El tiempo detenido

Me di cuenta el domingo por la tarde: el segundero del reloj automático daba brincos hacia adelante y hacia detrás, igual que un sismógrafo. Recordé a mi sobrina jugando con mi reloj durante la comida. Identifiqué la culpa, me declaré culpable. Seguro de que la historia iba a terminar como ahora sigue, hoy llamé al servicio técnico. Localicé el modelo, describí el problema, confirmé que la garantía había superado los veinticuatro meses, recibí un juicio rápido: el reloj no tenía arreglo. Haciendo autopsia mi mano, el reloj me pareció, con el segundero aleteando, un blando pájaro triste de largas alas perforadas. Era el juguete de un niño que entró en la adolescencia, era un número de magia por todos visto, era un circo y la atención fuera de la carpa. La mía tardó en volver a la línea, en escuchar que ya no era el dueño de un objeto moribundo sino un cliente, y que el fabricante ofrecía a sus clientes un descuento del cuarenta por ciento si compraban un nuevo reloj de, al menos, el importe de mi pequeño animal. No, no había otra alternativa. Los relojes de esta empresa suiza entraban en pérdida a los dos años: breve fragmento para un producto que se debía alimentar, precisamente, de tiempo. De tiempo ajeno. Y para que el tiempo siguiera avanzando, la única opción era comprar. Antes de escribir estas palabras guardé mi reloj en una gaveta del mueble de la entrada. La gaveta se cerró con un sonido egipcio de túmulo. La volví a abrir: el segundero seguía temblando, inercia última de un brazo que ya nunca lo movería. Cerré de nuevo el cajón, vencí las ganas de volver a abrirlo, volví a abrirlo, me llevé la correa —bigote de cuero— hasta la nariz. Olí mi sudor y me pregunté cuánto tiempo seguiría allí registrado.

Lesiones

Me hubiera gustado
decirte te quiero.
No girar el gesto,
no ver las diez y treinta desde la garganta seca.
Me hubiera gustado
salir de fiesta,
beber cerveza,
compartir una ensaladilla rusa,
echar de menos todo aquello que una vez criticamos.
Luego ir al baño,
hacer aquello que escribiría
si mi abuela no me leyera.
Pasear por Madrid de tu mano
si tu mano no hubiera sido tu mano,
mear y
mirar el móvil
y mientras, en los árboles,
amaneciendo,
alegres,
alegres pájaros.
Me hubiera gustado
decirte aquello
que me hubiera gustado
hubieras escuchado.
He vuelto sin embargo
solo hasta casa, Santa Engracia, Cuatro Caminos y
Bravo Murillo, la calle más triste a la hora del amanecer,
con una manguera que expulsa
en abanicos
los restos de la noche, con
neones apáticos y
el zapato derecho
que pisó una caca.
Un 27 anuncia que el mundo es una tostada y comienza a girar,
que la vida se hizo para los valientes y los que fracasan
y que yo no estoy en ninguna de esas categorías.
En Plaza de Castilla un gran depósito anuncia
el desagüe de mi estómago:
pienso que podría llenarlo si quisiera de palabras
y en una esquina, farola humana, compruebo que existe el amor,
es decir,
que sobran las palabras.
Los retrovisores venden oportunidades y
compran oro, depilan con diodo y enseñan inglés.
Me derrumbo junto a un León,
la realidad se tuerce,
las gafas dejan de funcionar,
huele a café y recuerdo que hoy,
a las seis,
juega el Madrid, tan plagado
de lesiones como yo.

Existencias paralelas

Subimos a la cabina. Al primer balanceo caí dormido: duermevela de metal suizo bajo el cielo de Madrid. Sin motivo, abrí un ojo: estabas en la cabina opuesta, muy cerca y muy lejos a la vez. No me mirabas. Así habían sido nuestras vidas, siempre en paralelo, siempre suspendidas, siempre aguardando a que alguien tirara de ellas. Lamenté que, para avanzar uno, ello significara alejarse del otro. Luego lamenté haberlo lamentado. Sé que después volvió el sueño. No recuerdo por qué desperté. Sí recuerdo buscarte a través del mismo ojo, la misma ventana, el mismo lugar, y en ese lugar un fondo de bosque y colinas, el azul de un lago, una noria en la hora de la siesta. Tu codo: advertí que estabas a mi lado, que íbamos a llegar, que debía ayudarte a cargar con la nevera portátil y la sombrilla y las mochilas para el picnic. Buscamos una sombra donde almorzar. Sobre nuestras cabezas iba y venía el ruido de las góndolas. Me preguntaste qué pensaba: en las existencias paralelas, en el otro a un tiempo próximo y a la vez alejado. Comprendí que sólo lograría avanzar llenándote de distancia. Mordí la tortilla, todavía caliente y con el huevo poco cuajado, como sé que sabías que me gustaba. Te respondí por fin que en nada, que no pensaba en nada. Di un trago a la cerveza y nos besamos.

Texto escrito en junio de 2019 para el V concurso de microrrelatos organizado por la EMT (Empresa Municipal de Transportes) de Madrid por el 50 aniversario de su fantástico teleférico. 

Requisitos para la formalización de una hipoteca ante notario.

Olvidé el DNI en el coche. Eso es lo que dije antes de levantarme. Mi cuerpo se hizo aire, el aire movió las hojas del préstamo hipotecario. En la ventana, detrás de las rejas, un martes. A mis palabras el despacho respondió con asombro. Salí despacio por el pasillo, bajé a zancadas las escaleras, atravesé rápido el portal. En la calle corrí sobre mi huida, me trastabillé, golpeé y fui golpeado, rebasé mi vehículo, crucé la avenida, entré en el parque, me senté, por fin, en la base del tobogán.

Mi corazón inmaduro jadeaba adulto. Advertí que el suelo de arena, en el punto de caída del tobogán, anunciaba un cráter infantil. Imaginé desde allí un túnel hasta la notaría. Luego, sin motivo, giré la mirada: en la plataforma superior aguardaba, silencioso, un niño. El niño y yo nos miramos. Parecíamos conocernos. El niño se levantó, palpó sus bolsillos, encontró en el derecho su cartera, en la cartera dos monedas, dos canicas, una púa verde de guitarra, también su DNI. En el izquierdo descubrió su móvil, y en el móvil doce, trece llamadas perdidas. Lo dejé lanzarse y caímos por el agujero que había observado.

En secreto

Se apagan las voces de la ciudad. La ciudad, su frontera, es un arco de vidrios rotos, de proyectos de urbanización, de telefonías que se debilitan. Un perro sin coordenadas ladra al miedo. Me coges de la mano, yo giro la cabeza: a la espalda el barrio es un brochazo sucio de luz, un objeto deformado tras el fondo de un vaso.

Vamos pisando, cayendo, avanzando, de nuevo pisando, cayendo, avanzando. Somos el ruido de una urgencia, un sonido prohibido que hace cómplice a la tierra. Nos detenemos en acorde. Estorban los brazos, los cuerpos, los cabellos. Las ropas se apiadan y desaparecen: cementerio textil. Cada uno, despojado de sí mismo, se convierte en el otro que desconoce. No lo sabemos pero, afanada entre las piedras, una lagartija nos observa. En el cielo, sobre la línea de tu brazo, interrumpe mi deseo las luces de un avión. Tal vez en él viajas tú.

Avanzar

En el año 1971 mi amigo Pablo tenía 14 años. A partir de esa edad su colegio ya no disponía de servicio de rutas escolares. Los alumnos debían entonces acudir a clase a pie o en transporte público.

Sus padres le enseñaron que, si en el metro alguien le preguntaba por el nombre de la estación, podía ser por dos razones: que la persona sufriera alguna limitación visual o, con más probabilidad, que fuera analfabeta. En un caso u otro, era obligado resolver la duda. Decir: Cuatro Caminos, Sol.

El analfabetismo parece un suceso en blanco y negro, un lejano abismo educativo, y sin embargo ocurrió hace bien poco, se marchó apenas a la vuelta de la esquina, y de él fue testigo quien hoy lo recuerda. Como tantos fenómenos en la vida de uno, parece que estuvieron siempre allí hasta que sucedió lo contrario, cuando un día se dieron la vuelta, desaparecieron, y sólo invocados por la memoria se advierte que ocurrieron hasta no hace tanto, que en el espacio de una sola existencia uno conoció gente que no sabía leer y escribir, pero también fumadores en el interior de los bares, y en su suelo nubes de serrín, que los niños viajaban sin cinturón de seguridad, que la economía se medía en pesetas y Europa era un sueño y el mundo y sus relaciones se regían sin pantallas.

Me pregunto qué fenómenos también un día, de improviso, se irán por una calle lateral, cuándo advertiré su ausencia y con qué palabras los convocaré, no tanto para restituirlos o por añoranza, sino más bien para certificar que una vez ocurrieron, que existieron en nosotros, que ellos ya no están pero nosotros sí. La vida siempre avanza a fuerza de reemplazos, sobre una superposición de llegadas y ausencias. Sobre esa voz que preguntaba el nombre de una estación y que yo, ahora, escucho de nuevo hecha recuerdo, pero que, subido al lomo alto de las letras, tengo la suerte de que no es sólo sonido, sino también palabra. Yo escribo su carencia. Por eso que siento lástima por esa voz subterránea, pero también defiendo el orgullo educativo de poder, hoy, narrarla, y siento por fin la responsabilidad futura de las palabras que esa voz no pudo pronunciar, palabras siempre pidiendo ser escritas, escuchadas, siempre queriendo unas sustituir a las otras, porque son también vida, y así avanzar.

La importancia de la ficción

Puede que el niño a quien lees una historia te pregunte:  ¿es verdadera? Si le respondes que no, exigirá entonces una real. No mantengamos esa actitud infantil hacia el libro que leemos.

Vladimir Nabokov: Littératures.

Y para suavizar cualquier postura:

No soy siempre de mi opinión.

Alfred DE VIGNY.