes un descuento del cuarenta por ciento si compraban un nuevo reloj de, al menos, el importe de mi pequeño animal. No, no había otra alternativa. Los relojes de esta empresa suiza entraban en pérdida a los dos años: breve fragmento para un producto que se debía alimentar, precisamente, de tiempo. De tiempo ajeno. Y para que el tiempo siguiera avanzando, la única opción era comprar. Antes de escribir estas palabras guardé mi reloj en una gaveta del mueble de la entrada. La gaveta se cerró con un sonido egipcio de túmulo. La volví a abrir: el segundero seguía temblando, inercia última de un brazo que ya nunca lo movería. Cerré de nuevo el cajón, vencí las ganas de volver a abrirlo, volví a abrirlo, me llevé la correa —bigote de cuero— hasta la nariz. Olí mi sudor y me pregunté cuánto tiempo seguiría allí registrado.

Lesiones

Me hubiera gustado
decirte te quiero.
No girar el gesto,
no ver las diez y treinta desde la garganta seca.
Me hubiera gustado
salir de fiesta,
beber cerveza,
compartir una ensaladilla rusa,
echar de menos todo aquello que una vez criticamos.
Luego ir al baño,
hacer aquello que escribiría
si mi abuela no me leyera.
Pasear por Madrid de tu mano
si tu mano no hubiera sido tu mano,
mear y
mirar el móvil
y mientras, en los árboles,
amaneciendo,
alegres,
alegres pájaros.
Me hubiera gustado
decirte aquello
que me hubiera gustado
hubieras escuchado.
He vuelto sin embargo
solo hasta casa, Santa Engracia, Cuatro Caminos y
Bravo Murillo, la calle más triste a la hora del amanecer,
con una manguera que expulsa
en abanicos
los restos de la noche, con
neones apáticos y
el zapato derecho
que pisó una caca.
Un 27 anuncia que el mundo es una tostada y comienza a girar,
que la vida se hizo para los valientes y los que fracasan
y que yo no estoy en ninguna de esas categorías.
En Plaza de Castilla un gran depósito anuncia
el desagüe de mi estómago:
pienso que podría llenarlo si quisiera de palabras
y en una esquina, farola humana, compruebo que existe el amor,
es decir,
que sobran las palabras.
Los retrovisores venden oportunidades y
compran oro, depilan con diodo y enseñan inglés.
Me derrumbo junto a un León,
la realidad se tuerce,
las gafas dejan de funcionar,
huele a café y recuerdo que hoy,
a las seis,
juega el Madrid, tan plagado
de lesiones como yo.

Existencias paralelas

Subimos a la cabina. Al primer balanceo caí dormido: duermevela de metal suizo bajo el cielo de Madrid. Sin motivo, abrí un ojo: estabas en la cabina opuesta, muy cerca y muy lejos a la vez. No me mirabas. Así habían sido nuestras vidas, siempre en paralelo, siempre suspendidas, siempre aguardando a que alguien tirara de ellas. Lamenté que, para avanzar uno, ello significara alejarse del otro. Luego lamenté haberlo lamentado. Sé que después volvió el sueño. No recuerdo por qué desperté. Sí recuerdo buscarte a través del mismo ojo, la misma ventana, el mismo lugar, y en ese lugar un fondo de bosque y colinas, el azul de un lago, una noria en la hora de la siesta. Tu codo: advertí que estabas a mi lado, que íbamos a llegar, que debía ayudarte a cargar con la nevera portátil y la sombrilla y las mochilas para el picnic. Buscamos una sombra donde almorzar. Sobre nuestras cabezas iba y venía el ruido de las góndolas. Me preguntaste qué pensaba: en las existencias paralelas, en el otro a un tiempo próximo y a la vez alejado. Comprendí que sólo lograría avanzar llenándote de distancia. Mordí la tortilla, todavía caliente y con el huevo poco cuajado, como sé que sabías que me gustaba. Te respondí por fin que en nada, que no pensaba en nada. Di un trago a la cerveza y nos besamos.

Texto escrito en junio de 2019 para el V concurso de microrrelatos organizado por la EMT (Empresa Municipal de Transportes) de Madrid por el 50 aniversario de su fantástico teleférico. 

Requisitos para la formalización de una hipoteca ante notario.

Olvidé el DNI en el coche. Eso es lo que dije antes de levantarme. Mi cuerpo se hizo aire, el aire movió las hojas del préstamo hipotecario. En la ventana, detrás de las rejas, un martes. A mis palabras el despacho respondió con asombro. Salí despacio por el pasillo, bajé a zancadas las escaleras, atravesé rápido el portal. En la calle corrí sobre mi huida, me trastabillé, golpeé y fui golpeado, rebasé mi vehículo, crucé la avenida, entré en el parque, me senté, por fin, en la base del tobogán.

Mi corazón inmaduro jadeaba adulto. Advertí que el suelo de arena, en el punto de caída del tobogán, anunciaba un cráter infantil. Imaginé desde allí un túnel hasta la notaría. Luego, sin motivo, giré la mirada: en la plataforma superior aguardaba, silencioso, un niño. El niño y yo nos miramos. Parecíamos conocernos. El niño se levantó, palpó sus bolsillos, encontró en el derecho su cartera, en la cartera dos monedas, dos canicas, una púa verde de guitarra, también su DNI. En el izquierdo descubrió su móvil, y en el móvil doce, trece llamadas perdidas. Lo dejé lanzarse y caímos por el agujero que había observado.

En secreto

Se apagan las voces de la ciudad. La ciudad, su frontera, es un arco de vidrios rotos, de proyectos de urbanización, de telefonías que se debilitan. Un perro sin coordenadas ladra al miedo. Me coges de la mano, yo giro la cabeza: a la espalda el barrio es un brochazo sucio de luz, un objeto deformado tras el fondo de un vaso.

Vamos pisando, cayendo, avanzando, de nuevo pisando, cayendo, avanzando. Somos el ruido de una urgencia, un sonido prohibido que hace cómplice a la tierra. Nos detenemos en acorde. Estorban los brazos, los cuerpos, los cabellos. Las ropas se apiadan y desaparecen: cementerio textil. Cada uno, despojado de sí mismo, se convierte en el otro que desconoce. No lo sabemos pero, afanada entre las piedras, una lagartija nos observa. En el cielo, sobre la línea de tu brazo, interrumpe mi deseo las luces de un avión. Tal vez en él viajas tú.

Avanzar

En el año 1971 mi amigo Pablo tenía 14 años. A partir de esa edad su colegio ya no disponía de servicio de rutas escolares. Los alumnos debían entonces acudir a clase a pie o en transporte público.

Sus padres le enseñaron que, si en el metro alguien le preguntaba por el nombre de la estación, podía ser por dos razones: que la persona sufriera alguna limitación visual o, con más probabilidad, que fuera analfabeta. En un caso u otro, era obligado resolver la duda. Decir: Cuatro Caminos, Sol.

El analfabetismo parece un suceso en blanco y negro, un lejano abismo educativo, y sin embargo ocurrió hace bien poco, se marchó apenas a la vuelta de la esquina, y de él fue testigo quien hoy lo recuerda. Como tantos fenómenos en la vida de uno, parece que estuvieron siempre allí hasta que sucedió lo contrario, cuando un día se dieron la vuelta, desaparecieron, y sólo invocados por la memoria se advierte que ocurrieron hasta no hace tanto, que en el espacio de una sola existencia uno conoció gente que no sabía leer y escribir, pero también fumadores en el interior de los bares, y en su suelo nubes de serrín, que los niños viajaban sin cinturón de seguridad, que la economía se medía en pesetas y Europa era un sueño y el mundo y sus relaciones se regían sin pantallas.

Me pregunto qué fenómenos también un día, de improviso, se irán por una calle lateral, cuándo advertiré su ausencia y con qué palabras los convocaré, no tanto para restituirlos o por añoranza, sino más bien para certificar que una vez ocurrieron, que existieron en nosotros, que ellos ya no están pero nosotros sí. La vida siempre avanza a fuerza de reemplazos, sobre una superposición de llegadas y ausencias. Sobre esa voz que preguntaba el nombre de una estación y que yo, ahora, escucho de nuevo hecha recuerdo, pero que, subido al lomo alto de las letras, tengo la suerte de que no es sólo sonido, sino también palabra. Yo escribo su carencia. Por eso que siento lástima por esa voz subterránea, pero también defiendo el orgullo educativo de poder, hoy, narrarla, y siento por fin la responsabilidad futura de las palabras que esa voz no pudo pronunciar, palabras siempre pidiendo ser escritas, escuchadas, siempre queriendo unas sustituir a las otras, porque son también vida, y así avanzar.

La importancia de la ficción

Puede que el niño a quien lees una historia te pregunte:  ¿es verdadera? Si le respondes que no, exigirá entonces una real. No mantengamos esa actitud infantil hacia el libro que leemos.

Vladimir Nabokov: Littératures.

Y para suavizar cualquier postura:

No soy siempre de mi opinión.

Alfred DE VIGNY.

Vidas bancarias

Como mi contrato consistía en cubrir las ausencias de otros cajeros, cada vez que llegaba a una oficina tenía la sensación de que el banco libraba una guerra y que yo, joven universitario, dormido en un amanecer de agosto, era otro reemplazo estival en la batalla, un soldado de refuerzo destinado en el frente norte de Madrid. No sin motivo el espacio de trabajo -una habitación asegurada con cristal- recibía el bélico nombre de búnker, aunque ya en ese verano sucedía un proyecto para retirar los cristales y acercar el público al cajero, o más bien desincentivar que el primero usara el segundo, reduciendo puestos de trabajo y fomentando operaciones electrónicas.

Supongo que la entidad bancaria lo mantenía por sus méritos acumulados. O porque no sabía muy bien qué hacer con él, aguardando una decisión jerárquica lejana y que nunca llegaba, un punto mínimo en la agenda de los demás pero que, para él, condicionaría el resto de sus días. O tal vez continuaba allí por un sentimiento ajeno de culpabilidad, y es que al parecer fue siempre un hombre puntual, limpio, educado, querido por sus compañeros, un hombre que cargaba con prontitud los cajeros automáticos, que actualizaba libretas con una mano, con la otra entregaba reintegros de plisados billetes y mientras, mirando al cliente, le preguntaba por su salud, por la de su cónyuge, por el campamento de sus hijos, por la suegra que hace unos meses se fracturó la cadera, por el negocio de la frutería o el taller o el locutorio. Nunca enfermó. Nunca descuadró la caja. No bebía, no fumaba. Era seguidor del Real Madrid. Siempre actuaba bien, aunque en las quinielas elegía las casillas incorrectas. Era la solidez cíclica de un aspa, una regla rápida de multiplicar, una navaja suiza, un pulpo, un vértice múltiple. A su alrededor, sin tal vez saberlo, gravitaba la economía de un barrio.

Un día dejó de funcionar. Quedó sin cuerda, momificado frente a la pantalla de su ordenador. La orden que recibía un lunes la respondía el miércoles. No se sabe qué fue antes: si las quejas de los clientes o que el director lo apartara de la caja; si su apuesta por el silencio o el divorcio de su mujer; si su cara de pasmo o su incapacidad por articular palabra. Le colocaron en una esquina del búnker, como quien cuelga un almanaque o sitúa una planta de interior. Allí me lo encontré: era yo con cuarenta años más. Era yo en el futuro, yo acabado. Desde la oficina central me habían informado de que él me cubriría. Que aprendería de él. Que se sentaría a mi espalda. Lo miramos la directora de la sucursal y yo. Si él me cubría, qué hacía entonces detrás de mí. Sentí que hablaba a un aspirador descatalogado cuando le dije buenos días. Luego dije mi nombre. Luego dije hola. No respondió. La directora me miró como diciendo: es él quien necesita que lo cubran. Yo respondí en silencio. Es decir, asentí.

De su pasado supe gracias a un compañero de la oficina, mi último viernes en esa sucursal antes de ser movilizado a otro frente, mientras bebíamos cerveza y compartíamos una ración de ensaladilla. Justo hablando de él que lo vimos salir de la sucursal, ausente de sí mismo, arrastrando su calva y su tripa y su rostro de haber sido derrotado. Caminaba sin convicción. Fue verlo y la cerveza tuvo la urgencia de una cantimplora. Confirmó mi compañero que había sido un magnífico trabajador, pero que. Pero que. Pero que. Lo vimos desaparecer bajo un arco de letras doradas, invertidas, que anuncia la oreja como especialidad de la casa.

Mi compañero me invitó, le di las gracias, salimos a la calle. En la acera esperaba el fin de semana. Nos despedimos junto a su coche, un Renault Megane deportivo de color amarillo que entonces me pareció lujoso. Entonces. Sentí alivio al marcharme de allí, igual que alguien que quien cambia de canal cuando algo le disgusta. Creí haber olvidado esta historia hasta hoy, cuando me he cruzado con un hombre mayor que iba camino de ninguna parte, arrastrando su propia ausencia, y entonces lo he recordado. Me he visto en él, y he sentido pena. Pena de los dos. Pena de estar siempre descubiertos, siempre desnortados.

Tiempos islados

Hay días que anuncian su propio recuerdo. Se disfrutan y se extrañan a la vez. El tiempo no es lineal, lo sabemos, pero algunos días, los más luminosos, insisten en recordárnoslo. Todo en ellos es presente y, al mismo tiempo, memoria. Horizonte y hemeroteca. Azotea y bodega. Infinito y fugacidad.

Fue en Menorca, el último fin de semana de septiembre, junto a Andrés Neuman. El lugar una casa que era una interrupción de la naturaleza, nacida, literalmente, de la Tierra, dos plantas de una arquitectura que a veces me parecía colonial, como imponiendo una distancia, y a veces lo contrario, arquitectura festiva, invitando a ser habitada. En su interior fuimos catorce los asombros abiertos al talento de Andrés.

Junto a Neuman el tiempo es un asterisco. Una expansión que salta en todas las direcciones, en aviones que despegan hacia lecturas futuras, en cuartillas abarrotadas de ideas valiosas, en la compañía inesperada de otros tantos ojos atónitos. Junto a Neuman giran los relojes. Nadie los atiende. Manecillas ignoradas y entonces los brazos son libres, ríen, mueven las páginas de un libro, bracean en una playa tan irreal como un anuncio de cerveza, brazos que beben café, que escriben notas en un cuaderno, que espantan la curiosidad de las moscas.

La cocina fue epicentro de esa expansión. Un cuarto de máquinas que recordaba a esas cocinas inmensas de algunas películas y donde ocurren muchas cosas a la vez, una confusión alegre de voces y aspavientos, una cocina donde las paredes son un vodevil de puertas por las que no dejan de entrar y salir proyectos y personas. En la cocina se hablaba con esa confianza inmediata que se da entre desconocidos y que, sin embargo, sienten que comparten una experiencia en común. Todos allí éramos líneas paralelas que el taller aproximó, hizo discurso, como si, juntos, viviéramos en la panza de un acordeón, y sonáramos en acorde, feliz conjunto.

En la memoria queda la amistad de un tiempo compartido. La revelación de personas excelentes, alumnos y organizadores. Todavía saboreo una comida que fue color y textura. Guardo en un cajón, junto al pijama, el silencio nocturno de Menorca. Tengo vuestras caras, vuestros nombres, vuestros gestos. Cuando cruzo la cortina de lunares me ducho de nuevo en bañeras que sólo había visto antes en revistas de decoración y que, confieso, inundé a su alrededor como nunca he visto en revistas de decoración. Soy capaz de apagar la luz de la mesilla y que regresan, como hologramas invitados, las paredes de un dormitorio donde sólo pasé dos noches de mi vida. ¿Y las sillas del jardín? Me pregunto si las sillas de tela verde siguen dispuestas allí donde las dejamos, guardando la conversación de nuestras ausencias.

Si todo sucedió bien fue porque todo estaba dentro de un plan, y el plan era un misterio. Un plan que decía buenos días, que nos seguía hasta la playa, también de regreso, con el sol pegado a la espalda, un plan que nos daba de comer y que nos invitaba a comenzar, cada tarde, el taller. Todo sucedió en apenas tres días pero la memoria lo repite como si viviéramos dentro de un probador, espejos enfrentados.

Lo bien hecho esconde los esfuerzos, así que debo dar las gracias a Mariona y Josep por la escritura invisible de esta historia. En próximos aislamientos, y para que todo se vuelva a aislar, para que el tiempo sea azotea y se guarde en bodega, será crucial, de nuevo, los alumnos y el maestro. Espero estar entre los primeros. Os dejo a vosotros, de nuevo, volver a ser nuestros maestros.

Los extremos de una jaula

La cocina era mi despertador. El estrépito de unos platos, un timbre, dos, mi madre al teléfono con alguien, o tal vez con mi almohada, el silbido ferroviario de una olla, un furioso brazo de cocina removiendo un color, la ansiedad naranja de una picadora eléctrica, en el transistor la voz alta de Iñaki Gabilondo. A modo de bocina, todo ese sonido se agrandaba por el pasillo, luego se encogía y plegaba por debajo de mi puerta, subía hasta la cama como un aviso incómodo de actividad. ¡Que ya es de día!, era el ejercicio matinal de mi abuelo, tocando el piano sobre mi puerta, y tenía razón porque la mañana se tumbaba ya sobre las sábanas, una orilla de luz curva y atigrada de sol.

Dudaba si levantarme o seguir tumbado. Me preguntaba en qué momento unos nudillos tocarían mi pereza. O cuándo mi pereza, cansada de sí misma, decidiría levantarse. También pensaba si, tumbado en la cama, ajeno al mundo de las noticias y la responsabilidad, estaba siendo yo mismo, intrínsecamente libre, o tal vez me estaban dejando en libertad; si el mundo era un horizonte que siempre avanza y se escapa o si, por el contrario, yo era un animal pequeño y alegre que desconocía aún los extremos de su jaula.

Aunque ya no escucho la voz de Iñaki Gabilondo ni la acción de los calderos ni la voz de mi madre, aunque todo ello se ha borrado y, como una secuela de ese brazo de cocina, el ruido es ahora un zumbido perpetuo, cada mañana se repite esa misma duda, y me pregunto cuánto de mí hay de libertad y cuánto de unos nudillos invisibles que, ¡toc, toc!, llaman a la puerta y me exigen actividad.

Mano adormecida

Mano adormecida,
estría de la agenda:
última reunión.

Noche intermitente.
Bosteza un garaje.
En el retrovisor, un lunar.

Por el pasillo avanza
una generación en zapatillas:
frente a verduras y plasma
el padre quiere ser niño
la madre quiere ser niño
y el niño que lo dejen en paz.
Si los afectos fueran transitivos
el mundo sería un jardín de infancia.

Mano adormecida, se aburre un pulgar.
El gol no debió subir al marcador
y el cupón tocó en otra puerta.
La noche son filos rojos en el salón,
duermevela electrónica y en el pasillo
el regreso a regiones remotas
de habitaciones próximas.

Mano adormecida
que acaricia con desánimo,
que besa por rutina,
que apaga esta luz.

RECUERDOS DEL DOCTOR WATSON (Juan José Saer)

Vimos con Holmes la lluvia desde el carruaje

en la hermosa avenida Brixton, yendo hacia Andley´s

Court.

Esta tarde en el Concert Hall oiremos cantar a Norman

Neruda.

Ráfagas mudas de agua lenta golpeaban contra los vidrios,

férrea

realidad nos rodeaba y nos movíamos en ella, nítidos.

Puedo,

si quiero, evocar el preciso rumor de las ruedas sobre las

piedras mojadas.

y el resoplar de los caballos atravesando la ciudad familiar.

Ladrillos rojos chorreando agua, hombres borrosos en la

lluvia:

la luz de gas manchaba la oscuridad matinal. Siento otra

vez, con noble

fruición, el peso cálido y el vaho de nuestros abrigos,

la mirada de un muerto en honda persecución

golpeando contra el revés de mi mente. Hombres del

porvenir, plagados

de irrealidad, para ustedes no habrá nunca este collar

de sólidos minutos, este edificio de horas de piedra. La

niebla

carcomerá las paredes de Londres y el corazón de nuestra

descendencia

yacerá débil o muerto, ciego de humo amarillo. Honda

es nuestra propia vida en comparación, y benditos

nuestro violín, nuestra fiebre de Afganistán, nuestra

deliberada morfina.

 

Juan José Saer: Recuerdos del Doctor Watson. El arte de narrar. Poemas (1960-1987). Colección Visor de Poesía (Madrid, 2000).

 

 

Bienvenidos a Movistar

Escenario 1. Cliente que paga 90€ al mes y llama al Servicio de Atención al Cliente de Movistar, 1004, para que le aclaren una factura de 125€.

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Si está interesado en recibir información de nuestros servicios, manténganse a la espera. En caso contrario, pulse 1.

(Pulso 1).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(Pulso 91*******).

Por favor díganos brevemente el motivo de su llamada.

(Aclaración factura Movistar).

En estos momentos estamos ocupados. Por favor llámenos más tarde o envíenos un email a escríbenos@telefonica.es Además en Movistar.es podrá realizar todas sus gestiones. Gracias por confiar en Movistar.

Escenario 2. Cliente que paga 90€ al mes y llamó al Servicio de Atención al Cliente de Movistar, 1004, para que le aclararan una factura de 125€. No tuvo éxito. Piensa que, si guarda silencio, alguien se apiadará de él y atenderá su consulta que aún es consulta y no queja.

Bienvenido a Movistar. Le informamos de que esta llamada puede ser grabada por motivos de calidad. Para ejercitar sus derechos de protección de datos, infórmese en Movistar.es.

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(Pulso 1).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(Pulso 91*******).

Por favor díganos brevemente el motivo de su llamada.

(Silencio).

Disculpe, pero no le hemos oído bien, por favor díganos brevemente el motivo de su llamada.

(Silencio).

Lo sentimos, no podemos atenderle sin conocer el motivo de su llamada, gracias por confiar en Movistar.

Escenario 3. Cliente que paga 90€ al mes. Llamó al Servicio de Atención al Cliente de Movistar, 1004, para que le aclararan una factura última de 125€. La primera vez fue un fracaso. En su segunda intento pensó que, si guardaba silencio, alguien se apiadaría de él y atendería su consulta que aún era consulta y no queja. No fue así.

Siente que para Movistar él es ahora menos un cliente y más un paciente. Su problema tiene una cualidad hospitalaria. Y su paciencia además se acaba. Sabe que detrás de ese incremento hay una publicidad engañosa. Perdonen por la redundancia. Toda publicidad tiene algo de miopía: lo importante sucede en letras pequeñas. Mientras los canales deportivos se ofrecían gratuitos, un texto tan rápido como el balón, rozando por la base de la pantalla, decía lo contrario.

Se considera un hombre bueno hasta que llama a un servicio de atención al cliente. Entonces se inflama y llena de ira, muta en un ser agresivo, desconocido de sí mismo, un tipo que le repugna mientras marca el 1004 por tercera vez y se pregunta si ese número no tendrá algo que ver con las veces que deberá llamar.

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(Pulso 1).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(Pulso 91*******).

Por favor díganos brevemente el motivo de su llamada.

(Cabrones. Cabrones. Cabrones).

Si no tiene consultas sobre nuestro servicio, procedemos a cortar la comunicación. Gracias por confiar en Movistar.

Escenario 4. Cliente que paga 90€ al mes y que llamó para aclarar una factura anormal de 125€. Su primer intento fue un fracaso. Luego pensó que, guardando silencio, alguien se apiadaría de él y finalmente atendería su consulta. No fue así. Siente que, para Movistar, él es ahora menos un cliente y más un paciente. Y que su paciencia se agotó. Sabe que la publicidad es miopía. Lo importante no son las mayúsculas, lo que brilla, lo que destaca. Él se considera un hombre bueno hasta que llama a un servicio de atención al cliente. Entonces se inflama y llena de ira, muta en un ser agresivo, desconocido de sí mismo, un tipo que se repugna como cuandó marcó el 1004 y lanzó una nube blanda de insultos que no sirvieron de nada. Concluye que deberá disfrazar su ira, jugar contra la multinacional con sus mismas reglas, esconder la consulta que ya es queja bajo una falsa solicitud de nuevos servicios y así, oculto en ese deseo perpetuo de más megas y más canales y por supuesto más facturación, atacar a un enemigo con las defensas bajas y la codicia alta.

Bienvenido a Movistar. Le informamos de que esta llamada puede ser grabada por motivos de calidad. Para ejercitar sus derechos de protección de datos, infórmese en Movistar.es.

Si está interesado en recibir información de nuestros servicios, manténganse a la espera. En caso contrario, pulse 1.

(Pulso 1).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(Pulso 91*******).

Por favor díganos brevemente el motivo de su llamada.

(Alta de canales Movistar Fusión Porno y Caza y Pesca, dice mientras piensa que esos canales, aleatoriamente elegidos, mantienen sin embargo una coherencia temática).

Le va a atender un comercial.

(El cliente sonríe adelantando su triunfo).

En estos momentos estamos ocupados. Por favor llámenos más tarde o envíenos un email a escríbenos.telefonica.com. Además en Movistar.es podrá realizar todas sus gestiones. Gracias por confiar en Movistar.

(El cliente esconde sus dientes y luego los aprieta).

Escenario 5. Cliente que paga 90€ al mes y llamó para aclarar el importe de una factura anormal de 125€. Pensó que, guardando silencio, alguien se apiadaría de él, atendería su queja. No fue así. Sintió entonces que para Movistar era menos un cliente y más paciente. Y que a Movistar ni le importaban los vivos ni los enfermos. Su paciencia como enfermo ya se agotó.

Sabe que la publicidad es miopía. Lo importante discurre al margen, en minúsculas letras. Qué sorpresa. Se considera un hombre bueno hasta que llama a un servicio de atención al cliente. Entonces se inflama y llena de ira, muta en un ser agresivo, desconocido de sí mismo, un tipo que le repugna como cuando marcó el 1004 y lanzó una nube blanda de insultos que, ay, no sirvieron de nada, un hombre que fue cliente y paciente e impaciente y que pensó que era una buena decisión disfrazar su ira, un desafío utilizando las mismas reglas de la multinacional, escondiendo su queja bajo una falsa solicitud de nuevos servicios y, camuflado en ese deseo perpetuo de más megas y más canales y por supuesto más facturación, atacar a un enemigo con las defensas bajas y la codicia alta, pero esa estrategia tampoco sirvió de nada, podría estar triste y sin embargo le mueve la excitación de un descubrimiento, una clave, la clave, la clave es ese número 1 que marca siempre al principio de su llamada y que le conduce a un laberinto sin salida, y que bastará esquivarlo para aclarar por fin su duda.

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(No pulso nada).

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(No pulso nada).

Necesitamos que diga o marque el número sobre el que desea realizar la gestión.

Por favor, diga o marque el número sobre el que desea realizar la gestión.

(Ese por favor me debilita, me hunde, cometo el error: marco 91*******).

Por favor, díganos brevemente el motivo de su llamada.

(No digo nada).

Disculpe, pero no le hemos oído bien. Por favor, díganos el motivo de su llamada.

(No digo nada).

Lo sentimos, no podemos ayudarle sin conocer el motivo de su llamada. Gracias por confiar en Movistar.

Escenario 6. Cliente que paga 90€ al mes y llama para aclarar una factura de 125€. Nadie le atendió en su primera llamada. Luego pensó que, guardando silencio, alguien se apiadaría de él, atendería su queja. No fue así. Siente que ahora no es ni cliente ni es nada para Movistar. Debería ser paciente, pero su paciencia hace tiempo que se agotó.

Sabe que la publicidad es miopía. Lo importante es aquello que escapa de nuestra atención. Qué sorpresa. Se considera un hombre bueno hasta que llama a un servicio de atención al cliente. Entonces se inflama y llena de ira, muta en un ser agresivo, desconocido de sí mismo, un tipo que le repugna como cuando marcó el 1004 y lanzó una nube blanda de insultos que, ay, no sirvieron de nada, un hombre que fue cliente y paciente e impaciente y que pensó que era una buena decisión disfrazar su ira, esconder su queja bajo una falsa solicitud de nuevos servicios y así, camuflado en el deseo perpetuo de más megas y más canales y por supuesto más facturación, atacar a un enemigo con las defensas bajas y la codicia alta, pero esa estrategia tampoco le sirvió de nada, luego creyó que había descubierto la clave, ese número 1 que marcaba siempre al principio para confirmar la información de los servicios de Movistar pero que sin embargo le conducía siempre a un laberinto sin salida, y creyendo que bastaría esquivarlo no lo pulsó y no obstante el resultado fue el mismo, y sólo entonces decidió una acción última, un intento desesperado motivado por el puro desconcierto de no saber cómo actuar.

Bienvenido a Movistar. Le informamos de que esta llamada puede ser grabada por motivos de calidad. Para ejercitar sus derechos de protección de datos, infórmese en Movistar.es.

Si está interesado en recibir información de nuestros servicios, manténganse a la espera. En caso contrario, pulse 1.

(No pulso 1).

Para poder ofrecerle la atención más adecuada, por favor diga o marque con nueve cifras, el número de teléfono sobre el que desea realizar la gestión.

(Pulso 91*******).

Por favor, díganos brevemente el motivo de su llamada.

(No ignoren mis llamadas).

Su línea no dispone del servicio identificación de llamadas. Con este servicio podrá conocer en cada momento quién le está llamando por una cuota mensual de 2€ IVA incluido, impuestos en Península y Baleares, IVA 21%, Ceuta IPSI 10%, Melilla IPSI 8%, Canarias IGIC 7%. Si desea contratar el servicio, diga contratar.

(Cabrones).

Disculpe pero no le hemos oído bien. Su línea no dispone del servicio identificación de llamadas. Con este servicio podrá conocer en cada momento quién le está llamando por una cuota mensual de 2€ IVA incluido, impuestos en Península y Baleares, IVA 21%, Ceuta IPSI 10%, Melilla IPSI 8%, Canarias IGIC 7%. Si desea contratar el servicio, diga contratar.

(Cabrones).

Gracias por confiar en Movistar.

Escenario 7. Cliente que paga 90€ al mes y ya no sabe muy bien si llamó para aclarar una factura anormal de 125€ o fue otro el motivo. Un cliente ingenuo porque pensó que, guardando silencio, alguien se apiadaría de él, atendería su queja. No fue así. Sintió luego que era menos un cliente y más un paciente para Movistar. Su paciencia ya se había agotado del todo. Un cliente que también sabía que la publicidad es miopía, porque lo importante es aquello que escapa de nuestra atención. Atención: que se lo digan al 1004. Ja. Un cliente que se definiría como un hombre bueno hasta que llama a un servicio de atención al cliente, porque entonces se inflama y llena de ira, muta en un ser agresivo, desconocido de sí mismo, un tipo que le repugna como cuando marcó el 1004 y lanzó una nube blanda de insultos que, ay, no sirvieron de nada, un hombre que fue cliente y paciente e impaciente y que pensó que era una buena decisión disfrazar su ira, tapar su queja bajo una falsa solicitud de nuevos servicios y así, camuflado tras un deseo perpetuo de más megas y más canales y por supuesto más facturación, atacar a un enemigo con las defensas bajas y la codicia alta, pero esa estrategia tampoco le sirvió de nada, luego creyó que había descubierto la clave, ese número 1 que marcaba al principio confirmando su deseo de información sobre los servicios de Movistar, pero que sin embargo le conducía a un laberinto sin salida, y creyendo que bastaría esquivarlo no lo pulsó y no obstante el resultado fue el mismo, y entonces decidió una acción motivada por el puro desconcierto de no saber qué hacer, y en esta rendición última descubrió no sólo que no podría aclarar nunca la factura, entender por qué le cobraban el fútbol si a él no le gustaba el fútbol y sólo lo había contratado porque era gratuito, o eso creía él o eso decían las letras grandes mientras la vida sucedía en las minúsculas, y que no sólo nunca podría darse de baja del servicio sino que además, por algún error de la alocución, el guion se había dado la vuelta, los papeles cambiados, y era ahora Movistar quien pasaba al ataque ofreciéndole el servicio identificación de llamadas, otro servicio que él tampoco necesitaba, o más bien sí, sí que necesitaba ese servicio pero en destino, necesitaba que Movistar identificara su llamada, SU LLAMADA, y por una locura de tiempo y cansancio y confusión acabó sabiendo que en Melilla y en Ceuta había un impuesto llamado IPSI, que le sonó a hipo, y en Canarias el IGIC, unas siglas que recordaba tumbadas en el precio de algunas revistas de cuando era pequeño, y que por fin, en un último rapto de lucidez, comprendió que lo que Movistar quería era que alguien escribiera su embrollo, lo verbalizara, y por eso que este cliente redactó las anteriores páginas y decidió enviarlas a un correo con descripción de imperativo llamado escríbenos@telefonica.es.

EPÍLOGO: El correo vino devuelto por exceso de espacio. No aclaraba si del remitente, o del destinatario.

La felicidad amnésica de un niño en el cuerpo de un adulto

Tú ahora disfruta, hijo, disfruta, me decías con una firmeza llena de cataratas, pero bien visto tu consejo era un callejón sin salida, primero tú no eras mi padre y yo era tu nieto, segundo porque, lejos de disfrutar, las palabras despertaban un temor, que el tiempo de la felicidad era limitado, que en algún instante la vida se pondría cuesta abajo, y me angustiaba esa certeza tanto como ignorar en qué esquina sucedería, en qué calendario los puzles y balones se convertirían en hipotecas y peajes, y resulta que mientras llegara ese día debía disfrutar, hijo, disfrutar, ja, y en ello sigo, abuelo, lo intento, siempre lo intento, pero también continua esa zozobra que habitaba en ti, una cuenta atrás que te quitaste de encima, que me entregaste antes de su estallido, que un día, como tú, cómo yo, debe acabar, aunque sea pasándosela a otro.

Hijo

Lo imaginabas en un desguace. Estabas equivocado, y no es la primera vez que te lo dicen. Circula delante de ti, que lo sigues por la Rambla, que casi se te escapa en un disco rojo, es fácil luego por la circunvalación, la vía de servicio, en la rotonda salida urbanizaciones. Todo te resulta remoto pero a la vez familiar.

Lo imaginabas en cualquier sitio menos donde lo dejaste. No lo adviertes pero has aparcado subiéndote a la acera, y es que tienes la mirada en otras manos, unas manos que dan marcha atrás, que apagan el motor, que cierran la puerta del conductor, que abren la del copiloto, unas manos que toman las de un niño, un niño que siempre viajó en ese coche, en su asiento de atrás.

Libros posibles – I

La Tierra, vista desde el cielo, parece un cuaderno en blanco. El repositorio de historias contadas desde las ventanillas de un avión. Se podría escribir un libro juntando los pensamientos volcados por los viajeros que solicitan ventana. Un libro para que lo leyeran luego los pasajeros de pasillo, como si el avión hubiera dado un bandazo, y todas las historias convergieran en una única espina central. Sería un libro con la naturaleza de un globo aerostático, porque sólo funcionaría con aire; un libro que se cerraría a medida que el avión descendiera, y su sombra manchara el cuaderno en blanco, y al tocar suelo lo aplastara de realidad.

Las salas de espera (versión 2.0)

Cuando abrió la caja registradora se le cerraron los párpados. Tardó un instante en volver en sí, recordar que su verdadero nombre era Adèle Zimmermann y no Adèle Farine, Adèle Farine era el que figuraba en una plaquita dorada sobre su pecho izquierdo, el cambio había sido idea de su jefe, Zimmerman era impronunciable y Farine encajaba con el oficio, vender sándwiches y bocadillos y pastelería en un establecimiento llamado Eric Kayser situado en la terminal Oeste de Orly, de espaldas a las puertas 40 A B C D, y la falsa Adèle no protestó por el cambio aunque pensó qué estupidez, abandonar su apellido, de origen alemán, en una empresa cuyo dueño se apellidaba Kayser, aunque no lo conocía, claro, habría una cadena larguísima de cargos entre ella y él, y quizás ni siquiera existiera sino en la mente de un publicista, quién sabe, lo cierto es que Adèle pensó qué estupidez pero no protestó, en el fondo disfrutaba con la modificación, ostentar otro apellido le hacía soñar que no era ella quien estaba allí, no era ella quien se levantaba a las cinco y veinticinco de la mañana, primer metro hasta Bastille, en Bastille el amanecer curvo sobre la estación abierta, luego de Bastille hasta Chatelet por pasillos con olor a noche y pis, desde Chatelet hasta Antony más cansancio de estaciones y por último un tren no tripulado que la dejaba agotada en la terminal Oeste de Orly, el día a punto de comenzar y ella ya agotada, los controles de seguridad y los saludos llenos de sueño, la taquilla, cambiarse la ropa, en la ropa la plaquita con su apellido falso, y aunque pensó qué estupidez no protestó porque además ello le alejaba de cualquier vinculación con su padre, cuyas últimas noticias eran que vagabundeaba en Hamburgo, desorientado por los vestíbulos de estaciones de tren, escondiendo su mendicidad con un traje azul, limpio, bien planchado, cualidades inverosímiles para alguien que vivía entre cartones, bajo un puente de la rampa de la autopista de Hamburgo a Colonia, también inverosímiles para alguien que había demostrado ser capaz de romper con todo lo que rodeaba su vida, y en aquella apariencia de dignidad que se le acercaban a su padre viajeros despistados, incógnitas que le preguntaban por el andén para el tren rápido a Düsseldorf o Frankfurt, y comenzaba entonces su mejor momento del día, el instante que reproduciría esa misma noche entre carcajadas a sus compañeros bajo el puente, un momento que se iniciaba cuando su padre tomaba el codo en duda del viajero, un gesto de camaradería que a veces lo delataba, porque la ausencia de higiene se revelaba en la proximidad, y acompañaba al viajero desorientado hasta un andén incorrecto, a una dirección contraria a la deseada, e incluso, si se trataba de alguien mayor, lo ayudaba a subir las maletas y se las colocaba con suavidad sobre la rejilla portaequipajes, y de todo ello supo por su madre, pues aunque llevaban años sin hablarse las actividades de su padre le habían causado problemas con el personal de seguridad de las estaciones, gente llena de fuerza y autoridad y ganas de mostrar tales atributos, pero que ante anomalías como su padre quedaban sin argumentos, y por eso que un día, por pura derrota,  llamaron al familiar o amigo o conocido más próximo, y de la indagación policial resultó que esa persona era su exmujer, que también se levantaba a las cinco y veinticinco de la mañana, que preparaba el café y fumaba un cigarrillo mirando el amanecer pobre desde el balcón, lo fumaba con parsimonia porque ella, aunque trabajaba en la misma terminal y en el mismo establecimiento que su hija, entraba una hora más tarde, y aún recuerda la llamada porque estaba en el rellano, casi entrando en al ascensor, y regresó de un brinco a la vivienda temiendo que le hubiera ocurrido algo a su hija, que era todo pero además lo único que le quedaba en su vida, y cuando escuchó a un policía alemán hablándole en francés sobre su exmarido sintió alivio e indiferencia, y con el auricular en la mano recordó las palabras que su exmarido solía decir para justificar su mala suerte, algo así como que no hay espacio para que todos triunfemos en la vida, no hay espacio, no, eso solía decir y esas mismas palabras las recordaba muchas veces su hija cuando se le caían los párpados y derramaba el café y el zumo de naranja goteaba entre los dedos como un verano que acabó, y su hija pensaba que, incluso en la distancia, su padre mantenía intacta esa capacidad destructiva, romper con todo lo que orbitaba a su alrededor, que incluso aunque se hubieran alejado y hubieran su madre y ella empezado de nuevo sus vidas ello, en realidad, no era posible, eso sólo ocurría en la películas y sólo en algunas películas, y que ambas sirvieran cafés somnolientos cada mañana en una terminal era una prueba de que él seguía existiendo, él continuaba influyendo en su destrucción, y al menos a su hija le consolaba pensar que, próximo al puesto de Eric Kayser, una gran pantalla iluminada informaba con exactitud de horarios de salida de vuelos, de retrasos, de las distintas zonas de la terminal Oeste y de sus respectivas puertas de embarque, y su consuelo era que al menos en ese recinto nadie podría extraviarse, nadie partir hacia un destino incorrecto siguiendo órdenes mal dadas, y había días, no muchos, es cierto, había días que algún cliente le preguntaba por la puerta de embarque para un destino, asustado de que su destino aún no apareciera en los monitores, y movido tal vez por el hecho de que trabajar allí le daba un magisterio sobre puertas y países, y lo cierto es que era así, generalmente a los mismos destinos se llegaba por las mismas puertas, y cuando su hija respondía hablaba con suavidad y precaución, mirando a los ojos y sonriendo un bostezo, e informaba de que Madrid saldría por la puerta 40A, Bayonne por la 40N, solía ser de esa manera todos los días, y en un papelito junto a la caja registradora, en un espacio de mármol entre la caja registradora y el bote metálico de las propinas que apuntaba lo informado, Madrid 40ª, Bayonne 40N, y cuando al rato, en algún descanso entre clientes, salía a recoger las bandejitas de plástico y limpiar las mesas, le gustaba mirar de reojo a los monitores, de reojo y de lejos porque tenían prohibido salir de la zona del establecimiento, y así podía comprobar que, efectivamente, había informado de ellos con exactitud, y aunque fuera un paliativo débil, pálido, le gustaba imaginar estelas de espuma avanzando seguras hacia Madrid o Bayonne y poder decirse para sí, como un premio de consolación: jódete, papá, y con un empuje de felicidad continuaba sirviendo la fórmula de cafés y croissants a 3,70€ de Eric Kayser, y miraba el reloj grande de la pared deseando que llegara la hora de quitarse su apellido falso, volver a casa y contarle a su madre lo sucedido.

Las salas de espera

Cuando abrió la caja registradora se le cerraron los párpados. Tardó un instante en volver a ser ella misma, un ordenador que se reinicia, recordar que se llamaba Adèle Zimmermann y no Adèle Farine, que era el nombre que aparecía en una plaquita dorada, sobre su pecho izquierdo, el cambio había sido idea de su jefe, Zimmerman era impronunciable y Farine encajaba en el oficio, vender sándwiches y bocadillos y pastelería en un puesto llamado Eric Kayser en la terminal Oeste de Orly, de espaldas a las puertas 40 A B C D, y la falsa Adèle no protestó aunque pensó qué contrasentido, no poder mantener su apellido, de origen alemán, en una empresa cuyo dueño se apellidaba Kayser, no dijo nada porque en el fondo disfrutaba así, ostentando otro apellido, le hacía pensar que no era ella quien estaba allí, no era ella quien se levantaba a las cinco y media de la mañana, primer metro a Bastille, en Bastille esperar en el andén mirando el amanecer curvo desde la estación abierta, luego de Bastille hasta Chatelet por pasillos con olor a pis, desde Chatelet hasta Antony y por último un tren no tripulado que la dejaba en la terminal, los controles de seguridad y los saludos llenos de sueño, cambiarse la ropa, en la ropa la plaquita con su apellido falso, y no dijo nada porque en el fondo le gustaba alejarse de esa manera tan simple de su padre, cuyas últimas noticias era que vagabundeaba en Hamburgo, en estaciones de tren donde escondía su mendicidad con un traje azul, limpio y planchado, cualidades inverosímiles para alguien que vivía bajo un puente de la rampa de la autopista a Cologne, también inverosímiles para alguien que había demostrado ser capaz de romper todo lo que rodeaba su vida, y en aquella apariencia de dignidad que se le acercaban a su padre viajeros despistados y le preguntaban por el andén para el rápido a Düsseldorf o Frankfurt, y comenzaba entonces su mejor momento del día, el instante que luego reproduciría para él y para sus compañeros subterráneos esa misma noche, mi padre agarraba entonces el codo del viajero, un gesto de camaradería que a veces le delataba, porque la ausencia de higiene se revelaba en la proximidad, y acompañaba al viajero desorientado hasta un andén incorrecto, a una dirección contraria a la deseada, e incluso si se trataba de alguien mayor lo ayudaba a subir las maletas y se las colocaba con suavidad sobre la rejilla portaequipajes, de todo ello supe por mi madre, pues aunque llevaban años sin hablarse las actividades de mi padre lo había causado problemas con el personal de seguridad de las estaciones, que en cierta manera no podían hacer nada sino estar atentos a la presencia de mi padre, y que un día, por impotencia,  llamaron al familiar más próximo, que éramos nosotros, a tantos kilómetros y tantos años de distancia, lo cual hablaba de que mi padre no conseguía salir de su hoyo, o que tal vez su vida era justamente ésa, la que ahora tenía, un hoyo, y es que seguramente que no hay espacio para que todos triunfemos, y cuando se me caían los párpados y derramaba el café y el zumo de naranja me goteaba entre los dedos pensaba que, incluso en esa distancia, mi padre mantenía intacta esa capacidad destructiva, de romper todo lo que orbitaba a su alrededor, que incluso aunque nos hubiéramos alejado y hubiéramos empezado de nuevo nuestras vidas ello, en realidad, no era posible, eso sólo ocurría en la películas y sólo en algunas películas, y que yo sirviera cafés somnolientos cada mañana en una terminal era una prueba de que él seguía existiendo, él continuaba influyendo en mi destrucción, y al menos me consolaba pensar que, próximo a mi puesto en Eric Kayser, una gran pantalla iluminada informaba con exactitud de horarios de salida de vuelos, de retrasos, de las distintas zonas de la terminal Oeste y de sus respectivas puertas de embarque, y que al menos en ese recinto nadie podría extraviarse, nadie partir hacia un destino incorrecto, y había días, no muchos, es cierto, había días que algún cliente me preguntaba por la puerta de embarque para un destino, su destino aún no aparecía en los monitores y supongo que el hecho de trabajar allí me daba un magisterio sobre puertas y países, y lo cierto es que era así, generalmente a los mismos destinos se llegaba por las mismas puertas, y cuando respondía hablaba con suavidad y precaución para informar de que pensaba que Madrid saldría por la puerta 40A, Bayonne por la 40N, porque solía ser de esa manera todos los días, pero que por favor, y aquí me apropiaba del mensaje de la megafonía, por favor estuviera atento a los monitores por si sucedía cualquier cambio, y en un papelito junto a la caja registradora, en un espacio de mármol entre la caja registradora y una zona de mermeladas, apuntaba lo informado, Madrid 40ª, Bayonne 40N, y cuando al rato, en algún descanso entre clientes, salía a recoger las bandejitas de plástico y limpiar las mesas, me gustaba mirar a los monitores y comprobar que, efectivamente, había informado de ellos con exactitud, y aunque fuera un paliativo débil, pálido, me gustaba imaginarme estelas de espuma hacia Madrid o Bayonne y decirme para mi dentro: jódete, papá, y con un rastro de felicidad continuaba sirviendo la fórmula de cafés y croissants a 3,70€ de Eric Kayser

Atocha

A posteriori todo es fácil. Fácil de ver. De escribir. Bastó un minuto. Un minuto para asumir que nunca vendrías. El reloj de Atocha era testigo. Una pareja recién casada se fotografiaba en el jardín tropical. Mi ánimo suspiró, se adelgazó, trepó por la palmera. Desde lo alto observó el panel luminoso. Los destinos brincaban en verde. Huidas perfectas. Entonces un roce en el hombro, un sueño inverso, sin paracaídas, tú. En qué estás pensando, dijiste. En huir, y corrimos hacia el andén.

La UVI de la (micro)literatura

En el cine matinal, un sábado. A punto de apagar el móvil, se ilumina su pantalla, luego mi cara: he sido finalista del IV concurso de literatura instantánea. Lo organiza EPRIZES. Al día siguiente, domingo, a las once de la mañana, se entregarán los premios en el pabellón Bankia de la Feria del Libro de Madrid. En ese lugar y hora llego con una puntualidad que me resulta extraña. Tan extraña como sentirme leído y premiado. Tengo sueño: a las casetas también les cuesta levantar los párpados. Un camión barredor limpia el suelo de silencio. En el aire se anuncia una promesa de sol y de ventas.

El acto es breve. Cada premiado lee su texto. Pienso que la oralidad es una derrota. Una cuerda de funambulista de la que nos caemos con facilidad, porque nuestra atención brinca, corre, se escapa por las ventanas, hacia los árboles y la distancia. En los microrrelatos, donde todo avanza de perfil, sin un principio y un final, y cuya brevedad exige de concentración, su ausencia es una rotonda sin señales.

Por su voluntad mínima, por su naturaleza parcial, siento que mi texto termina sin haberlo empezado. En cada aplauso quiero pedir disculpas. Contar con detalle y tiempo lo que quise decir y no pude o supe, abreviado por el límite impuesto. Para precisar el efecto en un lector —y de correcciones trata mi texto— debería extenderme. En esa multiplicación de palabras habría un salto de género, si es que alguna vez se puede cambiar de género, si es que alguna vez no paramos sino de contar historias.

Que cada palabra importa. Que el texto sea imaginativo. Que suceda un giro final. Abundan los consejos sobre la escritura de microrrelatos. Como cualquier manual de instrucciones, se pueden ignorar. Sin embargo, a mí me divierte leer las reglas sobre su construcción, aunque en la práctica no ayuden de nada. Estos consejos hablan antes de su dificultad constructiva que de la manera como levantarlos. Son más bien el reflejo de los errores de otros, de sus lecciones aprendidas, pero que uno mismo debe alcanzar sin la ayuda de nadie, por el puro goce de la equivocación. De la equivocación luego subsanada.  Por mi experiencia, piesno que un buen microrrelato —no digo que el mío lo sea— debe empezar a pie cambiado. In medias res. Que la descolocación sea súbita. No decir que un personaje va a hablar: que el personaje hable. No anunciar un recuerdo: que el recuerdo salte. Este consejo es aplicable a cualquier ficción y, por supuesto, puede y seguramente debe ser ignorado.

En esa imperfección estructural del microrrelato consuela pensar que, si el texto funciona, quedará completado en cada lector: un crucigrama resuelto. Dentro de su cabeza, como una levadura hecha de palabras, el microrrelato se ensanchará o no, se guardará o quedará borrado, arrasado por cualquier distracción, será un destello, la pista que conduzca a una revelación, o apenas un chispazo, nada más.

Mantengo esa duda mientras regreso al coche, arrastrando el misterio de todo aquello que no dije y, del brazo, una bolsa grande de cartón con la promesa premiada de futuras lecturas. El sol calienta ya las casetas. Los autores comercian un mundo tan necesario como imperfecto, llenos también de palabras que torcieron su tiro, de ideas que buscaron un objetivo y alcanzaron otro. Todos juntos, vistos desde lejos, anulan sus imperfecciones y construyen una realidad coherente. Una constante de plásticos prefabricados, de construcciones temporales, pero que arrastran, en su conjunto, una ley sólida, matemática: la necesidad de seguir confundiéndonos, de avanzar siempre de perfil y, entre todos, de contarnos ese lado que no vemos, narrarnos historias y escucharnos.

Gracias a EPRIZES y en especial a Norma Dragoevich por toda la gestión del concurso. Cuando algo sale bien se borran las huellas del esfuerzo. Pueden leerse los textos en este enlace. El mío no fue titulado, y por eso que guardó como título su primera frase. Lo cual no es desencaminado de lo que sigue.

http://eprizes.es/poesias-y-micros-premiados-eprizesflm18/

Es la UVI de la literatura. Mi correctora me sigue la broma, dice: Daniel, hemos subido tu novela a planta. Como si la corrección tuviera un final; como si no fuera esa la naturaleza misma de un libro. Su existencia, y por lo tanto su dolor. Un enfermo con recaídas.

En ello pensaba cuando sonó mi nombre, un número y el título de un libro que aún no había terminado. Una broma. Una broma sin gracia. Conocía al organizador de la feria, pero. Pero no, no era posible. El miedo me fue desplazando. Hojeé libros, leí contraportadas, no recuerdo nada. Pensé que era un juego de luz y de nubes. No: eran mis manos, que temblaban.

Llegué hasta la caseta. Me presenté a mí mismo. Sostuve el libro. Era el mío, o tal vez no, o tal vez no del todo. Me pedí mi propia firma. Me pregunté mi nombre. Dudé, me corregí. Luego me pregunté para quién iba dedicado. La duda sostuvo el bolígrafo, o al revés. El editor me miró extrañado.

De nuevo la megafonía, mi nombre, otra editorial.