Avanzar

En el año 1971 mi amigo Pablo tenía 14 años. A partir de esa edad su colegio ya no disponía de servicio de rutas escolares. Los alumnos debían entonces acudir a clase a pie o en transporte público.

Sus padres le enseñaron que, si en el metro alguien le preguntaba por el nombre de la estación, podía ser por dos razones: que la persona sufriera alguna limitación visual o, con más probabilidad, que fuera analfabeta. En un caso u otro, era obligado resolver la duda. Decir: Cuatro Caminos, Sol.

El analfabetismo parece un suceso en blanco y negro, un lejano abismo educativo, y sin embargo ocurrió hace bien poco, se marchó apenas a la vuelta de la esquina, y de él fue testigo quien hoy lo recuerda. Como tantos fenómenos en la vida de uno, parece que estuvieron siempre allí hasta que sucedió lo contrario, cuando un día se dieron la vuelta, desaparecieron, y sólo invocados por la memoria se advierte que ocurrieron hasta no hace tanto, que en el espacio de una sola existencia uno conoció gente que no sabía leer y escribir, pero también fumadores en el interior de los bares, y en su suelo nubes de serrín, que los niños viajaban sin cinturón de seguridad, que la economía se medía en pesetas y Europa era un sueño y el mundo y sus relaciones se regían sin pantallas.

Me pregunto qué fenómenos también un día, de improviso, se irán por una calle lateral, cuándo advertiré su ausencia y con qué palabras los convocaré, no tanto para restituirlos o por añoranza, sino más bien para certificar que una vez ocurrieron, que existieron en nosotros, que ellos ya no están pero nosotros sí. La vida siempre avanza a fuerza de reemplazos, sobre una superposición de llegadas y ausencias. Sobre esa voz que preguntaba el nombre de una estación y que yo, ahora, escucho de nuevo hecha recuerdo, pero que, subido al lomo alto de las letras, tengo la suerte de que no es sólo sonido, sino también palabra. Yo escribo su carencia. Por eso que siento lástima por esa voz subterránea, pero también defiendo el orgullo educativo de poder, hoy, narrarla, y siento por fin la responsabilidad futura de las palabras que esa voz no pudo pronunciar, palabras siempre pidiendo ser escritas, escuchadas, siempre queriendo unas sustituir a las otras, porque son también vida, y así avanzar.

La importancia de la ficción

Puede que el niño a quien lees una historia te pregunte:  ¿es verdadera? Si le respondes que no, exigirá entonces una real. No mantengamos esa actitud infantil hacia el libro que leemos.

Vladimir Nabokov: Littératures.

Y para suavizar cualquier postura:

No soy siempre de mi opinión.

Alfred DE VIGNY.

Vidas bancarias

Como mi contrato consistía en cubrir las ausencias de otros cajeros, cada vez que llegaba a una oficina tenía la sensación de que el banco libraba una guerra y que yo, joven universitario, dormido en un amanecer de agosto, era otro reemplazo estival en la batalla, un soldado de refuerzo destinado en el frente norte de Madrid. No sin motivo el espacio de trabajo -una habitación asegurada con cristal- recibía el bélico nombre de búnker, aunque ya en ese verano sucedía un proyecto para retirar los cristales y acercar el público al cajero, o más bien desincentivar que el primero usara el segundo, reduciendo puestos de trabajo y fomentando operaciones electrónicas.

Supongo que la entidad bancaria lo mantenía por sus méritos acumulados. O porque no sabía muy bien qué hacer con él, aguardando una decisión jerárquica lejana y que nunca llegaba, un punto mínimo en la agenda de los demás pero que, para él, condicionaría el resto de sus días. O tal vez continuaba allí por un sentimiento ajeno de culpabilidad, y es que al parecer fue siempre un hombre puntual, limpio, educado, querido por sus compañeros, un hombre que cargaba con prontitud los cajeros automáticos, que actualizaba libretas con una mano, con la otra entregaba reintegros de plisados billetes y mientras, mirando al cliente, le preguntaba por su salud, por la de su cónyuge, por el campamento de sus hijos, por la suegra que hace unos meses se fracturó la cadera, por el negocio de la frutería o el taller o el locutorio. Nunca enfermó. Nunca descuadró la caja. No bebía, no fumaba. Era seguidor del Real Madrid. Siempre actuaba bien, aunque en las quinielas elegía las casillas incorrectas. Era la solidez cíclica de un aspa, una regla rápida de multiplicar, una navaja suiza, un pulpo, un vértice múltiple. A su alrededor, sin tal vez saberlo, gravitaba la economía de un barrio.

Un día dejó de funcionar. Quedó sin cuerda, momificado frente a la pantalla de su ordenador. La orden que recibía un lunes la respondía el miércoles. No se sabe qué fue antes: si las quejas de los clientes o que el director lo apartara de la caja; si su apuesta por el silencio o el divorcio de su mujer; si su cara de pasmo o su incapacidad por articular palabra. Le colocaron en una esquina del búnker, como quien cuelga un almanaque o sitúa una planta de interior. Allí me lo encontré: era yo con cuarenta años más. Era yo en el futuro, yo acabado. Desde la oficina central me habían informado de que él me cubriría. Que aprendería de él. Que se sentaría a mi espalda. Lo miramos la directora de la sucursal y yo. Si él me cubría, qué hacía entonces detrás de mí. Sentí que hablaba a un aspirador descatalogado cuando le dije buenos días. Luego dije mi nombre. Luego dije hola. No respondió. La directora me miró como diciendo: es él quien necesita que lo cubran. Yo respondí en silencio. Es decir, asentí.

De su pasado supe gracias a un compañero de la oficina, mi último viernes en esa sucursal antes de ser movilizado a otro frente, mientras bebíamos cerveza y compartíamos una ración de ensaladilla. Justo hablando de él que lo vimos salir de la sucursal, ausente de sí mismo, arrastrando su calva y su tripa y su rostro de haber sido derrotado. Caminaba sin convicción. Fue verlo y la cerveza tuvo la urgencia de una cantimplora. Confirmó mi compañero que había sido un magnífico trabajador, pero que. Pero que. Pero que. Lo vimos desaparecer bajo un arco de letras doradas, invertidas, que anuncia la oreja como especialidad de la casa.

Mi compañero me invitó, le di las gracias, salimos a la calle. En la acera esperaba el fin de semana. Nos despedimos junto a su coche, un Renault Megane deportivo de color amarillo que entonces me pareció lujoso. Entonces. Sentí alivio al marcharme de allí, igual que alguien que quien cambia de canal cuando algo le disgusta. Creí haber olvidado esta historia hasta hoy, cuando me he cruzado con un hombre mayor que iba camino de ninguna parte, arrastrando su propia ausencia, y entonces lo he recordado. Me he visto en él, y he sentido pena. Pena de los dos. Pena de estar siempre descubiertos, siempre desnortados.

Tiempos islados

Hay días que anuncian su propio recuerdo. Se disfrutan y se extrañan a la vez. El tiempo no es lineal, lo sabemos, pero algunos días, los más luminosos, insisten en recordárnoslo. Todo en ellos es presente y, al mismo tiempo, memoria. Horizonte y hemeroteca. Azotea y bodega. Infinito y fugacidad.

Fue en Menorca, el último fin de semana de septiembre, junto a Andrés Neuman. El lugar una casa que era una interrupción de la naturaleza, nacida, literalmente, de la Tierra, dos plantas de una arquitectura que a veces me parecía colonial, como imponiendo una distancia, y a veces lo contrario, arquitectura festiva, invitando a ser habitada. En su interior fuimos catorce los asombros abiertos al talento de Andrés.

Junto a Neuman el tiempo es un asterisco. Una expansión que salta en todas las direcciones, en aviones que despegan hacia lecturas futuras, en cuartillas abarrotadas de ideas valiosas, en la compañía inesperada de otros tantos ojos atónitos. Junto a Neuman giran los relojes. Nadie los atiende. Manecillas ignoradas y entonces los brazos son libres, ríen, mueven las páginas de un libro, bracean en una playa tan irreal como un anuncio de cerveza, brazos que beben café, que escriben notas en un cuaderno, que espantan la curiosidad de las moscas.

La cocina fue epicentro de esa expansión. Un cuarto de máquinas que recordaba a esas cocinas inmensas de algunas películas y donde ocurren muchas cosas a la vez, una confusión alegre de voces y aspavientos, una cocina donde las paredes son un vodevil de puertas por las que no dejan de entrar y salir proyectos y personas. En la cocina se hablaba con esa confianza inmediata que se da entre desconocidos y que, sin embargo, sienten que comparten una experiencia en común. Todos allí éramos líneas paralelas que el taller aproximó, hizo discurso, como si, juntos, viviéramos en la panza de un acordeón, y sonáramos en acorde, feliz conjunto.

En la memoria queda la amistad de un tiempo compartido. La revelación de personas excelentes, alumnos y organizadores. Todavía saboreo una comida que fue color y textura. Guardo en un cajón, junto al pijama, el silencio nocturno de Menorca. Tengo vuestras caras, vuestros nombres, vuestros gestos. Cuando cruzo la cortina de lunares me ducho de nuevo en bañeras que sólo había visto antes en revistas de decoración y que, confieso, inundé a su alrededor como nunca he visto en revistas de decoración. Soy capaz de apagar la luz de la mesilla y que regresan, como hologramas invitados, las paredes de un dormitorio donde sólo pasé dos noches de mi vida. ¿Y las sillas del jardín? Me pregunto si las sillas de tela verde siguen dispuestas allí donde las dejamos, guardando la conversación de nuestras ausencias.

Si todo sucedió bien fue porque todo estaba dentro de un plan, y el plan era un misterio. Un plan que decía buenos días, que nos seguía hasta la playa, también de regreso, con el sol pegado a la espalda, un plan que nos daba de comer y que nos invitaba a comenzar, cada tarde, el taller. Todo sucedió en apenas tres días pero la memoria lo repite como si viviéramos dentro de un probador, espejos enfrentados.

Lo bien hecho esconde los esfuerzos, así que debo dar las gracias a Mariona y Josep por la escritura invisible de esta historia. En próximos aislamientos, y para que todo se vuelva a aislar, para que el tiempo sea azotea y se guarde en bodega, será crucial, de nuevo, los alumnos y el maestro. Espero estar entre los primeros. Os dejo a vosotros, de nuevo, volver a ser nuestros maestros.

Los extremos de una jaula

La cocina era mi despertador. El estrépito de unos platos, un timbre, dos, mi madre al teléfono con alguien, o tal vez con mi almohada, el silbido ferroviario de una olla, un furioso brazo de cocina removiendo un color, la ansiedad naranja de una picadora eléctrica, en el transistor la voz alta de Iñaki Gabilondo. A modo de bocina, todo ese sonido se agrandaba por el pasillo, luego se encogía y plegaba por debajo de mi puerta, subía hasta la cama como un aviso incómodo de actividad. ¡Que ya es de día!, era el ejercicio matinal de mi abuelo, tocando el piano sobre mi puerta, y tenía razón porque la mañana se tumbaba ya sobre las sábanas, una orilla de luz curva y atigrada de sol.

Dudaba si levantarme o seguir tumbado. Me preguntaba en qué momento unos nudillos tocarían mi pereza. O cuándo mi pereza, cansada de sí misma, decidiría levantarse. También pensaba si, tumbado en la cama, ajeno al mundo de las noticias y la responsabilidad, estaba siendo yo mismo, intrínsecamente libre, o tal vez me estaban dejando en libertad; si el mundo era un horizonte que siempre avanza y se escapa o si, por el contrario, yo era un animal pequeño y alegre que desconocía aún los extremos de su jaula.

Aunque ya no escucho la voz de Iñaki Gabilondo ni la acción de los calderos ni la voz de mi madre, aunque todo ello se ha borrado y, como una secuela de ese brazo de cocina, el ruido es ahora un zumbido perpetuo, cada mañana se repite esa misma duda, y me pregunto cuánto de mí hay de libertad y cuánto de unos nudillos invisibles que, ¡toc, toc!, llaman a la puerta y me exigen actividad.